EDITORIAL

 

Una tarde inolvidable

 

Moscú, Rusia.- Ha sido la actuación del equipo de futbol de México del domingo, en Moscú, una de las más atractivas e interesante en la historia del futbol mexicano. El resultado cuenta mucho, pero lo que más cuenta ha sido la actitud de los jugadores y su demencia por encima de todo; pensar en no perder.

Regularmente hemos insistido en que si la selección mexicana de futbol jugara como sus aficionados quieren, no habría quien les ganara. Ayer, la comunión entre futbolistas y aficionados en el estadio fue simple y sencillamente excepcional.

Muchas veces hemos visto cómo los aficionados están encima de la selección. Muchas veces hemos visto cómo los aficionados han sido fieles con la selección. Muchas veces también hemos visto cómo, debiendo dar un paso hacia adelante, se han quedado como congelados.

Lo del domingo es, por mucho, inédito e importante. Es inédito porque nunca una selección mexicana le había ganado en un Mundial al campeón. Es importante, además, porque los futbolistas se atrevieron, jugaron y, por encima de todo, tuvieron una actitud que se veía en cada jugada en la que participaron.

El domingo fue un día para recordar. Uno nunca sabe cuándo se puedan dar las condiciones que se presentaron ayer, pero lo cierto es que tanto los aficionados alemanes como los mexicanos nos la pasamos en el filo de la butaca durante más de 95 minutos.

Lo que viene ahora es importante pero, sin menosprecio de ello, el triunfo le da una especie de carnet de adulto al futbol mexicano. Ayer el equipo mexicano hizo lo que tenía que hacer y no descuidó ningún espacio a lo largo del partido.

El previo del encuentro y al final del mismo, la fiesta terminó siendo interminable. Quienes ya no pudieron seguir en las afueras del estadio se fueron a la Plaza Roja. Con el gran historial soviético-ruso, uno nunca se hubiera imaginado que este espacio albergaría a desatados y emocionados aficionados mexicanos del futbol. Todo a los rusos se les hacía en ese momento extraño y singular.

¿Quiénes son los aficionados mexicanos que van al Mundial? ¿Quiénes son aquellas y aquellos que, sin importar su condición económica ni las consecuencias posteriores de su decisión, se atreven a ir a Rusia? Los aficionados mexicanos son los que hacen la fiesta. Son quienes caminan por fuera de los estadios y en las calles de Moscú para gritar “¡México!”, con tal demencia que los propios rusos terminan por sumarse a ellos, como si fuera un anuncio de televisión.

No falta los que apoyan a Andrés Manuel López Obrador, José Antonio Meade o Ricardo Anaya. Sus apoyos y sus gritos se vuelven intrascendentes. Cuando de por medio hay un partido de futbol en un Mundial, quienes quieren jugar a la política son rebasados por todos lados. Acaban siendo fustigados por los aficionados, como sucedió ayer en muchos casos.

El domingo, en Moscú, la fiesta fue, por mucho, una de las más importantes que los aficionados y el futbol hayan vivido. No solamente ganó México porque metió un gol, sino por la forma en que lo hizo. Fue ayer el equipo mexicano un conjunto que salió a defenderse y también a atacar.

Los únicos que merecen las medallas, por haber llegado muy lejos, son los aficionados. La tarde de ayer ellos hicieron suyo el estadio, y en la cancha Alemania trató una y otra vez, como nos ha pasado a nosotros antes; la gran diferencia es que ayer nosotros sí pudimos y ellos no.

Los políticos trataron de treparse al barco. Lo mejor es que tengan cuidado: el 1-0 a Alemania es de los jugadores, del cuestionado entrenador, y de los aficionados.

Lo que viene tiene tintes de menos incertidumbre. Corea del Sur y Suecia son un enigma, pero hay que vencerlos.

La victoria sobre Alemania es una de las páginas más brillantes en la historia del futbol mexicano. Sin embargo, esto apenas empieza, pero habrá que reconocer que empezó de la mejor manera.

EDITORIAL

 

 

Empezar de cero

 

El problema que se le viene a quien gane las elecciones es de enorme complejidad y difícilmente lo va a resolver. Va a tener que convivir con un personaje ante el que hay que tener paciencia, pensando en una especie de convivencia inevitable y, al mismo tiempo, forzada.

