BALCÓN

 

THOMAS ALVA EDISON ES AUTOR DE LA FRASE medianamente célebre de que el genio consiste en uno por ciento de inspiración y noventa y nueve por ciento de transpiración. Edison se equivocó con el porcentaje. Ni Miguel Ángel ni Einstein vivieron encima de un charco de sudor. La inspiración tiene que contribuir en mayor grado al genio. La etimología de la palabra “inspiración” la liga con la palabra “respiración”. La doctrina tradicional afirma que recibimos un aliento que nos provoca una súbita chispa de creatividad. Una vez que salta la chispa se prende la máquina del ingenio que nos permite engendrar obras maravillosas que de otra manera no podríamos realizar. Aunque hay casos, sobre todo en la inspiración religiosa, en los que el sujeto la recibe inesperadamente, como si le cayera un rayo, lo normal es que los creadores la busquen afanosamente. Quizá sea esto a lo que se refiere Edison. Quien se sienta en una silla a esperar la inspiración, nunca logrará alcanzarla. Se requiere de una preparación, de una práctica previa. Por eso los poetas reciben golpes de inspiración con métrica, rima y ritmo. Además, cuando llega, hay que trabajar para moldearla antes de que se desvanezca. Se habla de un “arranque de inspiración” porque a veces la inspiración se queda en eso: una chispa que se consume antes de prender un fuego. Un genio holgazán no construye nada valioso. La falta de inspiración no sería culpa de la esquiva musa o de la avara suerte. La única explicación de su ausencia sería que carecemos de algo indispensable para poseerla. Quizá hemos visto las cosas al revés. ¿De dónde viene la inspiración? Los griegos pensaban que su origen era divino. Hesíodo nos legó una lista de nueve musas que alimentan la creatividad: Calíope, de la poesía épica, Clío, de la historia, Erato, de la poesía amorosa, Euterpe, de la música, Melpómene, de la tragedia, Polimnia, de los cantos sagrados, Talía, de la comedia, Terpsícore, de la danza, y Urania, de las ciencias exactas. Esta hermosa leyenda ya no vale. Los dioses paganos han muerto, incluso las simpáticas musas. El origen de la inspiración debe estar en otro sitio. Algunos suponen que si no viene de arriba, viene de un lado, es decir, de nuestros congéneres. Se afirma que cuando escribimos un poema lo que hacemos, a veces sin darnos cuenta, es remedar otros poemas que hemos leído. De aquí viene la “ansiedad de la influencia” de la que hablaba Harold Bloom. Para ocultar el origen espurio de sus creaciones, los escritores tienen que esforzarse para ocultar sus fuentes; algo así como si los poetas de la antigüedad pretendieran estrangular a las musas que les habían dictado al oído sus mejores versos. Hay otra explicación del origen de la inspiración que la dispensa de cualquier sospecha de plagio. En su Dissertatio de arte combinatoria, Leibniz sostuvo que todas las frases, incluso los mejores versos, proceden de un ejercicio combinatorio. Esta teoría nos asegura que en algún momento encontraremos una rima bellísima, una idea profundísima o una revelación extraordinaria. Pero de acuerdo con la combinatoria, la inspiración es como ganar la lotería. Si tenemos suerte nos saldrá una buena jugada, pero es el azar el que lo decide. La transpiración, en este caso, vendría de la repetición diaria de las tareas con la esperanza de encontrar la combinación afortunada, algo así como la estrategia de “tanto va el cántaro a la fuente…”. Quien se sienta en una silla a esperar la inspiración, nunca logrará alcanzarla. Se requiere de una preparación, de una práctica previa. Por eso los poetas reciben golpes de inspiración con métrica, rima y ritmo. Si la inspiración no viene de afuera, tiene que venir de dentro, pero de tan dentro que por eso no la hallamos cuando la buscamos a la luz del día. Para los seguidores del psicoanálisis la inspiración procede del subconsciente. Como si ella fuera la veta de un mineral, algunos artistas piensan que tienen que excavar dentro de sí mismos para encontrarla. Esa labor es inútil. No conozco obras maestras producidas por la escritura automática o la ingestión de peyote. ¿Por qué no aceptar entonces lo obvio: que la inspiración no es un don, que no viene de arriba, de un lado, de abajo o del azar? Hay sospecha que la respuesta es que no tendríamos a quién reprochar cuando ella nos falta. La falta de inspiración no sería culpa de la esquiva musa o de la avara suerte. La única explicación de su ausencia sería que carecemos de algo indispensable para poseerla. Quizá hemos visto las cosas al revés. No es la inspiración lo que nos hace genios, es el genio lo que nos permite alcanzar la inspiración…..Y POR HOY ES TODO.