EDITORIAL

 

La elección de Chile

 

Los resultados de las pasadas elecciones primarias en Chile han cuestionado, una vez más, los fáciles diagnósticos sobre una vuelta a la derecha o un regreso del neoliberalismo a América Latina, que lanzan los sectores ideológicos y mediáticos de la izquierda autodenominada “bolivariana”. Es esa la izquierda que siente perder terreno en los últimos años y que responsabiliza de sus derrotas a la “derecha neoliberal” y al “imperialismo yanqui”. No la izquierda democrática, que, por el contrario, lee en el presente posibilidades de renovación y crecimiento.

En Chile ganaron más del 44% del sufragio dos corrientes de izquierda: la oficialista encabezada por Alejandro Guillier en la Nueva Mayoría y la opositora del Frente Amplio, que lidera Beatriz Sánchez. Entre ambas, más los votos de la democristiana Carolina Goic y el socialista Marco Enríquez Ominami, le sacan una ventaja de casi diez puntos porcentuales a Sebastián Piñera, el candidato que todas las encuestadoras daban por favorito. Claro que en una segunda vuelta Piñera ganará apoyos de la extrema derecha de José Antonio Kast, pero si los jóvenes del Frente Amplio (Sánchez, Boric, Jackson…) se plantean una alianza resuelta con Guillier, la izquierda puede retener la presidencia en Chile.

Una izquierda juvenil que, como la uruguaya, la argentina o la brasileña, a ciertos niveles, tiene algunos puntos de contacto con Podemos, en España, aunque se posiciona de manera distante en relación con el polo neopopulista de Nicolás Maduro, Rafael Correa y Evo Morales e, incluso, con la Cuba comunista de Raúl Castro. Durante la pasada campaña, Beatriz Sánchez declaró que Fidel Castro había sido un “dictador” y que la única solución para Venezuela era “más democracia”, refiriéndose críticamente a la arbitrariedad del proceso constituyente en ese país.

En caso de lograrse la alianza de izquierda, la política de Guillier aceleraría el avance de las reformas que el gobierno de Bachelet no pudo impulsar, por su escasa popularidad. Especialmente, la reforma educativa, se volvería una realidad, consolidando el apoyo al gobierno dentro de la juventud. Pero en política exterior no habría que esperar mayor discontinuidad: la Moneda seguirá apostando al Mercosur, a la Alianza del Pacífico, al libre comercio y, por tanto, al marco interamericano, haciendo evidente sus diferencias con el bloque bolivariano.

Un triunfo de Guillier y Sánchez en Chile reforzaría la presencia de la izquierda democrática en el hemisferio, que no ha podido consolidarse por los triunfos recientes de la derecha, pero también por el freno que le interpone la izquierda acríticamente leal a La Habana y Caracas. En contra de una polarización entre las Américas, que resulta funcional a los gobiernos más autoritarios de la región, esa izquierda puede contribuir a relanzar los foros regionales, que en los últimos años pasan por el peor momento de su historia reciente.

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Homofobia: Australia y México

 

La concepción más difundida en México acerca de los derechos humanos los supone como propios de la calidad de persona. La base de esta perspectiva señala que todos los seres humanos tienen los mismos derechos. Si estos derechos fueran iguales para todos, los casos en los que el matrimonio entre personas del mismo sexo ha sido sometido a plebiscitos populares serían inexplicables.

Esto pasó en Irlanda en 2015 y acaba de suceder la semana pasada en Australia. Durante un proceso que duró dos meses, los electores australianos respondieron una pregunta simple: “¿Debe cambiarse la ley para permitir casarse a las parejas del mismo sexo?”. El debate fue muy áspero. Fueron publicadas planas en los diarios advirtiendo acerca de las amenazas que tendrían los derechos parentales y la libertad de expresión si el matrimonio igualitario era aprobado. La Iglesia anglicana de Sydney regaló un millón de dólares a la campaña del No, mientras que la misma cantidad fue otorgada a los partidarios del Sí, gracias a la donación del gerente gay de una línea aérea. Finalmente, los resultados de la consulta se dieron a conocer el pasado 15 de noviembre. Aun cuando la participación no era obligatoria, cerca de 80 por ciento del padrón de 16 millones de votantes respondieron a la interrogante planteada. Casi 62 por ciento de los australianos se manifestaron positivamente, mientras que 38 por ciento lo hizo por la negativa. El voto positivo prevaleció en los seis estados australianos, así como en los dos territorios más importantes. El primer ministro Turnbull se comprometió a legalizar los matrimonios igualitarios antes de la Navidad.

