Caudillos, cuasicaudillos y neocaudillos

Una de las categorías que se usan para estudiar la historia de América Latina en los siglos XIX y XX es la del caudillismo. ¿Qué es un caudillo? Hay varias maneras de entender este concepto, pero aquí diré que un caudillo es el gobernante de una nación que ejerce un poder absoluto sobre la base de su popularidad y liderazgo militar.

No confundamos al caudillo con el cacique. El primero es un líder nacional, el segundo es un jefe regional. Un cacique puede llegar a ser un caudillo y un caudillo puede retroceder a ser un cacique, pero la diferencia entre ambos es clara.

¿Quiénes han sido los caudillos de la historia de México? Hidalgo gobernó casi como un caudillo durante un breve periodo en Guadalajara. Pero su poder no fue nacional. Por eso lo llamaré, como a otros personajes de la historia de México, un cuasicaudillo, es decir, alguien que tiene algunas características de un caudillo, pero no cumple de manera redonda con la definición ofrecida.

Otro cuasicaudillo de la historia de México de aquel periodo fue Félix Calleja. Aunque no era mexicano, Calleja conocía el territorio nacional, tenía redes con los caciques y jefes locales y llegó al Virreinato de la Nueva España con un poderío militar que nadie jamás había tenido durante la colonia. No tenía, sin embargo, arraigo popular.

El primer caudillo de la historia de México fue Agustín de Iturbide, que unió a todo el país bajo su liderazgo fundado en el poderío militar y fue proclamado emperador por la soldadesca y luego ratificado por el Congreso, como si tratara de un emperador romano.

El segundo caudillo, el paradigmático de nuestro siglo XIX, fue Antonio López de Santa Anna. Un hombre carismático, indispensable, que estaba por encima de todas las divisiones de la sociedad. Fue en contra del caudillismo de Santa Anna que la revolución de Ayutla pretendió un nuevo principio de la nación mexicana. Del impulso de esa revolución procede la figura de Benito Juárez, que aunque triunfó en la guerra civil y, luego, en la lucha contra la intervención francesa, no fue un jefe militar, por lo que, aunque gobernó casi como un dictador, no diríamos que fue un caudillo, sino, más bien, un cuasicaudillo.

El tercer caudillo nacional, el más poderoso, el más majestuoso, fue Porfirio Díaz. Héroe mítico de guerra, conocedor de cada palmo del país, dueño de todas las voluntades. Díaz fue un dictador sui generis porque se presentaba a elecciones y las ganaba –o eso se decía– legitimando de esa manera su poder. En otra de este caudillo comenzó la Revolución mexicana.

¿Fueron caudillos Madero, Villa, Zapata y Carranza? Me parece que no, aunque podríamos describirlos como cuasicaudillos por diversas razones. Madero ganó una revolución, pero no gobernó de manera absolutista; Villa estuvo al mando de un ejército poderoso, pero no tuvo control total del país, como Zapata. Carranza fue un primer jefe, pero gobernó como un dictador más que como un caudillo.

El cuarto caudillo de la historia de México fue Álvaro Obregón. Él fue el último presidente que ganó poder por medio de su autoridad militar, de su conocimiento exhaustivo del territorio y de sus habitantes, de su liderazgo indiscutible y, a la vez, temible. Si Obregón no hubiera sido asesinado es probable que nunca hubiera existido el PRI.

Plutarco Elías Calles pasará a la historia de México por haber inventado un sistema político a prueba de caudillos. Sería un gravísimo error confundir el presidencialismo con el caudillismo. El priismo nunca fue una dictadura, mucho menos una dictadura perfecta. Sin embargo, el sistema político diseñado por Calles y perfeccionado por los presidentes que los sucedieron, ya no existe. Ahora podemos vislumbrar el surgimiento de un neocaudillismo.

Se han trazado analogías entre AMLO y otros personajes de nuestra historia. A mí me parece que este tipo de juicios comparativos sirve de poco para entender el fenómeno actual, por más puntos en común que haya entre los caudillos y cuasicaudillos de antes y el candidato de Morena. Lo que sí diría es que el proceso político en el que nos encontramos nos enfrenta con un nuevo tipo de caudillismo cuyas consecuencias tendrán que examinarse en caso de que acontezca.

