EDITORIAL

¿La tiraría al basurero?

La Reforma Educativa tarde que temprano será uno de los grandes centros de discusión en las campañas presidenciales. Hasta ahora sólo han sido esbozadas algunas ideas de los suspirantes que no se pueden tomar en serio.

Quien más se ha referido a ella ha sido el candidato de Morena, dice que es la “mal llamada Reforma Educativa”. Se entiende que en tiempos de esa extraña figura electoral denominada precampaña, lo que se haya dicho podría haber tenido que ver con el intento de acercarse al magisterio disidente en medio de la vendimia del voto, más que con propuestas de fondo.

Lo único que se ha escuchado hasta ahora ha sido el no como definición sobre la reforma, pero no ha habido nada que tenga que ver con alternativas al proyecto que ya se ha empezado a instrumentar. Es de imaginar que en las campañas habrá algo más que el muy socorrido no.

La reforma, con todas las limitaciones y críticas que puede merecer, es el proyecto educativo más importante y significativo del país en décadas, y no puede ser desechada por un puñado de votos.

Las alianzas que ha venido construyendo López Obrador en el área educativa le pueden traer consecuencias graves. Suponemos que debe saber que no sólo se trata de ganar votos a través de esas singulares uniones, se trata de la educación del país.

Para discutir y analizar no tiene sentido ir de la mano con exlíderes y familiares, ellos han sido parte del gran problema de la educación en México. Es muy probable que ella y ellos estén pensando más que en la educación en una venganza política.

Han olvidado lo que hicieron a lo largo de años y cómo fue que vivieron bajo privilegios y complicidades con gobiernos del PRI y del PAN. Lo que no olvidan por ningún motivo fue lo que les hicieron, que fue lo mismo que hicieron hace muchos años con Carlos Jonguitud.

López Obrador lo sabe muy bien. Conoce como pocos las entrañas del sistema y sus formas. Lo sabe porque ese mismo sistema lo trató de aniquilar sin concesión alguna y también porque se vio beneficiado por él en sus tiempos de juventud priista.

El candidato de Morena requiere de otro tipo de aliados para muchos temas, empezando por el educativo. La prensa estadounidense, suponemos, le habrá hecho pensar en sus alianzas, en particular sobre uno de sus muy cercanos. De nuevo se hicieron públicos los muy conocidos devaneos de Alfonso Romo.

En materia educativa sus aliados deben ser el INEE y la gran cantidad de investigadores y especialistas que hay en el tema, a lo que se deben sumar padres de familia, maestros y estudiantes.

Es lo que se hizo originalmente en la creación de la reforma. Se puede estar a favor o en contra de ella, pero el método de consulta debe ser similar. Partir de cero o negar la reforma por principio, tratando de sumar maestros disidentes, insistimos, es un error.

¿Va a ser la exlideresa del SNTE su apoyo para construir una nueva Reforma Educativa? Si es así, de antemano podemos adelantar que no hay futuro.

La reforma tiene muchas virtudes, y también es cierto que hay que trabajarla en diversas áreas. La clave es con quién hacer alianzas para ello.

Hay que acercarse también a ONG, a las que nadie está atendiendo. A ellas se les deben buena parte de los cambios en el país.

¿Con quién va a aliarse López Obrador para abordar la Reforma Educativa, en caso de que gane?

¿Realmente cree que no sirve de nada?

EDITORIAL

Empoderar a las mujeres

Vivimos tiempos difíciles, pero estimulantes. Si bien ésta es una época de grandes oportunidades, la humanidad en su conjunto enfrenta también grandes amenazas que el cambio climático no hace más que empeorar. La pérdida de vidas humanas y de recursos por los desastres climáticos es simplemente inaceptable y el costo económico de la inacción es demasiado alto.

En estos momentos, el sistema multilateral está a prueba. Los gobiernos nacionales, por sí mismos, no pueden garantizar la prosperidad de los pueblos sin que haya una transformación económica y social profunda. Esa transformación debe hacerse con la participación de todos y todas. La igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres y las niñas son factores clave en este proceso. Hay que empoderarlas para la acción climática, no sólo porque es justo, sino también inteligente. Sencillamente, más de 50% de la población no puede ser excluida de las políticas de desarrollo.

