EDITORIAL

Preguntas estúpidas

Mónica Lewinsky escribió un valiente y doloroso ensayo en la revista Vanity Fair de este mes, con motivo de su participación en el documental The Clinton Affair próximo a estrenarse. Lewinsky fue llamada durante años “esa mujer”, puta, zorra, tonta, incasable y un largo y vergonzoso etcétera y 20 años después decide compartir la historia en sus propias palabras.

Lamenta que los Clinton sostengan que ella no fue víctima de un abuso de poder, porque “era una adulta”, declaró Hillary a CBS en una entrevista reciente. En junio, Bill dijo que no le debe una disculpa porque lo hizo públicamente en 1998 pero Mónica piensa que “él sería una mejor persona y colaboraría en que tuviéramos una mejor sociedad, si hoy eligiera disculparse libremente”.

Las diferencias de cómo Lewinsky y Clinton han tenido que enfrentar el escándalo durante todos estos años es abismal. El poder se define por la tranquilidad y hasta la soberbia con la que un hombre puede recibir preguntas que no quiere contestar.

¿Quién tiene derecho a vivir en la tierra de las víctimas? ¿Quién decide si alguien es una víctima o no? Usualmente no la persona que ha sido protagonista de la experiencia sino la sociedad, que como coro griego cree tener algo que opinar en esta decisión.

Seguirse preguntando si alguien es una víctima o una zorra, una virgen o una puta, es emblemático de la estupidez social y de la incapacidad para complejizar narraciones.

¿Por qué querría revisitar las partes más traumáticas y dolorosas de mi vida otra vez, públicamente, frente a una cámara y sin el control de cómo serán usadas las entrevistas? Lewinsky responde: porque no puede borrar los recuerdos dolorosos; porque para seguir adelante en la vida hay que correr riesgos profesionales y emocionales; porque la reparación requiere de enfrentarse con lo que nos arrepentimos de haber hecho y que nos avergüenza todavía.

En terapia Lewinsky concluyó que la recaída depresiva que sufrió durante este proceso se llama duelo: por el dolor que causó a otros, por la mujer joven y rota en la que se convirtió después de 1998, por la traición de un amigo y de un hombre a quien parecía importarle. Por todos los años que perdió siendo vista como “esa mujer”, cuya boca no servía para hablar y que quedó reducida durante años a un receptáculo del deseo de un hombre poderoso. Por la joven de 24 años asustada y adolorida.

En 2009, cuando a Clinton le preguntaron por qué tuvo una relación con una becaria, la respuesta literal fue “porque podía”. Hoy Lewinsky también cuenta su historia porque a los 45 años puede hacerlo, porque no quiere ser una más de las mujeres que necesitan que alguien las traduzca para merecer que se les escuche o que deciden guardar silencio para no ser tachadas de problemáticas. “Porque si mi historia sirve para que ningún joven tenga que pasar por esto de nuevo, habrá valido la pena”.

EDITORIAL

Migrantes, ya en la cancha de AMLO

Por más problemas que haya no se pueden hacer a un lado las caravanas migrantes. La inminencia de la toma de posesión del nuevo gobierno, más la evidente actividad que tiene, lo obliga a atender el tema en lo inmediato.

El ausente gobierno, a lo que se ha dedicado, es a administrar la caravana. Le dio pase para que los migrantes entraran y prosiguieran su largo peregrinar hacia EU. Después de que atendió inicialmente el asunto de manera confusa y torpe, pasó a la etapa de entender que no tenía, ni debía, frenar a los migrantes. Los dejó pasar y las cosas se destensaron.

Lo que ha venido haciendo es cambiar su estrategia original actuando con sensibilidad. Se ha abocado a atender, asistir y, en algún sentido, cuidar el largo viaje de los migrantes.

El ausente gobierno, pero al fin gobierno, sabe bien que el problema ya empieza a ser de los que vienen. Quizá ésta sea una de las razones por las cuales declaran poco, de no ser los informes de Gobernación, a lo que se suma la impresión de que se mantiene distante y en algún sentido insensible ante lo que está pasando.

El nuevo gobierno está obligado a tener una respuesta y una estrategia inmediatas ante lo que va a recibir en la frontera norte. El tema no sólo pasa por cómo piensa gestionar lo que muy probablemente van a ser meses, si no es que más, de  estancia de los migrantes en la frontera.