EDITORIAL

 

Cuba sin Fidel, de Julio Patán

 

Las revistas de viajes a menudo dicen otra cosa, pero La Habana se cae a pedazos: una ciudad donde para reparar sus casas, los habitantes no pueden comprar un vidrio, un bote de pintura, una chapa, un cable, una moldura. La Revolución como una utopía sin cristales.

Esta Habana encontró el novelista mexicano Julio Patán al asomarse detrás del Telón del Mojito hace año y medio y la cuenta en Cuba sin Fidel (Planeta), 148 páginas con rescoldos garciamarquianos de un libro de hace 62 años: De viaje por los países socialistas (Oveja negra).

El paralelismo provoca estupor: La Habana de 2017, que describe Patán, es copia al carbón del Berlín oriental, de la Praga socialista, de la Varsovia comunista, del Budapest totalitario, del Moscú feudal de ¡1956!, que describió García Márquez aquel año.

Y eso que García Márquez era ya un periodista simpatizante de las llamadas “democracias populares” de Europa del Este, cuando echó un vistazo detrás del Telón de Acero; mientras que Patán es un escritor fervorosamente liberal, democrático y defensor del capital y la libertad.

De Cuba sin Fidel queda para el futuro la mirada minuciosa de Patán: su historia de Carlos, estudiante universitario, quien antes de un minuto de plática ya le ha pedido al narrador la mochila (“porque aquí no hay”), las gafas (“porque aquí no hay”) y 20 dólares (“porque aquí no hay”).

También la historia de M, quien va a una revisión ginecológica de rutina y le informan: “Tienes infección. Tengo que sacarte el DIU”. Pero no tenía infección. La doctora se lo quitó para venderlo a otra paciente. “Hay un mercado negro de esas cosas”, escribe Patán.

La ojeada de Patán a Cuba sin Fidel muestra a La Habana 59 años después del bombardeo comunista, narrada como una road movie: “Un edificio ruinoso. Sólo en su segunda planta de goteras y cables, que sólo me había tocado ver en la India, viven 145 personas que comparten un baño”.

Es un libro cáustico, pero no exento de amor. Patán habla del “misterio de La Habana”: esa soleada ciudad con mar y su halo brumoso de antiguo esplendor.

Nos quedamos con sus descripciones de la vida cotidiana, que recuerdan a una vieja canción anónima de la trova tradicional, que cuenta sobre una flor a orillas de una fuente, arrancada por un huracán, y un colibrí que vuela para salvarla del torrente.

Y cada vez que el colibrí, con el pico la tocaba, se sumergía en el agua con la flor. Hasta que, cayendo desmayado en la corriente, corrió la misma suerte que la flor. Así hay en el mundo seres: que la vida les cuesta un tesoro.

Los cubanos de Cuba.

EDITORIAL

El futuro de Ricardo Anaya

Candidato por imposición, líder sin lealtades, Ricardo Anaya enfrentará este domingo su primera eliminatoria rumbo a la Presidencia. Si el aún segundo mejor posicionado en encuestas no sorprende con algo más que su buena dicción y gran retórica, si no mata, frente a la opinión pública, las sospechas de ser abusado, pero mentiroso; adinerado, pero corrupto, y deja de pretenderse víctima de un complot, entonces Anaya no pasará a la final en contra de “ya saben quién”.

Si Ricardo Anaya no consigue, durante el debate, enviar señales claras, nítidas y confiables de inclusión y racionalidad política a los priistas tachados por él de rateros y sinvergüenzas, si repite o le preguntan si habrá cárcel para el Presidente Peña Nieto y responde con evasivas y relativismo, entonces Anaya podrá olvidarse del potencial voto anti-AMLO a su favor; y peor: ni soñar con priistas operando para su causa. Su fama por no cumplir acuerdos ni respetar empeños le encarecen futuras alianzas.

Si el domingo, Ricardo Anaya no fija un mensaje claro con propuestas concretas, si no sale de su discurso para spot trilingüe, sin principios ni valores en sus bases azules, amarillas y naranjas, si no va más allá de vendernos la misma coalición que ha gobernado sin trascendencia Guerrero, Oaxaca, Tlaxcala, Nayarit, Puebla o Veracruz, si no confronta que su Frente se cohesionó concesionando candidaturas a hijos y esposas de gobernadores patrocinadores entonces Anaya será rebasado por José Antonio Meade y desangrado (de panismo) por Margarita Zavala.