Aunque generalmente se reconoce que hacen falta más mujeres en puestos de decisión en materia de cambio climático y sustentabilidad, persisten obstáculos en todos los sectores para su total inclusión, debido a distintos motivos: barreras culturales, estructurales e institucionales que hay que eliminar.

La iniciativa de C40 Mujeres por el Clima celebra, en unos días, una importante reunión en la Ciudad de México para fomentar el diálogo entre las líderes de hoy y las que lo serán mañana. Tengo el honor de formar parte de dicha iniciativa como mentora internacional, apoyando a mujeres jóvenes que luchan contra el cambio climático desde sus comunidades. Para mí es sumamente importante hacer todo lo que esté en mis manos para promover la perspectiva de género y el empoderamiento de las mujeres en cualquier debate y actividad relacionados con el cambio climático. Por tal motivo, seguiré promoviendo nuevos espacios que den voz a las mujeres.

La iniciativa Momentum for Change-Impulso para el Cambio de la secretaría de ONU Cambio Climático también da visibilidad a proyectos en los que las mujeres demuestran su liderazgo en distintas partes del mundo para frenar el cambio climático o paliar sus efectos, aportando un gran beneficio a sus comunidades. Son ejemplos de que las mujeres están ganando terreno, tanto en las zonas rurales como en las grandes ciudades. Pero estos avances no son suficientes.

Debemos hoy escuchar todas las voces, sobre todo aquellas que históricamente han estado poco representadas. Las mujeres deben participar plenamente en la toma de decisiones para impulsar el desarrollo, transformar la economía y actuar en favor del clima. Al aprovechar juntos las oportunidades que nos ofrecen el Acuerdo de París y los Objetivos de Desarrollo Sostenible lograremos la igualdad de género y construiremos una sociedad más segura y próspera. Las mujeres podemos, y debemos, desempeñar un papel central en la titánica tarea de salvar al planeta.

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Después de las elecciones

 

Todo proceso electoral conlleva riesgos. El riesgo es intrínseco a la elección y no es necesariamente algo negativo, es parte del proceso mismo porque a los ciudadanos sólo les queda claro cómo se va a gobernar cuando se empieza a gobernar.

Una cosa es la infinidad de promesas de campaña y otra muy distinta es estar sentado en la silla. No se sabe qué podrá pasar. Lo que ayuda es que existen instrumentos que limitan que al llegar al poder se violenten las reglas y se acabe en algo que podríamos llamar “enloquecimiento” por el poder.

El valor de la democracia no sólo está en las elecciones, sino que también está en la vigilancia que la sociedad debe hacer del ejercicio del poder. Éste es uno de los grandes valores de la democracia que colocan a los ciudadanos en los terrenos de los derechos y obligaciones y a los gobernantes en la rendición de cuentas y la transparencia.

Se debe atender el diseño de una fórmula que coloque al Ejecutivo y al Legislativo cara a cara, no puede seguir siendo una relación a control remoto. Los legisladores han hecho de las cámaras una especie de muro para evitar que los presidentes asistan a ellas y, de manera paralela, ni Fox ni Calderón ni Peña Nieto hicieron algo por cambiar las cosas.

Es probable que los resultados de las elecciones no sólo coloquen a la oposición en Los Pinos, sino que también pudieran provocar un cambio dramático al interior de los partidos, empezando por el PRI, sin hacer a un lado al PAN y al PRD, hay crisis que no se borrarán con la posibilidad de buenos resultados.

El PRI tuvo que recurrir a un candidato externo, tanto a la Presidencia como a la CDMX. El tricolor está tratando de dejar de ser lo que es para ver si así puede ganar, siendo lo que es no gana. PAN y PRD optaron por aliarse porque saben que por separado no les da para algo grande.

Morena no tiene por lo pronto graves problemas. Da la impresión de que nadie se atreve a ser crítico ni a decir algo que pudiera ir en contra de López Obrador, quien ha hecho el partido a su imagen y semejanza. Habrá que estar atentos cuando al interior del partido aparezcan inevitables procesos de rebelión o de crítica, elementos propios de la actividad política y de la vida de los partidos.

