EDITORIAL

 

 

El tema ausente. El aborto

 

 

El pasado 4 de abril de este año la Suprema Corte de Justicia de la Nación declaró que los hospitales y clínicas, las instituciones de salud no pueden negarse a practicar el aborto a las mujeres víctimas de violación que lo soliciten. Reafirmaron un asunto de derechos plenos reproductivos que deben tener las mujeres y que en muchos estados se los negaban. Aún le falta para que se legisle a nivel federal, pero con todo es un avance.

“Al recibir la solicitud de interrupción de un embarazo producto de una violación sexual, las instituciones públicas de salud deberán brindar la atención medica correspondientes a un caso de emergencia y, con la autorización de las autoridades ministeriales, deberán practicar la interrupción del embarazo.”

“Las autoridades de salud correspondientes no pueden implementar mecanismos ni políticas internas que impidan se materialicen los derechos de aquellas mujeres que han sido víctimas de una violación sexual y cuyo deseo es interrumpir el embarazo productivo de dicho acto delictivo.” Los ministros además agregaron al delito de violación, el que sí el producto tenía una alteración era un argumento más para este derecho.

Este amparo fue a partir de una menor violada en el Estado de Morelos, el hospital general de Cuernavaca se negó a practicar el legrado.

Ya en marzo del 2002 la Suprema Corte notifico a la entonces Asamblea Legislativa del DF la constitucionalidad de la llamada Ley Robles que permite el aborto eugenésico o cuando el embarazo sea por inseminación artificial no consentida. Entonces la ministra ponente fue Olga Sánchez Cordero, una mujer progresista y de ideas avanzadas. Había dejado de gobernar la Ciudad de México Rosario Robles y en ese momento lo hacía Andrés Manuel López Obrador.

Desde el 2007 se legisló con una idea mucho más avanzada, gobernaba Marcelo Ebrard y quedo en la Constitución de la CDMX ya gobernada por Miguel Ángel Mancera. Es legal interrumpir el embarazo hasta las 12 primeras semanas de gestación; cuando este sea producto de una violación; cuando la mujer esté en riesgo y cuando el embarazo tenga evidencias de que provocara graves daños físicos y /o psicológicos.

Este es aun el objetivo que debemos lograr a nivel nacional, para que la República Mexicana garantice a las mujeres que puedan vivir con derechos plenos. Un país de derechos y libertades.

Tema ausente en las campañas electorales, apenas con medio pena hablaron de los derechos de las parejas del mismo sexo, no se atrevieron a ir más allá. Hasta con pena hablaron de los indígenas, de los grupos vulnerables. La política mexicana está siendo conservadora que causan retraso en la modernización de las leyes y códigos penales.

EDITORIAL

 

 

 

El horror como forma de vida

 

 

La descomposición social y la violencia en el país llevan un buen rato en un barril sin fondo. No hay indicios de que las cosas se vayan a revertir; más bien vivimos en el horror.

Lo peor que nos puede pasar es entrar en los terrenos de la costumbre y de lo que podemos definir como “normal”. Hemos colocado a la violencia como parte d30e nuestras vidas, la tenemos entre nosotros y, en muchas ocasiones, la propagamos en nuestras redes; pareciera que por momentos nos hemos acostumbrado a ella.

El brutal asesinato de los policías federales en Guerrero es un horror desde donde se le vea. El horror estuvo en las redes por varias horas, en medio de una dosis de indignación, tristeza, profundo dolor y, quizá también, algo de morbo.

No hay día en que no pase algo que nos sacuda, pero que al mismo tiempo terminemos por integrar a la construcción de nuestra cotidianeidad.

Nos hemos ido familiarizando y hemos asumido que somos un país definitivamente violento, con una alta tasa de personas desaparecidas; con que somos el lugar del mundo en donde es más peligroso ejercer el periodismo; o con que tenemos una “epidemia” de muertes violentas. Parece que llegamos al final del día “agradecidos” de que no nos hayan asaltado o atacado.

La descomposición a la que hemos entrado no exenta a nadie.

Lo que pasó con los estudiantes de cine de Guadalajara es una manifestación más de ello. Confirma en lo que estamos metidos y también cómo la delincuencia organizada, siempre en complicidad con la autoridad, ha logrado permear en cualquier ciudad.