Ya sea que le toque a un gobierno u otro, el tema va a pasar por cómo se les va a ubicar; qué tipo de atención se les va a otorgar; qué alternativas se van a ofrecer a quienes habitan en la frontera norte; y cómo van a enfrentar las muy inquietantes manifestaciones de racismo que se han presentado en nuestro país.

La otra parte de la ecuación se llama Donald Trump. Con el despliegue militar que ha instrumentado, junto con sus amenazas tuiteras, ha provocado un clima de tensión y molestia que no es fácil atemperar.

Todo puede ir por los terrenos de las reacciones de toda índole, ante las cuales se puede perder el precario control. Cualquier incidente, por menor que sea, puede llevar a hechos lamentables. El lunes, cuando empezaron a llegar los migrantes a Playas Tijuana, lo primero que hicieron fue treparse a los tubos que forman el muro en la zona.

Algunos de ellos, en la euforia por haber llegado a la frontera, después de su larguísimo y agotador viaje, se pasaron al otro lado y caminaron por la playa. En territorio de EU, y ante la mirada inquietante de las fuerzas de seguridad, las cosas pasaron por momentos de incertidumbre. A estas alturas no se sabe cómo puedan reaccionar unos y otros.

Lo que no puede pasarnos, y menos al nuevo gobierno, es ver a las caravanas como parte de la escenografía. No es sólo porque se abre un frente grande, delicado y grave al país; es también porque no se puede dejar pasar una oportunidad para redefinir la política migratoria.

El nuevo gobierno, legitimado y fuerte de origen, está en posibilidad de convocar a una gran reunión con los países de la zona, a lo que se debe sumar el concurso de organismos internacionales para que, todos juntos, debatan el tema y busquen soluciones a un problema que es de todos.

La agenda de López Obrador está realmente cargada. El tiempo le va a parecer corto para lo que prometió y quiere hacer; pronto entrará en el terreno de las prioridades.

El tema migrante está siempre entre nosotros; lo que puede y debe darle el nuevo gobierno, es dignidad y atención.

Para ello, inevitablemente va a enfrentar a Trump; será la primera de muchas.

EDITORIAL

Ante la crítica

No queda claro cuál va a ser la actitud de López Obrador ante la crítica. Uno de sus grandes retos será conformar en su entorno un equipo con quien verdaderamente rebote ideas, lo que le permita ver todo tipo de asuntos, por más incómodos que le sean.

Todo se verá en la actitud que asuma, tomando en consideración que la sociedad puede pasar del romance a la crítica severa. El Presidente electo debiera tener definido el mapa de la crítica.

Lo más importante en este momento es lograr identificar quiénes son sus críticos y sus fundamentos. No puede ver a todos igual, hay quienes hacen valer de manera seria y analítica sus puntos de vista y, también están sus detractores, los cuales han empezado a atreverse a salir después de su inobjetable triunfo.

Seguir con la idea de que quienes lo critican o le hacen observaciones son por principio “mis enemigos”, no le permite tener una perspectiva panorámica de las cosas. Se puede reducir todo a una visión acotada y aislada. El riesgo crece si en el entorno de López Obrador no se construye un equipo de análisis que lo ayude a ver como se le ve desde todos los ámbitos.

En el mediano plazo, cuando llegue el inevitablemente momento en que el ejercicio del poder desgaste, va a necesitar saber cuál es el justo medio de su gestión. Hoy no se está viendo que en su entorno tenga referentes válidos y de peso, todo indica que en este sentido las voces más bien optan por el silencio.

No queda claro si aquello que se dice, respecto a que tiende a no escuchar es cierto, o si paralelamente quienes lo rodean no se hacen valer. Desde donde se vea, el tema merece una atención distinta de la que hoy  le están dando.

El apabullante triunfo de López Obrador lo debería llevar a ver con detenimiento las razones de quienes no votaron por él, y también a quienes están ejerciendo la crítica en función de lo que se ha visto estos meses.

Algunos hechos merecen una revisión porque plantean contradicciones manifiestas del futuro gobierno que no pueden pasar de largo. Quisiéramos pensar que tampoco le son ajenas ni a López Obrador ni a su equipo inmediato.

