EDITORIAL

Fin de esta historia

Más allá de lo que rodeó a lo que se ha llamado, con evidentes fines mediáticos, “el juicio del siglo”, es claro que en EU terminaron por hacer lo que éramos incapaces de llevar a cabo.

Independientemente de todos los cargos que existían en EU contra Joaquín Guzmán Loera,  El Chapo, imaginemos, más bajo un proceso de autocrítica que de morbo, lo que hubiera sido en nuestro país un juicio contra el afamado capo. La instrumentación de la justicia hubiera terminado por ser, sin exagerar, de altísimo riesgo para la seguridad nacional.

El Chapo será recordado como el narcotraficante que le pasó por encima al Estado mexicano. Se fugó en dos ocasiones poniendo en evidencia todos los esquemas de seguridad de dos cárceles mexicanas de alta seguridad.

No había manera de juzgarlo en México ni de tenerlo en una cárcel, en cualquier momento se podía aplicar aquello de “si ya saben cómo soy, para qué me traen” Su fama fue tal que hasta en EU estaban en vilo por lo que pudiera hacer el capo.

Joaquín Guzmán es uno de los productos más acabados del narcotráfico en el mundo, y es también la cara más lamentable de los altos niveles de corrupción en el país. No se le puede ver si no se analiza y revisa el papel que las autoridades mexicanas jugaron de manera cómplice a lo largo de todo este tiempo.

Durante el largo proceso en que dominó y controló el mercado del narcotráfico, Joaquín Guzmán tuvo la complicidad de las autoridades mexicanas, sin importar su signo político. Nunca se atacaron de manera puntual y comprometida las estructuras del capo.

Aquello de que hay que seguir la ruta del dinero no formó parte de estrategias que pudiera cerrarle los caminos, a quien penosamente llegó a salir en la revista Forbes como uno de los más ricos del mundo.

No pareciera que hayamos aprendido de esta dolorosa página de ilegalidad, violencia, tráfico de drogas y muerte. No se ve ni por asomo que las autoridades mexicanas hayan aprendido de un pasaje que muestra de manera patética las innumerables debilidades de la gobernabilidad y la inseguridad; el reto ya es para el nuevo gobierno.

Hay otra parte de la historia que tiene que ver con nosotros mismos. Se veía a El Chapo bajo una dualidad, al mismo tiempo era identificado como un delincuente, pero también se apareció una suerte de singular héroe. El encuentro que tuvo con dos artistas acabó por darle una imagen a Guzmán Loera que, dígase lo que se diga, surgió como un suculento producto de hechura hollywoodense, es sólo cuestión de tiempo.

La herencia del capo también permea ya entre muchos jóvenes. Bajo las condiciones en que un buen número de ellos vive y  ve una figura como la de El Chapo todo puede resultar riesgoso.

De ser un hombre que violaba de manera flagrante y abusiva la ley, se convirtió, para más de alguno, en el personaje audaz que retaba al Gobierno haciendo un túnel de 1.5 kilómetros para fugarse desde una cárcel de alta seguridad. El Chapo carcomió a una parte de la sociedad mexicana y le construyó al país la más oprobiosa de las famas.

La cadena perpetua hace justicia en EU, pero por más que los jueces y fiscales enfaticen que también se le hace justicia a México es evidente que no.

Estamos ante el fin de esta historia y sabemos que, al fin de un capo, vendrá otro. Sabemos también que en EU les da por la moralina en el tema de las drogas, nosotros aparecemos como culpables de todo.

Tiene un tinte trágico este fin. Hicieron la tarea por nosotros, nos quedamos con los muertos, con la corrupción, no se hizo justicia en el país, y todo indica que además nos quedamos sin un quinto de la fortuna del capo, quien será recordado como parte de un momento del país que le permitió ser quien era.

EDITORIAL

Recesión o Reactivación

Mucha inquietud y polémica ha provocado entre analistas y medios de comunicación el hecho de que la economía mexicana podría entrar en una “recesión”. Un término sin duda aterrador cuando de economía se habla.

No obstante, desde un particular punto de vista, la polémica es hasta cierto punto inocua, dado el muy deficiente comportamiento de la economía mexicana ya latente desde hace al menos nueve meses. Es decir, definir si desde el punto de vista “técnico” está en recesión o no la economía no ayuda mucho al entendimiento de la coyuntura por la que atravesamos.