Es un enigma el por qué no ha aparecido un solo militante o simpatizante de Morena que cuestione, o al menos se pregunte, por qué Cuauhtémoc Blanco es su candidato a la gubernatura de Morelos. De nuevo una singular encuesta definió una candidatura.

Sean unos u otros es un hecho que la crisis de los partidos será un tema central después de las elecciones, a lo que se deberá sumar la gobernabilidad. Difícilmente alguien va a ganar la elección de manera holgada, lo que obliga a tomar en cuenta a sus opositores si quiere consensos y gobernabilidad, y sobre todo si quiere evitar los tentadores extremos.

Serán tareas qué atender en cuanto pase la tormenta electoral, sin pasar por alto que lo mejor que podrían hacer los partidos es verse a sí mismos. Si a estas alturas no se han dado cuenta de que son parte del problema, además de carecer de autocrítica, terminan siendo irresponsables.

 

Muchas cosas hay que pensar y hacer para cuando lleguen los días posteriores a las elecciones. Los partidos en algunos casos se tendrán que reinventar porque no pueden seguir como están, ya no son operativos.

Hay que atacar el problema del dinero. La cantidad que se mueve hacia los partidos, todos, incluyendo los que se quejan como forma de vida, es, para decir lo menos, grosera.

Finalmente se debe revisar el proceso que hemos vivido estos días, el cual ha resultado un fiasco, en medio de abrumadores spots y dinero y más dinero; las precampañas son campañas y los precandidatos son candidatos.

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El INE, la simulación y la desconfianza

 

Uno de los riesgos de hacer preguntas es que a veces se obtienen respuestas. Es lo que está ocurriendo con las resoluciones del INE sobre lo que se puede y lo que no se puede hacer durante el limbo de las intercampañas.

Los partidos quería precisiones sobre los encuentros en programas televisivos y de radio, y ya las tienen: están prohibidos si se trata de debates o confrontación de ideas.

Es absurdo, pero proviene de una lógica que se fue alimentando con la desconfianza. Como todo es sospechoso, hay que regularlo, aunque esos corchetes terminen por debilitar una de las premisas más importantes de la democracia: la discusión pública.

Seguimos atados, de algún modo, al fantasma de 2006, al que se le achacan leyendas sobre inequidad y trampas en la elección. La narrativa permeó en propios y extraños.

Por eso se tuvo que establecer un nuevo modelo de comunicación. El propósito era evitar que el dinero invertido en los medios influyera en el resultado; aunque en aquella contienda ganó el que menos recursos utilizó y quedó en tercero el que pautó con mayor empeño. Pero a partir de los pleitos y ajustes de cuentas posteriores a aquel proceso electoral, ningún partido puede comprar espacios para trasmisión de propaganda en medios electrónicos y los tiempos oficiales son administrados por el INE.

Se logró un esquema bastante aburrido, en el que los políticos se dan el lujo de enviar verdaderos bodrios a las estaciones de radio y a las televisoras, mal hechos, y que no le interesan a nadie.

Creen que no cuestan, pero en realidad significan millones y millones de pesos y una presión inaudita para los concesionarios, que tienen que pautarlos por ley.

No se trata, por supuesto, de volver a las épocas del dispendio que, por lo demás, también era pagado con dinero público, pero sí de avanzar a esquemas que permitan una verdadera confrontación y, sobre todo, que los ciudadanos tengamos más elementos para definir el voto.

Lo que sí ya es increíble, es cancelar, durante las semanas previas al arranque de las campañas, la oportunidad de observar y escuchar programas de análisis en los que participen quienes aspiran a gobernarnos.

Dicen en el INE que habrá debates en los tiempos previstos, pero los que organizan no suelen ser armados para que exista una verdadera discusión, que es la esencia de ese tiempo de encuentros.

En el fondo, esto favorece a quienes van arriba en las encuestas o son más conocidos. No moverle es la mejor forma de no cometer errores y de que las intenciones de voto no varíen.

Por ejemplo, para los candidatos independientes está cuesta arriba, ya que tendrán muy poco espacio para la difusión de spots; y habría sido interesante verlos frente a los otros contendientes.