Lo que por ningún motivo se debe mostrar, ni por asomo, es debilidad o temor, de esto se trata el juego y la estrategia del estadounidense.

Por más que el gobierno de Peña Nieto se haya mostrado firme y claro en los últimos meses con Trump, no ha podido salir del desaguisado que provocó cuando, de manera poco pensada, con dosis de oportunismo, invitó al entonces candidato republicano. Las consecuencias se siguen padeciendo; vio un gobierno débil, aprovechó el viaje y encontró cuál era el camino.

El hecho de que nuestro país vaya a tener un nuevo gobierno, independientemente de quién gane, no cambia en nada las cosas. En muchas áreas se tendrá que empezar de cero. A Trump le da lo mismo quién gobierne México y, si nos apura, casi le da igual quién gobierna en el mundo.

Se dedica a imponer y no le importan las formas ni el respeto por los otros. Este fin de semana dio una muestra más de su insolencia. Llegó tarde a una de las sesiones del G-7 sin justificación alguna. Trudeau esperó lo que pudo hasta que dijo: “no podemos esperar a los que llegan retrasados”.

Cuando el presidente de EUA se integró a la reunión, lo hizo sin decir absolutamente nada sobre el incidente, el cual tuvo en espera a los mandatarios de las grandes potencias del mundo. Sus desplantes no terminaron con esto. Dejó la reunión antes de que se clausurara y se firmaran los acuerdos finales para dirigirse a Singapur. En México sabemos y hemos vivido en carne propia los desplantes y de lo que es capaz de hacer en la relación bilateral.

Es fundamental que quien gane las elecciones tenga en su agenda dos temas: cómo desarrollar la relación bilateral con EUA, más allá de las presiones que no van a parar, cómo establecer el trato con un presidente con el cual, si bien pudiera ser fácil sentarse con él, lo inesperado y desagradable es lo que puede hacer y decir después, como le pasó ayer al primer ministro de Canadá.

Siempre es tema a atender con cuidado y firmeza la relación de nuestro país con EUA; sin embargo, con Trump las cosas han adquirido otra dimensión.

Quien gane deberá tener cuidado y firmeza, y no esperar que, porque es el nuevo presidente, lo van  a tratar diferente.

No hay que ser ingenuos. Recordemos aquello de que camina como pato, come como pato…

EDITORIAL

 

Reformar a los partidos o sufrir a los candidatos

 

 

Luego de ver a los cuatro (antes cinco) candidatos en campaña y en los tres debates, a dieciséis días de la elección, queda una pregunta: ¿Qué está pasando con los partidos políticos mexicanos? Es decir, ¿qué pasa con sus bases y con sus mecanismos de selección, que fueron incapaces de dar a los electores mexicanos candidatos con los que realmente se sintieran identificados?

Ricardo Anaya y López Obrador, cada uno a su manera, decidieron su propia candidatura y usaron a sus partidos sólo como plataforma de movilización (en vez de que el partido elija y luego se movilice porque eligió). El primero se llevó en el camino la tradición democrática más antigua del actual sistema de partidos –y en eso le ayudaron la impulsividad y el ego de sus contrincantes políticos– y el segundo de plano se creó su plataforma a la medida. Indudablemente, ambos requirieron inmensa habilidad política para lograrlo, pero no se espera que los partidos políticos de una sociedad democrática funcionen como Anaya y Obrador los hicieron funcionar.

José Antonio Meade fue elegido por la cúpula priista, con lo que se crearon dos problemas en vez de una solución: primero, la militancia se sintió defraudada, porque al parecer se sentía mejor representada por Osorio Chong; segundo, quien hubiera sido un buen candidato en otras circunstancias tuvo que cargar la loza de uno de los sexenios más impopulares de la historia reciente mexicana, para lo cual de plano no estaba preparado porque lidiar con eso requería más habilidad política que destreza económica.

En los tres casos, ¿dónde quedó la representación de las bases? ¿dónde, la identificación con el electorado? Ya ni hablar de ideología, valores y principios… ¿Realmente pueden candidatos que no fueron elegidos democráticamente dar genuina representación a los distintos sectores de la sociedad?