Mientras Australia se suma a los países donde el derecho al matrimonio entre personas del mismo sexo es reconocido, en México tuvieron lugar varios hechos que evidencian lo enraizada que se encuentra la homofobia en nuestra sociedad. El primero es el lamentable grito de “eh puto”, expresado como insulto, no en un estadio deportivo ni por la afición futbolística, sino por cinco diputadas del PRI, que el 10 de noviembre reaccionaron así ante acusaciones de corrupción hechas desde la tribuna por un legislador de Morena. Siendo un asunto penoso, es importante señalar que la homofobia no es monopolio del tricolor. El 16 de noviembre, durante una gira en Monterrey para obtener votos y contender como candidata independiente a la Presidencia, Margarita Zavala expresó su negativa a ser filmada por una pareja de lesbianas, a quienes aclaró que para ella matrimonio es únicamente entre hombre y mujer, y “lo demás habrá que revisarlo”. Vale la pena recordar que la exprimera dama se graduó como abogada con una tesis relativa a la CNDH. Queda claro que para la jurista Zavala, los matrimonios entre parejas del mismo sexo no están incluidos entre los derechos humanos.

Al suponer la igualdad de los derechos humanos se incurre en un relativismo político. Pensando en las elecciones de 2018, los mexicanos debemos meditar cuál es la opción política que garantiza de mejor manera las libertades que ya gozamos.

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La farsa y los farsantes del Frente

 

Durante el largo Buen Fin, PAN, PRD y MC simularon rituales democráticos con guiones preestablecidos. Hablaron, pero no debatieron. La aritmética avaló que sus regentes Anaya, Barrales y Delgado, respectivamente, continúen con la engañifa llamada Frente Ciudadano por México.

En plata, lo que las nomenclaturas multicolor aprobaron fue seguir echando combustible al fogón que impulsa la maquinaria mercadológica sobre la cual van montados tres políticos profesionales vendiendo espejitos.

Las plataformas para definir qué van a prometer son lugares comunes, México sin corrupción, sin violencia, con seguridad, educación, salud, empleos y crecimiento; lo mismo que en cada elección ofrecen todos y ahora Morena se incorpora a las caravanas de bellos propósitos de complejo e imposible cumplimiento. La demagogia electorera avanza en vía libre.

Antes de irse el 9 de diciembre, Alejandra Barrales tendrá que sustentarle a Mancera y tribus su pliegue ante Anaya, deberá someter los ánimos sectarios de esa izquierda asustada ante un horizonte que los diluye, convencerlos que lo mejor es cupular, que sus antípodas decidan por y para ellos.

Mancera es claro, enfático con la aún lideresa, o lo meten al juego en serio y contemplan encuestas y métodos mixtos, o el PRD irá con él de candidato, encuestas bajo el brazo y acuerdos de inclusión con Silvano Aureoles, Graco Ramírez, Héctor Bautista, Juan Zepeda, Chuchos y Galileos.

Ricardo Anaya domina la cúpula azul pero no los ánimos panistas, aún con sus alegres mayorías en cónclaves cerrados, militantes del PAN con acceso a la encerrona del fin de semana, portaron cartulinas advirtiendo ¡no al dedazo, no a la imposición!, sobre lo cual el exgobernador poblano sabe tanto como Felipe Calderón y Josefina Vázquez Mota, lo que ocurre cuando en campañas panistas cobran facturas de ésas que hoy, su ambicioso líder, expide con diestra y siniestra todos los días.

