EDITORIAL

 

“No debe ganar el abstencionismo”

 

El cardenal Javier Lozano Barragán ha sido un hombre influyente en la Iglesia católica. Sus alcances van, por mucho, más allá del país. Hubo un tiempo en que incluso fue mencionado como candidato a ser Papa.

Es un hombre mayor que mantiene una profunda lucidez. En conversación con él, si algo queda claro, es que sigue teniendo esa lucidez y una visión de nuestro país interesante y atendible.

Hombre cercano a Juan Pablo II, al Papa Benedicto y, particularmente, al Papa Francisco, Javier Lozano Barragán sabe de sus influencias y también sabe administrarlas.

Tiene claridad de que Francisco está en una coyuntura compleja. “Ha sido difícil para él tratar de hacer cambios, por pequeños que éstos sean”. Como le hemos venido diciendo, hay temas que tienen que ver con lo que está en la opinión pública y hay otros que, sin que se haga tanta referencia a ellos, tocan la estructura de la Iglesia.

En ambos casos, la capacidad de Francisco y, por lo que vemos, de cualquier otro, es limitada. Los conservadores al interior de la Iglesia católica son de la idea de que perdieron posiciones con la llegada de Francisco y no le han permitido ni el más mínimo movimiento, lo que ha derivado en una lucha intestina, propia de los vericuetos que se viven en el Vaticano.

Sobre México, el cardenal tiene claro el momento que se vive. “No importa quién gane, lo que importa es que tenga la fuerza de una votación significativa de todos nosotros; lo peor que nos puede pasar sería el abstencionismo. Lo que deben hacer los ciudadanos es, más que votar por alguien que nos pueda caer bien, debemos ver cuáles son sus propuestas, cuáles son sus programas y cómo van a hacer lo que proponen”, dice enfático Javier Lozano Barragán.

Es un hecho que en medio de la vorágine y vendimia política en la que estamos, todo nos puede parecer atractivo. El cardenal pone particular énfasis en los procesos de seducción, en momentos como en el actual, en los que los políticos son capaces de cualquier cosa con tal de conseguir votos. “Es el tiempo de la reflexión e insisto: es el tiempo de conocer lo que proponen y cómo lo van a hacer; más que anden ofreciendo y trabajando cosas que a la mera hora no van a poder cumplir”.

Uno de los temas que más tiempo nos llevó es el del narcotráfico. Le planteamos si debemos dialogar o no con la delincuencia organizada, a partir de la incontrolable situación que se vive en muchos estados del país. El cardenal nos dice que a él le pareció bien que el obispo de la diócesis de Chilpancingo y Ciudad Altamirano se reuniera con integrantes de la delincuencia organizada: “No tenía de otra; en esa zona han matado a varios sacerdotes y tenía que establecer con ellos una delimitación de territorio; no me pareció mal que lo haya hecho”.

Si bien no es la primera vez que esto sucede, no se puede soslayar que hacerlo puede generar antecedentes, y es de suyo delicado. Le planteamos el hecho de que se crea que en torno a esto hay un antecedente. Nos responde que este caso, en particular, requería de una acción de esa naturaleza.

En varias ocasiones le planteamos el tema de la amnistía y fue de los pocos asuntos en los que no tuvimos una respuesta clara de parte del cardenal. Sobre una posible conferencia en torno a la paz en México, donde estuviera presente el Papa Francisco, de plano prefirió no hablar.

El cardenal sigue representando una posición de enorme relevancia en la Iglesia católica; lo sabe, a tal grado que conversa a menudo con el Papa Francisco. Es un hombre influyente que, al tiempo de ser sacerdote, es un intelectual al que le piden su opinión.

Para el anecdotario, dice lo siguiente: “Lo milagroso es que los mexicanos trabajen y tengan empleo; lo ordinario es un milagro de la Virgen de Guadalupe”.

EDITORIAL

 

La vida seguirá

 

Estar fuera del país por unos días da la oportunidad de ver qué sucede en otras naciones, lo cual permite tener un referente en función de nuestra abrumadora realidad. Italia, como Europa, no deja de vivir avatares, lo que lo hace diferente son los instrumentos que tiene para encararlos y sobre todo la actitud de los políticos y los ciudadanos.