El Bronco y Margarita fueron prueba de que los independientes tampoco son la solución última que habíamos pensado. No creo que esta figura deba desaparecer (mírese, por ejemplo, el desempeño de Kumamoto en Jalisco), pero la hipótesis de que los partidos se disciplinarían al mirar en las candidaturas independientes una competencia real definitivamente quedó invalidada en esta elección, al menos para la oficina en Los Pinos.

Seguramente, en el nuevo Congreso se hablará de una reforma político-electoral. Un tema central deberían ser las reglas del sistema de partidos. Hacerlos más transparentes en el uso de los recursos públicos y discutir la obligatoriedad de elecciones internas de candidatos pueden ser buenos puntos de arranque. No creo que los candidatos hayan sido malos en esta contienda. De hecho, creo que dos hubieran podido ser muy buenos. Pero la historia habría sido distinta si todos hubieran surgido de elecciones internas hechas por partidos políticos transparentes. Democracia, le llaman.

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Una ruda historia: el Mundial del 78

 

Moscú.- En el Mundial de 1978 a la selección nacional le ocurrió todo lo malo que le podía suceder. Pasó de la esperanza al ridículo desde el primer partido. Túnez fue el primer rival; todo hacía  suponer que el juego daba para pensar en una victoria, con base en las cuentas alegres, bajo las cuales vive el futbol mexicano. La esperanza tenía que ver con las ganas de creer y con un equipo interesante, pero sobrevalorado.

Túnez nos anotó tres a uno y nos hizo ver muy pronto que no había futuro, más bien fue el primer paso hacia una  brutal pesadilla. Alemania nos metió caminando seis; en tanto que, para cerrar la ronda, Polonia nos ganó tres a uno; 12 goles en contra y dos a favor; por cierto uno de ellos de penalti.

Los futbolistas que participaron en el Mundial argentino superaron la pesadilla como pudieron, otros desaparecieron y en algunos casos dejaron de jugar profesionalmente.

Una investigación hecha por estudiantes de la UAM-X sobre el Mundial de 1978, arrojó pistas de las razones por las cuales se pudieron haber presentado reacciones sociales tan agresivas.

Para los que tienen memoria futbolera, recordemos lo que fue la llegada de la selección al aeropuerto del entonces DF. Tuvieron que sacar a los jugadores por la puerta de atrás. Sólo el técnico, un hombre decente y entrañable, a quien conocimos bien en la respetable y competida Liga Española, don José Antonio Roca, dio la cara.

No había nada que pudiera satisfacer a nadie, empezando por los indignados y frustrados aficionados. Después de lo que había pasado no había ni por dónde empezar. En largas conversaciones, don José nos dijo que las cosas se habían descompuesto desde el momento en que Túnez nos metió el primer gol: “algo pasó entre los muchachos… quizá también no éramos lo que pensamos y lo que soñamos”.

Las conversaciones que tuvieron los estudiantes con algunos de los futbolistas que jugaron en el Mundial evidenciaron cómo empezaron su viaje entre la esperanza, optimismo y seguridad para terminar en medio de una pesadilla, sin querer saber nada de futbol y llenos de miedos dentro y fuera de la cancha.

Se dio el caso extremo y fanático de que las esposas y familiares de algunos jugadores recibieran insultos y agresiones en la calle. Un futbolista y su pareja fueron tratados vilmente por la cajera del supermercado, al que iban por lo menos una vez cada quince días.

¿Qué fue lo que pasó en Argentina? ¿Por qué México quedó en el último lugar? La respuesta es multifactorial. Lo que vimos en la UAM-X es que la publicidad fue avasalladora, creando un sentido de las cosas que no tenía que ver con la realidad futbolística.

Dicho de otra manera, la publicidad, la cual por lo general miente un poco y exagera un mucho buscando vender, vender y vender, impulsó un producto, la selección, que no tenía qué ver con lo que era y vendía.

Los jugadores estaban abrumados; era tal la cantidad de compromisos que tenían que cumplir, que fueron perdiendo concentración y su capacidad de autocrítica. No eran ni lo que ellos creían ni lo que los medios y sus ganancias nos vendían a toda hora ni lo que los aficionados deseaban y aspiraban. Fue una auténtica pesadilla futbolera, dolorosa y de tristeza colectiva.