El Frente Ciudadano por México cruza todavía por garitas omisas, rituales burocráticos sin trascendencia, la severa aduana final se acerca, Anaya & Barrales inc. chocan contra personajes y grupos políticos que despiertan y hacen valer (literalmente) sus capitales, colocando a la falaz coalición en ruta de colisión.

EDITORIAL

 

 

La leyenda global del intervencionismo ruso

 

En las últimas semanas Angela Merkel, Theresa May, Emmanuel Macron y Mariano Rajoy se han referido a la intervención de hackers o cuentas falsas en redes sociales, alojadas en Rusia, en recientes procesos electorales europeos. Las operaciones habrían tenido como objetivo favorecer el Brexit y la separación de Cataluña de España, así como el triunfo electoral de Marine Le Pen en Francia y de la extrema derecha en Alemania.

Siempre quedará la evidencia de que medios rusos con nexos oficiales, como Russia Today y Sputnik, simpatizaron con el Brexit, con el ascenso del nacionalismo xenófobo en Europa del Este, con el avance de la extrema derecha en la Unión Europea, con la independencia de Cataluña y con Donald Trump.

Durante todo el año, en Estados Unidos, el tema del intervencionismo ruso en las elecciones presidenciales de 2016, a favor de la candidatura de Donald Trump, ha estado en el centro de la opinión pública. Las agencias de inteligencia, el Partido Demócrata, el New York Times, el Washington Post, CNN y hasta Fox News, están convencidos de que hubo intervención. Sólo el presidente Trump lo niega y declara que le cree a Vladimir Putin cuando dice que no tuvo nada que ver.

Según Trump, las dos veces que ha hablado con Putin sobre el tema, el mandatario ruso le ha dicho muy seriamente que él no fue. Y aclara el presidente de Estados Unidos que no es su intención hablar de lo mismo cada vez que se encuentre con Putin. Ambos, Trump y Putin, parecen restarle importancia a algo tan grave como el intervencionismo cibernético en procesos electorales. Hablan de eso con total naturalidad, como si se tratara de una práctica comprensible en el desbarajuste global del siglo XXI.

En Trump, la displicencia podría ser defensiva o atribuible a la desfachatez de su estilo público. Pero en Putin se trata de maneras estudiadas, de la gestualidad hierática con que conduce el relanzamiento de la hegemonía mundial de Rusia. Para el Kremlin el intervencionismo, como realidad o como fantasía, como práctica o como leyenda, es ganancia neta porque refuerza la percepción de Moscú como imperio renacido en el siglo XXI.Cuando Serguei Lavrov o Dimitry Peskov se defienden de las acusaciones de espionaje electrónico o de actos de guerra cibernética lo hacen con un desgano sintomático. Aluden lo mismo a la paranoia occidental, a la rusofobia de una nueva Guerra Fría o a supuestas evidencias de que Estados Unidos, China y la Unión Europea hacen lo mismo. En el fondo, los líderes rusos no se defienden: se justifican.

Supongamos que, además de las miles de cuentas falsas en territorio ruso, nunca pueda demostrarse el vínculo entre los hackers y el gobierno de Putin. Aún así, siempre quedará la evidencia de que medios rusos con nexos oficiales, como Russia Today y Sputnik, simpatizaron con el Brexit, con el ascenso del nacionalismo xenófobo en Europa del Este, con el avance de la extrema derecha en la Unión Europea, con la independencia de Cataluña y con Donald Trump.

Esas apuestas hacen sentido al trasfondo ideológico del nuevo hegemonismo global ruso. Una Europa de regreso a los nacionalismos del siglo XIX es un escenario en que el Kremlin se siente cómodo. El poderío ruso sigue imaginándose como antítesis de Occidente: mientras más desunida esté Europa, más sólida se proyecta la alternativa rusa. La simpatía por las extremas derechas responde a la misma lógica porque es en ese punto del espectro político donde más se alienta el nacionalismo y el aislamiento.