Todo parece indicar que uno de los tres estudiantes de cine tenía algún tipo de nexo con la delincuencia organizada. Una tía, una casa, una red de prostitución y lo que parece ser una confusión, son los elementos que detonaron los hechos.

Si se confirman las relaciones de uno de los estudiantes con los delincuentes, es una prueba más de la descomposición, la cual no tiene ni límites ni freno. La violencia con que mataron a los estudiantes y los rociaron con ácido, al igual que la manera en que asesinaron a los policías federales en Guerrero, muestra el sentido que tiene la vida para los delincuentes. No les importa ni el cómo ni de quién se trata; mandan mensajes no sólo con lo que dicen, sino también con la forma en que asesinan.

El horror es ya parte de nosotros y estamos, en muchos casos, rebasados.

EDITORIAL

 

 

El significado histórico de la abrogación del fuero

 

 

En su columna de El Universal del pasado domingo, el abogado Jorge Islas calificó la abolición del fuero a los servidores públicos como una medida de “populismo legislativo”. Parece que las fuerzas políticas nacionales comienzan a modificar sus reglas para adecuarse a una nueva época. Y es que, pase lo que pase en las próximas elecciones presidenciales, cualquiera que sea el ganador (o ganadora, por improbable que sea), resulta claro que la política mexicana se mueve hacia el populismo.

La diferencia entre los candidatos es sólo de grado: todo indica que con AMLO tendríamos el mayor acercamiento al populismo; pero con Anaya también habría medidas de esa naturaleza, como ya lo ha anunciado; e incluso con Meade, quien se vanagloria de haber propuesto la terminación del fuero.

La abrogación del fuero constitucional apunta hacia algo muy comentado recientemente por varios analistas, a saber: el inminente cambio de régimen político. Traemos a la memoria algo que sucedió hace exactamente ciento diecisiete años. Como recordará usted, el lema de Francisco Madero fue “Sufragio efectivo, no reelección”. Este lema, aparentemente austero —compárese, por ejemplo, con el “Tierra y libertad”—, era como un puñal clavado en el corazón del porfiriato. El régimen estaba fundado en la reelección de don Porfirio; sin ella, no se preservaba la estabilidad que había durado casi tres décadas. Abolir la reelección era equivalente a aceptar la victoria moral y, sobre todo, política del maderismo. Esto fue lo que sucedió antes, incluso, de que don Porfirio dejara el poder. En abril de 1911, un mes antes de la renuncia del presidente Díaz, los congresistas debatieron y aprobaron la iniciativa del diputado Francisco Bulnes para que la Constitución prohibiera la reelección del presidente, el vicepresidente y los gobernadores de los estados. No tuvo que triunfar la Revolución maderista para que le reelección desapareciera. El nuevo régimen comenzó, por lo menos en este punto crucial, antes que terminara de acabar el viejo.

La abrogación del fuero, ahora en abril de 2018, me recuerda a esa prohibición de la reelección, en abril de 1911. Hoy como entonces dos cámaras de diputados votaron de manera abrumadora a favor de una medida que hasta hace unos meses hubiera parecido insostenible. Ya veremos qué dirá el Senado en los próximos días.

La política mexicana no será igual después de que los servidores públicos dejen de tener fuero. El escenario será tan diferente, que no tenemos idea de lo que vamos a enfrentar. ¿Será para bien? Ojalá que sí. Que los políticos sin fuero ya no se atrevan a cometer delitos. Que acabe la impunidad. Que la política se limpie.

El pasado nunca se repite y el futuro es impredecible. Sin embargo, el estudio de la historia nos permite anticipar, por medio de la analogía, lo que puede acontecer en el mañana.

EDITORIAL

 

 

ETA: el hacha y la serpiente se despiden

 

La ETA pidió perdón por el dolor causado y los daños sin remedio en las familias y los amigos de sus 829 víctimas y asumió que su delirio, iniciado en 1958, nunca debió ocurrir.

Son escurridizos, como el hacha y la serpiente que los representa, porque su aflicción sólo alcanza a los que consideran inocentes, daños colaterales de su guerra contra el Estado español.

Nada dicen de los policías y los políticos que también fueron alcanzados por la lengua de fuego del terrorismo.

