EDITORIAL

El reto es la conciliación

Independientemente del resultado de las elecciones del 1 de julio, resulta importante ir visualizando lo que se puede venir en el día después.

Se va a requerir de un gran esfuerzo de convocatoria de quien gane. Cualquiera que resulte el triunfador tiene que llevar a efecto un trabajo de conciliación que no va a ser nada sencillo.

La victoria de alguno de los tres que encabezan las encuestas, sin pasar por alto las diferencias que hay entre ellos, está obligado a reconciliar. Lo delicado del asunto es que las divergencias se han ahondado gravemente, a tal grado que no se ve que quien gane, sea quien sea, logre conciliar lo que parece irreconciliable.

La tarea de que se encuentren las huestes de unos y otros parece una labor titánica. Hay enojos e irracionalidad por doquier. Ante la eventualidad de que no ganara López Obrador, que cabe a pesar de su ventaja, la reacción entre sus seguidores podría ser insospechada. Ya se visualiza estos días.

¿Cómo conciliar? No va a ser nada sencillo, porque las posiciones de los candidatos, particularmente la de sus militantes, están abiertamente enfrentadas. Los discursos no han variado, más bien han pasado al extremo.

Si algo quieren los “suspirantes” es verse distintos de sus adversarios, y eso los enfrenta aún más, porque tratan de evidenciar a como dé lugar al adversario, lo cual se extiende al terreno de los seguidores. Al final, socialmente, quedamos cerca del todos contra todos.

En función de lo que hemos vivido como país en los últimos años, lo que está pasando es hasta cierto punto explicable, lo grave es que no se ven caminos de entendimiento por ningún lado.

Es paradójico. Los candidatos se tratan de distinguir más en la crítica hacia los otros que en las definiciones personales, es una especie de “yo no soy como ellos”. Los debates han mostrado, entre muchas otras cosas, que para los candidatos lo más importante es que se les vea diferente de cómo se ve a los otros.

La muy generosa autodefinición de ellos mismos no asoma ni por casualidad la autocrítica. Esta palabra no existe en su diccionario. Uno se asume como honesto siendo que se la ha pasado en medio del batidillo. Otro rompió su partido para ser candidato. El que lleva ventaja se asume como una especie de mesías, que es capaz de salvarnos de todo y a todos.

Estos perfiles hacen mirar complicado el día después. Tenemos además otra muy atendible variable enfrente: si bien las leyes que nos rigen en materia electoral son claras, las inquietudes de lo que pueda pasar son justificadas. Digamos que el pasado nos condena.

Algo importante en el corto plazo es atemperar los ánimos. Hacerlo es construir futuro. Si bien deben establecer lo que van a hacer si triunfan, deben pensar algo que es quizá aún más relevante: reconciliar y unir a una sociedad que está harta, enojada, enfrentada e incrédula.

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Final de tres

 

AMLO llegará al 1 de julio arriba en las encuestas, Anaya y Meade intercambiando posiciones. A pesar de una sincronizada ola de rumores que describen negociaciones subterráneas, para unificar esfuerzos y votos en contra de López Obrador, con Anaya al frente, quien manda lo tiene claro, Meade va con todo, hasta el final.

A 37 días de la elección, la probabilidad de que quien hoy sea segundo pueda alcanzar y rebasar al puntero por un margen tal que evite un escenario ya conocido y por lo mismo altamente indeseable (el peor quizás) y vencer apenas a AMLO, pero empeñar la gobernabilidad política y social del país ante tribunales y con el tigre suelto se reduce.

Mantener a José Antonio Meade en la contienda, trabajo de bases e hilar fino no para aliarse con PAN-PRD-MC, sino para sumarle apoyos significativos, como los de Miguel Ángel Mancera, Margarita Zavala, Enrique Alfaro, senadores, diputados o gobernadores de oposición, es lo que puede catapultar números e imagen del candidato del PRI, tanto como para cerrar la campaña y llegar a una final entre tres y no entre dos.

En el supuesto de que PRI-PVEM-NA hagan efectivos sus mínimos electorales y PAN-PRD-MC los suyos, entonces la órbita lopezobradorista de Morena-PT-PES enfrentará la real incertidumbre democrática del gran día. Ante tal escenario, el menos explorado hasta ahora, el triunfo autodecretado de AMLO estará en el cuadrante más rojo de la matriz de amenaza, alta e incontrolable.