Una Europa de regreso a los nacionalismos del siglo XIX es un escenario en que el Kremlin se siente cómodo. El poderío ruso sigue imaginándose como antítesis de Occidente: mientras más desunida esté Europa, más sólida se proyecta la alternativa rusa

No hay contradicción alguna, desde la perspectiva de Moscú, en apoyar la extrema derecha en Europa y la extrema izquierda en América Latina. El gobierno de Putin siempre sentirá mayor afinidad con Raúl Castro, Nicolás Maduro y Daniel Ortega que con Tabaré Vázquez, José Mujica o Michelle Bachelet. Ahí donde haya conflicto con Estados Unidos, Rusia aparecerá como soporte.

EDITORIAL

 

 

Independientes: ni la candidatura se ve clara

 

Sí, es cierto que las candidaturas independientes contribuyen a la liberalización del sistema político mexicano. Por un lado, aumentan las posibles estrategias que pueden adoptar los políticos para alcanzar sus ambiciones personales (para ilustrar este caso basta con pensar en la candidata independiente más conocida del momento). Por el otro, también permiten que los ciudadanos tengan una gama más amplia de opciones al momento de emitir su voto. En última instancia, esta figura aspira a que sea posible hacer política incluso sin partidos: un individuo puede hacer una carrera fuera de éstos y el votante puede castigarlos a todos sin necesidad de anular o abstenerse. Ahora, suponiendo que dicha aspiración no trajera efectos adversos (lo cual es cuestionable), una cosa es lo que estas candidaturas pueden llegar a ser y otra es lo que realmente son ahora.

Los partidos dan concesiones, pero una a la vez, siempre guardando espacio para demandas y negociaciones futuras. En este caso, aceptaron la creación de una figura política apartidista, pero le impusieron labores titánicas a quienes quieran usar ese recurso: en particular, los aspirantes a contender por la Presidencia de la República deben recolectar, en 127 días, al menos la firma equivalente al 1% de la lista nominal federal, pero con electores de por lo menos diecisiete estados (que a su vez sumen al menos el 1% de la lista nominal de cada uno de éstos, tan rebuscado como suena). Es decir, tienen 127 días para recolectar 866,593 firmas cumpliendo las restricciones adicionales por estado.

Para poner esa cifra en perspectiva, en 2016 los promotores de la #Ley3de3 entregaron al Senado de la República 634,143 firmas ciudadanas en lo que fue un esfuerzo sin precedente de la sociedad civil organizada. Así, una iniciativa altamente popular, que logró que universidades, empresarios, intelectuales, líderes de opinión y demás agentes relevantes participaran activamente en la recolección de firmas, juntó el 73% de lo que ahora requiere cada una de estas candidaturas para concretarse. Es cierto que dicha recolección se hizo en menos de 127 días, pero también es dudable que cualquiera de los aspirantes presidenciales independientes cuente con un apoyo tan sólido como el que gozó la 3 de 3.

De cualquier manera, supongamos por un momento que algunas de estas candidaturas presidenciales logran concretarse. Entonces comenzaría lo verdaderamente complicado. El electorado mexicano suele ser ampliamente movilizado el día de la elección por las estructuras partidistas, mala noticia a los independientes. Yendo más allá, desempeñar cualquier acto o labor de campaña debe resultar más sencillo para un candidato que cuenta con el apoyo de una estructura cuyo principal objetivo es ganar elecciones y que con años de experiencia ha ido desarrollando un nivel considerable de especialización: un partido político.

Todo esto no significa que las candidaturas independientes presidenciales no sirvan, sino que deben usarse con una estrategia adecuada. Del lado de los votantes, pueden usarse como método de protesta y castigo contra el sistema tradicional. Del lado de los políticos, son una buena oportunidad para hacerse notar, darse a conocer, como escalón para una campaña posterior o para fijar temas de interés particular en la agenda pública nacional: ojalá, por ejemplo, que Marichuy Patricio logre su candidatura para que nos ponga sobre la mesa los temas que son prioridad para los pueblos indígenas y que nosotros no alcanzamos a ver. Pero parece que falta mucho camino por andar para que esta sea una opción viable y realista para llegar a Los Pinos… Si alguien realmente lo está haciendo con ese objetivo, “¿a qué le tiras cuando sueñas, mexicano?”.