Mucho menos se refieren a los estragos causados en la sociedad vasca, con familias rotas y un ambiente podrido en el que privaba la extorsión para evitar el secuestro y el asesinato.

La carta que hicieron pública el 8 de abril, es la constatación de la derrota de ETA en todos los terrenos: militar, policial, moral y político.

Esto reivindica el esfuerzo de las autoridades, pero sobre todo de un sistema democrático que no se dejó amedrentar, ni cayó en la trampa de que con los terroristas existía otro camino que no fuera el de someterlos a la ley.

Para ETA el terror fue un fin en sí mismo. A estas alturas las reivindicaciones que algún día trataron de colocar en su narrativa pública cayeron a fuerza de tiros y de bombas.

Inclusive, en su última misiva, tratan de colocarse como herederos de los sufrimientos de Guernica y su destrucción por los nazis.

En 2011 anunciaron su renuncia a la lucha armada y entregaron las guaridas donde ocultaban su armamento, que en su mayoría se encontraban en Francia.

Pero la vida cambia. Hace algunas décadas, un grupo de policías entraron a una taberna de un pequeño poblado en la frontera francesa con el País Vasco.

—¿Quién de los presentes no es francés? —preguntó uno de los uniformados.

—Aquí los únicos franceses son ustedes —le contestó el encargado de la barra.

Ahí, entre las brumas de bosques y aprovechando la protección de quienes no habían caído en la cuenta de lo que estaba ocurriendo, sobrevivieron los últimos comandos de ETA.

En la actualidad son rechazados por la mayoría de los vascos, porque el terrorismo no está en la agenda de nadie, y se sabe que en los procesos políticos hay que conducirse bajo las reglas del respeto a quien piensa distinto.

El adiós de ETA se da sin glamur y sin beneficio alguno. Los presos están presos y a los fugitivos se les seguirá buscando. Lo que hicieron forma parte de expedientes judiciales y sus víctimas hoy tienen un protagonismo distinto, aunque prevalezca, en algunos casos, el miedo que proviene de los años más duros.

Es de esperar que ahora sí, la pesadilla haya terminado, aunque de hecho nunca tuvo oportunidad de prosperar.

Caudillos, cuasicaudillos y neocaudillos

Una de las categorías que se usan para estudiar la historia de América Latina en los siglos XIX y XX es la del caudillismo. ¿Qué es un caudillo? Hay varias maneras de entender este concepto, pero aquí diré que un caudillo es el gobernante de una nación que ejerce un poder absoluto sobre la base de su popularidad y liderazgo militar.

No confundamos al caudillo con el cacique. El primero es un líder nacional, el segundo es un jefe regional. Un cacique puede llegar a ser un caudillo y un caudillo puede retroceder a ser un cacique, pero la diferencia entre ambos es clara.

¿Quiénes han sido los caudillos de la historia de México? Hidalgo gobernó casi como un caudillo durante un breve periodo en Guadalajara. Pero su poder no fue nacional. Por eso lo llamaré, como a otros personajes de la historia de México, un cuasicaudillo, es decir, alguien que tiene algunas características de un caudillo, pero no cumple de manera redonda con la definición ofrecida.

Otro cuasicaudillo de la historia de México de aquel periodo fue Félix Calleja. Aunque no era mexicano, Calleja conocía el territorio nacional, tenía redes con los caciques y jefes locales y llegó al Virreinato de la Nueva España con un poderío militar que nadie jamás había tenido durante la colonia. No tenía, sin embargo, arraigo popular.

El primer caudillo de la historia de México fue Agustín de Iturbide, que unió a todo el país bajo su liderazgo fundado en el poderío militar y fue proclamado emperador por la soldadesca y luego ratificado por el Congreso, como si tratara de un emperador romano.

El segundo caudillo, el paradigmático de nuestro siglo XIX, fue Antonio López de Santa Anna. Un hombre carismático, indispensable, que estaba por encima de todas las divisiones de la sociedad. Fue en contra del caudillismo de Santa Anna que la revolución de Ayutla pretendió un nuevo principio de la nación mexicana. Del impulso de esa revolución procede la figura de Benito Juárez, que aunque triunfó en la guerra civil y, luego, en la lucha contra la intervención francesa, no fue un jefe militar, por lo que, aunque gobernó casi como un dictador, no diríamos que fue un caudillo, sino, más bien, un cuasicaudillo.

