BALCÓN

 

 

 

UNA NOCHE HELADA, EL DIABLO DESCUBRIÓ QUE estaba solo. Su soledad no era como la nuestra —pequeñas criaturas mortales— sino absoluta, eterna, espantosa. ¿De qué sirve ser un príncipe, se preguntó —el demonio no para de hablar consigo mismo—, si mi palacio está abandonado? Entonces Satán viajó al mundo para buscar compañía. Muy pronto encontró legiones de adoradores que cayeron rendidos ante su poder y su riqueza. A donde él fuera iba la fiesta. Nunca brilló tanto el oro, nunca se bebieron mejores vinos, nunca se vieron mujeres más deslumbrantes. ¡Qué de aventuras! ¡Qué de conquistas! Sin embargo, uno puede estar solo a pesar de estar acompañado. El demonio se dio cuenta de que no era a él a quien amaban los humanos, sino a ellos mismos. Cada uno de sus seguidores se veía reflejado en el mágico espejo de su figura. Entonces Belcebú quiso castigar a sus falsos amigos. Mientras más les daba más les quitaba. Fue así que sucedió algo que ni siquiera él —una inteligencia superior— pudo haber previsto: no lo abandonaron. Cada vez los trataba peor, pero ellos no se iban de su lado. Lo rodeaban como una turba de pordioseros envueltos en los jirones de las elegantes prendas que les había regalado. Lucifer entendió que era seguido por un rebaño de animales que se creen libres. Su soledad se volvió más intensa. Les cobró a los humanos un odio enfermizo. Les envió terremotos, peste, guerra, locura. Nada cambió. Por fin se cansó y decidió retornar a su morada. ¿En qué me equivoqué?, se preguntó —como sabemos el diablo no deja de hablar consigo mismo—. Les di todo lo que deseaban y jamás fueron capaces de amarme. Los humanos son criaturas ingratas, egoístas, despreciables ¡Nunca más vuelvo a buscarlos! Aquí en la Tierra, los humanos apenas se dieron cuenta de que Satán se había marchado. Todo siguió igual o, mejor dicho, casi igual. Los denarios no perdieron su valor, aunque vistos de cerca, sacaron manchas pardas. La champaña no dejó de tener burbujas, aunque ya no fueran igual de embriagadoras. El demonio observaba todo desde la torre de su castillo. ¡No tardan en rogar que vuelva! —se hacía la ilusión el pobre diablo. No, los humanos no extrañaron a Luzbel. Descubrieron que ya no lo necesitaban. A pesar de sus carencias, aprendieron a remediar la ausencia del Demonio con sus propios recursos. Cada quien se convirtió en un diablillo. La majestad del mal nunca más regresó a la Tierra, pero la suma de millones de pequeñas maldades bastó para que continuara el grotesco carnaval. Desde el infierno el diablo contemplaba lo que sucedía en el mundo. ¡Qué solo me siento! —una pequeña lágrima corrió de sus mejillas bermejas. Los humanos ignoraron sus lamentos. Sabían que el último ardid del diablo es causar lástima…..Y POR HOY ES TODO.