EDITORIAL

A Trump le urgen las medallas

A pesar de las diferentes miradas que hay en el país sobre el TLC, no tiene sentido desconocer sus bondades. Con el Tratado el comercio mexicano tuvo un giro de 180 grados y entró en dinámicas de competencia que antes no había imaginado ni intentado.

No hay duda de que se han presentado muchos problemas, pero al final el balance ha sido positivo. Se reactivó la economía, se abrieron nuevos mercados y sobre todo nos llevó a entender a todos que el signo de los tiempos es la competencia y el libre mercado.

En muchas áreas de la economía nacional costó trabajo entender los nuevos tiempos.

Estábamos entre el desconocimiento, temores y la falta de preparación. No es lo mismo competir con el de la esquina que con los mercados de otras naciones, y más si se trata de Canadá y EU.

Hoy, no hay manera de concebir la vida del país sin el libre mercado y la competencia. Quienes a principios de los noventa se opusieron al TLC hoy se dedican a defenderlo, aunque le pongan todo tipo de observaciones y a veces lo hagan tímidamente.

Es evidente que el Tratado no es la panacea. Sin embargo, una pregunta que vale la pena hacerse, no es ociosa, es qué sería de la economía y la vida de México y de América del Norte en su conjunto si no existiera el TLC.

Impugnar y colocar al Tratado como lo hace Trump refleja su desconocimiento de lo que pasa en las entrañas de los tres países. Se lo han hecho saber en EU de todas las maneras posibles pero se la ha pasado entre que no escucha, no le importa o quizá no entiende.

Es un enigma lo que vaya a pasar con el TLC. La incertidumbre es un juego que a Trump le gusta y que además alienta. Este juego le ha traído consecuencias a la economía mexicana, cada vez que el empresario-presidente tuitea o habla sobre el tema, toca las fibras sensibles de los principales indicadores nacionales.

En la ronda de renegociaciones que inicia mañana en la CDMX se vislumbran de nuevo dificultades. Trump y su equipo no vienen a negociar sino a imponer. Al Presidente le urgen medallas y reconocimientos y hasta ahora ha logrado poco o nada, tanto en su país como fuera de él. En donde se para hay problemas e incomodidades.

Tener al TLC en la mira le ha permitido imaginar que a través de él puede conseguir sus ansiadas medallas y reconocimientos, al menos de sus simpatizantes.

Pero es obvio que no sólo busca el reconocimiento, si bien es parte central de lo que imagina en su vida y su mandato, todo forma parte de una fórmula mayor.

Trump quiere el TLC a su imagen y semejanza.

Supone que la Casa Blanca y su relación con las naciones debe ser parte del “Mundo Trump”, del cual tendremos desde mañana un nuevo curso intensivo en la capital del país.

EDITORIAL

 