El tercer caudillo nacional, el más poderoso, el más majestuoso, fue Porfirio Díaz. Héroe mítico de guerra, conocedor de cada palmo del país, dueño de todas las voluntades. Díaz fue un dictador sui generis porque se presentaba a elecciones y las ganaba –o eso se decía– legitimando de esa manera su poder. En otra de este caudillo comenzó la Revolución mexicana.

¿Fueron caudillos Madero, Villa, Zapata y Carranza? Me parece que no, aunque podríamos describirlos como cuasicaudillos por diversas razones. Madero ganó una revolución, pero no gobernó de manera absolutista; Villa estuvo al mando de un ejército poderoso, pero no tuvo control total del país, como Zapata. Carranza fue un primer jefe, pero gobernó como un dictador más que como un caudillo.

El cuarto caudillo de la historia de México fue Álvaro Obregón. Él fue el último presidente que ganó poder por medio de su autoridad militar, de su conocimiento exhaustivo del territorio y de sus habitantes, de su liderazgo indiscutible y, a la vez, temible. Si Obregón no hubiera sido asesinado es probable que nunca hubiera existido el PRI.

Plutarco Elías Calles pasará a la historia de México por haber inventado un sistema político a prueba de caudillos. Sería un gravísimo error confundir el presidencialismo con el caudillismo. El priismo nunca fue una dictadura, mucho menos una dictadura perfecta. Sin embargo, el sistema político diseñado por Calles y perfeccionado por los presidentes que los sucedieron, ya no existe. Ahora podemos vislumbrar el surgimiento de un neocaudillismo.

Se han trazado analogías entre AMLO y otros personajes de nuestra historia. A mí me parece que este tipo de juicios comparativos sirve de poco para entender el fenómeno actual, por más puntos en común que haya entre los caudillos y cuasicaudillos de antes y el candidato de Morena. Lo que sí diría es que el proceso político en el que nos encontramos nos enfrenta con un nuevo tipo de caudillismo cuyas consecuencias tendrán que examinarse en caso de que acontezca.

EDITORIAL

 

Cuba sin Fidel, de Julio Patán

 

Las revistas de viajes a menudo dicen otra cosa, pero La Habana se cae a pedazos: una ciudad donde para reparar sus casas, los habitantes no pueden comprar un vidrio, un bote de pintura, una chapa, un cable, una moldura. La Revolución como una utopía sin cristales.

Esta Habana encontró el novelista mexicano Julio Patán al asomarse detrás del Telón del Mojito hace año y medio y la cuenta en Cuba sin Fidel (Planeta), 148 páginas con rescoldos garciamarquianos de un libro de hace 62 años: De viaje por los países socialistas (Oveja negra).

El paralelismo provoca estupor: La Habana de 2017, que describe Patán, es copia al carbón del Berlín oriental, de la Praga socialista, de la Varsovia comunista, del Budapest totalitario, del Moscú feudal de ¡1956!, que describió García Márquez aquel año.

Y eso que García Márquez era ya un periodista simpatizante de las llamadas “democracias populares” de Europa del Este, cuando echó un vistazo detrás del Telón de Acero; mientras que Patán es un escritor fervorosamente liberal, democrático y defensor del capital y la libertad.

De Cuba sin Fidel queda para el futuro la mirada minuciosa de Patán: su historia de Carlos, estudiante universitario, quien antes de un minuto de plática ya le ha pedido al narrador la mochila (“porque aquí no hay”), las gafas (“porque aquí no hay”) y 20 dólares (“porque aquí no hay”).

También la historia de M, quien va a una revisión ginecológica de rutina y le informan: “Tienes infección. Tengo que sacarte el DIU”. Pero no tenía infección. La doctora se lo quitó para venderlo a otra paciente. “Hay un mercado negro de esas cosas”, escribe Patán.

La ojeada de Patán a Cuba sin Fidel muestra a La Habana 59 años después del bombardeo comunista, narrada como una road movie: “Un edificio ruinoso. Sólo en su segunda planta de goteras y cables, que sólo me había tocado ver en la India, viven 145 personas que comparten un baño”.

Es un libro cáustico, pero no exento de amor. Patán habla del “misterio de La Habana”: esa soleada ciudad con mar y su halo brumoso de antiguo esplendor.