A tercios, José Antonio Meade capitaliza esos consensos amplios que le conceden ser el mejor prospecto para presidente, pero lo sancionan por el desprestigio del partido que lo postula. A tercios, Anaya sufrirá más las consecuencias de una ruta plagada de cadáveres y afrentas por pagar. A tercios, el voto anti-Peña, anti-PRI, se diluyen.

Dos debates después, queda claro que al de Morena nada lo tira. Ni sus candidatos impresentables de aquí o acullá, las parábolas venezolanas, pleitos con empresarios, su edad (premio a la torpeza propagandística), su estado de salud o chistoretes reciclados. Encuestas van encuestas vienen, cada quien escoge la suya, otros las integran y procesan con algoritmos importados para ofrecer algo, dicen, por encima de la media y los promedios.

Llegar al final con sólo un opositor anti-AMLO no ha cuajado. Al proyecto Anaya le entra agua. Al de Meade le quitan lastre. Quizá fragmentar las preferencias a tercios sea la alternativa.

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Las ausencias del debate

 

 

Hegel dice en alguna parte, que lo único que podemos aprender de la historia es que los seres humanos nunca aprendemos de la historia. El pasado debate presidencial, cuyo tema era política exterior, parecía una oportunidad dorada para que los candidatos explicaran cómo pretenden posicionar a México en un sistema internacional convulso. No lo hicieron. Dejo aquí consideraciones mínimas de lo que se pudo haber contemplado.

En primer lugar, asombra la ausencia de China. El país más poblado del planeta, una de las economías más grandes del mundo, la súper potencia en ascenso en todos los terrenos, no mereció un planteamiento de los candidatos. ¿Cómo va a relacionarse México con el gigante asiático en el marco de lo que algunos llaman el orden mundial postamericano? En otro tema de la región, ¿qué piensan los candidatos del arreglo entre las Coreas?

En segundo lugar, la imprecisa relación con América Latina. Las oscuras elecciones venezolanas de ese mismo día no recibieron mayor atención de los candidatos.  El reciente cambio de dirigencia en Cuba, tampoco. La frontera centroamericana se mencionó superficialmente.

En tercera instancia, el crecimiento del racismo en la Unión Europea. En su perspectiva, ¿el Brexit significa algo para México? ¿Algún comentario sobre el ascenso de la extrema derecha en Hungría, Austria y Polonia? ¿Qué opinión les merece el acercamiento reciente del presidente francés con Donald Trump? Los nuevos populismos islamofóbicos en el viejo continente, ¿tienen alguna implicación para los mexicanos y el debate internacional sobre migración?

Cuarto lugar: Oriente Medio. ¿Alguien tiene el valor de pronunciarse sobre lo que está pasando entre Israel y Palestina? ¿Qué consecuencias tendría sobre ese conflicto la ruptura del acuerdo nuclear iraní propiciada por Donald Trump?

Quinto y muy significativo apartado: América del Norte. Después de la dramática experiencia presidencial de Donald Trump, ¿no haría falta una estrategia permanente de proximidad con Canadá? ¿En qué consistiría? ¿Qué previsiones tomará México en caso de que Trump no sea una excepción, sino el inicio de una tendencia antimexicana de largo plazo en la política exterior estadounidense? Por razones geográficas, es una propuesta demagógica casi irrealizable eso de cambiar masivamente el destino de nuestras exportaciones, pero ¿qué tipo de alianzas se pueden establecer con otros actores públicos estadounidenses, aparte de la Presidencia y el Congreso?

¿Y el calentamiento global? ¿La protección de datos frente a gigantes de Internet como Facebook? ¿La renovada belicosidad rusa? ¿Los fundamentalismos terroristas? ¿África seguirá siendo inexistente para México? Durante años, se dijo de nuestro país “candil de la calle, oscuridad de su casa.” A juzgar por el debate, quien quiera que sea el próximo presidente, lidiará con la ausencia de luz, en casa y en la calle.