Hay 265 millones de pesos volando

Como si el dinero cayese del cielo y no lo necesitasen los 15 millones de damnificados por los dos sismos y tres huracanes de septiembre, el INE no ha reintegrado a Hacienda los 265 millones de pesos que el PRI devolvió para ser utilizados en la reconstrucción en 12 estados dañados.
Por lo pronto, el PRI ya no recibió los 88.3 millones que le debían llegar, a razón de “prerrogativas” sacadas de nuestros impuestos, para que pueda funcionar como partido político en una democracia. ¿Qué hizo el INE con esos 88.3 millones? Pues… los tiene retenidos.
Pero se trata de un dineral. En total son 265 millones de pesos: los montos correspondientes al PRI en octubre, noviembre y diciembre, que ya deberían de estar siendo usados en cualquiera de las modalidades de apoyos: subsidio, financiamiento, reconstrucción directa, sistema emprendedor…
Es una lástima que no prendiese la iniciativa de que el dinero que dan los ciudadanos a los partidos para que vivan fuese usado en la reconstrucción. Idea que no fue del PRI, sino de AMLO, quien propuso que los partidos devolvieran el 50 por ciento de gastos oficiales de la campaña presidencial.
Sin embargo, la iniciativa de AMLO fue una trampa populista, porque los partidos recibirán el dinero de la campaña presidencial para la elección de 2018 sólo hasta mayo próximo. Y los recursos para la reconstrucción se necesitan desde septiembre.
Además de que la oferta de AMLO fue entregar el dinero él mismo de mano en mano, y tampoco era para tanto, pues a AMLO (Morena es él mismo) le tocan 207 millones 457 mil pesos: el 50 por ciento serían unos 100 millones. Y eso, para darlos a quien dicte su inspiración divina.
AMLO prometió un dinero que aún no tiene, aunque AMLO al menos hizo lo único que sabe, que es prometer, engatusar a la gente como un merolico que ofrece remedios milagrosos. En cambio, PRD, PAN, PT, MC, PES y Panal sencillamente no le entraron. El Verde regresó 25 por ciento: 21 millones.
Fue el PRI el único que sí devolvió la lana. ¿Que eso no compensa lo que se robaron algunos de sus gobernadores? Es cierto. Pero gobernadores panistas también han robado, como Padrés en Sonora; y perredistas, como el desfalco de Ebrard en la Línea 12: ninguno puede tirar la primera piedra.
No compensa, pero la devolución es un hecho y proviene de un dinero que sale del contribuyente mexicano y sí afecta a los partidos reintegrarlo; mientras que el de las campañas no tanto, pues los candidatos tienen mil y una maneras de hacer campaña sin fondos del INE. El INE que, no olvidemos. Tiene 265 millones sin devolver a Hacienda, eh.

EDITORIAL

AMLO el impoluto

 

Andrés Manuel López Obrador cumplió 64 años, ¿su regalo?, fuero social para casi todo. Por ejemplo, jugar a las promesas del rey con Ricardo Monreal, futuro secretario de Gobernación o presidente de Morena o coordinador de la tercera campaña presidencial del tabasqueño o, las tres cosas, al fin que puede.

La opacidad de sus arreglos goza de un seudo permiso que cruza pantanos y sigue vigente. López Obrador puede hacer lo que nadie más. Andar en campaña siempre sin que nunca el INE lo sancione por actos anticipados y, al no hacerla formalmente, tampoco rinde cuentas vulgares, ésas que dice la “mafia en el poder” le exige como ataque porque le tiene miedo.

Los aspirantes a independientes están obligados a cuantificar, en pesos y centavos, reuniones de apoyo en domicilios particulares, encuentros con colectivos, no pueden recibir nada de personas morales, si alguien presta un auto, o diez, deben asignarle valor de alquiler. De esto, nada le quita el sueño, su sueño, a quien todo lo puede.

Andrés Manuel II, Martí Batres, Sheinbaum y Polevnsky sometieron las aspiraciones del jefe delegacional en Cuauhtémoc con absoluta opacidad, mediciones morenas internas, secretas, que lo mandaron al final de las preferencias. Monreal se inconformó. La arbitrariedad y la discrecionalidad que en otros partidos, y personajes, es pecado capital, en Morena es dogma de fe.

Ricardo Monreal dice que por lo pronto sigue en Morena. Ya vio a quien considera, la persona con mayor autoridad moral del país, pero lo hizo a escondidas, de noche. No dice dónde ni cuándo volverán a juntarse, nada de lo hablado trasciende, asunto de dos. Él reflexiona sobre su lugar y momento en la historia (así de grave el delegado) y evalúa opciones. Mismos trapecios, diferentes raseros.

A los 64 años, AMLO goza de amplias facultades. El orgullo de su nepotismo, Andrés Manuel II, nos remite a los tiempos de José López Portillo con José Ramón, o a Coahuila con la familia Moreira, dinastías repudiadas por la grey lopezobradorista omisa ante las filias del líder.