Una de las grandes cuestiones que Europa viene enfrentando tiene que ver con la gobernabilidad. Nos hacemos las mismas preguntas de los instrumentos que tienen y que llevan a que las respuestas sean diferentes en forma y fondo.

Los procesos electorales no están exentos de la pasión y desbordamientos como los que vivimos en México. Francia quizá sea la sociedad más organizada para desarrollar elecciones. Tiene que ver con sus leyes, pero sobre todo con la actitud ciudadana. Es sorprendente cómo al día siguiente de las elecciones la vida sigue y con gobernantes actuando en consecuencia. Los partidos políticos en muchos casos son repudiados, Macron casi que se hizo un partido político al salir cerca de dos años antes del cargo que tenía en el gobierno francés.

El gran reto está siendo el cómo establecer una relación inteligente, sensible, equilibrada, bajo un pleno del Estado de derecho, que permita que los cuestionamientos sobre los procesos electorales se puedan deber a victorias o derrotas que generen enconos, pero no porque generen controversias por el desarrollo del proceso electoral. Los ciudadanos creen en sus aparatos legales, difícilmente los ponen en tela de juicio y saben, en la mayoría de los casos, que la victoria y la derrota, guste o no, es parte del juego político al amparo de creíbles y efectivos procesos legales.

Las preguntas sobre México tienden a caer en los terrenos de la seguridad y el narcotráfico. Sorprende el estado de las cosas en las que estamos, pero también hay una mirada más madura en muchos casos de la que tenemos nosotros mismos. En Europa están muy preocupados por muchas cosas como para detenerse a pensar en lo que sucede en otros países; el único que sin duda lleva mano en Europa y en el mundo es EUA.

En Italia las discusiones sobre los temas de seguridad van entrando sin duda a otra etapa. Todos aquellos años en los que las mafias gobernaban en el sur del país se han ido diluyendo, no es que ya no existan; se van estableciendo reglas no escritas para determinar terrenos y sobre todo para tratar al máximo de colocar el Estado de derecho por delante.

Estos días se está presentado en la televisión italiana RAI, una serie sobre Aldo Moro, quien fuera dos veces ministro de este país y quien fuera asesinado brutalmente en 1978 por las brigadas rojas. Es emocionate recordar los días de profesor universitario de quien fuera una de las figuras de la vida italiana que más lucharon en contra de la mafia. Al paso de los años los italianos se han dado cuenta de que su muerte no fue inútil y, en algún sentido, esto fue abriendo espacios importantes para que la situación de Italia fuera cambiando.

No es que Italia haya resuelto todo o que se necesite la muerte de alguien de la magnitud de Moro para que las cosas cambien, lo que sucede es que la voluntad ciudadana fue creando un nuevo estado de las cosas. Italia vive eternamente en la controversia política, es el país de Europa que ha tenido más minitros después de la Segunda Guerra. Sin embargo, su orden interno y su organización social le han permitido estabilidad y sobre todo respeto al Estado de derecho.

Las enseñanzas europeas están fundamentalmente en la convivencia social; están también en actitudes ciudadanas que establecen relaciones diferentes entre gobernados y gobiernos.

Esto es quizás lo que deberíamos pensar y buscar en el México del corto y mediano plazo.

Desde afuera, la elección mexicana se ve como un proceso de gran importancia, pero sin sentimentalismos la vida sigue. Lo relevante es el contrato social y con ello, gobierne quien gobierne, terminaremos teniendo una base que nos fortalezca, que nos dé certezas gane quien gane.

EDITORIAL

 

 

Candidatos y seguidores, su lenguaje

 

 

Estamos entrando en los terrenos de las inminencias y ello está colocando la posibilidad de nuevos escenarios, con tintes de inéditos, en el país. La inminencia de lo que pueda pasar es lo que nos tiene en medio de confrontaciones de diversa índole, empezando por las verbales.