Resulta interesante comenzar por el significado de una recesión. Se atribuye a la National Bureau of Economic Reserach (NBER), la explicación más aceptada de lo que es una recesión. La cual se define como “Una caída significativa de la actividad económica que se extiende por toda la economía en su conjunto, que dura más que unos pocos meses, y que sea normalmente visible en el PIB real, el ingreso real, el empleo, la producción industrial y en las ventas al menudeo y mayoreo”. Considera que el periodo mínimo necesario para definirla es de, por lo menos, seis meses y toma en cuenta indicadores mensuales para tener una mayor precisión. Se trata de una “definición técnica” que coadyuva a homologar criterios para el análisis económico.

Sin duda hay elementos que atizan los temores que México haya caído en una recesión en la primera mitad del año. El PIB del primer trimestre ya se redujo, incluso, si tomamos además el cuarto trimestre del año pasado, el avance económico es prácticamente nulo. Además, la producción industrial se desplomó en mayo, entrando este sector a una zona de franca recesión.

Pero, lo importante es que en el segundo trimestre de este año la economía volverá a mostrar debilidad, incluso como algunos analistas estiman, la producción podría volver a reducirse dando cabida al concepto técnico de “recesión”.

De existir una caída de la producción en el segundo trimestre del año, se estima que será moderada. Quizá lo más relevante, es que se prevé en la mayoría de los escenarios económicos una reactivación productiva en la segunda parte del año. Es decir, después de nueve meses de ausencia de crecimiento, catalogar o no como recesión la situación económica hacia el segundo trimestre del año es, bajo las circunstancias actuales, de menor importancia frente al hecho de evaluar las posibilidades de una pronta recuperación productiva.

En efecto, los consensos de los analistas en las principales encuestas apuntan a que en el segundo semestre se podría registrar un crecimiento del PIB cercano al 1.6% anual, por arriba de 0.4% que algunos estimamos para la primera mitad del año.

El lector se preguntará ¿de dónde sale tanto optimismo de los analistas económicos? En primer lugar, hay evidencia de que el consumo de los hogares no se ha debilitado como la inversión (de hecho, se prevé que siga fungiendo como pilar del crecimiento en los años que vienen). Así lo denotan los reportes de ventas al menudeo y el crecimiento de los salarios. También las exportaciones han recobrado ímpetu.

Por otro lado, es esperan impulsos significativos por el lado de la política pública. Específicamente, una importante reactivación del gasto público en inversión y una política económica más relajada (baja en la tasa de interés). Asimismo, es previsible que la producción de petróleo frene su caída libre y, al menos se estabilice. Ojalá este escenario –en gran medida en manos del gobierno– se concrete y sustituya las preocupaciones de una recesión por el de una recuperación.

EDITORIAL

Redadas, aquí y allá

Si algo nos debe quedar claro es que Donald Trump no va a cambiar un ápice su mirada sobre los migrantes. Es una constante que ahora en la presidencia se la ha pasado señalando y castigando.

Este fin de semana está tratando con redadas de expulsar de su país a un buen número de migrantes, a quienes en la mayoría de los casos los ve como delincuentes.

Estamos en medio de un escenario de enorme complejidad y con mínima capacidad de maniobra. El Gobierno mexicano ha tratado a como dé lugar de llevar la fiesta en paz y en ello, en muchos casos ha cedido de más.

Sin embargo, las presiones han definido, quizá obligadamente, a tomar algunas decisiones al Gobierno mexicano. Son intentos de entenderse con un presidente al que se le aplica aquello de que “como digo una cosa, digo otra”.

Los acuerdos a los que ambas administraciones han llegado son tomados muy en serio en nuestro país, en tanto que Trump los ve de otra manera, aunque se la pase escribiendo tuits en los que dice que “estamos haciendo un tremendo trabajo”.

Las redadas son un enorme problema que inevitablemente nos va a obligar a cambiar algunas estrategias. Dice Trump que lo que busca es ir tras aquellos que han entrado ilegalmente a su país o que son perseguidos por la justicia.

Va a ser muy difícil distinguir entre unos y otros porque para Trump los migrantes sin papeles son, antes que nada, personas que han violado la ley y deben ser expulsadas.

No está claro qué puede acabar de pasar; ayer hubo muchos amagos y mucho miedo. Estamos ante una especie de cacería de brujas.

Muchos migrantes, particularmente quienes se la han pasado toda su vida en EU, están bajo una crisis y una profunda preocupación. Algunos de ellos tienen negocios avalados por la propia administración de los condados en los que se localizan.