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Libres sin ser inocentes

 

 

Escapar hacia adelante (exhibiendo una falsa inocencia) no pareciera buena estrategia de Nestora Salgado, comandanta de un grupo paramilitar de la sierra de Guerrero, que tenía cárceles particulares y daba trato a sus prisioneros como el del régimen de los Jemeres Rojos de Camboya.

Después de que Meade la llamó secuestradora en el segundo debate presidencial, la próxima senadora plurinominal por Morena armó un revuelo mediático para publicitar su inocencia. Sin embargo, el revuelo sólo ha servido para que quienes no conocían su historial… lo conozcan.

Por ejemplo, que Nestora era jefa de la policía comunitaria de Olinalá, Guerrero, bajo el argumento de que Olinalá pertenece al mapa de Usos y Costumbres de Pueblos Indígenas. Sin embargo, Olinalá no figura en esa categoría que permite a los pueblos tener su propia autoridad.

Nestora secuestró al menos a 39 personas, por quienes exigía rescate, y las mantenía en una cárcel particular llamada El Paraíso, donde encerraba a los pobladores que no le daban dinero y los obligaba a realizar trabajos forzados, como esclavos, al estilo de la China de hoy y la Camboya de Pol Pot.

Sus prisioneros dormían en el piso y tenían que defecar en botes de plástico partidos por la mitad; eran obligados a cargar piedras de las seis de la mañana a las siete de la noche y los alimentaban con tres cucharadas de frijoles al día, mientras hombres armados los vigilaban.

“Soy la comandante Nestora Salgado. A cambio de la libertad de su hija me tiene que entregar la cantidad de cinco mil pesos. Cuando me entregue esa cantidad, yo le entrego a su hija”, dice en una grabación contenida en los expedientes policiales DGAP/136/3013 y TAB/FRZA/018/2013.

Después de ser capturada y apresada, la próxima senadora de Morena quedó libre por fallas en el debido proceso, ya que es ciudadana estadounidense y las autoridades, al detenerla, incumplieron la ley al dejar de notificar su arresto al consulado de Estados Unidos.

El embrollo judicial que salvó a la comandanta lo explica muy bien la exministra Olga Sánchez Cordero, al referirse al caso de la secuestradora francesa Florence Cassez, quien fue liberada por lo mismo que Nestora: las autoridades no avisaron al consulado francés.

La entonces ministra Sánchez Cordero aclaró que la libertad de Cassez no demostraba su inocencia, pues, para liberarla, la Suprema Corte de Justicia de la Nación analizó la violación a los derechos de la ciudadana francesa, no su inocencia o culpabilidad.

De todos modos, a la comandanta le restan tres audiencias: la primera de éstas es en junio, aunque en pocos meses gozará de fuero constitucional, lo cual, al igual que en el caso Cassez… Es una burla a las víctimas.

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Una tiranía de pocos

En los últimos años el historiador de la Universidad de Yale, Timothy Snyder, ha reivindicado el uso del sentido clásico de la palabra “tiranía”, para referirse a los nuevos autoritarismos del siglo XXI.

A diferencia de Carl Friedrich, Hannah Arendt o Leo Strauss, a mediados del siglo XX, o de Giovanni Sartori, Juan Linz o Alfred Stepan, a fines de esa misma centuria, Snyder sostiene que podemos llamar tiranías a gobiernos autocráticos, basados en un conjunto de normas democráticas manipuladas por un líder o un partido. La clave de esos regímenes es la conducción autoritaria de la institucionalidad democrática.

Uno de los casos emblemáticos de las nuevas tiranías del siglo XXI es la Venezuela de Nicolás Maduro. En ese país acaban de celebrarse elecciones presidenciales, convocadas por una autoridad electoral leal al gobierno y avaladas por un poder legislativo constituyente perpetuo y por un poder judicial subordinado al ejecutivo. El resultado fue que de más de 20 millones de empadronados en el censo, cerca de 9 millones de electores participaron en los comicios y Maduro resultó electo por unos 6 millones.

Esto significa que quienes eligieron a Maduro representan poco más del 25% del electorado. Una base social, que comparada con la de Hugo Chávez, ha perdido entre una tercera parte y una mitad de su apoyo, en sólo cinco años. A lo que habría que agregar que estamos en presencia de unas elecciones presidenciales bajo constantes facultades extraordinarias del presidente, con una Asamblea Constituyente que usurpa las funciones del parlamento legítimo, con una represión sistemática de la oposición pacífica y con un control rígido de la esfera pública.