Hemos perdido de vista lo que puede provocar el uso del lenguaje; el lacerante y punzante insulto puede significar reacciones serias y violentas en los otros. Desde hace varios meses se usa el lenguaje para desacreditar; no importan las palabras que se utilicen, lo que importa es desacreditar, y para ello las palabras se convierten en algo así como un arma para dejar de ser un medio de comunicación y de debate.

Particularmente, en estos últimos días todo se ve y, quizá, esté encendido. Los candidatos ponen, en este sentido, su parte, y sus seguidores terminan por ser una réplica de ellos. Son quienes sobredimensionan sus mensajes y, con afanes partidistas y militantes, buscan a toda costa exponenciarlos.

Todo proceso electoral está cargado de incertidumbre. No sabemos quién vaya a ganar, por más que algún candidato lleve ventaja en las encuestas y en la percepción de los ciudadanos. La incertidumbre genera desconfianza y riesgos; no saber qué va a pasar lleva a escenarios que pueden terminar siendo inesperados e imprevisibles.

Sin embargo, ésta es una de las virtudes de la democracia. No saber quién va a ganar es dejar en el voto ciudadano la elección; y de eso es precisamente de lo que se trata.

Se trata de que sea la sociedad la que defina quién gana; es el momento en que cada uno de los votos es importante, sin importar quién lo emite. La democracia es la certidumbre del ciudadano y la incertidumbre del resultado.

El problema no está sólo en lo que digan los candidatos, sino en cómo los interpretan. Los seguidores escuchan y construyen su propio discurso en función  de lo que escuchan y ven.

Las redes se ha venido convirtiendo en uno de los rings, para decirlo de alguna manera, de ello. Pasan a través de sus señales todo tipo de expresiones. No hay filtro y cómo se dice lo que se piensa, sin matices, se lanzan ideas que llegan a provocar consecuencias serias que pueden trascender y ofender.

Las grandes virtudes de las redes se diluyen cuando se convierten en centro de ataques anónimos. No es un tema propio de nuestro país, es cuestión de revisar lo que está pasando en tiempos electorales en Brasil y Colombia; y lo que sucedió hace pocos meses en Costa Rica y también lo que pasó en EUA, donde todavía no salen del lío.

No hay forma de frenar la vorágine. Estamos bajo escenarios en los que unos se han asumido como los “buenos”, calificando al mismo tiempo a quienes no piensan como ellos, como los “malos”.

Este maniqueísmo está haciendo mucho daño porque es la forma en que se descalifica y define a los adversarios y porque ha enrarecido, de manera cada vez más clara, el ambiente.

Lo más grave es que del insulto estamos pasando a las amenazas que llevan a terrenos en los que se pierde el control y la sensatez. Se entra en un especie de ley de la selva, en la que el enrarecimiento del ambiente hace posible que puedan presentarse situaciones inesperadas y, en algunos casos, lamentables.

Los candidatos deben pedirle tolerancia a sus seguidores. De alguna forma, los propios candidatos provocan los escenarios que tenemos, ya sea de manera directa o indirecta.

Todavía falta tiempo para el día de la elección y pueden pasar muchas cosas. Particularmente, estas dos semanas se han presentado en las redes hechos que han tenido repercusiones. Los casos Taibo y Alemán, sin compararlos, porque cada uno tiene sus propios referentes y su propia dinámica, muestran las pasiones y formas de interpretar lo que está pasando.

Parece que lo mejor es que lleguemos al 2 de julio, porque por ahora no se ve cómo sosegar el ambiente.

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Rodolfo Morales, la fiesta que es México plasmada en colores

 

 

Sólo los amigos más allegados sabían del padecimiento terminal de Rodolfo Morales quien, con proverbial discreción o acaso porque en verdad desconocía su gravedad, se refería a él como un malestar gastrointestinal. Su muerte inesperada, un martes 30 de enero del 2001, a causa de un cáncer pancreático, despertó fuertes inquietudes respecto a la consolidación de la importante obra de rescate, conservación y educación emprendida en Oaxaca a través de la fundación que lleva su nombre, y a la cual él destinaba todos sus ingresos. Luego, en los obituarios se reclamaba, con exaltación, que el maestro de Ocotlán no había recibido en vida el reconocimiento que merecía como uno de los grandes pintores mexicanos.

