EDITORIAL

El acuerdo

Hay que asumir que mientras esté en la Casa Blanca Donald Trump vamos a vivir en una montaña rusa.

Asumirlo permite desarrollar estrategias y alternativas para adelantarse a lo que se va a venir, lo cual será probablemente más complicado y, sobre todo, más grave y con consecuencias difíciles de advertir. Veremos qué se nos viene en 90 días cuando se revisen los acuerdos adoptados en Washington.

Las cosas para el Presidente se están complicando internamente. Quizá se esté replanteando aquello de que gobernar al país era “fácil”. Estos seis largos meses dan cuenta de la complicada situación que se está viviendo para el país, en lo interno y lo externo.

Asumir que con Trump todo es y va a ser contracorriente va a colocarlo, tarde que temprano, en los terrenos de los enfrentamientos y lo va obligar a elevar el tono de sus discursos. Se tomó una pausa estos días que le va a dar margen de maniobra; es claro que el tema migrante no va a desaparecer de un día a otro ni con 6 mil elementos de la recién formada Guardia Nacional.

En la tormentosa relación con Trump, más vale que se parta de que nada de lo que se haga le va a parecer satisfactorio al empresario-presidente. Entre más nerviosos y acorralados nos vea y sienta, más nos va a presionar. Los acuerdos de Washington pueden dejar de tener vigencia para Trump en cualquier momento.

El gobierno lo debe saber y considerarlo de manera estratégica. Lo relevante de tener claridad en esto es que los acuerdos a los que se llegó para evitar la imposición de aranceles por el tema migrante, al rato puede devenir en una nueva exigencia por cualquier otro asunto, como el narcotráfico, seguridad nacional, armas y si quiere le seguimos; algo inesperado puede aparecer en la cabeza de Trump y a ver cómo le hacemos.

Es para considerarse que el país, a partir de hoy, está militarizado en el norte; EU tiene soldados en su frontera con México y en el sur, con los efectivos de la Guardia Nacional. A esto se suma que al interior tenemos militares en funciones de policías por doquier; se supone que con la creación de la Guardia Nacional las cosas van adquirir otra dimensión.

El domingo la embajadora de México en EU decía que en un mes o mes y medio, con la presencia de la Guardia Nacional en 11 municipios de la frontera con Guatemala, habrá resultados.

Lo que hay que asumir y contemplar son las consecuencias que puede tener el hecho de que estamos rodeados de militares en el país, con la violencia intensificándose en varios estados y en la propia capital.

¿Qué tan relevante resultó el acuerdo de Washington? No perdamos de vista las letras chiquitas. Trump ha informado, o amenazado según se vea, que hay elementos que no se han dado a conocer, quizá lo dijo en referencia a lo informado por los mexicanos. Faltan, efectivamente, muchas cosas por informar y explicar.

Lo que es cierto es que, por lo pronto, el acuerdo sacó al país de un gran apuro que, entre otras cosas, permite espacio y, sobre todo, le quita ruido a la etapa en que está entrando el T-MEC. El gran problema para que el tratado sea aprobado sigue estando en EU, por la evidente falta de acuerdos entre el presidente Trump y los demócratas, en particular con la combativa congresista Nancy Pelosi.

El acto del sábado en Tijuana fue de consumo interno, pero no por ello menos relevante. Tiene que ver con las manifestaciones y formas propias del gobierno.

Lo que no conviene es hacer verlo como una victoria; es parte de un proceso. Algo que nos tendremos que preguntar es sí con la Guardia Nacional en nuestra frontera sur no le estamos construyendo a Trump el muro que dijo que nosotros pagaríamos.

EDITORIAL

El lenguaje de la izquierda mexicana

Si asumimos que Andrés Manuel López Obrador es el líder de la izquierda mexicana real, el actual manejo de la crisis con la administración Trump plantea preguntas ineludibles. La izquierda mexicana, tanto en la tradición cardenista como en la socialista, compartió siempre un lenguaje nacionalista revolucionario, que anteponía la defensa de la soberanía nacional a las ventajas de la vecindad con Estados Unidos.

Lo mismo desde la perspectiva de Lázaro Cárdenas que de la de Vicente Lombardo Toledano, las relaciones con Washington debían responder a una mezcla perfecta de principismo y realismo. Sin desembocar en la confrontación, el lenguaje de la política exterior mexicana tenía que proyectar un patriotismo irreductible. La fascinación que ejercieron Fidel Castro y la Revolución Cubana tuvo que ver, justamente, con el hecho de que el conflicto de la isla con Estados Unidos adoptó una modalidad extrema, que México siempre evitó.

Por medio de la solidaridad con Cuba y la adopción, en las dos ramas de aquella izquierda, del lenguaje antimperialista, se sublimaba el límite al que la izquierda mexicana no estaba dispuesta a llegar. Hasta el gobierno de Carlos Salinas de Gortari, quien, de manera insólita, preservó la cercanía con Cuba mientras desmantelaba los pilares teóricos y prácticos del nacionalismo revolucionario, aquel fue el eje simbólico de la izquierda mexicana.

