BALCÓN

 

 

EL TRIBUNAL CONSTITUCIONAL DE BOLIVIA ACABA de remover los artículos de la Carta Magna de ese país andino, aprobada en 2009, que limitaban la reelección presidencial a dos periodos consecutivos. En 2016, el gobierno de Morales convocó a un referéndum para derogar esos artículos, pero perdió. Ahora, contraviniendo el resultado de aquella consulta popular, la corte constitucional, controlada por el gobierno, autoriza la reelección porque, a su juicio, los derechos políticos del presidente Morales y el vicepresidente Álvaro García Linera se veían constreñidos. De manera que Evo Morales podrá presentar su candidatura a la reelección en 2019 y, de resultar electo, cumplirá el sueño de Hugo Chávez de llegar a la tercera década del siglo XXI en el poder. El reeleccionismo es, como sabemos, una seña de identidad de la izquierda chavista o “bolivariana”, pero, más allá de su médula autoritaria, vale la pena explorar cómo se justifica esa necesidad de perpetuar al líder. Es evidente que detrás de esa resolución opera una lectura precisa de los fracasos recientes del bolivarianismo en América Latina. Las muertes de Hugo Chávez y Fidel Castro, la derrota del kirchnerismo, el desastre de Venezuela, la destitución de Dilma Rousseff y la complicada sucesión de Lenín Moreno en Ecuador, movilizan en ese bloque una apuesta desesperada por la retención del poder. Evo debe seguir gobernando porque, de no hacerlo, puede abrirse la puerta a una discontinuidad en Bolivia, similar a la que tiene lugar en Ecuador. Bolivia es, en sentido estricto, el único de los “socialismos del siglo XXI” que sigue en pie. La ausencia de Evo reforzaría la atmósfera de cambio que se vive en América Latina, a mediados de esta década. Morales y el MAS invocan el “derecho humano” a la reelección permanente del líder. Pero más que esta extraña justificación pesa la idea de que el proyecto bolivariano está en peligro y hay que mantenerlo a flote a toda costa. En las dos sedes del bloque, La Habana y Caracas, se viven tiempos inciertos: Raúl Castro pronto cumplirá 87 años y tendrá que dejar el poder; Nicolás Maduro probablemente no se reelija en 2018, aunque asegure un gobierno sucesor, leal al chavismo. Evo es la última esperanza de un proyecto geopolítico que duró menos de lo anunciado. Cabe preguntarse por qué el MAS boliviano no experimenta con otras fórmulas de continuidad como una sucesión en manos de García Linera, con Morales en el gabinete, o un intercambio de roles, a lo Vladimir Putin y Dmitri Medvedev en Rusia. La reticencia a esos juegos denota un sentimiento de fragilidad que hace depender la empresa del Estado plurinacional de una persona. La izquierda latinoamericana más autoritaria, alentada por el ejemplo de Fidel Castro, depende de los liderazgos carismáticos porque desconfía no sólo de las instituciones sino de sus propias bases. Teme que en ausencia del líder, sus movimientos y partidos fiscalicen la gestión del mandatario o la sometan a escrutinio público……. CON SUS MISMAS TRILLADAS EXPRESIONES de hace seis, 12 y casi 18 años con las que él mismo después de encabezar con amplias ventajas las encuestas perdió las anteriores dos elecciones presidenciales, únicas que en verdad cuentan, Andrés Manuel López Obrador vuelve a arremeter anticipadamente contra el principal de sus adversarios en un intento, como es su costumbre, de descalificarlo y restarle votos. En cuanto José Antonio Meade dejó de ser secretario de Hacienda para convertirse en virtual candidato del PRI, el presidente de Morena la emprendió en su contra, igual que en 2006 lo hizo con el panista Felipe Calderón y en 2012 con el priista Enrique Peña Nieto, los que por más motes que les endilgara a lo largo de las campañas electorales para supuestamente restarles votos, lo derrotaron en la encuesta que en verdad cuenta: las urnas…..Y POR HOY ES TODO.