Si en el Frente inmobiliario Anaya-Barrales hay uso y abuso de spots oficiales para fines personales del mandamás blanquiazul, en Morena es pan con lo mismo. Millones de spots en campaña permanente.

Si el senador Miguel Barbosa promovió el Pacto por México e hizo la gira de las reformas con Enrique Peña Nieto en pomposa comitiva por el mundo, el toque de Andrés Manuel lo limpia, absuelve y pone en línea para competir por el gobierno de Puebla, lo que bien sabía Barbosa, pero nunca dijo, que en el PRD de Anaya, nunca ocurriría.

Conversiones que sólo AMLO puede. Licencias del discurso bueno. Rituales aprendidos que no se olvidan y promesas de un actuar honesto y transparente, sin arreglos secretos, propios de las mafias. Así vende un futuro viejo, pero renovado.

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La decadencia

 

 

El grito se escucha constantemente en el estadio, ese grito que ha evidenciado a los mexicanos como un pueblo con serias carencias de civilidad. Preferimos dejar de ser esos anfitriones alegres, creativos y divertidos, para mejor insultar, ensuciar y hacer gala de toda la vulgaridad posible. Millones de personas alrededor del mundo dan cuenta de ello cada que se transmite un partido de futbol. Es el Circo Romano, donde todos son uno escudados en el anonimato de la multitud, desafiando burlonamente las reglas de la sana convivencia.

Total, así somos, desenfadados y dicharacheros, y al que no le guste pues será porque es un niño fresa con oídos castos. ¿La FIFA? No le hace, porque ellos están en Suiza, la multa la paga quién sabe quién y aquí sólo nuestros chicharrones truenan.

Y no debe haber sorpresas ni sorprendidos. Finalmente es el país en donde las reglas de tránsito no se respetan, en donde la basura la arrojamos a la calle, donde se puede construir un edificio sin permisos y donde todo se arregla con “una lanita”. Es la tierra donde un gobernador se puede apropiar de la reserva territorial de medio estado, mientras su legislatura se cabecea en sus curules.

Tantas quejas hacia los políticos, su corrupción e ineficiencia, pero al final es un juego de espejos, reflejo de la casa, la calle y la escuela. Aunque desde luego uno esperaría que nuestros representantes populares, que hicieron una carrera, ganaron una campaña y tienen unos sueldos de lujo para supuestamente velar por las mejores causas del país y de los ciudadanos, se comportaran de otra manera.

Esperaríamos que los legisladores fueran un ejemplo a seguir, líderes a quienes pudiéramos escuchar para ser orientados, o a quienes pudiéramos acudir para externar las inquietudes y resolver problemas de nuestras comunidades. Pero no, en México la gran mayoría de ellos son todo menos eso.

Si ya la mordida que le propinó una diputada de Morena a una colega de un partido contrario había parecido un caso inaudito, el grito, ese famoso grito, se escuchó no en el Azteca sino en la Cámara de Diputados. Y lo peor fue que no salió de la boca de unos descamisados, sino de la de unas mujeres, diputadas del PRI.

Mujeres, ellas que todos los días sufren del machismo, el acoso, la discriminación y la violencia, haciendo esos desfiguros indignos y torpes. Pretendían defender a su coordinador, César Camacho, de los insultos e infamias lanzadas por un diputado de oposición, pero para lo más que les dio su intelecto fue para espetarle el tristemente célebre ¡eeehhh puto!

De todas las cosas que podían idear, de la infinidad de cuestionamientos que se le podían hacer a ese opositor respecto a su partido, a su líder mesiánico, a la corrupción que lo rodea y las ideas retrógradas que defienden, solamente les alcanzó para un insulto a coro.

Vaya ejemplo que le dieron a México y a sus hijos.