Repitámoslo: los migrantes han sido y son una pieza fundamental en el desarrollo de EU. Se la han pasado a lo largo de muchos años siendo invisibles, pero hoy, en medio de una política racista y discriminatoria, van tras ellos.

Los migrantes son el centro de un brutal drama. Por un lado están siendo inevitablemente parte de una campaña electoral, y por el otro, están bajo una condición en la que tienen una mínima capacidad de maniobra y no se ve hasta dónde puede llegar la mano del Gobierno mexicano en su ayuda.

Los cincuenta consulados son el centro para acogerlos y, sobre todo, asesorarlos. El gran dilema que se le viene a López Obrador es si puede continuar con una estrategia como la que ha seguido hasta ahora con Trump. Quizá estemos ante el preámbulo que lo obligue a cambiar aspectos de la relación bilateral.

Lo que ha pasado desde el pasado fin de semana puede ser el inicio del fin de una singular luna de miel.

El “no se enganchen”, al que se refirió el Presidente hace unos días, esperamos que no sea sinónimo de no darle la debida importancia a un problema que va a afectar a miles de familias. Por más que haya acuerdos sobre migración y que nos anden tomando el tiempo para cumplirlos, está claro que poco o nada le puede acabar por importar a Trump si lo alejan de su intento de reelegirse.

La psicosis que hay en muchas ciudades de Estados Unidos no nos puede pasar por alto. Ante las redadas y las inminentes expulsiones, se tiene que instrumentar un programa en que les demos cabida en su propio país.

Pero sobre todo, debemos estar claros en que no basta con que sólo veamos por los nuestros, estamos obligados a revisar lo que se está haciendo en el país porque aquí y allá, si alguien está siendo seriamente perjudicado y perseguido, son los migrantes.

Urzúa y Collado

Urzúa y Collado

Todo indica que para el Presidente la renuncia de Carlos Urzúa a la SHCP no es un asunto en el cual se vaya a detener, aunque se suponga que de hecho lo pudiera llevar a una reflexión sobre el estado de las cosas.

Con Urzúa fuera del gobierno todo lo que eran elogios y reconocimientos desaparecieron, hasta parece que fue un error haberlo designado. Ayer el Presidente le dio una buena zarandeada, de defenderlo hace algunos meses de las críticas que hizo Germán Martínez sobre la forma en que se estaba desarrollando la estrategia económica la cual afectaba al IMSS, pasó a las críticas, pero para el extitular de Hacienda.

En la mañanera apuntó que el Plan Nacional de Desarrollo parecía que lo había hecho “Meade o Carstens, dicho con todo respeto, porque son buenas personas”. Llama la atención que hayan tenido que pasar siete meses para que se dieran cuenta de la perspectiva que Urzúa tiene de la economía.

Independientemente de los argumentos que plantean el extitular de Hacienda y el Presidente, la renuncia debería ser, por principio, una buena oportunidad. Sin embargo, todo indica que López Obrador no hizo acuse de recibo. Le dio vuelta a la página con la designación de un muy buen personaje.

Por lo pronto, no están del todo claras las consecuencias que pueda tener el cambio. El nombramiento de Herrera ha sido inicialmente bien recibido, de alguna forma se va capeando el temporal. Habrá que esperar al mediano plazo para ver cómo reaccionan los mercados.

Mientras el martes en la mañana el gobierno tuvo una fuerte sacudida, hacia la tarde fue detenido uno de los abogados más identificados con casos fuertes y bravos y ligado directamente a lo que el Presidente llama la “mafia del poder”.

En medio de inevitables interpretaciones del escándalo matutino pasamos al escándalo vespertino. Si esto fue pensado como parte de una estrategia para, en algún sentido, mitigar lo que se podía venir con la renuncia de Urzúa; de alguna manera la detención de Juan Collado de algo sirvió.

No están para pasarse por alto los nexos que tiene con los expresidentes Peña Nieto y Salinas de Gortari, más allá que haya sido detenido comiendo con el eterno líder petrolero Romero Deschamps.

Para atenderse está lo que se puede venir detrás de estos dos sensibles asuntos.

Las finanzas del país en este sexenio también se manejan desde Palacio Nacional, a la vieja usanza. El reto para Arturo Herrera es defender su proyecto y mostrarle al Presidente las opciones que pueden presentarse ante la cuestionada economía.

Se reconoce que las calificadoras a veces actúan bajo criterios que pueden ser cuestionables. Sin embargo, son un referente para los mercados internacionales. No se pueden descalificar tan fácilmente porque son el instrumento para los inversionistas; es lo que los lleva a decir sí o no a un país.