Si Ricardo Anaya se desploma el domingo, entonces ocurrirá una suerte de plan B que muchos panistas escépticos intuyen. Si Anaya no puede ganar la Presidencia, el partido fundado por Manuel Gómez Morín será su botín, su fuero político; plataforma para un segundo intento seis años después, que por edad y nivel de conocimiento con cargo al erario, lo hacen factible.

Entonces el PAN sin Margarita Zavala, sin Germán Martínez, sin Javier Lozano, sin Juan Ignacio Zavala, con Felipe Calderón acotado, en resistencia interna, con Ernesto Cordero atrincherado en la presidencia del Senado, Roberto Gil Zuarth de sabático forzado, Luisa María Calderón consumiendo su escaño, con el payaso de las cachetadas, Vicente Fox, evaporándose en frívolas vulgaridades, el PAN que hospeda a los dueños del cascarón perredista, y socio de Dante Delgado en regiones de poder, con este PAN que copta mentes brillantes, hoy leales al nuevo jefe, joven y brillante, será su nueva nave política.

Desde ese reducto, Ricardo Anaya sobrevivirá frente a “ya saben quién” o ante otr@ ganador poco probable. Será entonces interlocutor obligado, jefe de una oposición beligerante, dueño de un frente dispersado en congresos y gobiernos locales, coalición que resista y espere a que el mito, AMLO todo puede sucumba ante la realidad del poder y no poder. Guarecido, en espera de su segunda vuelta, en 2024.

EDITORIAL

 

 

CNTE, la pedagogía de las pedradas

 

El ambiente político puede degradarse y hasta pudrirse; el problema es que no percibimos el daño hasta que suele ser demasiado tarde.

Por ello, es responsabilidad de los partidos, las organizaciones sociales y del gobierno, por supuesto, cuidar que prevalezcan las condiciones que garanticen la gobernabilidad democrática.

Hay grupos que apuestan a la violencia y uno de los más relevantes es la CNTE.

Lo han hecho desde hace años y lo volvieron a hacer el fin de semana en Puerto Escondido, Oaxaca, agrediendo a pedradas a simpatizantes del candidato presidencial del PRI, José Antonio Meade.

No fue un hecho casual. Lo tenían planeado desde días antes e inclusive lo hicieron público, señalando que el priista “no era bienvenido” en Oaxaca.

El secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete, reveló que se tuvieron que tomar las providencias necesarias para que el enfrentamiento no llegara a mayores.

Los “profesores” ya  anunciaron que habrá más protestas en contra de los candidatos “neoliberales” como Ricardo Anaya y Margarita Zavala.

No quieren que continúe la Reforma Educativa y harán lo posible para detener cualquier transformación. Pero tampoco tienen mucho interés porque la situación mejore. Para ellos, mientras peor es mejor.

Están envalentonados porque piensan que su candidato, Andrés Manuel López Obrador, puede ganar la contienda y  harán lo que se les venga en gana.

Ya tienen experiencia. En Oaxaca ponían al responsable del Instituto de Educación y tenían en la procuraduría estatal un fiscal que se ocupaba de los delitos cometidos contra profesores y, lo más importante, de los que ellos mismos eran acusados. Era el círculo perfecto de la impunidad.

Llevan años tratando de liberar a tres profesores acusados del secuestro de dos niños (en 2013), el cuarto involucrado salió hace casi un año. Todos  esos “profesores” cobran su sueldo, aunque estén tras las rejas.  Los dos niños pasaron 142 días encerrados en una cisterna.

La CNTE tiene buenos aliados y ello ha permitido su sobrevivencia política, aunque con un costo muy alto, inclusive monetario.

Es importante que los partidos se deslinden de estos grupos o que dejen claro que el cálculo electoral es más importante.

La CNTE no va a cambiar y si se le da más poder todo terminará por empeorar.

Además, descomponer el ambiente no abona en la democracia y sí fortalece esquemas delincuenciales. No es juego, y eso puede verse por las decenas de muertos que ya pueden contarse en este proceso electoral.