Por más que la consulta sobre el NAIM haya salido como quería el Presidente electo, no se puede soslayar que tuvo irregularidades que terminaron cuestionándola con elementos concretos; más allá de filias y fobias. Existe un riesgo real de que se repitan muchos de estos errores en la que se va a hacer sobre la construcción del Tren Maya.

Esta consulta se va a hacer con una decisión tomada, a decir del propio López Obrador. Se asegura que la construcción del tren iniciará formalmente el 16 de diciembre, lo que pone en entredicho el sentido de la consulta.

Además, el Presidente electo aseguró que en esta consulta sí participará, como si no lo hubiera hecho en la del NAIM. Su abstención en la del aeropuerto no fue sinónimo de objetividad. A lo largo de meses fue un crítico sistemático de Texcoco, lo cual permeó seguramente en el ánimo de sus innumerables seguidores.

Estos hechos, junto con las declaraciones contradictorias de algunos integrantes de su equipo, muestran fallas de coordinación. Ayer les volvió a pasar con los dimes y diretes sobre la supuesta visita de Trump.

Uno de los problemas que han padecido los presidentes mexicanos es que van dejando de escuchar y se van aislando. Se van cerrando y empiezan a creer, nadie les hace ver lo contrario, que los problemas no tienen que ver con ellos.

A partir de esto se crean “enemigos”, a lo que se suma que a la crítica se le ve bajo el “está conmigo o contra mí”.

Todo está empezando. Es momento de diseñar una estrategia para una relación que de suyo es compleja: gobierno y la crítica.

EDITORIAL

Devorarse el PAN

Un día después de las pasadas elecciones donde Andrés Manuel López Obrador ganó de manera contundente, se decía todo lo que le había costado al PAN el agandalle de Ricardo Anaya, quien obtuvo el 22 por ciento de los votos y que fracturó al partido.

El control de un partido, sobre todo como el PAN, que en sus estatutos le da un poder enorme no sólo de decisión sino económico a sus dirigentes, es algo que Anaya no ha querido soltar.

Y en el recuento de los daños, y después de la derrota electoral, el excandidato presidencial buscó a como dé lugar seguir conservando ese coto de poder.  Imagínese usted lo que está en juego: son millones de pesos, aun ahora que se quiere hacer una reforma para recortar parte de los recursos para los partidos, que se manejan desde la dirigencia.

Y es así como en la elección interna del partido, este fin de semana para elegir dirigente, quedó al frente Marko Cortés, uno de los hombres más cercanos a Ricardo Anaya.

La disputa se dio entre Marko Cortés, apoyado por Anaya, y Manuel Gómez Morin, nieto del fundador del partido y quien contaba con el apoyo del expresidente Felipe Calderón.

Lo cierto es que el proceso interno del PAN estuvo lleno de contrastes; mientras Marko Cortés lo calificaba como una “fiesta democrática”, Gómez Morin definía el proceso como “parcial, inequitativo y antidemocrático”.

Por la noche, la presidenta de la Comisión Electoral del PAN, Cecilia Romero, informó que con el 79 por ciento de los votos de la militancia, era Marko Cortés quien ganaba la elección interna para renovar la dirigencia nacional.

Mientras que Manuel Gómez Morin sólo obtuvo el 21 por ciento de los votos.

Tras conocerse los resultados, Marko Cortés invitó a Manuel Gómez Morin a ser el titular de la Comisión Política Nacional del PAN y así lograr la democracia dentro del partido.

Gómez Morin fue claro y respondió: “no, gracias”.

Durante su campaña, en Tijuana, Gómez Morin calificó a Ricardo Anaya como “un muchacho estúpido” que quiso ganar la Presidencia de la República postulado por una alianza “contra nuestra esencia, contra nuestros principios”.

Lo cierto es que ante un PAN, que ha perdido su esencia por estas disputas de los dirigentes y por intentar bloquear a todo aquel que no esté con Anaya, no existe una oposición real en México al partido en el poder.  La oportunidad de tener un verdadero contrapeso por el momento, sobre todo ahora que Morena tiene el  control del Gobierno federal y de ambas cámaras, se perdió.

Y después de tantos agravios recibidos por parte de la corriente Anayista, Felipe Calderón, tras conocer los resultados de la elección interna, renunció al partido.

A través de una carta dirigida al Presidente nacional del PAN, Marcelo Torres, Felipe Calderón señala que renunció al partido debido a que, a su consideración, está cancelada la democracia interna y eso hace “imposible revertir” su actual situación.