Arturo Herrera sabe bien a lo que se enfrenta, sobre todo porque conoce muy bien a su jefe. Sabe qué terrenos pisar, pero también en qué terrenos debe de dar sus grandes batallas. Si no hubo acuse de recibo con la renuncia de Carlos Urzúa, el nuevo titular de Hacienda tendrá que hacerle ver al Presidente y a su círculo de incondicionales que los proyectos se deben ensanchar sin hacer a un lado los objetivos centrales de gobierno.

Por otro lado, todo parece indicar que Juan Collado se la pasará un buen rato en la cárcel. Lo que tendremos que ver es hasta dónde llega su detención. No basta con que salga el nombre de los expresidentes, no deja de ser una oportunidad para empezar a abrir expedientes de temas que están en el imaginario colectivo.

El pasado martes ya está ubicado como uno de los días significativos de la presente administración.

EDITORIAL

Gobierno dividido

Las últimas administraciones federales democráticas convivieron con un “gobierno dividido”. Es decir, el Ejecutivo federal no contaba con mayoría en el Congreso y eso obligaba al Ejecutivo a negociar con el Legislativo su programa de Gobierno. Hoy la situación ha cambiado; Morena cuenta con la mayoría en el Congreso (impulsada por el voto popular, pero también por los acuerdos de coalición); sin embargo, la división gubernamental ahora no es con las Cámaras; es en el mismo gobierno, en el gabinete.

No se trata de un gobierno dividido, como uno esperaba que pasara, atribuible al pasado político diverso de sus miembros. Cuando Germán Martínez renunció, en mayo, al Instituto Mexicano del Seguro Social (IMSS) fueron muchos los que sospecharon que la razón de su renuncia era su incompatibilidad con la Cuarta Transformación, resultado de su formación panista. Sin embargo, la carta de renuncia del exdirector del IMSS fue clara al señalar “injerencias perniciosas” por parte de la Secretaría de Hacienda y Crédito Público (SHCP), que no sólo le impedían desempeñar sus funciones como director, sino que estaban obstaculizando las funciones sustantivas del IMSS.

No es un gobierno dividido por los funcionarios que no se ciñen a la austeridad republicana. En la renuncia de Josefa González Blanco a la Secretaría de Medio Ambiente y Recursos Naturales (Semarnat), la exsecretaria señaló como causa de la renuncia el hacer esperar un avión para que pudiera tomar el vuelo. Sin embargo, tiempo después se dio a conocer que la secretaria justificaba su falta de atención a la crisis de incendios y la llegada del sargazo a las playas, a que, con el fin de cumplir con las políticas de austeridad impulsadas por Hacienda, había tenido que despedir a miles de trabajadores y que, sumado a ello, tenía una restricción presupuestal que le impedía hacer frente a los compromisos de su Secretaría.

Ahora sabemos que tampoco es un gobierno dividido por la Secretaría de Hacienda. En su carta de renuncia a la SCHP, Carlos Urzúa denunció la inexperiencia de funcionarios públicos impuestos dentro de la dependencia,  conflictos de intereses y toma de decisiones de política pública sin sustento.

El gabinete no es un cónclave, sino una extensión del Presidente para el ejercicio de sus funciones; su división es una noticia espeluznante, pero alentadora para los que se oponen a la 4T. El Ejecutivo ha hablado incesantemente de conservadores y neoliberales. Con el fin de activar a sus bases y justificar su propio radicalismo ha creado un lenguaje fanático, fantástico y radical, que ha poseído a sus bases que exigen las acciones transformadoras y “necesarias”, que hagan realidad el discurso enardecido. Y aquí está la división en el Gobierno: mientras unos hacen miles de sacrificios, no por placer, ni por pasión, ni energía, sino simplemente por su indecisión a costa de la economía, de la seguridad, del trabajo de miles de funcionarios y de su propia reputación profesional, hay otros funcionarios que les resulta inadmisible trabajar renunciando a su razón y a su coherencia.

EDITORIAL

Después de Urzúa

Una de las razones de la relevancia política de la renuncia de Carlos Urzúa es que ha quedado probado, más allá de toda duda razonable, el despilfarro de recursos públicos en programas caprichosos e improvisados. Lo habíamos dicho muchos con evidencia anecdótica, aquí y allá. Pero ahora lo reconoció en su carta el exresponsable de Hacienda, Crédito Público, Programación y Presupuesto.