Las cifras obligan a revisar los orígenes de la llamada “Revolución Bolivariana”. Recordemos que aquel proceso, hace dos décadas, fue resultado de una amplia reacción popular contra un régimen político, el de la llamada Cuarta República, resultado del pacto de Punto Fijo de 1958, que puso fin a la dictadura de Marcos Pérez Jiménez y que en treinta años fue anquilosándose como una democracia de escasa representatividad social. El último presidente de la Cuarta República, Rafael Caldera, ganó la presidencia con 39% de abstención, cinco puntos menos que la abstención actual.

Dos décadas después de la irrupción del chavismo en la vida política venezolana, la democracia se ha restringido socialmente, en ese país, de un modo mucho más dramático. Dejemos a un lado, por el momento, el saldo trágico de la emigración, el hambre, la pobreza y la represión. Tan sólo cotejando los datos de la participación política, es evidente que aquella democracia, que con todos sus defectos permitió el arribo de Hugo Chávez al palacio de Miraflores, es hoy una tiranía de pocos. El caso venezolano, como el nicaragüense, demuestra que la izquierda autoritaria es muy hábil para hacerse del poder por medios democráticos, pero incapaz de retenerlo sin violar derechos humanos elementales.

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El debate que no definió nada

El debate del domingo pasado cambió de formato, con preguntas del público y una participación de los moderadores, que lo convirtieron más en una entrevista uno a uno, que en un debate presidencial. El resultado fue un poco extraño y fallido.

Los ejes del segundo debate presidencial fueron comercio exterior e inversión, seguridad fronteriza, combate al crimen trasnacional y derechos de los migrantes.

Los cuatro candidatos mandaron mensajes, unos con propuestas concretas, otros sabiendo utilizar la comunicación, simplemente sembraron la idea, mejor dicho, la frase por la que querían ser recordados.

A estas alturas de la campaña llama la atención que los candidatos puedan decir lo que sea con una seguridad que espanta. No son cuestionados como deberían, y para la gran mayoría lo importante es que lo que dicen quede en el inconsciente colectivo, aunque en ocasiones sea sencillamente una barbaridad.

Por ejemplo, el candidato independiente Jaime Rodríguez Calderón, El Bronco, dijo que tenemos que “destetarnos” de EU para poder ver hacia otras partes y negociar con Asia, India, Corea, Japón y Sudamérica. Agregó que él no tenía un “plan B”, sino “dos planes A” para renegociar y hablarle claro al presidente Trump. Una opción, mencionó, era expropiar Banamex si los gringos seguían con esa dureza. Esto es tan inverosímil como la propuesta de, literalmente, cortarle la mano a quien robe. Pero la gente se acuerda de El Bronco y lo reconocen por esas frases. También propuso hacer un Tratado de Libre Comercio entre el norte y el sur del país.

Andrés Manuel López Obrador repitió su mensaje, el que le ha funcionado y no se salió de su guión. Todo es culpa de la “mafia del poder”, desde el consumo de fentanilo en Estados Unidos, hasta los problemas comerciales con Trump. Fueron pocas sus propuestas y algunas se contradijeron. Un ejemplo:

“Para que haya empleo tiene que haber inversión”. Poco antes había dicho: “Yo creo que se tiene que fortalecer la economía y ser autosuficiente y no apostar a la compra de gasolinas, no nos va a importar la amenaza de nadie”.

Pero la realidad es que dijo lo de siempre: que la relación con Estados Unidos se iba arreglar cuando se acabara la corrupción, que se iba a duplicar el salario en la frontera, acabando con la corrupción, que la violencia en la frontera, sí, la trata de personas y la venta de drogas, se iba a acabar cuando se terminara la corrupción, porque el ladrón que más daña es el político corrupto. Por supuesto que la corrupción se acabará en cuanto él mismo asuma el poder, de una forma casi mágica.