En la misiva, Calderón refiere que la “camarilla que controla al partido ha abandonado por completo los principios fundamentales, las ideas básicas y las propuestas del PAN, y no le interesa sostenerlos, actualizarlos o fortalecerlos”.

El expresidente de la República señala que otro de los motivos de su renuncia es “porque ‘el consorcio’ que controla el PAN ha destruido la democracia interna, llegando al extremo de que durante los últimos años ninguna de las candidaturas relevantes del partido ha sido electa por los militantes sino impuesta por designación a la membresía”.

Y señaló que “México requiere urgentemente una opción de participación política a cuya creación ya vienen contribuyendo nuevas voces ciudadanas, especialmente de jóvenes, y permanecer en el PAN sólo implica una desviación y pérdida neta de tiempo, recursos y capacidad de organización que deben dedicarse a impulsar ese esfuerzo con todo vigor”.

Es así como Calderón renunció al partido al igual que Margarita Zavala lo hizo tras 33 años de militancia, hace poco más de un año.

La desbandada de panistas incluye personalidades como José Luis Luege Tamargo, quien renunció al PAN el 9 de octubre de 2017; un día después renunció Luisa María Calderón, Cocoa, quien pertenecía a Acción Nacional desde 1976; el exsenador por Sonora, Francisco Búrquez Valenzuela, quien renunció hace unos meses tras 20 años de militancia; el diputado Luis Fernando Salazar, quien renunció el 17 de octubre de 2018 luego de más de 20 años en el PAN y Joaquín Díaz Mena, quien dimitió tras 17 años de militancia.

A la lista se suman Javier Lozano, quien renunció en enero de 2018 por diferencias con Ricardo Anaya; Germán Martínez, quien permaneció 30 años en las filas del PAN; Gabriela Cuevas, quien estuvo 23 años en Acción Nacional, y el exalcalde de León, Ricardo Sheffield Padilla.

Y aquellos que no renunciaron y le hicieron frente a la cúpula del partido fueron expulsados, como Ernesto Cordero Arroyo, Jorge Luis Lavalle y la exdiputada federal, Eufrosina Cruz Mendoza.

El año próximo, el Partido Acción Nacional conmemorará el 80 aniversario de su fundación y desde entonces, salvo los 12 años que estuvo en el poder, hizo un contrapeso importante. Fue una oposición responsable y fuerte, algo que por el momento no tenemos en el país, en una coyuntura en donde tener una alternativa es fundamental ante un gobierno de amplia mayoría. Pero pudo más la ambición personal de unos cuantos, quienes simplemente, se devoraron el PAN.

EDITORIAL

Progresismo

En el debate público, es necesario un anclaje empírico de categorías que den cuenta de realidades diversas y cambiantes. Progresismo es una de ellas. En un sentido histórico reciente, con ello se entiende una orientación política más o menos laxa que, en oposición al proyecto neoliberal impulsado por el Consenso de Washington, recupera el papel activo del Estado como agente económico, potencia las políticas sociales, promueve la democracia participativa y aboga por una política exterior identificada con el multilateralismo, la denuncia del capitalismo global y las acciones de las grandes potencias (en especial los EUA) y propone diferentes esquemas de integración regionales.

Sus huellas se encuentran en el accionar de gobiernos de centroizquierda que, de 2000 a la fecha, fueron más cercanos al modelo de democracia representativa y economía de mercado (Brasil o Uruguay) u otros de retórica y praxis más radicales, como los casos de Bolivia y Venezuela. Los mismos que ahora parecen, en tanto ola, verse contrapesados por una nueva configuración liberal o conservadora en la región.

El principal problema del progresismo en su versión radical es el rendimiento decreciente de sus desempeños, aunado a una inversión de la ecuación fundante del pacto originario entre el líder y las masas. Si en su formulación primigenia el primero se consideraba un recurso temporal y legítimo que preparaba la creciente participación consciente de las segundas en la vida política, con el tiempo el poder del líder se autonomiza crecientemente (ante la ausencia de contrapesos institucionales y de una ciudadanía autónoma), por lo que pasa a controlar a sus bases y su compromiso originario se convierte en mera retórica de legitimación. Así, el otrora líder, representante de un pueblo cuyo mandato debe ejecutar, se convierte en un mandante cuyas directrices ejecutan, con poco espacio para el ejercicio del disenso, las masas atomizadas.