Los jueces y magistrados federales que frenaron el capricho de Santa Lucía pueden sentirse reivindicados por el servicio prestado a la Nación, al posponer lo que es, a todas luces, un error de inversión e infraestructura. Los empresarios y ONG miembros del colectivo #NoMásDerroches deben sentirse orgullosos por enfrentar decisiones políticas sin fundamento, a pesar de recibir insultos por “obstruir”. Y aunque los partidos de oposición se alegren, los remeros del navío 4T no deberían, como reacción inversa, “montarse en su macho”. La Patria es primero. La lección que les toca asumir es comprender, por fin, el deber patriótico de hacer las políticas públicas con base en evidencia.

Hay evidencia en términos de seguridad, ambientales y económicos de que Santa Lucía no es una buena idea. Hay evidencia etnográfica de que la beca universal a estudiantes no se está invirtiendo en las familias y, con mucha frecuencia, se va en comprar celulares vistosos o en alcohol. Hay testimonios contra empleadores que dicen contratar a jóvenes, pero que, en realidad, les han ofrecido un porcentaje de la beca a cambio de no hacer nada.

La hechura de las políticas públicas con base en evidencia no tiene nada que ver con el neoliberalismo. Se llama sentido común o, si prefieren, racionalidad presupuestaria. Cuando AMLO presumió en uno de los debates presidenciales que las ayudas a adultos mayores habían salido de su corazoncito, seguramente no mintió. Pero una golondrina no hace verano. México peligra por exceso de voluntarismo. La gran diferencia entre Lula y AMLO es obvia ahora. El primero no le consultó a solas a su corazón para diseñar “Bolsa familia”, su gran programa social; se inspiró en modelos exitosos, aunque lejanos, e ideológicamente opuestos, como “Solidaridad”, de Carlos Salinas.

En este contexto, es perverso que algunos políticos de la 4T quieran aprovechar para ganar adeptos en las corrientes más de izquierda de Morena, con el cliché de Urzúa neoliberal. El senador Monreal escribió que la renuncia del responsable de Hacienda era previsible, porque “no es fácil adaptarse a un proyecto cuyo objetivo es sacudirse el neoliberalismo; los intereses son fuertes; las resistencias, también. Confiamos en el cambio de régimen; debemos perseverar. Respaldamos la decisión presidencial”. Si colocáramos su tuit en un traductor que pase de la retórica a las verdaderas motivaciones políticas, leeríamos: “Ahora tengo la oportunidad de ganarme a esos sectores del partido que no me apoyaron para gobernar la capital. Creen que Urzúa salió por razones ideológicas y no por la improvisación y los caprichos de la 4T”.

EDITORIAL

Una renuncia para pensarle

Quizá el martes fue el día más difícil que haya tenido López Obrador desde que ganó las elecciones, hace más de un año.

El impacto de la renuncia de Carlos Urzúa no sólo está en la renuncia misma, sino en el contenido de la misiva que le envió al Presidente. Explica con claridad las dificultades internas que tenía para ejercer su cargo.

Lo dicho por Urzúa tiene, además, cuestionamientos que no se pueden soslayar: “se han tomado decisiones de política pública sin sustento, resultó inaceptable la imposición de funcionarios sin conocimiento de la Hacienda Pública”. Lo que menciona a continuación no puede quedarse sólo en una simple explicación; merece una investigación, porque, de comprobarse, estaremos ante un delito: “esto fue, asegura, motivado por personajes influyentes con un patente conflicto de interés”.

Las consecuencias se dejaron sentir de inmediato, particularmente en la cotización del dólar. La sensible baja en la Bolsa Mexicana de Valores se debió a una serie de razones. La renuncia de Urzúa fue una de ella; pero no necesariamente la central, como se quiso hacer ver.

Lo que sería un grave error, con consecuencias en el ejercicio del poder, es andar como si nada hubiera pasado bajo el “se va uno, pero ya tengo al sustituto”. La explicación del Presidente en la presentación de su propuesta del nuevo titular de Hacienda, en la persona del sensible y avezado Arturo Herrera, pareció que lo que quería era cerrar la puerta sin hacer acuse de recibo: “él no está conforme con las decisiones que estamos tomando”.

Las renuncias en los gobiernos van y vienen. El gran problema que enfrenta López Obrador es que no estamos ante ajustes de su gabinete, sino ante renuncias, que de fondo tienen argumentos y razones que cuestionan y que debieran llevarlo a hacer un análisis de lo que hasta ahora se ha hecho; ante esto no tiene sentido el “voy derecho y no me quito”.