Hay que cerrar el paso a la degradación y ello sólo puede ocurrir refrendando el compromiso con el debate plural y el respeto a la ley.

No es un chiste que se declare a algún candidato, cualquiera que sea, persona no grata y que con ello se arroguen una representatividad con la que no cuentan, y de paso se expresen con la contundente pedagogía de las pedradas.

EDITORIAL

1994, lo que cambian los debates presidenciales

El primer debate de candidatos presidenciales, que fue televisado, se realizó el 26 de septiembre de 1960 y lo protagonizaron Richard Nixon y John F. Kennedy.

Tuvo una alta audiencia porque se trasmitió por las principales cadenas. Se calcula que 36.5 por ciento de la población estuvo atenta a la esgrima entre el republicano y el demócrata.

El encuentro lo ganó Kennedy, cambiando el curso de la elección y de la historia. Más allá de los argumentos, lo que contó fue la imagen. Un joven articulado, vestido de oscuro, con una hermosa corbata, contrastaba con el vicepresidente de Estados Unidos, sudoroso y enfermo.

Nixon lo reconocería: “Confíen plenamente en su productor televisivo, déjenlo que les ponga maquillaje, incluso si lo odias; que te diga cómo sentarte, cuáles son los mejores ángulos o qué hacer con el cabello. A mí me desilusiona, pero debí hacerlo; como fui derrotado por no hacerlo, nunca volví a cometer ese error”.

Tuvieron que pasar 34 años para que en México se realizara el primer debate presidencial y que se trasmitiera por televisión abierta. Participaron Cuauhtémoc Cárdenas, por el PRD; Diego Fernández de Cevallos, candidato de los panistas; y el abanderado del PRI, Ernesto Zedillo.

Se realizó el 12 de mayo de 1994; lo moderó la periodista Mayté Noriega y duró 90 minutos.

Las lecciones de aquel primer ejercicio fueron que ganó quien supo utilizar mejor el formato. La televisión requiere mensajes cortos y contundentes, pues no hay gran margen para la reflexión en pocos minutos. Se ataca y se repliega.

Fernández de Cevallos atacó a Cárdenas, quien iba en segundo lugar en las encuestas, y se abalanzó sobre Zedillo, diciéndole que estaba ahí por dos desgracias: la muerte de Colosio y la designación presidencial.

Zedillo apeló, más allá de ser el más joven de los tres, a su experiencia y preparación en el gobierno.

Cárdenas hizo hincapié en la necesidad de un cambio democrático y buscó colocar una agenda de contraste con la administración de Carlos Salinas de Gortari, dejando pasar los ataques de Fernández de Cevallos; hasta que ya fue tarde.

Sucedió algo que para aquellos años resultaba novedoso: el debate lo ganó el candidato del PAN. A la mañana siguiente, el entonces secretario general de los panistas, Felipe Calderón, dio a conocer una encuesta de la que se desprendía que 54 por ciento de los entrevistados pensaba que el panista se había llevado la noche; frente a un 24 por ciento que afirmaba que el mejor era Zedillo; y un 8 por ciento creía que Cárdenas era el vencedor.

El encuentro movió las preferencias. Lo que ocurrió después tuvo que ver, lo que no deja de ser otra lección, con que ya no se realizó otro debate, y con que el PRI y el gobierno trabajaron fuerte para que Zedillo resultara electo Presidente de la República.

A 24 años de aquel debate, más vale que todos aquilatemos lo que está en juego.

EDITORIAL

Lima: fracaso anunciado

En muy pocos años, todas las condiciones que hacían de las cumbres de las Américas, organizadas por la OEA, un foro útil para las relaciones interamericanas, se han venido abajo. El diálogo entre Estados Unidos y América Latina y entre los propios gobiernos latinoamericanos se ha enturbiado como nunca, después de la caída del Muro de Berlín. El objetivo básico de esas cumbres, que es el encuentro cara a cara de los mandatarios de Estados Unidos y Canadá con sus pares del sur, esta vez no se cumplirá por la ausencia del presidente Donald J. Trump.