¿Han cambiado los tiempos? Quizá los jugadores sean los que más han evolucionado y aprendido, hoy tienen más elementos para reaccionar ante situaciones límite, propias del juego y de la alta competitividad.

Los medios de comunicación también han evolucionado, más en el terreno tecnológico que en la forma de ver y hablar sobre el futbol. Las excepciones son conocidas y son las que marcan y hacen las diferencias.

No estamos en el Mundial 78, pero luego resulta que los fantasmas del pasado se nos acercan.

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La demanda del senador

 

La denuncia del senador del PAN, Ernesto Cordero, en contra del candidato a la Presidencia por el Frente, el panista Ricardo Anaya, pinta el tamaño de la crisis de Acción Nacional, no de ahora sino desde hace por lo menos dos años.

Muchos agravios se han presentado bajo los cuales al interior del PAN unos y otros se la han pasado lanzándose culpas. El partido está en medio de una crisis histórica.

Sólo no la ven quienes no la quieren ver. El costo y el rompimiento por la forma en que Anaya alcanzó la candidatura, algunos panistas aseguran que se obsesionó y empecinó, ha traído serias y graves consecuencias. El PAN está, sin exagerar, cerca de seguir con vida o de plano morir.

Es probable que los propios panistas no tengan todavía una idea del tamaño de su crisis. En algún sentido se están desfondando, y lo más delicado es que quizá no están entendiendo ni tomando conciencia, por lo menos por ahora, que están metidos en un lío brutal.

Para el PAN ya no hay camino de regreso. Están viviendo lo que Felipe Calderón predijo cuando ganaron la Presidencia: no vaya a ser que ganemos Los Pinos, dijo, y que perdamos el partido. Sin ser inquilinos de la casa presidencial el PAN está perdiendo todo.

Aunque Ricardo Anaya triunfara en las elecciones, lo cual no sólo se ve contracorriente sino cerca de lo imposible o épico, no se aprecia que el PAN tenga salidas con la deteriorada estructura que actualmente tiene. El partido fue tomado por asalto por Anaya y su gente, las consecuencias están a la vista.

La decisión de Cordero de demandar a Anaya pasa por múltiples interpretaciones. Desde que le está haciendo la tarea al gobierno, y por ende a José Antonio Meade, hasta que por fin se pudieron cobrar las afrentas que les hizo Anaya y su grupo.

Es una demanda que cuesta trabajo verse sólo como una decisión individual del senador. En el viaje inevitablemente se ven en el mismo lance a Felipe Calderón y a los legisladores y militantes del partido, los cuales fueron hechos a un lado por el hoy atribulado joven candidato.

Después de las elecciones, sea cual fuere el resultado, el PAN, como PRD y PRI, deben pasar por algo así como una refundación. A estas alturas de las campañas y en medio del lodo interno y externo, en el PAN no alcanzan a percatarse de lo que se les viene. Están perdiendo el partido y la Presidencia en el mismo paquete.

Con la creación de una singular alianza con el PRD,  se vinieron abajo muchas cosas importantes para los panistas. La izquierda, o lo que queda de ella en el PRD, aliada a la derecha, sigue siendo difícil de entender.

Pensaron que con eso iban a superar a López Obrador y en el camino también al candidato del PRI, que dice que no es del PRI.

Resulta que López Obrador los rebasó no sólo por lo que asegura es la izquierda, sino también por la derecha, la cual mucho tiene que ver con el PAN. Llegó la hora en que se cobraron los agravios.

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La fotografía del G-7

En el fin de semana anterior circuló en los medios una instantánea de la reunión del G-7 tomada por Jesco Denzel, fotógrafo oficial del gobierno alemán. Los líderes de las poderosas naciones de ese exclusivo club están acomodados alrededor de una pequeña mesa. En el extremo derecho, sentado en una silla y con los brazos cruzados, Donald Trump mira con una actitud retadora, casi burlona, a Emmanuel Macron, que parece tratar de convencerlo de algo importante.