En un momento López Obrador aseguró que cuando se dio la mayor inversión extranjera en la Ciudad de México, fue durante su gobierno en la capital. Y es verdad, pero porque en ese período fue cuando se vendieron Banamex y Bancomer a empresas estadounidenses y españolas, las operaciones se registraron en la Ciudad de México porque aquí está su sede. Las ventas fueron muy criticadas por López Obrador. Al ser exhibido por Anaya, simplemente se burló, lo llamó “Ricky, rockin, canallín” y tomando su cartera faroleó diciendo: “no te me acerques mucho, voy a cuidar mi cartera”.

López Obrador no ganó ni perdió con este debate. A estas alturas se siente ganador y simplemente administró su tiempo para seguir imponiendo su mensaje como spot publicitario dirigido a su voto duro. Y eso le está funcionando ante su electorado.

A Ricardo Anaya le fue bien. La gran mayoría de sus intervenciones fueron inteligentes y viables, y su mensaje llegó.

Anaya sabe cómo funciona la comunicación. Tuvo un acierto cuando sacó un costal para decirnos que en uno así, una mujer migrante había sido deportada de Estados Unidos a nuestro país con sus cosas, dejando a sus hijos adolescentes allá.

José Antonio Meade tuvo también contestaciones y propuestas muy claras, pero una de sus  mejores intervenciones no la aprovechó como lo hubiera podido hacer. Y fue cuando leyó la transcripción de una llamada de Nestora Salgado, quien fue la  coordinadora de la Policía Comunitaria de Olinalá, Guerrero.

“Soy la comandante Nestora Salgado y sólo le llamo para decirle que a cambio de la libertad de su hija, me tiene que entregar la cantidad de cinco mil pesos. Así es que ya sabe, cuando tenga esa cantidad me la entrega y entonces yo le entrego a su hija”.

Nestora está acusada de haber participado en al menos 48 secuestros, entre ellos los de cuatro adolescentes de 11, 13 y dos de 17 años, y estuvo detenida por esos hechos en el penal de alta seguridad de Tepic, Nayarit. Fue puesta en libertad alegando fallas al debido proceso, pero nunca se probó su inocencia.

Nestora hoy es candidata al Senado por Morena. Meade le dijo a Andrés Manuel que eso quedaba en su conciencia, pero no siguió con el tema, que hubiera sido un gran mensaje hablando de seguridad. López Obrador ni se inmutó.

La percepción es que: Andrés Manuel López Obrador administró su tiempo, marcó su mensaje, no ganó ni perdió, no respondió. Ricardo Anaya fue el mejor orador y quien más cuestionó a los otros candidatos con datos duros. Él sabe que este formato es su fuerte y lo quiere aprovechar. José Antonio Meade, el de mayor conocimiento, mejores propuestas y, sin duda, el más preparado. Sería el mejor Presidente, no es el mejor candidato. Jaime Rodríguez, El Bronco, buscó pelea, pero los otros candidatos no le hicieron caso; así que sólo impuso su mensaje inverosímil. Tenemos un puntero claro en la contienda electoral, pero todavía faltan 40 días de campaña, otro debate y las cosas se pueden mover.

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¿Qué ofrecen los candidatos frente al dolor de México?

“Las criaturas de aquella (esta) realidad desaforada hemos tenido que pedirle muy poco a la imaginación, porque el desafío mayor para nosotros ha sido (es) la insuficiencia de recursos para hacer creíble nuestra vida”. Gabriel García Márquez, al recibir el Nobel de Literatura

Las campañas por la Presidencia de la República coinciden en el diagnóstico, igual o semejante, al que tenemos también la inmensa mayoría de mexicanas y mexicanos.

En la apreciación convergente de lo que se debe resolver están: inseguridad, corrupción, impunidad, pobreza, desigualdad, insuficiente crecimiento económico y fallas del sistema de justicia, entre otros padecimientos. Como espejo del diagnóstico, López Obrador, Anaya y Meade ofrecen seguridad, justicia, igualdad, crecimiento económico…

Los pronunciamientos en contra de nuestras dolencias y dificultades se multiplican, como ocurre también con los enunciados para combatirlas.