Es verdad que su obra no gozaba de la más alta aprobación crítica, aunque su labor altruista despertó unánimes simpatías. Su pintura, trazada sobre vectores del paisaje y la arquitectura oaxaqueños, pletórica de presencias femeninas ensoñadas y aun fantasmales, pródiga también en símbolos patrios, atraía a visitantes y compradores nacionales y extranjeros que desfilaban más bien conformes con la accesibilidad de su iconografía y su paleta, que luego luego identificaban “lo mexicano” como el valor por excelencia en sus telas. Rodolfo Morales encarnó así llanamente al gran artista “nacional” de última hora, entrañable por autóctono y no exento de misterio. Un maestro de casa.

Al volver a escuchar, con motivo de su muerte, que se trataba de un pintor “original” cuya obra es a la vez “mexicana y universal” y que expresa como ninguna el “alma de México”, asistimos al penúltimo despliegue de los lugares comunes que a lo largo del siglo XX se asentaron a propósito de lo que debía ser el verdadero arte nacido de la Revolución. Ese discurso, que cayó en crisis desde la segunda mitad de los años cincuenta, se resume así: sólo expresando nuestros valores originales los mexicanos alcanzaremos la universalidad, que será una conquista de nuestro espíritu como nación, y en este proceso el arte constituye el vehículo por excelencia. Lo dijo Caso, lo dijo Vasconcelos, lo dijeron Diego y Tamayo, y hace unas semanas se repitió con pasión en la prensa para vindicar a Rodolfo Morales, quien aparece, por lo mismo, como creador de un arte asimilado, precisamente lo que le valió en vida la prevención de museos y curadores, hoy denunciada como supuesta “falta de reconocimiento”.

Morales se sabía un maestro del color, pero no ignoraba sus limitaciones técnicas; reconocía la uniformidad de su obra y aun descreía de lo mágico y lo maravilloso que le endilgaban los comentaristas; subrayaba por contraparte la emotividad y la profundidad de su obra. No engañaba a nadie. Aceptaba que no era un portento, en tanto que los frutos de su trabajo se multiplicaban y desbordaban en beneficio de su gente. Eso le interesó más que la celebridad.

Se hizo un donador, y con ello revirtió lo que había de más tradicionalista y conservador en su obra, esa suerte de espejo de provincias, mediante un gesto radical, emprendiendo la acción civil contra la incuria, la corrupción y el olvido. Gracias a las gestas de Rodolfo Morales y Francisco Toledo, quienes se han enfrentado a caciques, gobernadores, burócratas y párrocos por igual, Oaxaca es hoy el enclave cultural del interior de la República. Algo que va mucho más allá del sueño de la restauración de lo mexicano en la provincia entrañable que muchos desean consagrar en la obra del maestro de Ocotlán, ahora que ese manido discurrir sobre la autoctonía y la mexicanidad campea en las expresiones más débiles del mercado artesanal del arte oaxaqueño contemporáneo, inundado de todo género de secuelas e imitaciones.

Este 08 de mayo se conmemora un año más de su nacimiento; el Maestro Morales cumpliría 93 años. Nació en 1925 y murió la noche del 30 de enero del año 2001.

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Los revolucionarios represores

 

Los mejores teóricos de la contrarrevolución, en América Latina, han resultado ser los revolucionarios en el poder. Durante la Guerra Fría, sólo dos revoluciones latinoamericanas triunfaron y se consolidaron al mando de sus respectivos países: la cubana y la nicaragüense. La segunda, sin embargo, tuvo que dar paso a un interregno democrático para que sus líderes recuperaran las riendas del Estado y pudieran eternizarse gracias a la reelección indefinida, marca política o seña de identidad de la izquierda “bolivariana”.