Era, de por sí, difícil imaginar el papel de Trump en Lima, dado su pésimo récord diplomático, su desinterés en América Latina y sus agravios a varios gobiernos, especialmente al mexicano y los centroamericanos, a los que responsabiliza por una inmigración “indeseada” en Estados Unidos. Tampoco es Trump —un presidente que los gobiernos de Cuba, Venezuela y la izquierda “bolivariana” vieron siempre como una opción preferible a Hillary Clinton, por sus fuertes vínculos con Rusia—, el líder mejor acreditado para cuestionar la legitimidad de Nicolás Maduro o Raúl Castro.

De haberlo hecho, habría propiciado un artificial entendimiento entre los gobiernos latinoamericanos frente a Estados Unidos. Y digo artificial porque lo que realmente divide a América Latina no es Trump o Washington sino temas regionales como la terrible situación venezolana, propiciada por el evidente autoritarismo del gobierno de Nicolás Maduro, o la destitución de Dilma Rousseff o el encarcelamiento de Lula da Silva. Esos serán tópicos de mayor discordancia que Trump y sus políticas hacia América Latina, que todos, especialmente algunos no “bolivarianos”, rechazan por principio.

La cumbre se celebra, para empezar, en un país en que el presidente ha debido renunciar por vínculos con la red de sobornos de Odebrecht. Los nexos de este emporio brasileño con la clase política latinoamericana fueron tan extendidos que casi todos los gobiernos de la región, desde el de Juan Manuel Santos hasta el de Raúl Castro, están bajo sospecha. La trama Odebrecht probablemente quede sumergida en los debates, pero será, sin duda, un tabú a voces entre mandatarios que confirman que el gran capital latinoamericano y sus redes de corrupción no distinguen entre derechas e izquierdas.

La decisión de excluir a Venezuela, por parte del Secretario General Luis Almagro, fue un error que ahora se verá con mayor claridad. La ausencia de Maduro será utilizada por los gobiernos bolivarianos para acusar a los demás de complicidad con Estados Unidos. El show ya tuvo un adelanto con el estridente arribo de la delegación de la “verdadera sociedad civil cubana”, es decir, la sociedad política del Estado cubano, cuyos representantes aterrizaron con vivas a Raúl y a Venezuela. En vez de un debate sobre la corrupción y el autoritarismo, verdaderas amenazas regionales, en Lima veremos mucha retórica a favor de Lula y Maduro y en contra de Trump y Almagro.

EDITORIAL

 

 

El centro escolar Juchitán y la Sedena

 

Con los temblores no se sabe cuáles terminarán siendo sus consecuencias. Todo se empieza a saber días después, luego de recorrer ciudades y comunidades. La bella orografía de muchos estados del país es una de las razones por las cuales todo se ve cerca y lejos.

La pobreza se suma en innumerables ocasiones a la tragedia. Es una historia que se repite, se vive y que todos conocemos.

Se ha perdido de vista que mucha gente no ha podido reponerse y recuperarse después de los severos y dolorosos sismos de septiembre. No sólo se trata de la CDMX, es la capital y tiende a tener la atención de los medios, sino también se trata de Oaxaca, Guerrero, Puebla y Morelos, entre otros.

En diciembre pasado, en poblaciones de Oaxaca, como Ixtepec, Santa María Xadani, Ixtaltepec y Juchitán, pudimos observar que la reconstrucción iba particularmente lenta. De lo que vimos en septiembre a lo que apreciamos tres meses después la diferencia era realmente poca.

La tónica se ha mantenido. Todo va como en cámara lenta entre que dejó de ser tema para los políticos, entre que la burocracia puede matar cualquier buena intención y que es de reconocerse que es muy difícil acceder a algunas comunidades. Sin embargo, también es cierto que si se quiere llegar y ayudar, se puede hacer.

La voluntad política y la convicción son claves para enfrentar retos como el que venimos viviendo desde septiembre pasado. Ante los sismos se presentaron momentos de gran relevancia y profundamente emocionantes; no nos referimos sólo a la irrupción de la sociedad, señaladamente los jóvenes.

También son de destacarse las muchas acciones de gobiernos. Fueron oportunas y solidarias, pero en muchos casos dejaron de ser consistentes. De ayudar y dejarse ver fueron pasando a dejar todo en la burocracia, la cual, si no se le presiona y no tiene voluntad, pasa a ser engorrosa, pero sobre todo letal.