Frente a la visión dominante de la democracia —que la reduce a mera  gestión de la cosa pública por tecnócratas “eficaces” y a la simple representación de intereses individuales en instituciones representativas— esta aproximación schmittiana de la política la concibe como una suerte de guerra civil desarrollada a través de una combinación de recursos cívicos y violentos, donde se privilegia el poder de un Estado “progresista” en detrimento de diferentes actores (dominantes o subordinados) de la sociedad.

Sin embargo, otra versión de progresismo parece asomar en México. Cuando el nuevo parlamento impulsa iniciativas para proteger las finanzas de los ciudadanos, los derechos individuales al consumo responsable de marihuana y la protección a las parejas del mismo sexo, nos acercamos al tipo de progreso que, en Uruguay, Chile o Costa Rica, ha desarrollado integralmente a esas sociedades. Esperemos que ese sea el tenor de los seis años que apenas comienzan.

EDITORIAL

¿Qué va a hacer AMLO con EPN?

Tiene su dosis de enigma el por qué Peña Nieto se hizo a un lado de manera tan evidente en la transición.

No queda claro si es la civilidad política o, como hemos mencionado en otras ocasiones, es sobrevivencia. Como fuere, es evidente que López Obrador está virtualmente gobernando el país desde el martes siguiente de las elecciones.

Tarde que temprano, el nuevo gobierno tendrá que llamar a cuentas a la administración priista. Por más que López Obrador alargue plazos, pareciera que tanto sus huestes, como algunos legisladores de Morena, tienen el tema en el centro.

No es casual que muchos seguidores de AMLO tengan en la mira al todavía Presidente. Peña Nieto es en el imaginario colectivo el gran responsable de la situación que se vive hoy en el país.

Poco cuenta lo que hicieron Felipe Calderón y Vicente Fox, la memoria es corta e inmediatista. Con los panistas pasamos de la esperanza a la decepción, lo que se veía como el gran cambio, no sólo por sacar al PRI de Los Pinos, terminó siendo criticado y visto como más de lo mismo en versión blanquiazul.

Por momentos parece que Fox y Calderón ya son historia. Lo que los regresa son ellos mismos con sus declaraciones y sus desplantes. Viven bajo la tentación de los micrófonos y las redes.

En particular, la gestión de Felipe Calderón es la que más se recuerda debido a las políticas que implementó en materia de seguridad. No se olvida aquello de la declaración de guerra que le hizo al narcotráfico, para que tiempo después dijera que viéndolo bien, no era exactamente una declaración de guerra.

Con Peña Nieto todo está más fresco porque como sea sigue siendo el Presidente. No ha desaparecido para nada porque su gestión estuvo definida por desapariciones, violaciones de derechos humanos, asesinatos de periodistas y hechos de corrupción que no hay manera de olvidar.

A esto se suma que a lo largo de su campaña fue el propio López Obrador quien se encargó de recordarlo, un día sí y otro también.

No sólo fue esto lo que hizo, sustentó su campaña en la crítica al actual sexenio con todo lo que para él significa y con ello imbuyó de un ánimo electoral que para muchos resultó un voto contra Peña Nieto lo que al final terminó siendo un voto por ya saben quién.

Está claro que algo ya está haciendo. La cancelación del NAIM en Texcoco, el muy anunciado fin de la “mal llamada” Reforma Educativa, más otras medidas que ha planteado, van formando en algún sentido una paulatina destrucción del sexenio de Peña Nieto.

Lo que habrá que ver es si en medio de todo esto opta por la justicia para crear antecedentes y ser quien acude a las leyes para denunciar lo que aseguró, a lo largo de meses y años, sobre la forma en que han ejercido diversos gobernantes el poder político en el país.

Habrá que ver hasta dónde llegan sus intenciones políticas, pero también habrá que ver si a lo mejor optó por atacar lo que se ha hecho y poco a poco irle dándole vuelta a esta página.

López Obrador ha repetido que lo que quiere es gobernar y no perder el tiempo en casos que podrían ser “mediáticos y hasta escandalosos”. La cuestión es cuál podría ser la reacción ante esto de sus furibundas huestes. Hoy las tiene bajo control, pero mañana pueden ser un enigma.