La permanencia de los revolucionarios en el poder depende de una mezcla perfecta de legitimación simbólica y represión sistemática. No basta, en ese tipo de regímenes, con reprimir sin más, sino de reprimir preservando la idea de Revolución como emblema del poder. Es preciso, entonces, identificar como “contrarrevolución” todo movimiento opositor, sea pacífico o violento, a pesar de que esta segunda oposición, la específicamente revolucionaria, haya quedado descontinuada después de la caída del Muro de Berlín.

En países donde no triunfó una Revolución, como Venezuela, Bolivia y Ecuador, sino que un partido de izquierda llegó pacíficamente al poder, gracias a la democracia, los nuevos gobernantes también se apropiaron del concepto de Revolución. Ahora, a diferencia de los tiempos del Chile de Allende y Unidad Popular, la Revolución sí podía ser pacífica y democrática, algo que en los 70, los más identificados con la vía fidelista o sandinista, consideraban imposible. El éxito de aquella operación simbólica ha sido disparejo: en Ecuador, la sucesión presidencial y la alternancia en el poder, lo frustraron; en Venezuela y Nicaragua, sólo puede sobrevivir gracias a la represión.

La teoría de las “revoluciones de colores” resulta funcional a esa combinatoria de usura simbólica y autoritarismo político. El itinerario del término se remonta a los procesos de transición a la democracia en la exUnión Soviética y Europa del Este, en los años 80 y 90, y desemboca en la “primavera árabe”, entre 2010 y 2013. El gobierno ruso de Vladimir Putin, especialmente a partir de los casos de Bielorrusia y Ucrania, ha jugado un papel central en la difusión del sentido peyorativo de las “revoluciones de colores”, que vulgariza esos movimientos opositores como tramas teledirigidas por Estados Unidos.

Así como el Kremlin, y de su mano La Habana y Caracas, repiten el tópico de que la caída de los regímenes del socialismo real se debió a revueltas artificiales, obra de conjuras aviesas de la CIA y el Vaticano, el gobierno de Daniel Ortega y Rosario Murillo y sus aliados “bolivarianos” nos dicen que en Managua hay en curso una nueva “revolución de colores”, inventada por el imperialismo. Las demandas de esos miles de jóvenes que vemos en las calles de Nicaragua no son reales, como tampoco lo son el autoritarismo y la corrupción de esos ancianos revolucionarios acomodados al poder perpetuo.

Reconoce edil al Grupo Folklórico del ITO

A fin de conmemorar el 50 aniversario de la fundación del Grupo Folklórico del Instituto Tecnológico de Oaxaca (ITO), el Presidente Municipal, José Antonio Hernández Fraguas, entregó un reconocimiento a su Director General René Osogobio Rodríguez, por su aportación cultural para poner en alto el nombre de Oaxaca y sus ocho regiones.

En este marco, Hernández Fraguas señaló que este reconocimiento está dirigido para los 80 jóvenes que año con año representan a la entidad, desarrollando los inigualables bailables de la entidad.

“Es nuestra convicción seguir reconociendo a todas las personas o grupos que con sus acciones y actividades culturales representan con orgullo a nuestro estado, esto es y seguirá siendo una prioridad en beneficio de nuestra cultura y de nuestro municipio”, puntualizó el Primer Concejal.

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El spot de la niña y los niños

 

El uso y participación de niñas y niños en comerciales y spots políticos ha sido, desde siempre, tema controvertido; pero sobre todo, motivo de una buena cantidad de cuestionamientos.

¿Qué tanto los niños y las niñas son conscientes de lo que dicen y les hacen decir los adultos? Es evidente que en la gran mayoría de los casos están lejos de ello; no es un tema de capacidad, sino de edad. En su proceso de formación, están en una etapa en la que todavía tienen por delante muchas cosas por entender y por integrase a lo que se le llama el mundo de los “grandes”.

La constante ha sido que niños y niñas sean utilizados por los adultos para que reproduzcan la visión de los grandes. Se les pide o se les “lleva”, según se quiera ver, a que hagan lo que quieren los adultos, en función de sus intereses y su percepción de las cosas. Los niños son, en este tipo de situaciones, fuerza de trabajo, por más que cuenten con el aval de sus tutores o de sus padres; al final es un trabajo, que de seguro se paga.