A un lado, Angela Merkel, reclinada hacia adelante, con las manos sobre la mesa, observa a Trump con un gesto de interrogación. Los demás jefes de gobierno, que permanecen de pie, expresan una actitud de molestia, casi de impaciencia ante la situación. Más allá del valor histórico de la fotografía —se trata de un testimonio gráfico que resume los conflictos de dicha cumbre— el valor estético de la imagen es incuestionable. Desde ya se le puede considerar como una obra clásica de la historia de la fotografía mundial.

Hemos leído que algunos comentaristas describen esta fotografía como “renacentista”, pero de renacentista no tiene nada. La exquisita composición del cuadro, su sutil armonía cromática y la excelente narrativa de la situación recuerdan, más bien, a los retratos de grupo de la pintura holandesa del siglo XVII. En estos cuadros aparecen varias personas, casi siempre de un mismo gremio, acomodadas de manera que sus rostros sean reconocibles. Por ejemplo, en el conocido cuadro de Rembrandt La lección de anatomía del Dr. Nicolás Tulp, varios médicos examinan un cadáver. Algunos miran hacia el espectador, otros observan el cuerpo y otros parecen escuchar la cátedra del doctor Tulp. El propósito del cuadro no es, como se podría pensar por el título, representar una lección de anatomía, sino ofrecer los retratos de los médicos que aparecen en el lienzo.

A quien quiera conocer más sobre los cuadros de este estilo le recomiendo que consulte la obra de Alois Riegl Das holländische Gruppenporträt, originalmente publicado en alemán en 1902 y traducido al inglés en 2000.

Todas las personas retratadas en los cuadros grupales holandeses tenían que pagar al pintor. En ocasiones se pagaba la misma cantidad, por lo que se le exigía al artista que cada quien tuviera la misma importancia en la imagen. En varios retratos grupales de Frans Hals —por ejemplo, en El banquete de oficiales de la milicia de San Jorge — se puede observar la intención del pintor de que todos los personajes retratados, aunque en distintas posiciones, tengan el mismo tratamiento. Otras veces algunos pagaban más y, por lo mismo, tenían derecho a aparecer en un sitio de mayor relevancia. De acuerdo con este criterio, la fotografía del G-7 le hubiera costado más a Trump que a los demás mandatarios, puesto que es él quien ocupa, de manera indiscutible, el centro de atención de la imagen.

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Los candidatos y el combate a la corrupción

 

El combate a la corrupción es un imperativo en la agenda electoral de todos los candidatos; desde los presidenciales, hasta los que aspiran a responsabilidades legislativas, a una gubernatura o a una alcaldía.

La corrupción es una práctica indeseable, fuera de toda ética política y social, y es también una enorme grieta en la economía. En México las estimaciones especializadas indican que cada año se pierden entre un billón y dos billones de pesos por causa de la corrupción, lo que equivale a entre 5 y 10 por ciento del PIB. No hay duda de que debe ser combatida.

Con corrupción hay menos bienes y servicios, menos inversión y, por lo tanto, menos empleos, menos infraestructura y menos seguridad. La corrupción reduce las posibilidades de desarrollo, beneficia a unos cuantos en perjuicio de muchos y, tratándose de seguridad pública y protección civil, también mata.

En México, infortunadamente, abunda. Estos son sólo algunos indicadores: Según la Encuesta Nacional de Calidad e Impacto Gubernamental 2017, de cada 100 mil habitantes, 61 mil (números cerrados) creen o han escuchado que hay corrupción al realizar trámites ante el gobierno; 47 mil afirman que al menos un conocido le contó un caso de corrupción y 14 mil la padecieron directamente.

De acuerdo con el Índice Global de Corrupción 2017, que elabora Transparencia Internacional, estamos en el lugar 135 de 180 países.

En esta medición México obtuvo 29 puntos de 100 posibles, lo que lo sitúa entre las cinco naciones con mayor percepción de corrupción en América Latina (los otros son Guatemala, Nicaragua, Haití y Venezuela) y en el último lugar de las naciones que integran la OCDE y el G20.

El Centro de Estudios del Sector Privado calcula que las empresas destinan 15 por ciento de sus ingresos a la corrupción; en tanto que otras fuentes señalan que las familias tienen que destinar a ella alrededor de 14 por ciento de sus recursos.