La reconstrucción del Centro Escolar Juchitán se ha convertido en la suma de virtudes; es algo así como lo que se debe hacer, en forma y fondo. Todo se efectuó de manera transparente, planeada y en tiempo. La reconstrucción costó lo que se dijo desde el inicio, nadie se llevó un “moche” ni sacó raja para dirigir el dinero a la caja chica de un tercero, como bien sabemos que se estila.

El asunto no tiene mucha ciencia que digamos. La razón es que cada quien hizo lo que tenía que hacer.

Los que hicieron el presupuesto no se salieron de él, los trabajadores se comprometieron a terminar en las fechas establecidas y lo hicieron, y el operador y promotor de la reconstrucción cumplió a cabalidad lo que prometió públicamente hace 8 meses.

El operador, promotor y responsable de la obra fue la Sedena. No permitió que nadie se metiera y la dejaron trabajar. Cumplió y no lo anda gritando a los cuatro vientos.

Juchitán, en medio de su dolor, tiene motivos para la emoción y para motivarse: su centro escolar.

¿Será tan difícil hacer lo que llevaron a cabo las y los juchitecos y la Sedena?

EDITORIAL

 

Karl Marx, tan viejo como nuestra Independencia

 

Karl Marx fue más celebrado que leído. A 200 años de su nacimiento no deja de asombrar cómo influyó en el mundo y en la izquierda. Publicó el Manifiesto Comunista a los 30 años y El Capital a los 49 años.

Pero, quizá, la proyección más acabada de su obra, aunque esto no sea justo, sea el equívoco del socialismo real.

Conocedor del capitalismo como pocos, descubrió la mecánica interna que llevaría a su perfeccionamiento y posterior destrucción.

No fue así, hoy lo sabemos, porque la economía socialista no atentó contra el modo de producción capitalista, sino contra la realidad misma.

El socialismo, sin embargo, de la mano del marxismo, sedujo a la mayoría de los intelectuales más dotados e interesantes del siglo XX. Por ceguera de taller o conveniencia, esquivaron lo que ocurría en Europa Central y en China, en el tema de las libertades, y trataron de adaptar la ilusión a las sociedades occidentales.

Como en tantas cosas, mi generación llegó tarde al marxismo. Cuando apenas iniciábamos en la política se cayó el muro de Berlín y se desintegró la Unión Soviética.

Lo que vimos, después del naufragio, no le podía gustar a nadie, y sus estragos aún perduran.

Hoy no queda sino el reflejo de los poderes burocráticos y los nuevos ricos que surgieron de los sótanos de las policías políticas y de grupos mafiosos que eran los únicos capaces de almacenar recursos en un ambiente donde la escasez era lo común.

La izquierda mexicana, y en particular el PCM, nunca tuvo una relación muy cercana con Moscú, sobre todo a partir de la invasión a Checoslovaquia, en los años sesenta. Estaban en su órbita, pero no necesariamente navegaban como le habría gustado a la nomenclatura y a sus viejos líderes.

Marx jugaba un papel importante y sacarlo de los pedestales casi religiosos fue una tarea impresionante, que tuvo uno de sus momentos culminantes en el XX Congreso del PCM, sin lo cual no se explicaría la evolución posterior a partidos comprometidos con la democracia y sus reglas.

Es más, los esfuerzos socialdemócratas no son concebibles sin el pasado marxista y sin la agenda que se colocó alrededor de temas como la justicia y la igualdad.

Era la construcción de una utopía, que vista y reflexionada décadas después, cobra toda su importancia.

Suena a un asunto antiguo y más ante una constelación política carente de referentes, en donde la izquierda mexicana parece extraviada, al grado de que no tendrá candidato en la boleta electoral porque se sumó al populismo conservador o a la derecha pueblerina.

Sin embargo es actual, por todo que puede implicar, si tomamos en cuenta que Marx es tan viejo como la Independencia y tan joven como nuestra Revolución.

EDITORIAL

 

Las pensiones y la suerte de los presidentes

 

Desde hace años, la idea de retirar la pensión a los expresidentes ha estado en el debate público. Es una posición populista y que, además, sólo afectaría a Luis Echeverría y a Vicente Fox.