Es fundamental proteger los derechos de los niños y tener claridad de que es igual de importante que los infantes sean conscientes, en la medida de su edad, de lo que van a hacer, y que se les haga ver el sentido que tiene su participación.

El spot de niños y niña haciendo las veces de los candidatos puede gustar o no. Hay personas a las que les cae en gracia; hay quienes han manifestado abiertamente su crítica, en fondo y forma y también hay quien ha presentado denuncias ante el IFE en contra del spot; es el caso de Jorge Alcocer, por violar el modelo de comunicación que prohíbe a terceros comprar propaganda electoral en radio y TV. No pasa por ningún motivo por alto que en el cierre del spot se mencione “piensa bien y elige el candidato que apoye la transformación educativa”.

Un elemento que cuestiona el spot es que uno de los candidatos, López Obrador, se ha opuesto terminantemente a la Reforma Educativa; “si gano, la voy a derogar”, ha dicho una y otra vez. En sentido estricto hay una imitación imprecisa del tabasqueño.

Lo dicho por el “niño” López Obrador no tiene concordancia con lo que ha dicho desde hace varios meses el “adulto” López Obrador.

Lo que por ninguna razón se cuestiona es el derecho de cualquier ciudadano u organización civil de manifestar sus ideas. Lo que está pasando, una vez más, es que entre los innumerables vericuetos e interpretaciones de la ley electoral caben todo tipo de posibilidades y lecturas.

Es probable que se dejen venir nuevos spots con características similares o con definiciones más evidentes; por lo pronto, la decisión del INE es ya un antecedente para el actual proceso.

El spot de los “niños candidatos”, le parezca bueno o malo, no somos en lo particular simpatizantes del mismo, coloca en la mesa de nuevo el rol de los niños y su relación con los medios.

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Los ánimos alterados

 

Pocas veces, un proceso electoral había tenido tanta atención y pasión como el que estamos viviendo. La elección del 1 de julio se ha convertido en tema en todos lados; no hay dónde no se hable de ella.

Se ha tomado conciencia de que estamos ante proyectos que podrían cambiar nuestras vidas, para bien y para mal. La pasión y confrontación han ido riesgosamente en aumento; en las últimas semanas hemos visto cómo las actitudes y el uso del lenguaje de los candidatos es cada vez más agresivo y hasta grosero.

Lo que hagan, no hagan y digan termina por repercutir en los ciudadanos. Sus actitudes se convierten en una especie de acto reflejo de parte de sus seguidores y simpatizantes, quienes actúan y hablan como sus candidatos.

Esto no es lo único que se ha convertido en un problema colectivo; lo otro es que los simpatizantes y seguidores interpretan a su muy particular manera lo que dicen y hacen sus candidatos.

La agresividad de los suspirantes se ha estado metiendo entre nosotros estos últimos días de manera intensa y hasta irreflexiva; en muchos casos, corregida y aumentada. Esto nos está llevando a un estado de las cosas de riesgo y de posibles escenarios que pudieran estar entre lo inédito y lo incontrolable.

No está fácil atemperar los ánimos, porque los candidatos establecen y desarrollan su campaña en función del descrédito hacia los otros. Atacar es el nombre del juego y esto se extiende a la manera en que los simpatizantes ven, conciben y entienden la elección.

A esto se suman otros elementos que producen particulares ánimos en los seguidores de los aspirantes.

López Obrador es uno de los que mejor provoca reacciones en los suyos. Les dijo la semana pasada a los empresarios que es ya el ganador; aseguró que “este arroz ya se coció”. La declaración llevó a un singular ánimo en los suyos, quienes ya remiten a que si algo termina por serle adverso a su candidato, léase una derrota, será producto de un “fraude de la mafia del poder”.

De igual manera, Ricardo Anaya echa andar cada vez que puede su beligerancia contra AMLO. Una de las diferencias es que sus seguidores quizá sean menos belicosos y agresivos; por lo menos por ahora.