La corrupción es un universo dentro de otro: sus formas de operación son múltiples y complejas, y tiene diversas modalidades y tamaños, que van desde la dádiva para facilitar un trámite o evadir una sanción, hasta la implicación de enormes montos en operaciones marcadas por tráfico de influencias, conflicto de interés, desvío de recursos y uso de servicios públicos con fines privados, entre otras variedades.

Eduardo Bohórquez, director de Transparencia Mexicana, explica que no es que en los países mejor calificados la corrupción no exista, sino que en ellos la reacción institucional es fuerte, una vez que un caso sale a la luz.

En contraste, en México los escándalos de corrupción suelen concentrar la atención pública, pero la reacción institucional es débil y con frecuencia desemboca en investigaciones incompletas, insuficientes, eternamente inconclusas y, por lo tanto, raramente conducen a sanciones.

Transparencia Internacional recomienda cuatro medidas para el combate a la corrupción en México: implementar correctamente el Sistema Nacional Anticorrupción (SNA); incorporar el SNA al SAT y a la Unidad de Inteligencia Financiera; crear una Fiscalía General de la República autónoma e independiente, que no atienda intereses políticos ni privados; y dar máxima publicidad al manejo de los recursos públicos, incluyendo el financiamiento a partidos políticos y sus gastos.

Algunas de estas recomendaciones ya forman parte de nuestra agenda, pero no se han materializado.

Es necesario que Andrés Manuel López Obrador, Ricardo Anaya y José Antonio Meade nos hagan saber sus posiciones sobre éstos y otros puntos.

Por ejemplo, cómo fortalecerán, mediante los procedimientos respectivos, el marco legal e institucional para hacer frente a la corrupción de manera eficaz; qué se proponen realizar para al menos avanzar en el combate a la creencia no escrita y la convicción muy arraigada de que la ley es para evadirse; y cómo impulsarán, sin demérito de las soberanías estatales, la reducción de la corrupción en los municipios, que tiene como principal motor la ambigüedad en los requisitos para cualquier trámite, a fin de dejar espacios para la exigencia de ventanilla que termina en extorsión.

Si poner un alto a la corrupción, como frenar la inseguridad y la impunidad, es uno de los tópicos centrales de las demandas ciudadanas, es indispensable conocer lo que plantean los candidatos para combatirla.

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Mexicano que nace pobre…

 

Dice el dicho que infancia es destino. Curiosamente en estos tiempos electorales se vuelve una constante en los discursos de los candidatos incluir el relato de sus historias de vida en las que muchos coinciden en algo:

“Era un niño pobre, que con mucho esfuerzo pudo superarse y estudiar hasta llegar a competir por un cargo público, que hoy le permita luchar por tantos como él.”

Algunas de estas historias son reales, pero otras son una puesta en escena que resulta efectiva para conectar con un ciudadano que, desesperado por mejorar su calidad de vida, fácilmente se identifica con esa realidad.

Y es que en México el que nace pobre tiene el 98 por ciento de probabilidades de morir pobre. Así lo describe con cifras el Colegio de México en su más reciente informe “Desigualdades en México 2018”.

Este documento separa a la población en segmentos que llama “quintiles”, que es un tipo de medición socioeconómica basada en el acceso a bienes y servicios de una persona, siendo el quintil 1 el más desfavorable y el quintil 5, el que goza de mayores oportunidades.

Este estudio señala que sólo el 2.1 por ciento de los mexicanos nacidos en hogares del quintil 1 logra “escalar” socialmente en la edad adulta al quintil 5. Sin embargo, la gran mayoría (el 76 por ciento) se mantendrá entre los dos grupos más desfavorecidos el resto de su vida. En este informe se expone el caso de dos mujeres nacidas el mismo día del mismo año, pero en condiciones sociales y económicas abismalmente separadas.

María nació en una comunidad rural mixe del Istmo de Tehuantepec, en Oaxaca, donde no había escuela; no sabe leer ni escribir, se casó con un trabajador de la construcción y hoy tiene cuatro hijos que no terminaron la preparatoria.

Emigró a la Ciudad de México en 1985 y trabaja como empleada doméstica desde hace 20 años. Realiza jornadas de 10 horas y gana 300 pesos al día. No tiene seguro médico y cuando llegue a la vejez no tendrá derecho a recibir ninguna pensión.