Mientras tanto, hechos infortunadamente cotidianos martillean nuestro ánimo:

Asesinan a secuestrado y lo dejan en Viaducto. A un año de Valdez, matan a periodista en Tabasco; van 140 desde el año 2000. Narcotraficantes usan a Iztapalapa como su guarida. Consumo de drogas en niñas enciende alerta de especialistas. Sustraen hackers 400 millones de pesos de bancos. Crece en México venta de drogas online. Acelera 476% robo a trenes. El Tribunal Electoral dice que homicidios son una forma de quitar candidatos; ya suman 91 políticos asesinados. Afecta el crimen a 30 por ciento del agro. Los servicios forenses del país tienen registrados 27 mil cadáveres como desconocidos. Ninguna de estas líneas es producto de la imaginación, a manera de ejemplo. Cada una de ellas es real, como lo son otras de similar talante que usted ha leído o escuchado cualquier día de la semana, durante años. Dardos cotidianos en un escenario que nunca imaginamos.

Es esta narrativa lacerante la que parece estar lejos de los pronunciamientos de campaña, no porque esté ausente, pues en ocasiones uno u otro candidato alude a ella, sino porque una de las demandas más sentidas es saber qué y cómo se actuará frente a esta pesadilla que se empeña en perpetuarse.

La impresión, en consecuencia, es que, o no existe o no hemos podido identificar el antídoto para esta violencia que se expande y diversifica; y que la realidad nacional está rebasando los discursos por la derecha, por la izquierda y por el centro.

Coincidente el diagnóstico en temas torales, se extrañan proyectos de solución en muchos de ellos. Más aún, surgen divisiones sociales y polarizantes en tiempos en que la unidad es indispensable.

Es urgente dar un giro al tono y contenido de las campañas, para hacerlas empáticas con el dolor de México e identificarlas con una realidad que demanda nuestras mayores capacidades y una gran solidaridad social para promover la unión y proponer soluciones explícitas y viables. Los ganadores del proceso electoral debemos ser todos, pues este periodo nos ofrece la posibilidad de asumir nuestros desafíos y contrastar las vías que se propongan para superarlos. Si nutrimos de ideas y opciones específicas a la competencia política, el resultado será la claridad de rumbo y la unión nacional, imprescindible para reemprender el camino.

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Señores candidatos: ¿Y los periodistas?

“A los periodistas mexicanos valientes y dignos, exiliados, escondidos, desaparecidos, asesinados, golpeados, atemorizados y pariendo historias, a pesar de la censura y los cañones oscuros”, así reza la dedicatoria que escribió el periodista sinaloense Javier Valdez en el que fuera su último libro: Narcoperiodismo.

El 15 de mayo, mientras se conmemoraba el primer aniversario luctuoso, el gremio periodístico sufrió otro golpe con el asesinato de Juan Carlos Huerta, locutor de radio desde hace más de dos décadas, muerto a balazos en las calles de Villahermosa, Tabasco… Uno más a la lista.

Hasta el lunes pasado se contabilizan 115 comunicadores asesinados entre 2000 y 2018, todas esas muertes relacionadas con el ejercicio de su profesión.

El 99.6% de estos casos sigue impune, incluyendo por supuesto el de Javier Valdez, sobre el que la ONU también se pronunció esta semana. Según datos de la Fiscalía Especializada para la Atención de Delitos cometidos contra la Libertad de Expresión, hasta 2017, de los más de 100 casos de homicidios, sólo ha atraído 48, de los cuales únicamente se resolvieron tres.

Esto significa que la justicia alcanzó sólo al 2.64% de los casos, lo cual exhibe de manera muy desafortunada a la fiscalía que con esto registra un 97.36% de ineficacia.

Recordemos que hace un año, la muerte del periodista Javier Valdez fue justamente lo que motivó al Presidente, Enrique Peña Nieto, a convocar de manera extraordinaria a su gabinete y gobernadores, para presentar lo que llamó “Acciones por la Libertad de Expresión y para la Protección de Periodistas y Defensores”.

¿Qué pasó con eso? No mucho. El 2017 cerró con 11 periodistas asesinados. En lo que va del 2018 ya van 4 más, sin contar todavía al joven periodista oaxaqueño Agustín Silva, reportado como desaparecido en enero de este año.

Así, México mantiene su nada honroso segundo lugar a nivel mundial entre los países más peligrosos para ser periodista. Aquí la seguridad para el gremio no tiene garantías. Ni siquiera se han logrado definir los protocolos de investigación, que son un pendiente de la PGR.