Como era de esperarse, algunos han salido en defensa de López Obrador; de la noche a la mañana, todas las virtudes que presumían de Urzúa desaparecieron por arte de magia; o más bien, por arte de su renuncia. Hay que reconocer que era un buen funcionario, que es un buen profesional y que al final actuó en conciencia.

En algún sentido, las renuncias de Germán Martínez como director de IMSS y la de Carlos Urzúa tienen puntos coincidentes. Las dos apuntan a diferencias internas en las estrategias económicas y en el diseño de las políticas públicas.

Los dos personajes no sólo tienen buena fama como profesionales; en su trabajo en este sexenio fueron reconocidos y suponemos que por todo ello y más fueron designados por el Presidente en sus estratégicos y sensibles cargos.

Algo no está funcionando; o si se quiere, algo se tiene que ajustar. Se han dado a conocer encuestas de empresas serias, en las que el Presidente empieza a pagar los estragos del ejercicio del poder y de las decisiones que ha tomado, en forma y fondo; era previsible.

La gran ventaja que tiene el Presidente son sus altos niveles de aceptación y popularidad. Sin embargo, empieza a estar cada vez más expuesto y con renuncias como la de ayer. También le renunció el director de la Unidad Antisecuestros de la FGR. Además de expuesto, también empieza a ser cuestionado.

Un elemento final a considerar sobre ayer. Carlos Urzúa no se guardó nada en su carta; es un buen dato, porque nos la hemos pasado bajo las renuncias por motivos de salud. Ofreció razones y explicaciones que no deben ser desatendidas con el argumento de que “quien no quiera seguir en el barco, que se baje, porque la 4T va”.

Lo que ha pasado estos meses obliga a considerar las renuncias como la de Martínez y la de Urzúa bajo el análisis; no con militancias ni con las tripas.

EDITORIAL

45 días, tache o palomita

El tema migrante no nos va dejar en paz, con todo y que el gobierno le cumpla a Trump todas sus demandas.

Si bien es un asunto que hoy tiene la marca centroamericana, no se puede soslayar lo que está pasando con los mexicanos en EU y con los connacionales que siguen intentando cruzar la línea.

A pesar de que ha disminuido el número de mexicanos que intenta pasar a EU, el asunto sigue siendo de atención. Por razones obvias nos hemos concentrado en la migración centroamericana, pero la mexicana no debe perderse de vista, insistimos, con todo y su disminución.

La demanda migrante ha generado una suerte de mercados paralelos. Los migrantes tienen que pagar casi por todo. Así como existe una solidaridad manifiesta de muchos ciudadanos, también hay casos, no pocos por cierto, en los que se les explota y se les engaña de manera brutalmente grosera.

La semana pasada alertábamos sobre los problemas que están enfrentando los migrantes ante las nuevas políticas del gobierno mexicano. Se están buscando nuevas rutas para cruzar el país para llegar a la línea, las cuales son de alto riesgo.

No sólo se debe a que son más peligrosas por lo arriesgado que de suyo es cruzar el país por su orografía. Están también las condiciones en las que lo hacen, a lo que se suma el que estén sujetos a un “pollero” que en una de ésas puede ser capaz de dejar a los migrantes a la intemperie y en medio de la nada.

No es casual que ayer el presidente de la CNDH le haya solicitado a la Guardia Nacional que haga públicos los protocolos que está instrumentando para detener a los migrantes. Aseguró en la 44 reunión del Consejo Nacional de Seguridad Pública, que en caso de que no existan deberán crearse y transparentarse. Por cierto, sigue siendo un enigma por qué el Presidente está distanciado de la CNDH, además de que no deja de ser un hecho desafortunado.

No perdamos de vista de nuevo que las razones por las cuales la gran mayoría de los migrantes deciden dejar sus lugares de origen son definitivamente justificadas, en muchos casos están entre la vida y la muerte en sus propios países.

No queda claro cuál va a ser el criterio que va a utilizar Trump para ponernos palomita o tache en el tema migratorio, los 45 días del emplazamiento siguen corriendo. Atenerse a lo que escribe a diario en sus tuits no da garantías de absolutamente nada.

Estos días se la ha pasado elogiándonos a toda hora. Tiene razones electorales para hacerlo, lo hace para recordarle a toda hora a los demócratas que el Gobierno de López Obrador sí hace la tarea migratoria, en tanto que ellos no. Pero también recordemos que el presidente de EU puede cambiar totalmente de opinión de un tuit a otro; los elogios de hoy pueden ser agresiones y adjetivos mañana.