Estamos pagando por persistir en la simulación. Ante la ausencia de proyectos, lo último que necesitamos es el silencio o la ambigüedad.

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Gómez Urrutia, una confusa decisión

Pareciera que no hay manera de eludir el tema López Obrador en el día tras día. No es sólo porque esté al frente de las encuestas, las cuales lleva ya un buen rato encabezando sin objeción alguna.

Se habla también de él por sus desplantes, por lo que dice y no dice, porque es ocurrente y a menudo va un paso adelante de sus adversarios; porque impone la agenda, y porque ha logrado, a través de las redes, crear una especie de ejército que, con su anuencia o sin ella, se dedica a defender o a atacar a aquellos que piensan distinto o que son críticos con el líder de Morena.

López Obrador se ha logrado meter en el imaginario colectivo y lo llevamos a todas partes en nuestras conversaciones. Es el personaje político del país más conocido, está a la par de Peña Nieto, si no es que en algunos municipios o estados sea más conocido que el propio Presidente.

Los muchos años de campaña lo hacen parte de la cotidianeidad ciudadana. No se ocupó de que en la precampaña lo conocieran, porque es conocido en todo el país, se la ha pasado en ello.

En estos meses se abocó a presentar en sociedad a personajes con quien gobernaría, se asume a menudo de manera errónea como seguro ganador de las elecciones. López Obrador presentó su gabinete y hasta candidatos a las fiscalías, siendo, por cierto, que no está en las atribuciones presidenciales.

Hizo, al igual que Meade y Anaya, de la precampaña actos de campaña. Quien sí tenía que recorrer el país para que supieran quien era, en algún sentido lo sigue siendo, fue José Antonio Meade. Aquello de que López Obrador debería recorrer el país para que lo conocieran es obvio que no tenía sentido.

El tabasqueño se ha estado saliendo de sus cánones. ¿Qué tanto le va a afectar? No hay manera de saberlo. Quizá en mayo tendremos una idea de los efectos que tengan sus inéditas decisiones.

El gran problema que tiene Morena es que, de no ser por el muy estrecho círculo de su líder, se cuenta con los dedos de una mano, el partido no tiene interlocutores internos.

López Obrador tiene información, decide sobre los militantes y sobre quienes se han estado integrando al partido bajo su anuencia y hasta perdón. Sus referentes e interlocutores válidos no están necesariamente entre sus colegas de partido.

¿Habrá consultado o comentado López Obrador, si es que lo hizo, la decisión de incluir en la lista de senadores plurinominales del partido a Napoleón Gómez Urrutia y a Germán Martínez?

El tabasqueño parte de la idea de que los medios están en su contra, a veces con razón, y en otras ocasiones lo ha convertido en una cantaleta, pero es evidente que en este caso las

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La amapola y sus guerras

La amapola es una maldición. Buena parte de la violencia que aqueja a Guerrero, Sinaloa, Durango y Chihuahua se explica por la guerra sin tregua para controlar las zonas de producción y las rutas de trasiego hacia Estados Unidos.

En el Informe Mundial sobre Drogas 2017, de la Oficina de las Naciones Unidas contra la Droga y el Delito, se explica que el 79 por ciento de la heroína que se incauta en Estados Unidos tiene su origen en México.

En los últimos años, las organizaciones delictivas mexicanas desplazaron a las colombianas, sobre todo en el Este y en particular en California, Arizona, Colorado y Nuevo México.

Los patrones de consumo están cambiando y las sustancias opioides se abren camino, con todo lo que ello implica, porque suelen causar infinidad de problemas.

Los grupos que controlan el conjunto del negocio son muy poco refinados, y responden inclusive a lógicas de control territorial y no sólo de tráfico. Esto se refleja en los homicidios dolosos.

No es la primera vez que hay una guerra por la amapola, pero todo indica que puede ser mucho más cruenta. Esto también genera problemas de índole social, ya que muchos campesinos se ven obligados a colaborar con los traficantes.

A ello hay que sumar el carácter internacional del problema. En 2016 murieron en Estados Unidos 64 mil personas por sobredosis y la mayoría de ellas por consumir derivados del opio.