Nos quedamos con sus descripciones de la vida cotidiana, que recuerdan a una vieja canción anónima de la trova tradicional, que cuenta sobre una flor a orillas de una fuente, arrancada por un huracán, y un colibrí que vuela para salvarla del torrente.

Y cada vez que el colibrí, con el pico la tocaba, se sumergía en el agua con la flor. Hasta que, cayendo desmayado en la corriente, corrió la misma suerte que la flor. Así hay en el mundo seres: que la vida les cuesta un tesoro.

Los cubanos de Cuba.

EDITORIAL

El futuro de Ricardo Anaya

Candidato por imposición, líder sin lealtades, Ricardo Anaya enfrentará este domingo su primera eliminatoria rumbo a la Presidencia. Si el aún segundo mejor posicionado en encuestas no sorprende con algo más que su buena dicción y gran retórica, si no mata, frente a la opinión pública, las sospechas de ser abusado, pero mentiroso; adinerado, pero corrupto, y deja de pretenderse víctima de un complot, entonces Anaya no pasará a la final en contra de “ya saben quién”.

Si Ricardo Anaya no consigue, durante el debate, enviar señales claras, nítidas y confiables de inclusión y racionalidad política a los priistas tachados por él de rateros y sinvergüenzas, si repite o le preguntan si habrá cárcel para el Presidente Peña Nieto y responde con evasivas y relativismo, entonces Anaya podrá olvidarse del potencial voto anti-AMLO a su favor; y peor: ni soñar con priistas operando para su causa. Su fama por no cumplir acuerdos ni respetar empeños le encarecen futuras alianzas.

Si el domingo, Ricardo Anaya no fija un mensaje claro con propuestas concretas, si no sale de su discurso para spot trilingüe, sin principios ni valores en sus bases azules, amarillas y naranjas, si no va más allá de vendernos la misma coalición que ha gobernado sin trascendencia Guerrero, Oaxaca, Tlaxcala, Nayarit, Puebla o Veracruz, si no confronta que su Frente se cohesionó concesionando candidaturas a hijos y esposas de gobernadores patrocinadores entonces Anaya será rebasado por José Antonio Meade y desangrado (de panismo) por Margarita Zavala.

Si Ricardo Anaya se desploma el domingo, entonces ocurrirá una suerte de plan B que muchos panistas escépticos intuyen. Si Anaya no puede ganar la Presidencia, el partido fundado por Manuel Gómez Morín será su botín, su fuero político; plataforma para un segundo intento seis años después, que por edad y nivel de conocimiento con cargo al erario, lo hacen factible.

Entonces el PAN sin Margarita Zavala, sin Germán Martínez, sin Javier Lozano, sin Juan Ignacio Zavala, con Felipe Calderón acotado, en resistencia interna, con Ernesto Cordero atrincherado en la presidencia del Senado, Roberto Gil Zuarth de sabático forzado, Luisa María Calderón consumiendo su escaño, con el payaso de las cachetadas, Vicente Fox, evaporándose en frívolas vulgaridades, el PAN que hospeda a los dueños del cascarón perredista, y socio de Dante Delgado en regiones de poder, con este PAN que copta mentes brillantes, hoy leales al nuevo jefe, joven y brillante, será su nueva nave política.

Desde ese reducto, Ricardo Anaya sobrevivirá frente a “ya saben quién” o ante otr@ ganador poco probable. Será entonces interlocutor obligado, jefe de una oposición beligerante, dueño de un frente dispersado en congresos y gobiernos locales, coalición que resista y espere a que el mito, AMLO todo puede sucumba ante la realidad del poder y no poder. Guarecido, en espera de su segunda vuelta, en 2024.

EDITORIAL

 

 

CNTE, la pedagogía de las pedradas

 

El ambiente político puede degradarse y hasta pudrirse; el problema es que no percibimos el daño hasta que suele ser demasiado tarde.

Por ello, es responsabilidad de los partidos, las organizaciones sociales y del gobierno, por supuesto, cuidar que prevalezcan las condiciones que garanticen la gobernabilidad democrática.

Hay grupos que apuestan a la violencia y uno de los más relevantes es la CNTE.