Matilde nació en Ensenada, Baja California. Su padre es médico, su madre enfermera y ella estudió derecho en la universidad estatal; habla inglés, se casó con un abogado y hoy tiene dos hijas que son profesionistas, bilingües y una de ellas estudia un posgrado en Estados Unidos.

Matilde trabaja en el Poder Judicial de la Federación desde hace más de 20 años, donde gana mil 500 pesos diarios, con todas las prestaciones de ley, y cuenta con un seguro de gastos médicos mayores que le salvó la vida cuando fue diagnosticada con cáncer de mama hace dos años.

María y Matilde nacieron con los mismos derechos según la Constitución Política de los Estados Unidos Mexicanos: a la educación, al trabajo digno y a la salud. Sin embargo, sus historias retratan de la manera más nítida la realidad contrastante de la sociedad mexicana que convive bajo el mismo cielo con radicales diferencias que difícilmente mejoran para el más desprotegido.

En un panorama ideal, la movilidad social ascendente es de un 20 por ciento. El país que más se acerca a ello es Canadá con un 13.5 por ciento, Estados Unidos tiene un 7.5 por ciento, mientras que México sólo alcanza el 2.1 por ciento.

Pero además, la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) pone el dedo en otro renglón que sepulta a una persona en la desigualdad: ser mujer.

Según la OCDE, la diferencia salarial entre hombres y mujeres es de 17 por ciento en nuestro país, comparado con el 15 por ciento en el promedio de los países pertenecientes a este grupo.

La propia OCDE ha señalado que si las mujeres participaran en el mercado laboral de forma igualitaria con los hombres, el crecimiento económico del país tendría una aceleración.

Sin embargo, en México, en 2016 sólo el 47 por ciento de las mujeres en edad productiva fueron parte de la fuerza laboral, en comparación con el 82 por ciento de los varones. Por lo visto seguimos sin entender que no entendemos.

El próximo martes 12 de junio los candidatos a la Presidencia se volverán a reunir, ahora en Mérida para el último debate organizado por el INE, donde desarrollarán precisamente el tema de la desigualdad, sobre el que hasta ahora ninguno de ellos ha presentado una propuesta concreta e integral. Veremos si alguno lleva a Mérida una lucecita para ese túnel que en sexenios nadie ha podido alumbrar.

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Morena: trincheras opuestas

 

El juego que ensaya Andrés Manuel López Obrador es sorprendente. Su partido apuesta por una serie de estrategias de comunicación de acuerdo al público al que atiende, aun cuando las mismas sean contradictorias. Por una parte, cuenta con el apoyo de férreos detractores de la política económica de las últimas décadas. Por la otra, cuenta con aliados convencidos de las bonanzas del libre mercado y el comercio internacional. Cuenta entre sus filas a los más radicales adversarios a todo lo que emane del gobierno y a ex miembros de gobiernos y élites a los cuales critican duramente los primeros.

En Morena todos tienen voz, dependiendo los oídos que estén escuchando. En distintos foros hemos sido testigos de los mensajes contradictorios que han dado. Lo anterior, podrían justificar algunos, es que Morena entiende que, de llegar su candidato a la Presidencia, no sería representante de los grupos de izquierda que dieron inicio a su fuerza, sino de la diversidad de ideas y posturas que conviven en México. En Morena se ha sugerido que las empresas, cuyos dueños pudieran retirarse del país tras conocer que el resultado beneficia a López Obrador, debieran ser expropiadas. Por otra parte, miembros del equipo del candidato no ven con malos ojos la Reforma Energética o la construcción del nuevo aeropuerto de la Ciudad de México. Esta contradicción lejos de restarle al candidato puntos en las encuestas, lo ha mantenido en un rotundo primer lugar.

¿Cómo será la ejecución del proyecto de gobierno de Andrés Manuel López Obrador si gana la elección presidencial? Sus filas están conformadas por representantes de la agenda de derecha más recalcitrante del país que posiblemente veamos votando en los Congresos locales y en el Federal, en el poder ejecutivo de Morelos quizás podamos ver a Cuauhtémoc Blanco. La coordinación de agendas tan dispersas, de intereses y capacidades tan distintas, aún con mayoría en el Congreso, podría producir una merma en la ejecución del proyecto de gobierno de Andrés Manuel. Incluso su plan de gobierno parece contradictorio con tantas voces hablando desde su campaña desde trincheras opuestas.