La forma en que ha manejado la cancelación del NAIM ha sido cuestionada. Pareciera que lo que está haciendo es sólo cambiar de aeropuerto a los que él ha llamado insistentemente “corruptos”. Hasta ahora todo se ve en este sentido confuso.

Tarde que temprano López Obrador tendrá que decirnos qué va a hacer con un Presidente al que lleva años teniéndolo en la mira.

EDITORIAL

Pasar de candidato y activista a Presidente

El consenso que logró López Obrador con su inobjetable triunfo anda, para decirlo de manera doméstica, pasando aceite entre algunos sectores de la sociedad.

El Presidente electo lo debe saber y suponemos que lo considera. Algo que quizá no contempló es que el Presidente Peña Nieto le fuera a dejar la plaza vacía, lo que le ha permitido moverse como si ya fuera Presidente en funciones.

La cuestión ahora es cómo le va a hacer para cohesionar a una sociedad a la cual se le van viendo brechas y nuevos enconos.

En función de lo que dijo en campaña, a lo que se suma lo que ha expresado a lo largo de años, se tiene que reconocer que López Obrador no ha engañado a nadie; ha hecho lo que prometió y dijo.

El caso de la cancelación del NAIM, más la próxima derogación de la “mal llamada” Reforma Educativa, son dos ejemplos de lo mucho que nos espera. No debe haber sorpresas, quizá la verdadera sorpresa es que esté pasando lo que claramente se dijo que iba a pasar, lo que se puede deber a que no se creyó lo que prometió.

Una cosa es que el voto de algunos ciudadanos haya sido emitido con el objetivo de sacar a como diera lugar a quienes están a nada de irse, y otra que se haya considerado lo que López Obrador estaba proponiendo.

Quienes cuestionan a López Obrador es porque quieren ver a un Presidente electo que imaginaban; no hay, reiteramos, engaño alguno. Quienes se engañaron o que hoy se preguntan el porqué de lo que está pasando, más bien fue por como lo quieren ver y no por como es.

Sin embargo, todo indica que a pesar de esto, no había forma de vencer a López Obrador bajo las condiciones en las que está el país. Quizá algunos ahora se hubieran pensado su voto, pero queda claro que además de que conforman una minoría en esto, ya no hay camino de regreso.

El tabasqueño tuvo en el voto de los sectores populares, el de los jóvenes y el de ciertos ámbitos de la clase media, los ejes que le dieron su avasallador triunfo.

De manera colateral, muchos ciudadanos se unieron con su voto a López Obrador como una manera de manifestar su hartazgo, fue el medio para expresarse. No necesariamente fue un voto razonado por un candidato, fue más bien el voto contra otros candidatos y lo que representan. Fue el sufragio del “los que están ya váyanse”.

En medio de estos nuevos escenarios, con tintes de inéditos, veremos muy pronto qué es lo que va a hacer López Obrador ya como Presidente en funciones, cómo va a gobernar para todos y no sólo para sus furibundos y apasionados seguidores.

Las redes han evidenciado desde hace algunos meses la presencia de un clima postelectoral que ya no le es tan favorable a López Obrador. Como hemos venido observando, no todas las críticas merecen el calificativo de fifí y similares.

A partir del 1 de diciembre López Obrador deberá gobernar para todos, entre quienes están los que no votaron por él y que en caso de que lo hayan hecho, le están manifestando distancia, junto con cuestionamientos personales del sentido que le dieron a su voto.

Si este clima prevalece, lo que viene puede ser de alto riesgo. Pueden acentuarse las divisiones y las brechas, lo que derivaría en confrontaciones, y también en la construcción de más estigmas sociales, de hecho ya los hay, lo que provocaría todo tipo de riesgos.

No se le puede pedir a López Obrador que cambie. La razón por la cual le votaron la mayoría de los ciudadanos fue por lo que prometió, por lo que dice y quizá también por la forma en que ve al país.

Sin embargo, no todos votaron por él. Debe gobernar para todos y atemperar los caldeados ánimos.

Debe empezar a ser Presidente y dejar de ser candidato y activista.

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El nuevo mapa electoral de Estados Unidos

Como el pronóstico lo indicaba, los demócratas tomaron la casa de representantes en Estados Unidos.