EDITORIAL

 

Trump, Cuba y el realismo selectivo

 

Seis meses después de haber anunciado, en Miami y de manera estridente, una reversión de la política de Barack Obama hacia Cuba, el gobierno de Donald Trump se decide a poner en práctica su nueva estrategia. Si perezoso fue el diseño y el anuncio de la política, ambiguo sigue siendo el contenido de la misma. Es lógico que los congresistas cubanoamericanos, artífices de la marcha atrás, se sientan insatisfechos.

El mayor impacto negativo que tendrían las medidas de Trump es una disminución de los viajes de estadounidenses a la isla. Diversas fuentes oficiales cubanas informaron que, a pesar de las restricciones vigentes, entre 2016 y 2017 el turismo norteamericano fue el tercero

No hay reversión total sino parcial o casuística de la apertura de Obama. Se mencionan 180 empresas que no deberían beneficiarse directamente de contratos con entidades norteamericanas o de transacciones financieras en Estados Unidos. Pero resulta que esas empresas, militares en su mayoría, no son necesariamente las más beneficiadas por el proyecto de Obama, ni requieren de transacciones directas para mantener sus ingresos. También se regula el contacto “pueblo a pueblo”, no académico, a través de una instancia autorizada en Estados Unidos —regulación que no pasa de ser un trámite burocrático más.

En la práctica, el mayor impacto negativo que tendrían las medidas de Trump es una disminución de los viajes de estadounidenses a la isla. Diversas fuentes oficiales cubanas informaron que, a pesar de las restricciones vigentes, entre 2016 y 2017 el turismo norteamericano fue el tercero, luego del canadiense y el de la emigración cubana, en el volumen de viajeros a la isla. Hablamos de un flujo de cientos de miles al año que podría verse limitado a partir de ahora.

En esta columna hemos sostenido que, aunque la reversión sea más retórica que práctica o afecte únicamente los viajes de ciudadanos de Estados Unidos, es negativa. Cualquier política que refuerce la lógica del embargo comercial, luego de décadas de abandono gradual de esa perspectiva de Guerra Fría, es, en efecto, un retroceso. La presión comercial no es buen método para incidir en un cambio político, que sólo puede ser interno, entre otras cosas porque la comunidad internacional rechaza cualquier medida punitiva.

Vale la pena reparar en el contexto del anuncio: Trump decide, finalmente, echar a andar la nueva política durante un viaje por Asia, en el que se reúne con los líderes de China, Vietnam y Rusia, tres aliados fuertes del gobierno de Raúl Castro. De manera que, desde Beijing o Hanoi, dos capitales comunistas, a las que ofrece el mejor trato, el presidente de Estados Unidos hace evidente el doble rasero de su política exterior: con unos comunistas sí, con otros no.

Un doble rasero que tiene una explicación geopolítica elemental. China y Vietnam han demostrado que pueden ser aliados de Estados Unidos, a pesar de sus profundas diferencias ideológicas. Cuba pareció sumarse al camino del realismo en sus relaciones bilaterales con Washington, entre 2014 y 2015, pero en 2016, luego de la visita de Obama a La Habana, volvieron las señales de intransigencia. El Partido Comunista de Cuba calificó como “ataque” el acercamiento del presidente demócrata a la isla.

En el último año La Habana ha reiterado su apoyo a Corea del Norte y a la represión y el autoritarismo de Nicolás Maduro, en Venezuela, rechazados por la mayoría de los gobiernos de la región. El retroceso no es un asunto exclusivo de Trump

Durante el segundo semestre de 2016, el gobierno cubano, aunque se mantuvo negociando la normalización diplomática con Washington, se sumó a la campaña contra Hillary Clinton a través de sus medios de comunicación. Ahora se sabe que entonces se iniciaron los supuestos ataques sónicos contra diplomáticos estadounidenses y canadienses. En el último año La Habana ha reiterado su apoyo a Corea del Norte y a la represión y el autoritarismo de Nicolás Maduro, en Venezuela, rechazados por la mayoría de los gobiernos de la región. El retroceso no es un asunto exclusivo de Trump.

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