Sin embargo, la manera en que se expresa Anaya genera, obviamente, reacciones de toda índole en unos y otros. Nadie se salva, porque todos son conscientes de lo que está en juego.

En esta misma línea, José Antonio Meade puede externar diferentes ideas, lo que incluye ataques a sus adversarios, pero las reacciones y repercusiones han sido menores. El caso de los departamentos de AMLO, pudiendo ser un buen tema, no ha alcanzado a cuajar.

Se puede deber a dos razones: parece que todo lo que tenga que ver con López Obrador pasa por el efecto teflón, sea cierto o no. Lo que se diga o se le diga, sin importar lo que sea, incluso sus inconsistencias, pasan de largo. Por otro lado, Meade sigue sin pesar en

las campañas como para que sus denuncias puedan permear como tema, sin importar cuáles puedan ser. Esto incluye a los otros candidatos, quienes no han retomado este asunto.

Las campañas van a entrar en una fase definitiva y de riesgo, no sólo por la cercanía de las elecciones, sino también por lo que pueden ser capaces de hacer los candidatos y su gente, con tal de ganar.

Estaría bien que los aspirantes piensen bien lo que dicen y hacen; no tanto por ellos, sino por sus seguidores, los cuales están alborotados y envalentonados; la pasión desbordada está llegando hasta las familias.

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Este arroz ¿ya se coció?

 

Al salir de la reunión plenaria de consejeros de CitiBanamex, Andrés Manuel López Obrador dijo, “este arroz ya se coció”. Francisco Tobías, director corporativo de Finanzas, dijo que un eventual triunfo de AMLO el 1 de julio no les preocupa.

Las primeras encuestas que el candidato de Morena ha visto luego del debate lo mantienen adelante con amplia ventaja sobre Ricardo Anaya.

El asunto de los departamentos heredados no registrados, no crece. Para Meade el tema es arma de doble filo, lo mismo puede exhibirlo desordenado o exponerlo como un rival ninguneado, que exige aclarar y le responden con burlón silencio.

AMLO sabe que ninguna falange empresarial dirá públicamente que tiene miedo ante su eventual presidencia. Son profesionales que circunscriben sus expresiones a lo racional, piden legalidad, certeza, perspectiva de largo plazo, condiciones propicias para invertir, responsabilidad económica y social. Poco más, nada menos. Hasta ahí López Obrador puede soñar, despierto, que este arroz ya se coció.

Pero al tiempo AMLO y los suyos observan cómo hombres de negocios, los más relevantes del país, emprendedores que generan millones de puestos de trabajo, que pagan miles de millones de pesos en impuestos; han comenzado a tener un rol más activo, externando perspectivas y preocupaciones tan legítimas como las de todo ciudadano.

Carlos Slim fue el primero con lo del aeropuerto que López Obrador quiere cancelar, un proyecto de infraestructura impostergable para México. Mexicanos Primero, con Claudio X. González al frente, lanzó un spot que aboga por la Reforma Educativa, niños que llaman a sus padres a votar por quien vele por una mejor educación.

Nombres no hay, dedicatorias sí. Nada indebido hay en manifestar, igual desde la iniciativa privada, que desde el activismo social, posicionamientos sobre asuntos de interés nacional. Eso es democracia participativa, eso es la plaza pública, eso es ciudadanía.

Los planteamientos de AMLO en estos y otros temas, son frases y consignas políticas, no proyectos de políticas públicas. Y sí gana aplausos y adhesiones.

Habla de miles de millones de pesos frescos y listos para repartirse producto del ahorro y probidad burocrática de una nueva clase, de su claque, las magnitudes presupuestales no cuadran, pero eso será, al final de cuentas, materia de aclaraciones y pretextos venideros.

Habla de consensar con Elba Esther Gordillo y la CNTE el nuevo modelo educativo y laboral para niños y maestros; habla de “justicia” en los contratos del gobierno con empresas, ignorando que los acuerdos son legales, o no lo son, pero ¿justos?, ahí acecha el autoritarismo, la arbitrariedad oficial, la incertidumbre jurídica, el caos que provoca discrecionalidad y nueva corrupción.