De acuerdo con las encuestas de salida, hubo niveles de participación inusuales, debido a la oposición creciente entre jóvenes y mujeres a Trump que salieron a las urnas a ponerle un alto a su administración. Esta elección, más que nada, sirve como un indicador del gran descontento de millones de personas con el presidente. Sin embargo, los resultados en el Senado, donde los republicanos aumentaron su poder por tres asientos (hasta el momento) es una indicación de que, si bien es cierto que el país se mueve hacia la izquierda entre los jóvenes (en donde los demócratas tuvieron una ventaja de casi 35 puntos) y las mujeres (incluso entre mujeres blancas, hay un empate técnico entre demócratas y republicanos), las áreas rurales en Estados Unidos se vuelven cada vez más conservadoras.

Los tres asientos que perdieron los demócratas en el Senado se encuentran en Indiana, Missouri y Dakota del Norte, áreas principalmente rurales. Por el contrario, los demócratas arrasaron no sólo en las ciudades, como era de preverse, sino en los suburbios de las ciudades. Estos suburbios, que tan sólo hace dos elecciones votaron por Romney y no por Obama, se han convertido en un nuevo bastión de los demócratas.

Aunque es verdad que los residentes mayoritariamente ricos de estas áreas preferirían una reducción en sus impuestos, temas como el racismo y el calentamiento global los han llevado hacia la izquierda. En los suburbios de Nueva York, Oklahoma y Charleston, que solían ser un bastión republicano, los votantes le dijeron no a la administración Trump. Sin embargo en los distritos que votaron Obama pero en donde ganara Trump, distritos rurales en lugares como Ohio e Iowa, Trump prevaleció. El resultado no hace más que confirmar la tendencia que vimos en la elección de 2016.

Por un lado, los votantes blancos y de más de 50 años, en espacios rurales, con niveles de educación bajos, que solían votar por los demócratas por su apoyo a los sindicatos, se han vuelto férreamente conservadores. Por el otro lado, latinos, afroamericanos, asiáticos, mujeres, jóvenes y residentes urbanos se han trasladado al partido demócrata. El resultado es un nuevo mapa electoral.

Si por muchos años Iowa y Ohio solían ser estados en competencia, ahora se encuentran en el lado republicano. Por el otro lado, los republicanos han perdido todo el terrero en California, en varios distritos de Nueva York, y estados que solían tener seguros como Nevada (donde perdieron la senaduría), Texas (donde Ted Cruz estuvo a punto de perder contra un progresista) y Georgia (donde los demócratas casi ponen a la primer gobernadora afroamericana) se encuentran en amenaza.

El terreno de verdadera pelea para el futuro parece ser el Rustbelt. En esta área los demócratas dieron una sorpresiva derrota al gobernador ultraconservador de Wisconsin, obtuvieron la gubernatura de Illinois y humillaron a los candidatos a la casa de representantes en Pensilvania (estado que votó por Trump). Esta es la nueva geografía de la izquierda-derecha en Estados Unidos.

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Senado y CNDH

La Constitución mexicana establece diversas atribuciones al Senado relacionadas con el funcionamiento de la CNDH. La Cámara alta las ejerce, en buena medida, por medio de su Comisión de Derechos Humanos.

Esta instancia es la responsable, por ejemplo, de establecer las reglas del procedimiento de consulta pública mediante el cual el ombudsman nacional es nombrado cada cinco años. Si bien el nombramiento precisa la ratificación de dos terceras partes del Pleno, es esta Comisión la que integra la terna de candidatos de la cual se escoge al Defensor del Pueblo. De ahí la importancia de esta Comisión, particularmente, de su presidencia.

Partiendo de que el concepto de derechos humanos implica discrepancias con el gobierno (por definición estos derechos sólo pueden ser violados por las autoridades), la presidencia de la comisión senatorial ha sido ejercida por un representante de la oposición desde hace más de 20 años. En la administración de Vicente Fox, la presidencia de la Comisión fue ejercida por el PRI; en la de Felipe Calderón, por el PRD; y en la de Enrique Peña, también por los perredistas. El nombramiento de Kenia López Rabadán al frente de la Comisión significa que ésta será la primera vez que le corresponde al PAN ejercer la presidencia de ese órgano legislativo.