El otro problema que se nos va acercando tiene que ver con la decisión que tomó el presidente Trump de hacer redadas al interior de EU en contra de migrantes sin papeles, la iba a instrumentar estos días, pero optó por hacerlo en una o dos semanas.

El dilema para el gobierno de López Obrador va a poner a prueba, lo que define como una relación reconocida y ponderada con el gobierno de Trump. ¿Qué va a hacer cuando se empiece a expulsar migrantes y se dé cuenta que la gran mayoría son mexicanos? Suponemos que lo primero que será que llegue a su fin es el club de los elogios mutuos.

El canciller Ebrard vislumbra lo que puede venir, habla de defender a los mexicanos en EU, al tiempo que los consulados ya están haciendo lo propio.

Tres cosas no quedan claras: qué va a pasar cuando se cumplan los famosos 45 días del tache o palomita, qué va a pasar con los mexicanos cuando empiecen las redadas y, sobre todo, qué va a hacer López Obrador ante esto.

EDITORIAL

AMLO, de ayer a hoy…

Aquella noche del 1 de julio de 2018, en México todo comenzó a cambiar, empezando porque el Presidente electo inició su mandato casi desde el primer minuto del día siguiente.

El triunfo de Andrés Manuel López Obrador fue tan aplastante para la administración saliente —ya para entonces inéditamente impopular—, que Enrique Peña Nieto y todo su gabinete prácticamente desaparecieron mucho antes del 1o de diciembre.

“Posiblemente nunca, al comienzo de un gobierno, se haya hecho tanto en tan poco tiempo”, dijo el Presidente, el lunes pasado en el Zócalo capitalino, en su “informe de labores” a siete meses de haber asumido el cargo. Pero hay otros datos…

La Ley de Remuneraciones —o “Austeridad Republicana”, como mejor se le conoce— ha sido de lo más destacado, ¿y cómo no?, si ya suman más de 21 mil trabajadores los que han “renunciado” a sus puestos en 263 dependencias de gobierno, ante la instrucción de reducir el gasto de recursos al mínimo.

Dicha austeridad ha sido la responsable de algunas de las 11 renuncias de altos funcionarios en los últimos siete meses, entre miembros del gabinete y otros de organismos autónomos.

Esta semana fue Luis Abelardo González Quijano, titular de la Unidad de Energías Renovables, de la Secretaría de Energía (Sener), quien anunció a través de su cuenta de Twitter que por motivos personales dejaba su cargo.

En el recuento, Clara Torres Armendáriz, directora de Estancias Infantiles, fue de las primeras en irse, luego de anunciarse la decisión de desaparecer el programa que atendía a 315 mil niños menores de cuatro años, para dar lugar a la entrega de un “apoyo directo” de mil 600 pesos a los padres y “evitar así la corrupción”…

Quizá la salida más estridente es la de Germán Martínez, de la dirección del IMSS, con la dura carta que reveló las afectaciones de los tijeretazos; Simón Levy, a la Sectur; Patricia Bugarín, a la SSPC…

Tonatiuh Guillén López dejó el Instituto Nacional de Migración sin detallar causas, cuando se anunció el acuerdo con Estados Unidos para frenar la migración de Centroamérica, incluyendo el despliegue de la Guardia Nacional, ante las advertencias de organizaciones de derechos humanos sobre la falta de capacitación en dicha materia.

“De ustedes va a depender mucho el que llevemos a cabo entre todos los mexicanos la cuarta transformación”, dijo Andrés Manuel López Obrador a los miembros de la Guardia Nacional en el Campo Marte hace unos días, envolviendo en la nube del olvido aquellos años en los que desde la oposición criticaba severamente la militarización del país.

Esta Guardia Nacional que ha tenido una atropellada recepción en sus primeros días, y a ver si no pasa de ser la esperanza de paz, a la mayor de sus polémicas.

En su festejo, López Obrador reconoció que la seguridad es un pendiente y ¡vaya que lo es!; si entre la austeridad ha quedado en entredicho el presupuesto para ese fin, que era claramente prioritario.

Lo advirtió el Observatorio Nacional Ciudadano al señalar que de los 239 mil millones de pesos de inversión en seguridad, sólo 33 mil mdp (14 por ciento) están destinados a la prevención, mientras que el 70 por ciento del recurso se va en gastos operativos.