Este arroz no se ha cocido. En los próximos 63 días veremos nuevos spots, conferencias, candidatos y partidos construyendo puentes inéditos en aras de preservar una visión de país, un proyecto social y económico diferente del que AMLO habla, grupos sociales y políticos confrontados entre privilegiar fobias o ir por todo en alianzas tácticas y tácitas para ganar la Presidencia y no el segundo lugar de las encuestas.

A esta historia le faltan páginas por escribirse, aquellos que se oponen al moreno mayor y a quienes despectivamente llama la mafia en el poder, son capaces de mover, de incidir, de alertar y promover.

Estamos por ver la ecuanimidad o exabruptos de los que López Obrador es capaz, un gesto grosero, el ademán despectivo, otro desplante soberbio, la pifia producto del cansancio, de la presión permanente, el tropiezo verbal.

Decir que este arroz ya se coció, puede resultar estimulante para sus huestes, un mantra que el de Tabasco pronuncia frente al espejo, pero en democracia siquiera pensar que ya ganó, puede ser letal.

Que la tercera es la vencida es refrán, no sentencia, las encuestas fallan y, a decir de él, están cuchareadas, la suma de afectos es menos que la de desafectos, AMLO compite y los otros cuentan, suman y restan. Ha perdido, puede volver a perder. “Este arroz ya se coció” denota soberbia y eso, debilidad. Veremos.

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La amnistía

 

Andrés Manuel López Obrador puso sobre la mesa, entre otras opciones para resolver el problema de la delincuencia organizada y la violencia que esta ha producido, una amnistía. Indultar a los responsables, quienes, obligados por el crimen organizado, participaron en desapariciones, torturas u homicidios.

Pedir perdón por la indefensión social, económica y política en la que los ha dejado el Estado mexicano. Mesas de diálogo para examinar las causas profundas de la violencia, compulsas entre la mano que tira del gatillo y la boca que no tiene qué comer.

Para combatir la violencia producto del crimen organizado, el candidato de Morena propone un alto al fuego. Ni perdón, ni olvido: una conciliación como monumento a una ola gigantesca que parece que no pasará pronto. Lo que hoy tiene al país hundido en un mar de sangre no es un grupo guerrillero en búsqueda de representación política, es un cúmulo de negocios ilegales tremendamente lucrativos que han debilitado el valor de la vida, la libertad, la humildad y la compasión por las víctimas, pero también de algunos victimarios.

La propuesta de Morena atina en diagnosticar el drama complejo que atraviesa el país. Una tragedia alimentada por cárteles económicos dedicados al tráfico de drogas, la trata de personas, la extracción clandestina de combustibles, el comercio de metales, el secuestro, la extorsión y el homicidio; potenciada por un gobierno incapaz de hacer cumplir la ley, en ocasiones coludido, incapaz de hacer justicia y resolver las necesidades de su población. Es el reconocimiento de que en las calles hay mexicanos que violan la ley obligados por su necesidad de vivir por hambre o amenaza. Eso es lo que devela la propuesta de Morena y es donde creo uno debe de colocarse para evaluar la propuesta: si perdonar a una persona que sacrifica la vida de otros por la suya o la de su familia es tentarse el corazón o el pensarlo es una atrocidad.

La amnistía es el abandono de la estrategia de seguridad de los últimos años. Es el abandono a buscar culpables porque ya no es claro si son los criminales, si es el Estado, si es la sociedad clasista y desigual en la que vivimos. Es el desvanecimiento de las responsabilidades puntuales, es la compilación de la memoria de los cruentos años que hemos vivido. No hay nada en las respuestas que ha dado AMLO que me haga creer que no estaremos escribiendo esta desgarradora crónica hasta rompernos las manos, no veo en sus propuestas y no vi en el primer debate una estrategia que remplace la actual y que atienda la violencia producida por el negocio de los cárteles. No veo esperanza en su propuesta, tan sólo desolación. No hay nada en su programa de gobierno que impida que cada día se sumen más personas a quien llorar y a quien perdonar.

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