Estos números hicieron que el gobierno de Donald Trump declarara, en octubre pasado, una emergencia nacional, por lo que ya es considerada una epidemia.

Lo anterior se reflejará en programas de salud, pero también en estrategias y acciones de seguridad, y sobre todo las que se relacionan con la zona fronteriza y los lugares de ingreso de las drogas.

En nuestro país, en cambio, el costo de la demanda, sobre todo de heroína, se contabiliza en enfrentamientos violentos entre grupos del crimen organizado.

El Comisionado de Seguridad, Renato Sales, ha dicho que los repuntes en los índices delictivos tienen que ver justo con esta situación.

A ello hay que sumar que viene aumentando también el tráfico de fentanilo, que se utiliza de modo controlado, pero que ya tiene una alta demanda en los mercados ilegales y cuyos precursores químicos están llegando a las costas de Colima, provenientes de China.

Hace algunos años ya se percibía que las drogas de diseño tendrían un papel relevante y que su utilización iría en aumento.

Recordemos los grandes decomisos de anfetamina, desviados de su utilización legal e inclusive de sustancias como la ketamina, que obligaron a la Operación Púrpura, que coordinaron la DEA y las autoridades mexicanas en Baja California.

Tiempos difíciles, los que tendremos que enfrentar, por lo menos en el corto y mediano

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Ejército: un servicio de alto riesgo

Se han cumplido poco más de once años de la intervención del Ejército en la lucha contra el narcotráfico y ahora, más ampliamente, en contra del crimen organizado.

En ese tiempo los soldados de México han recibido reconocimiento en general, así como reproches y reclamos en casos específicos. Puede entenderse esta proporcional combinación de  agradecimientos y acusaciones en una sociedad plural, a la que nadie puede dictarle sus opiniones. Más difícil de entender son las andanadas de imputaciones que periódicamente surgen, no ya para cuestionar sino para agredir a las Fuerzas Armadas sin siquiera exponer el sustento de sus afirmaciones.

Es exigible, desde luego, que los militares lleven a cabo sus acciones con apego al marco legal y con respeto a los derechos humanos y que, de ser el caso, los elementos que incurran en conductas irregulares sean sancionados.

Esta exigencia es cuestión de postulados constitucionales y principios del derecho internacional, por lo que no está a discusión.

Demandar o estar atentos a esta conducta no implica regatear, y menos desconocer, la aportación del Ejército en muchos y diversos ámbitos de la vida nacional, como el propio combate a la delincuencia organizada y la irremplazable ayuda que brinda a la población en caso de desastres naturales o de emergencia por diversos motivos, lo mismo en las grandes ciudades que en los rincones más apartados del país.

Hoy, es inimaginable la realidad que enfrentarían millones de mexicanos en los estados más acosados por la violencia extrema e irracional, que imponen los cárteles de la droga, cuyos empeños delincuenciales se han extendido y diversificado.

Los integrantes de las grandes bandas matan para proteger sus actividades, para arrebatar o conservar rutas o mercados, para abultar sus ganancias, para amedrentar o vengar, para extorsionar o secuestrar, para aumentar sus víctimas de trata y tráfico de personas. Al parecer no bastan la agresión o la muerte. Los cárteles han aumentado su violencia y brutalidad: cuelgan, decapitan, descuartizan, desuellan, disuelven en químicos, reducen a cenizas, desaparecen a personas o arrojan cadáveres y restos a lugares públicos. Se trata de exhibir la crueldad, la que pueden ejercer respaldados por arsenales que les dan una enorme capacidad de fuego, nunca antes registrada en los anales del crimen en México.

Es a esta fuerza destructiva, que asuela a gran parte del territorio nacional, a la que hacen frente los oficiales y soldados del Ejército y la Marina.

No es un juego y tampoco una batalla ventajosa. Los soldados, que son enviados a las regiones más conflictivas, que patrullan calles, carreteras, rancherías y parajes solitarios, hijos de alguien, hermanos de alguien, esposos y padres, viven todos los días condiciones de alto y latente riesgo. Su protección es sólo su preparación, su arma asignada y su ánimo de servicio, puesto siempre a prueba, todos los días, sin importar circunstancias externas o situaciones personales. Y en contra de la sorpresa de la ventaja que tienen los criminales en la emboscada que preparan.