Lo han hecho desde hace años y lo volvieron a hacer el fin de semana en Puerto Escondido, Oaxaca, agrediendo a pedradas a simpatizantes del candidato presidencial del PRI, José Antonio Meade.

No fue un hecho casual. Lo tenían planeado desde días antes e inclusive lo hicieron público, señalando que el priista “no era bienvenido” en Oaxaca.

El secretario de Gobernación, Alfonso Navarrete, reveló que se tuvieron que tomar las providencias necesarias para que el enfrentamiento no llegara a mayores.

Los “profesores” ya  anunciaron que habrá más protestas en contra de los candidatos “neoliberales” como Ricardo Anaya y Margarita Zavala.

No quieren que continúe la Reforma Educativa y harán lo posible para detener cualquier transformación. Pero tampoco tienen mucho interés porque la situación mejore. Para ellos, mientras peor es mejor.

Están envalentonados porque piensan que su candidato, Andrés Manuel López Obrador, puede ganar la contienda y  harán lo que se les venga en gana.

Ya tienen experiencia. En Oaxaca ponían al responsable del Instituto de Educación y tenían en la procuraduría estatal un fiscal que se ocupaba de los delitos cometidos contra profesores y, lo más importante, de los que ellos mismos eran acusados. Era el círculo perfecto de la impunidad.

Llevan años tratando de liberar a tres profesores acusados del secuestro de dos niños (en 2013), el cuarto involucrado salió hace casi un año. Todos  esos “profesores” cobran su sueldo, aunque estén tras las rejas.  Los dos niños pasaron 142 días encerrados en una cisterna.

La CNTE tiene buenos aliados y ello ha permitido su sobrevivencia política, aunque con un costo muy alto, inclusive monetario.

Es importante que los partidos se deslinden de estos grupos o que dejen claro que el cálculo electoral es más importante.

La CNTE no va a cambiar y si se le da más poder todo terminará por empeorar.

Además, descomponer el ambiente no abona en la democracia y sí fortalece esquemas delincuenciales. No es juego, y eso puede verse por las decenas de muertos que ya pueden contarse en este proceso electoral.

Hay que cerrar el paso a la degradación y ello sólo puede ocurrir refrendando el compromiso con el debate plural y el respeto a la ley.

No es un chiste que se declare a algún candidato, cualquiera que sea, persona no grata y que con ello se arroguen una representatividad con la que no cuentan, y de paso se expresen con la contundente pedagogía de las pedradas.

EDITORIAL

1994, lo que cambian los debates presidenciales

El primer debate de candidatos presidenciales, que fue televisado, se realizó el 26 de septiembre de 1960 y lo protagonizaron Richard Nixon y John F. Kennedy.

Tuvo una alta audiencia porque se trasmitió por las principales cadenas. Se calcula que 36.5 por ciento de la población estuvo atenta a la esgrima entre el republicano y el demócrata.

El encuentro lo ganó Kennedy, cambiando el curso de la elección y de la historia. Más allá de los argumentos, lo que contó fue la imagen. Un joven articulado, vestido de oscuro, con una hermosa corbata, contrastaba con el vicepresidente de Estados Unidos, sudoroso y enfermo.

Nixon lo reconocería: “Confíen plenamente en su productor televisivo, déjenlo que les ponga maquillaje, incluso si lo odias; que te diga cómo sentarte, cuáles son los mejores ángulos o qué hacer con el cabello. A mí me desilusiona, pero debí hacerlo; como fui derrotado por no hacerlo, nunca volví a cometer ese error”.

Tuvieron que pasar 34 años para que en México se realizara el primer debate presidencial y que se trasmitiera por televisión abierta. Participaron Cuauhtémoc Cárdenas, por el PRD; Diego Fernández de Cevallos, candidato de los panistas; y el abanderado del PRI, Ernesto Zedillo.

Se realizó el 12 de mayo de 1994; lo moderó la periodista Mayté Noriega y duró 90 minutos.

Las lecciones de aquel primer ejercicio fueron que ganó quien supo utilizar mejor el formato. La televisión requiere mensajes cortos y contundentes, pues no hay gran margen para la reflexión en pocos minutos. Se ataca y se repliega.

Fernández de Cevallos atacó a Cárdenas, quien iba en segundo lugar en las encuestas, y se abalanzó sobre Zedillo, diciéndole que estaba ahí por dos desgracias: la muerte de Colosio y la designación presidencial.