¿Qué importancia ha alcanzado este tema en la agenda de los candidatos a la Presidencia de la República? ¡Ninguna! Porque ninguno de ellos hasta ahora se ha pronunciado al respecto.

En marzo pasado Ricardo Anaya se reunió con representantes de Reporteros Sin Fronteras, de quienes recibió recomendaciones para reforzar la protección de los periodistas y acabar con la impunidad de los crímenes, mismas que el candidato de la coalición Por México al Frente agradeció comprometiéndose con la libertad de prensa. ¿Con qué propuestas? Ninguna hasta ahora.

Para el sin partido, Jaime Rodríguez, El Bronco, El mochamanos, la opción es crear una “aplicación” donde comunicadores y autoridades puedan estar conectados. Dice que el protocolo de atención debe ser mejorado, bla bla, bla … Puros lugares comunes.

Andrés Manuel López Obrador, el año pasado, criticó el pronunciamiento del Presidente Peña Nieto sobre la seguridad para periodistas, señaló que se requería un cambio en la estrategia y garantizar el derecho a la información, pero ahora, como candidato oficial a la Presidencia, sus propuestas al respecto son: ninguna

José Antonio Meade, por su parte, asegura que de ganar la Presidencia disminuirá 40% los homicidios en México durante la primera mitad de su sexenio, pero de la seguridad para el ejercicio de los periodistas tampoco ha dicho nada.

En su primer debate los candidatos a la Presidencia ya tuvieron la oportunidad de hablar de seguridad. Mencionaron de todo, amnistía, mando único, fortalecimiento de policías y fuerzas armadas; pero más que propuestas lo que parecía eran deseos de buena voluntad.

Nada de estrategia y mucho menos en lo concerniente a libertad de expresión y prensa y protección a periodistas. Esos y la justicia para los familiares de los periodistas asesinados son temas que están totalmente ausentes de las campañas electorales. Ningún pronunciamiento ni un compromiso concreto.

Si México es el segundo país más letal para los periodistas, el tema debería inspirar un compromiso contundente no sólo para garantizar la seguridad de los informadores, sino también para hacer retroceder la impunidad.

Pero el mensaje es desalentador: Lo que a los ojos del mundo es alarmante, a los ojos de los candidatos es prescindible…

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De cara al segundo debate presidencial

 

 

Todavía falta mucho, pero cada vez falta menos. Las elecciones del 1 de julio se acercan y se agotan los días de campaña. El candidato de Morena ha demostrado su incansable ahínco en las giras de campaña; Anaya demostró su conocida ferocidad y agilidad en el primer debate y Meade exhibió su aplaudida capacidad intelectual en Tercer Grado y en Milenio.

Distinto a lo que Anaya hace creer y como hizo bien en señalar Margarita Zavala, al renunciar a su aspiración presidencial, esta elección es de tres. Eso podría explicar la amplia ventaja que tiene el candidato de Morena frente a sus adversarios. Las encuestas aún no reflejan quién tendrá la confianza del sector del electorado que no apoya a AMLO.

México elige entre tres buenos candidatos. Por una parte, está un político experimentado, un conocedor del país y con diagnósticos certeros que, sin embargo, tiene una innegable incapacidad de nombrar a las cosas por su nombre, de responder puntualmente lo que se le pregunta, que genera desconfianza en su voluntad de negociar.

Si bien no son pocos los que conciben a AMLO como un personaje potencialmente autoritario, las despiadadas acciones de Ricardo Anaya han opacado la capacidad del candidato más joven de la contienda. No son pocos los que se preguntan por el futuro del PAN, en caso de que Anaya no resulte vencedor y quienes señalan anticipadamente el desmoronamiento de un partido histórico y trascendental en la historia del país. A pesar de ello, es incuestionable la capacidad política del candidato del Frente y su impresionante habilidad al momento de debatir, sin embargo, el candidato da la impresión de ser superficial, como se le vio en los programas de Tercer Grado y de Milenio, donde se limitó a repetir frases del primer debate y no ahondó mucho más en sus propuestas.