¿Qué puede esperarse de esta Comisión? Sería saludable para nuestra vida pública que se convirtiera en un contralor de la labor de la CNDH, sin que esto signifique intromisión en su autonomía. Los senadores bien podrían pedir la comparecencia tanto del ombudsman como de los Visitadores Generales para que rindan cuentas de los asuntos a su cargo.

Los senadores también podrían reformar el artículo 52 de la ley de la CNDH relativa a la rendición del informe anual de su titular. Actualmente, se establece que debe rendirse en el mes de enero ante la Comisión Permanente del Congreso de la Unión. Modificar la fecha para el mes de febrero y establecer que dicho informe deberá ser rendido ante el pleno senatorial le permitiría al ombudsman rendir cuentas de su trabajo ante los legisladores que lo nombraron.

La desaparición de los normalistas de Ayotzinapa es otro asunto sobre el que el ombudsman nos debe varias explicaciones. Su indolencia ha provocado que instituciones internacionales como la Comisión Interamericana de Derechos Humanos, o bien, nacionales como un Tribunal Colegiado de Tamaulipas, presenten su versión de los hechos. Mientras tanto, el organismo constitucionalmente encargado de la materia se ha abstenido de determinar si hubo violaciones a derechos humanos, en qué consistieron y quiénes las perpetraron.

La senadora López Rabadán también podría tener interés en revisar el funcionamiento cotidiano de la CNDH. El ombudsman seguramente le explicará, con muy buenas razones, por qué tardó cinco años y cuatro meses en emitir la Recomendación 3 de este año. Incluso podría justificarle porque 26 de las 43 Recomendaciones emitidas este año, se refieren a hechos denunciados hace más de 18 meses. La autonomía no impide rendir cuentas. ¿O sí?

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Trump agradece a la caravana

Inicia la guerra política de las elecciones intermedias en los Estados Unidos. El presidente, como otros, toma estos comicios como una evaluación de su mandato y se ha lanzado al ruedo para pelear por su vida.

Nunca antes se había visto una elección intermedia tan caliente, incluso parece una presidencial: por un lado, Trump vocifera llamando al voto a nombre propio y, por el otro, Obama sale de la oscuridad para arengar a las masas demócratas en contra del republicano. El presidente sabe que se juega la protección que le da el control sobre las cámaras, será una pelea a muerte.

Trump ha dedicado su mandato a prepararse para este momento y para su campaña de reelección, no ha dejado de ser un candidato para ser un funcionario. Así lo demuestran sus discursos, basados en números manipulados y declaraciones grandilocuentes, lejos de la precaución y gris exactitud que suele acompañar los graves anuncios de los presidentes en funciones. Para él, todo es una competencia a ganar y todo se vale en esta guerra política.

La economía, según Trump, nunca ha estado mejor. Su estrategia proteccionista y los recortes a los impuestos han generado una pequeña burbuja de crecimiento que le alcanza para sustentar medianamente sus dichos. Sin embargo, a nivel macro, se está abonando a un retorno cíclico de recesión que definitivamente impactará al bolsillo de los ciudadanos… pero será cuando él no esté en funciones. Trump trabaja para la foto. Como todo un narcisista, busca el aplauso inmediato con resultados aparentes.

Con todo, sus desplantes y escándalos habían inclinado la balanza en escaños clave de esta elección hacia el lado demócrata. Trump es el principal argumento de movilización de sus opositores políticos, no se necesita más que su presencia. Sin embargo, cada vez crecen más las probabilidades de que los republicanos logren conservar la cámara por una circunstancia que les brinda la distracción y reivindicación de las actitudes demenciales de su presidente: la caravana migrante.

Trump basa su éxito en la retórica del miedo. La caravana migrante le ha dado el enemigo perfecto para motivar el voto republicano nuevamente basándose en la necesidad de contar con un hombre fuerte y decidido que no tenga reparos en hacer lo que sea necesario para protegerlos de las amenazas del exterior… aunque esa amenaza sean familias empobrecidas, niños hambrientos y hombres y mujeres agotados.

Cada voto esconde un sentimiento. Una de las emociones más básicas y primitivas en la humanidad es el miedo. Por eso es tan efectiva. Por temor, infundado o no, somos capaces de aceptar atrocidades como una medida extraordinaria. Ojalá me equivoque, pero la caravana migrante acaba de entregarle la elección a Donald Trump.

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