Zedillo apeló, más allá de ser el más joven de los tres, a su experiencia y preparación en el gobierno.

Cárdenas hizo hincapié en la necesidad de un cambio democrático y buscó colocar una agenda de contraste con la administración de Carlos Salinas de Gortari, dejando pasar los ataques de Fernández de Cevallos; hasta que ya fue tarde.

Sucedió algo que para aquellos años resultaba novedoso: el debate lo ganó el candidato del PAN. A la mañana siguiente, el entonces secretario general de los panistas, Felipe Calderón, dio a conocer una encuesta de la que se desprendía que 54 por ciento de los entrevistados pensaba que el panista se había llevado la noche; frente a un 24 por ciento que afirmaba que el mejor era Zedillo; y un 8 por ciento creía que Cárdenas era el vencedor.

El encuentro movió las preferencias. Lo que ocurrió después tuvo que ver, lo que no deja de ser otra lección, con que ya no se realizó otro debate, y con que el PRI y el gobierno trabajaron fuerte para que Zedillo resultara electo Presidente de la República.

A 24 años de aquel debate, más vale que todos aquilatemos lo que está en juego.

EDITORIAL

Lima: fracaso anunciado

En muy pocos años, todas las condiciones que hacían de las cumbres de las Américas, organizadas por la OEA, un foro útil para las relaciones interamericanas, se han venido abajo. El diálogo entre Estados Unidos y América Latina y entre los propios gobiernos latinoamericanos se ha enturbiado como nunca, después de la caída del Muro de Berlín. El objetivo básico de esas cumbres, que es el encuentro cara a cara de los mandatarios de Estados Unidos y Canadá con sus pares del sur, esta vez no se cumplirá por la ausencia del presidente Donald J. Trump.

Era, de por sí, difícil imaginar el papel de Trump en Lima, dado su pésimo récord diplomático, su desinterés en América Latina y sus agravios a varios gobiernos, especialmente al mexicano y los centroamericanos, a los que responsabiliza por una inmigración “indeseada” en Estados Unidos. Tampoco es Trump —un presidente que los gobiernos de Cuba, Venezuela y la izquierda “bolivariana” vieron siempre como una opción preferible a Hillary Clinton, por sus fuertes vínculos con Rusia—, el líder mejor acreditado para cuestionar la legitimidad de Nicolás Maduro o Raúl Castro.

De haberlo hecho, habría propiciado un artificial entendimiento entre los gobiernos latinoamericanos frente a Estados Unidos. Y digo artificial porque lo que realmente divide a América Latina no es Trump o Washington sino temas regionales como la terrible situación venezolana, propiciada por el evidente autoritarismo del gobierno de Nicolás Maduro, o la destitución de Dilma Rousseff o el encarcelamiento de Lula da Silva. Esos serán tópicos de mayor discordancia que Trump y sus políticas hacia América Latina, que todos, especialmente algunos no “bolivarianos”, rechazan por principio.

La cumbre se celebra, para empezar, en un país en que el presidente ha debido renunciar por vínculos con la red de sobornos de Odebrecht. Los nexos de este emporio brasileño con la clase política latinoamericana fueron tan extendidos que casi todos los gobiernos de la región, desde el de Juan Manuel Santos hasta el de Raúl Castro, están bajo sospecha. La trama Odebrecht probablemente quede sumergida en los debates, pero será, sin duda, un tabú a voces entre mandatarios que confirman que el gran capital latinoamericano y sus redes de corrupción no distinguen entre derechas e izquierdas.

La decisión de excluir a Venezuela, por parte del Secretario General Luis Almagro, fue un error que ahora se verá con mayor claridad. La ausencia de Maduro será utilizada por los gobiernos bolivarianos para acusar a los demás de complicidad con Estados Unidos. El show ya tuvo un adelanto con el estridente arribo de la delegación de la “verdadera sociedad civil cubana”, es decir, la sociedad política del Estado cubano, cuyos representantes aterrizaron con vivas a Raúl y a Venezuela. En vez de un debate sobre la corrupción y el autoritarismo, verdaderas amenazas regionales, en Lima veremos mucha retórica a favor de Lula y Maduro y en contra de Trump y Almagro.

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