Lo anterior contrasta con la participación de Meade, a quien se le vio en su mejor versión. Se le vio proactivo, agresivo, profundo. Tuvo la oportunidad de ahondar, con claridad e inteligencia, en sus propuestas de campaña, tanto en materia de seguridad pública, combate a la pobreza y desarrollo económico. Sin embargo, es acompañado de una plataforma política que, por más que quiera desvincularse de aquellos políticos priistas acusados de actos de corrupción, no lo ha podido hacer. El candidato del PRI continúa sin desvincularse, por medio de hechos, del partido que es referencia de la crisis de corrupción percibida en el país.

Se acerca otro momento importante en la campaña electoral. El segundo debate presidencial debe ser una oportunidad para que los adversarios de AMLO no le permitan pasar de largo, sin ser señalado por su incapacidad de encontrar soluciones viables a los problemas del país o por lo menos de enunciarlas por sí mismo y no por sus asesores, expertos en armar rompecabezas.

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¡Lástima Margarita!

 

 

Trascendía que Margarita Zavala tenía problemas recaudando fondos para financiar su campaña. Ante consejeros de BBVA Bancomer confesó que su equipo más cercano no cobra desde febrero. Hace una semana que guiños públicos, pero sin contactos formales, le llegaban de parte de Ricardo Anaya y Damián Zepeda.

Margarita Zavala renunció a su candidatura independiente por congruencia y en exclusiva para Televisa. Dejó en libertad a quienes la apoyaron. Voten por quien mejor les parezca. Es decir, no declinó por Ricardo Anaya, ni por José Antonio Meade. Su mínimo porcentaje de preferencias será perseguido al máximo por los cuatro candidatos restantes. La renuncia de Zavala Gómez del Campo impacta el proceso electoral en múltiples sentidos y magnitudes.

Uno de los candidatos que más creció en esta campaña es Ricardo Anaya. De inteligencia emocional rauda, Anaya mejoró al fragor del combate, que es donde crecen los ungidos: un día antes de que Margarita Zavala se retirase de la contienda, la invitó a sumarse a su campaña.

Y Zavala respondió: “Me voy para que voten por el menos malo, el menos corrupto, el menos autoritario”.

Antes, al calor de su lucha por conseguir una contienda interna en el PAN para elegir al candidato presidencial, Zavala se había referido a Anaya como un adversario político “de un personalismo atroz”. Después, Anaya, sin embargo, ha logrado encaminar una candidatura competitiva.

Con la respuesta de esa noche (en el programa), Zavala no se sumó, evidentemente, a la campaña de Anaya, lo cual hubiese sido normal (y casi en automático) por ser hasta hace poco su excompañero de partido. Si no lo hizo enseguida, es porque no ve a Anaya como el candidato de las ideas que ella defiende.

Imposible olvidar que la renuncia de Zavala (6 de octubre de 2017) abrió un cisma en el PAN, porque Anaya preservó su condición de dirigente y aspirante presidencial, árbitro y jugador a la vez: una crisis que dividió al albiazul entre quienes se quedaron con Anaya y quienes se fueron, como Zavala.

Esto acerca a Zavala de manera natural a Meade, con quien coincide más en la forma de dirigir el país: como militante del PAN (primero) y primera dama (después) observó las capacidades profesionales de Meade como funcionario panista de Fox y secretario de Estado de Calderón.

Para una panista doctrinaria como Zavala, la alianza PAN-PRD es insalvable, porque se excluye a sí misma descafeinando al PAN de su ideal en favor del individuo frente al colectivismo del PRD, la defensa de la propiedad privada frente a  la propiedad pública que propugna el PRD.

Así que, al no orientar el voto de sus seguidores hacia ningún otro candidato (durante su renuncia a la candidatura anoche en Tercer Grado), Zavala está dejando claro, en todo caso, que no será para Anaya, con quien tiene agravios personales y diferencias políticas irresueltas.

El senador Jorge Luis Lavalle, panista del grupo político encabezado por Zavala, avisó que “los panistas que votarían por Margarita se inclinarán por Meade, hay más afinidad, lo ven más como opción”.

Como sea, resulta lamentable que la carrera por la Presidencia de México en 2018 deje de contar con una mujer en la boleta, porque su presencia en la contienda enaltecía la pujanza que cada vez más adquiere la mujer en la política nacional.

Pero se agradece, en Margarita, la manera en que tomó tanto la decisión de entrar como la de salir: De manera quijotesca.

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