“Desde la campaña presidencial López Obrador se negó a poner un alto a las constantes muestras de desprecio hacia México de Donald Trump. En su difuso programa de política exterior, la única prioridad parecía ser la buena relación con Estados Unidos”.

Algo muy profundo ha cambiado con el tránsito, en el liderazgo de esa izquierda, de Cuauhtémoc Cárdenas a Andrés Manuel López Obrador. El nuevo líder no habla como un nacionalista revolucionario ni como un socialista del siglo XXI. Su lenguaje, de hecho, no se parece al de nadie en la izquierda latinoamericana: ni al del viejo PRI ni al de Fidel, al del populismo clásico o al de cualquier socialismo. Ese cambio se plasma cabalmente en el manejo de la crisis con Estados Unidos.

Desde la campaña presidencial López Obrador se negó a poner un alto a las constantes muestras de desprecio hacia México de Donald Trump. En su difuso programa de política exterior, la única prioridad parecía ser la buena relación con Estados Unidos. No había llamados a la diversificación de las relaciones internacionales, ni declaraciones soberanistas, sino la apuesta clarísima por una renegociación del tratado de libre comercio y una colaboración privilegiada con Estados Unidos en materias de seguridad y migración.

López Obrador llegó al gobierno en medio de una intensificación de la ruta mexicana del éxodo centroamericano y caribeño. La administración anterior, de Enrique Peña Nieto, respondió a aquel desafío manteniendo la política de asilo de México e insistiendo en la renegociación del tratado de libre comercio, aunque ripostando las expresiones racistas e intervencionistas de Trump. López Orador, en cambio, ejerció un mayor control del flujo migratorio, deportó a más inmigrantes centroamericanos y, a la vez, evitó rigurosamente cualquier desencuentro verbal con Trump.

En un acto en Poza Rica, Veracruz, en marzo de este año, el presidente mexicano se refirió al incremento del flujo migratorio, y dijo “no nos vamos a pelear con el gobierno de Estados Unidos”, “amor y paz”, “o ¿quieren ustedes que yo le conteste?”. Luego del grito de ¡No! del público, agregó “vamos a ayudarle (a Trump) todo lo que podamos”. Y volvió a preguntar, retóricamente: “¿verdad que debemos llevar buenas relaciones con el gobierno de Donald Trump?”

“El nuevo líder no habla como un nacionalista revolucionario ni como un socialista del siglo XXI. Su lenguaje, de hecho, no se parece al de nadie en la izquierda latinoamericana: ni al del viejo PRI ni al de Fidel, al del populismo clásico o al de cualquier socialismo. Ese cambio se plasma cabalmente en el manejo de la crisis con Estados Unidos”.

Cuando la amenaza de subida de los aranceles, López Obrador envió una carta donde hizo público su desacuerdo de principios con la Casa Blanca. Pero el tono fue extremadamente cuidadoso, muy alejado del lenguaje tradicional del nacionalismo revolucionario. En el actual diferendo, México, por lo visto, está ofreciendo mayor control de su frontera con Guatemala a cambio de libre comercio. La izquierda mexicana admite su plena reformulación ideológica.

EDITORIAL

Maciel y Naasón

Por el momento son 14 los cargos que las autoridades de California han presentado en contra de Naasón Joaquín García, líder de La Luz del Mundo.

El asunto va para largo. Estamos en los terrenos de la presunción de delitos y entraremos en largos alegatos hasta que sepamos si las denuncias proceden en contra del personaje.

Sin embargo, no estamos ante denuncias que sean nuevas o causen sorpresa. El fiscal de California, Xavier Becerra, ha dado a conocer los cargos  que se han presentado entre 2015 y 2018.

Están bajo observación también otros delitos que se hayan podido presentar antes de esta fecha, cometidos eventualmente por otros líderes de La Luz del Mundo y que pudieran ser familiares directos de Naasón.

El asunto es brutal. A esto se suma el escándalo por el acto en homenaje al personaje, ni más ni menos que en Bellas Artes hoy detenido por delitos de suma gravedad en EU.

Las autoridades de la cultura siguen dando tumbos tratando de explicar lo inexplicable. Están en la etapa en que ahora se están denunciando entre ellas. A esto sumemos que algunos legisladores, que asistieron al acto, han optado por hacer mutis, en tanto que a otros se les “olvida” que estuvieron enviando imágenes a través de la redes, emocionados por el singular acto.

Estamos de nuevo ante lo que todo indica son violaciones y abusos sexuales por parte de un líder religioso. Amparado en la fe de los fieles, se aprovecha de ellas y ellos. La necesidad de creer y de sentirse integrada, por parte de mucha gente, la lleva a tomar caminos insospechados, a lo que se suma la ignorancia y la falta de referentes.