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Cisen, hasta en la sopa

En Lomas Taurinas, la tarde en que asesinaron a Luis Donaldo Colosio había de todo: Líderes de colonias, sindicalistas, matraqueros, comerciantes ambulantes y agentes del Cisen.

Uno de estos últimos se metió en el lío de su vida porque tenía un cierto parecido con Mario Aburto, quien disparó en dos ocasiones al candidato presidencial.

En las asambleas de los zapatistas en Chiapas, en 1994, también había presencia del organismo encargado de estudiar y advertir sobre riesgos graves a la seguridad del país.

El candidato Vicente Fox acusó, en su campaña, a los agentes del Cisen de espiarlo. Es más, dijo que no quería saber nada de ellos y que si llegaba a Los Pinos tomaría cartas en el asunto.

Ganó la Presidencia y pronto supo para lo que servía el Cisen y no se habló más del tema.

Andrés Manuel López Obrador también tiene una muy mala opinión de los agentes de inteligencia y ha anunciado que si triunfa en la elección los días del Cisen estarán contados.

Ricardo Anaya, el candidato de Por México al Frente, reveló y difundió un video en el que muestra que lo seguían. Encaró al persecutor y éste confesó que era agente del Cisen.

La Secretaría de Gobernación confirmó que se realizan seguimientos de los precandidatos, pero negó que se trate de espionaje.

Es un tema delicado, y el abanderado del PAN tiene todo el derecho de estar enojado, pero hay algunas variables que se deben tomar en cuenta.

La protección de quienes aspiran a la Presidencia de la República es un asunto, o debería de serlo, de seguridad nacional. Una de las premisas para una buena elección es la tranquilidad y para que esto ocurra se deben anticipar riesgos.

Cuando ocurren incidentes de alto impacto, una de las primeras preguntas que solemos hacernos es sobre la información previa al hecho, ya que suponemos que hay quienes se encargan de estar alerta o de alertar en el momento adecuado.

Por desgracia para quienes laboran en el Cisen, o en otros organismos similares en el mundo, sus logros quedan ocultos y sus pifias son como tsunamis.

Nunca sabremos de la utilidad de los seguimientos, o al menos no en el mediano plazo, pero ya conocemos el problema que puede generar que los agentes sean sorprendidos mientras vigilan a un político que no fue enterado de que existía un operativo en su entorno.

En el fondo lo que urge es discutir sobre la política de seguridad nacional y su institucionalización. A estas alturas debería existir cierto consenso sobre la utilidad de un órgano civil de inteligencia.

Todo ello, por supuesto, sin dejar de investigar y sancionar lo que pueden ser excesos o conductas contrarias a la ley.

EDITORIAL

 

La epidemia de homicidios

 

El número de homicidios en el país se ha intensificado de manera dramática; Ernesto López Portillo lo llama “epidemia”. Pareciera que el sentido de la vida adquiere nuevas formas de verse y asumirse. Se van acabando los temores ante un asalto para dar paso a la indignación y a reacciones, que llevan en muchos casos a dolorosas tragedias.

Es el hartazgo y el tratar de poner personalmente un hasta aquí. Es la manifestación de la indignación y la búsqueda de la defensa de uno mismo y la de los nuestros. Conocemos los riesgos de lo que puede pasar, pero a pesar ello existe una abierta molestia contra la impunidad.

Los diagnósticos sobre lo que está pasando son en lo general precisos. Muchos investigadores han hecho un gran trabajo y han alertado e informado sobre lo que se vive, el entorno y cuál está siendo el papel de la autoridad. Es evidente que no hay mejor diagnóstico y testimonio que el que ofrecen los afectados. Ellos y ellas viven pesadillas que no terminan con el asalto mismo, o con el eventual homicidio de una persona cercana.

Las secuelas tienden a ser brutales, se pierde el equilibrio personal y llegan a durar más tiempo que el que uno quisiera, aparecen por nuestra cabeza una y otra vez.