Carlos Salinas de Gortari y Ernesto Zedillo renunciaron a ella y Felipe Calderón dona el monto a una fundación.

Con lo que sí cuentan todos ellos es con la seguridad que les proporciona el Estado Mayor Presidencial; y el personal que colabora en sus oficinas es pagado con recursos públicos.

En términos presupuestales, lo que se gasta no es relevante, pero resulta práctico para quienes asumieron la posición más importante por el voto de los ciudadanos.

En otros países, quienes fueron mandatarios se integran a los consejos de Estado, donde participan cuando la agenda así lo requiere, aprovechando su conocimiento y contactos.

Nuestra experiencia es más bien tormentosa al respecto. Muchas veces, quienes gobernaron tienen que salir del país por largas temporadas.

Gustavo Díaz Ordaz fue designado embajador en España y Luis Echeverría, en las islas Fiji. En ambos casos se les alejó para que no intervinieran en asuntos que ya no les competían.

Echeverría, el único expresidente que sí ha estado preso, aunque sea en arresto domiciliario, ya vive en el retiro.

José López Portillo vivió asediado por sus propios excesos, propiciados, además, por leyendas alrededor de su patrimonio.

Miguel de la Madrid tuvo una suerte distinta, porque quien lo sucedió en el cargo lo cuidó y no permitió que se entablaran revanchas en su contra.

De la Madrid contaba con una buena imagen, lo que le permitió ser director del Fondo de Cultura Económica y participar en la vida pública sin que se provocaran problemas.

Para Salinas de Gortari, quien vivió una larga temporada fuera del país, las cosas resultaron más complicadas, porque su salida del poder coincidió con la crisis económica y porque su hermano Raúl fue perseguido y encarcelado, aunque resultó absuelto de lo que se le acusaba.

En la actualidad, Salinas de Gortari es un referente y logró insertarse en la discusión de las ideas, aportando intelectualmente.

Ernesto Zedillo se alejó de México para participar en diversos consejos económicos y hace apenas unas semanas escribió una crítica dura y certera a la política migratoria del presidente Donald Trump.

Vicente Fox participa en la agenda mediática y lo hace con la capacidad de comunicar que le conocemos. Su apuesta, en el corto plazo, es que Andrés Manuel López Obrador no llegue a la Presidencia.

Felipe Calderón, en cambio, viene defendiendo lo que ocurrió en su administración y, sobre todo, lo que se refiere al tema toral: la estrategia en seguridad.

Era uno de los costos del sistema político, que concentraba mucho poder en el mandatario en turno, pero que se terminaba una vez que el sucesor llegaba al poder.

La legitimidad provenía de las propias reglas, algunas meta constitucionales, y no de fuerza propia.

EDITORIAL

Volpi y el premio a los secuestradores

En su columna de El Financiero, el periodista Salvador Camarena elogia el nuevo libro de Jorge Volpi Una novela criminal, ganador del premio Alfaguara, en el que el autor recrea el caso de Israel Vallarta y Florence Cassez, la secuestradora francesa que fue liberada no por su inocencia, sino por fallas a su debido proceso en un caso de abierta intervención del gobierno francés de Nicolás Sarkozy en México.

Volpi dice que le “parece difícil hallar un momento más aciago en esta historia plagada de engaños y abusos de autoridad: el instante en que, impuesta la razón de Estado, a un montaje se le suma otro y para satisfacer al presidente, el gobierno mexicano utiliza todo su poder contra una sola familia”. ¿Razón de Estado, satisfacer al presidente, historia plagada de engaños?

Sí, es verdad, hubo irregularidades en el proceso de detención de Cassez y de Vallarta aquel 9 de diciembre del 2005. Los policías federales llegaron y verificaron que en ese predio habitaban Florence Cassez e Israel Vallarta. Ahí encontraron también a dos secuestrados: la señora Cristina Ríos Valladares y su hijo, de entonces 11 años, a quienes rescataron.

La violación al debido proceso de Cassez y Vallarta se dio porque, al ser detenidos, agentes de la Policía Federal decidieron esperar un tiempo antes de ponerlos a disposición del Ministerio Público para que pudieran llegar los medios de comunicación a registrarlo.