Los grandes problemas del país no se deben a las leyes que nos rigen, las cuales han sido aprobadas por congresos divididos. El problema de la corrupción o la inseguridad surge de una mala ejecución de las leyes que nos rigen. Los últimos gobiernos se han encontrado con la dificultad técnica y en muchas ocasiones con la falta de voluntad para implementar las decisiones, producto de la negociación entre distintas fuerzas políticas que representan las distintas preferencias de los ciudadanos que los votaron. No veo cómo el proyecto político de Andrés Manuel López Obrador pueda ser ejecutado si, dentro de sus propias filas, hay visiones tan contradictorias que, ante el probable momento de ser gobierno, difícilmente se conciliarán.

EDITORIAL

 

Cambio radical

 

 

De imponerse el 1 de julio la fórmula encabezada por Andrés Manuel López Obrador, el orden político mexicano cambiará radicalmente. Pues se mezclan, dentro de una misma alianza y proyecto de gobierno, varios factores que –en lo individual y sobre todo en su conjunto– tensionan profundamente la precaria poliarquía construida en las últimas décadas.

El primero es el viejo liderazgo carismático de AMLO. Su decisionismo personalista lo demostró cuando gobernó, por encima de su propia Asamblea Legislativa, en la Ciudad de México. Ni siquiera la deliberación de una fuerza políticamente leal e ideológicamente afín le pareció entonces aceptable. Si eso fue así en una coyuntura donde Andrés Manuel era objeto de vigilancia y presión del Gobierno Federal, ¿cómo será cuando sea él mismo titular del Ejecutivo?

En segundo lugar, tenemos un partido forjado alrededor del Líder, donde el verticalismo decisorio y la lealtad al Jefe Máximo aparecen, por encima de lo programático, como ejes principales de la acción política. La sustitución de candidatos históricamente comprometidos con el movimiento y la alianza reciente con los peores exponentes de la mafia del poder, confirman el carácter atrapalotodo de Morena. Y las incoherencias de lo que alguna vez fue una organización comprometida con una transformación progresista de México.

En tercer orden aparece el logro de una eventual mayoría en el Legislativo y en buena parte de los gobiernos territoriales, que reduciría a la mínima expresión el contrapeso opositor. Factor agravado por la difícil posibilidad –en un clima de polarización política– de reconducir por la vía pactista las nuevas reformas que el país necesita. Y por el previsible deslave y desmoralización que se producirán en los partidos rivales –PAN, PRI, PRD– ante una eventual hegemonía morenista.

A esos tres factores político-institucionales sumemos otros dos socioculturales. Una cultura política proclive a privilegiar el orden y jerarquía, poco dada al respeto a la ley y el pluralismo democrático. Cosmovisión en la que coinciden representantes radicales de la izquierda marxista, el nacionalismo revolucionario, junto a conservadores del mundo empresarial y (viejos y nuevos) fundamentalistas religiosos. Que se articula con una opinión pública esperanzada de cambios radicales y rápidos, la cual previsiblemente toleraría el decisionismo como vía para avanzar la “agenda de cambios”.

No todo son malos augurios ante el eventual nuevo gobierno. Un realineamiento de segmentos de élite, capas medias y trabajadores -con AMLO como árbitro y Morena como pivote- podría tal vez reimpulsar cierto capitalismo nacional y expandir la (hoy miserable) redistribución de riqueza. Una suerte de nuevo “viejo PRI”, más personalista.

Sin embargo, el coctel resultante de la suma de los factores arriba mencionados tiende a la democracia delegativa. En un entorno global fértil para los iliberalismos, de izquierda y derecha, en Occidente y más allá. Modelo que, en dependencia de las resistencias sociales, reacomodos internos y presiones foráneas que caigan sobre el nuevo bloque hegemónico, podrá conducir en un mediano plazo –2024– a una alternancia democrática o, en el peor escenario, a un autoritarismo competitivo.

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