Lo importante de los estudios de los investigadores y estudiosos de estos temas es que su trabajo permite tener claridad, con base en su visión general e integral en los ámbitos sociales, económicos y políticos. Llevan a menudo el remedio y el trapito a sabiendas que todo será al mediano y largo plazos.

Las autoridades saben también lo que pasa. Por más que muchos ciudadanos opten por no denunciar los delitos que les cometen, suponemos que tienen claro lo que se vive y padece, es además su primer deber.

Saben de la impunidad, de cómo los Ministerios Públicos dan largas y a menudo confunden y se confunden, y también tienen el pulso de la red de corrupción. Tienen los instrumentos para hacerlo, más allá de lo que registran cotidianamente en los ministerios públicos.

Los diagnósticos muestran las razones de la descomposición, dónde se presenta el mayor número de delitos, cuáles son las causas y las zonas sensibles del delito, pero al final las evidencias muestran poco o nulo avance en la lucha contra la delincuencia.

El problema está en el modelo en su conjunto. No se trata de sólo de ir tras los delincuentes detenerlos y meterlos a la cárcel. Quienes ingresan a los penales salen, en la mayoría de los casos, corregidos y aumentados.

La mirada de esta epidemia debe ser integral. Son muchos los componentes del problema. Es un todo que requiere de una cirugía mayúscula. No estamos haciendo lo que se debe, se sigue con la idea de que metiendo a los delincuentes a la cárcel se va resolviendo el problema y no es así.

Las historias diarias están matando la esperanza, el equilibrio personal y la confianza.

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Las guerrillas: Colombia y México

Las bombas en nuestro país son un recurso poco utilizado y menos aún por grupos que expresan reivindicaciones sociales en sus agendas.

A diferencia de Colombia, donde las FARC y el ELN cuentan con atentados de gran calibre, en México las guerrillas han mantenido, por fortuna, un perfil menos estruendoso.

Los colombianos, para construir la paz, han tenido que enfrentar a grupos con un alto poder de fuego y con presencia y control de amplias zonas del territorio.

Con las FARC se estableció un acuerdo que los tiene participando en elecciones. No fue sencillo y significó un alto costo político para el presidente Juan Manuel Santos; pero se dio un paso importante para cerrar un conflicto interno que ha causado múltiples estragos.

El ELN es, desde hace tiempo, una organización pulverizada en pequeños grupos que actúan por su cuenta y que se dedican a la “guerra”, porque de eso viven y de desde hace décadas.

Hace días hicieron estallar un aparato explosivo en un cuartel policial de Barranquilla, con un saldo de cinco policías fallecidos y otros 40 heridos.

Lo paradójico es que estaba por iniciar la segunda ronda de conversaciones, que sostienen con el gobierno colombiano, en Quito, para avanzar en un acuerdo de paz.

Las diferencias de México y Colombia son notables, sobre todo porque aquí no hay un saldo de sangre tan elevado. Es más, el zapatismo, que es por mucho el grupo con mayor alcance, inició conversaciones a las pocas semanas de iniciado el conflicto y en la actualidad buscan tener en la boleta a una candidata presidencial independiente.

Pero las cosas no siempre fueron sencillas. El 9 enero de 1994, una bomba estalló en el estacionamiento subterráneo de Plaza Universidad. El artefacto había sido colocado en un auto Volkswagen, previamente robado.

En principio se pensó que se trataba de una acción del EZLN, que días antes se había alzado en armas en la región de las cañadas en Chiapas.

Los autores del ataque al centro comercial eran integrantes del Partido Revolucionario Obrero Campesino Unión del Pueblo (PROCUP), una organización en la que militó Lucio Cabañas y que sobre todo tenía presencia en Guerrero.

El atentado tenía el propósito de establecer una negociación con las autoridades, para que algunos de sus integrantes fueran presentados ante el Ministerio Público, ya que habían sido detenidos semanas antes.

El PROCUP no se andaba con finuras y siempre jugó en una lógica violenta, muchas veces concentrada en ajustes de cuentas internos y en purgas sistemáticas.

De ahí nació el Ejército Popular Revolucionario (EPR), quienes en junio de 2007 hicieron estallar ocho ductos de Pemex en Guanajuato y Querétaro, también para exigir la presentación de dos de sus dirigentes.

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