Mal. Se debió de haber contactado al consulado francés y haberlos puesto de inmediato a disposición del Ministerio Público. Ese fue un error, pero nadie negó en ese momento que estos personajes sí cometieron secuestro, torturaron y mutilaron a sus víctimas.

Cuando comenzó el movimiento para liberar a Cassez, con mucha valentía la señora Cristina Ríos Valladares, una de sus víctimas, escribió una carta narrando su calvario en el rancho Las Chinitas.  Narró que Cassez fue quien le sacó sangre a su hijo para enviársela al padre del menor y así presionarlo a que pagara el rescate. Ríos Valladares también contó que durante su secuestro Cassez, iracunda porque Israel Vallarta, el líder de la banda, la acosaba (llegó a violarla), le decía que se desquitaría con ella. Ríos afirmó que la francesa le sacó sangre a ella y a su hijo, y mostró las marcas de los golpes que tenía dos meses después de  haber sido rescatada.

Además de por lo menos cinco víctimas, otros cuatro presuntos integrantes de la  banda de secuestradores del Zodiaco involucraron a Florence y a Israel en varios secuestros que realizaron de manera conjunta.

David Orozco, uno de los miembros de la banda, confesó ser secuestrador y que conoció a Israel Vallarta en el 2000. En ese entonces todos trabajaron para la misma banda y llevaban una relación cordial. En ese entonces, en la organización estaban Israel Vallarta y su hermano René, sus sobrinos Alejandro y Juan Carlos Vallarta. Eran la banda de los Zodiacos.

A raíz de que Cassez entra a la banda, narra Orozco, empezó la discordia, ya que ella quería tomar el mando junto con Israel, situación con la cual ya no estuvieron de acuerdo los demás miembros. Según sus testimonios, Cassez ya no les proporcionaba información de lo que se cobraba y ella decidía, incluso, cuánto dinero le tocaba a cada uno.

Por esa razón, René Vallarta, sus dos sobrinos y Orozco comenzaron a trabajar de manera independiente. Se originaron dos nuevos grupos criminales y de ellos se derivó uno más. Una de las bandas fue la de Los Palafox, que se unió a Los Tablajeros y Los Japos.

Todas las víctimas de la banda de los Zodiacos los reconocen como sus secuestradores, estuvieron indignados con la liberación de Cassez y ahora asisten atónitas no sólo a los intentos por liberar a Vallarta, sino a que se les vuelva a victimizar en un texto que termina recibiendo nada menos que el premio Alfaguara.

Volpi asegura que el montaje contra Vallarta “ha quedado impune desde el 2005 y que hoy Vallarta está en una cárcel de máxima seguridad en donde 13 años después, aún espera una sentencia”.

La justicia para Vallarta ha sido lenta por el trabajo de sus abogados y la mala decisión de la Suprema Corte en el caso Cassez, pero lo ha sido mucho más para sus víctimas, esas mismas víctimas que Volpi ignora en su texto. Ahí están los testimonios de quienes estaban en cautiverio en el Rancho Las Chinitas, donde vivían Cassez y Vallarta, y de quienes habían sido secuestrados con anterioridad por esta misma banda.

Para Volpi, Israel Vallarta “no es sino uno de los miles de mexicanos que han sufrido abusos por parte de las autoridades y han sido víctimas de la corrupción y la desvergüenza de quienes les han impedido tener un proceso justo”.

La desvergüenza es ignorar a las víctimas de secuestro, a quienes fueron torturados y violados por Israel Vallarta. La desvergüenza es que exista un movimiento, al que pertenece Volpi, que quiere convertir en víctimas a los peores victimarios simplemente por razones políticas; que terminan atribuyéndole la responsabilidad al Estado (el mismo Estado para el que el propio Volpi ha trabajado por lo menos en los tres últimos sexenios como agregado en París, como director del Canal 22, como director del Cervantino y ahora en la UNAM), aunque con ello terminen exculpando a los peores criminales.

Liberemos a los secuestradores y violadores, demos amnistía a los narcos y sicarios, castiguemos a policías, soldados y marinos; total, todo se vale en una campaña electoral.

1 2 3 15