En lo que toca a la cultura, para muchos es el capítulo más doloroso, porque una vez más resultó ser la más ninguneada, junto con la ciencia y la tecnología, como se puede ver en el Presupuesto de Egresos de la Federación.

Aunque el Presidente dio la cara por el “error” cometido sobre las universidades públicas, ”porque yo hice un compromiso de que no se iba a reducir”, dijo el mandatario, en una ocasión —de varias— en que ha tenido que salir a mitigar los errores de su equipo.

En lo que no claudica —pese a la polémica— es en la construcción del Aeropuerto de Santa Lucía. El 17 de junio, el Poder Judicial de la Federación ordenó su suspensión definitiva y el proceso para resolver si el proyecto continúa o no podría tomar varios años si la apelación del Gobierno no obtiene resultados favorables.

Mientras tanto, millones de viajeros pagarán las consecuencias de este litigio con un aeropuerto insuficiente en la Ciudad de México, el número 20 entre los 50 más conectadas del mundo.

La salud, la economía y la violencia son nuestros grandes pendientes, y lo reconoce López Obrador. Porque lo que se percibe es lo que es y el temor es inocultable…

No es que México no se la juegue con el Presidente que tan convencido eligió, pero quien sabe cuánto tiempo más aguante los dolorosos golpes de la violencia y la evidente falta de oportunidades; así, sin una estrategia precisamente clara, al final del túnel…

EDITORIAL

 

Lo trágico y el miedo a la muerte

 

El trabajo de un terapeuta debería servir para que los pacientes aprovechen mejor el presente. Es una idea poderosa y un motor clínico extraordinario, aunque todos los días los terapeutas se enfrentan consigo mismos y con los otros y se ven repitiendo viejos patrones heredados y aprendidos, como en una tragedia griega en la que no hay salida alguna porque la maldición transgeneracional debe cumplirse.

Jesús Silva-Herzog escribió Contra la tersura, un ensayo sobre el intento de rehuir al dolor y al lamento, a la experiencia de lo trágico. Cita a Simon Critchley, filósofo inglés que entiende lo trágico como “la conspiración en la que activamente nos coludimos para obrar nuestra propia ruina”, porque la tragedia exige algo de complicidad con los fantasmas que habitan el inconsciente.

Nos gusta pensarnos libres de elegir nuestro destino cuando en realidad somos “juguetes, tuercas, trapos”. Aceptarnos miserables, llenos de contradicciones, viviendo entre ilusiones rotas y quizá por encima de todo, mortales, nos llena de angustia y ganas de escapar del dolor de nuestra extinción y de los que amamos.

El miedo a la muerte, con su perspectiva absurda de dolor y sufrimiento, amarga la existencia de tanto en tanto. Critchley afirma que frente a la mortalidad “o nos lanzamos a los placeres del olvido, de la intoxicación, de la acumulación de dinero y posesiones o creemos en formas mágicas de la salvación y en las promesas de inmortalidad de las religiones”.

Es el miedo lo que nos esclaviza: “Quien ha aprendido a morir ha desaprendido a ser un esclavo”, sentenció Montaigne. Habría que preguntarse qué actitudes, emociones e ideas tenemos ante nuestra finitud. Cierta tranquilidad y calma ante la muerte es el objetivo último para muchos filósofos. Paradójicamente, aceptar y vivir con conciencia de mortalidad, hace que la felicidad sea posible.

Critchley describe en su libro la muerte de 190 filósofos: Heráclito se ahogó en excremento de vaca, Diógenes murió conteniendo la respiración, Guillermo de Ockham falleció por la peste negra, Tomás Moro decapitado, Descartes de neumonía, Montesquieu en los brazos de su amante, Rousseau de una hemorragia cerebral, Roland Barthes atropellado, Deleuze defenestrado, loco de dolor por enfisema, Derrida de cáncer de páncreas, a la misma edad a la que había fallecido su padre y de la misma enfermedad.

Critchley sugiere eliminar el ansia de inmortalidad y agrega que lo realmente duro es encontrar cura para la muerte más difícil de soportar: la de la gente que queremos: “Sus muertes son las que nos matan, las que deshacen el traje de nuestro yo, las que deshacen el sentido que le hemos dado a la vida” y se pregunta qué tipo de alegría o tranquilidad es posible después de esta tragedia.

Aceptar la mortalidad es aceptar las propias limitaciones. Aceptar que la muerte es el límite de la vida, que somos criaturas no autónomas, influidas y acotadas por la naturaleza y la cultura puede ser la máxima lección de humildad.

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