El gran drama interno que están viviendo los seguidores de La Luz del Mundo tiene que ver con todo esto. Su fe, cargada de fanatismo en muchos casos, no tiene manera de entender, menos imaginar, que su líder haya podido cometer los delitos tan graves que se le imputan. Las primeras reacciones de muchos de los seguidores de Naasón, se calcula que son más de un millón en todo el país, la mayoría se concentra en Guadalajara, ha sido de incredulidad y rabia, no alcanzan a entender nada e incluso lo ven como una prueba de fe.

No es fácil, para quienes pertenecen a la iglesia, ver el sentido de sus vidas de una manera más abierta o diferente, deben asumir por fe, convicción y obligación que “un apóstol de Dios no puede ser juzgado por sus acciones”.

Las autoridades de California no quieren dejar pasar absolutamente nada. Originalmente, la fianza para el personaje era de 25 millones de dólares, ahora es de 50. La cantidad se fundamenta en que “delitos como los que se imputan no tienen lugar en nuestra sociedad”.

Lo que de nuevo nos coloca en una fatal y lamentable coyuntura, es que habiendo observaciones en el país no se hizo nada. El parecido con el caso Marcial Maciel se fundamenta en que la relación que establecen estos singulares personajes con la élite político-empresarial impide que se les atienda y menos que se les imparta justicia. Ayer en La Razón, Jorge Traslosheros daba cuenta de toda esta lamentable perversión.

Para que se reconocieran las perversiones de Maciel tuvo que pasar mucho tiempo, al tiempo que las víctimas recibieron un sinfín de difamaciones, algunas de ellas del mismísimo Vaticano. Algunos medios de comunicación fueron señalados o les retiraron la publicidad por informar sobre ello.

De nuevo el engaño, el abuso, el aprovecharse de la gente echando por delante la perversión y la religión.

No solamente la FGR tiene que revisar si hay denuncias en el país, tiene que investigar una conducta perversa y enferma como lo muestran las 14 denuncias en Sacramento con nombre y apellido.

EDITORIAL

Chantaje de Trump, plan de AMLO

Hay una larga historia de colaboración de México con Estados Unidos para detener la migración centroamericana. Al grado de que, en 2012, un alto funcionario estadounidense, Alan Bersin, llegó a decir que “la frontera guatemalteca con Chiapas es ahora nuestra frontera sur”.

Pero México no es un caso aislado; Marruecos y Turquía han servido como agentes migratorios de Europa. Más recientemente, Níger es la nueva “migra” que detiene a los subsaharianos que atraviesan el desierto hacia los países en desarrollo. A cambio de ello recibe importantes beneficios.

Cuando Estados Unidos exige a México contener la migración tiene todo el poder de negociación. Por ello, frente al chantaje de Trump, toma importancia el plan de AMLO, que enfatiza el derecho de no migrar, el derecho de permanecer. Los expertos en estudios ambientales lo llaman “resiliencia”. Dada la rigidez del derecho de asilo, incluso por motivos humanitarios, y la presión de la primera potencia mundial sobre nuestro país, debemos apoyar a Centroamérica, promoviendo la resiliencia de su población ante el desempleo, la plaga de los cafetos, las sequías y la inseguridad.

Alicia Bárcena, secretaria ejecutiva de la Cepal, ha elaborado, a petición del Presidente, una propuesta de desarrollo para esa región. En particular sugiere construir un gasoducto de 600 kilómetros, una terminal de gas natural en Puerto Cortés, Honduras, la interconexión del sistema eléctrico, ferrocarriles y carreteras. Por otro lado, AMLO promueve su programa “Sembrando vida” en Honduras, El Salvador y Guatemala. La versión original de éste incentiva a los campesinos mexicanos a combinar la siembra de cultivos tradicionales con árboles frutícolas y maderables. La intención es reforestar un millón de hectáreas en nuestro país. Ante la desertificación por el cambio climático y la migración que ésta provoca, en particular dentro del llamado “corredor seco centroamericano”, plantar árboles puede ser la forma de adaptación correcta. Alemania también promueve aguacateros y durazneros para la región.

Sólo hay que cuidar que AMLO no exporte a Centroamérica los errores de su programa. Y es que Gabriel Quadri y otros especialistas han advertido que, al pagarse 5 mil pesos por hectárea a los campesinos mexicanos, éstos están quemando bosques y selvas para acceder a los subsidios. Ejidatarios dueños de áreas naturales ahora tienen el incentivo de derribar árboles “improductivos”. Otros efectos perversos son: discriminación a actividades como la producción de café, cacao y apicultura. Pequeños cultivadores de éstos no se ven beneficiados por el programa porque sus tierras ya tienen árboles y arbustos. Y los programas que antes funcionaban mediante redes sostenibles de cooperación, con el respaldo de la Comisión Nacional para la Biodiversidad (Conabio), están siendo tirados a la basura. Viveros de plantas nativas han sido abandonados. Proyectos de apicultura están dejando de ser atractivos, pues los cultivadores prefieren rematar sus colmenas y con ellas muere una actividad que contribuye a la polinización de selvas y bosques.

Pero, corregidos los incentivos perversos, el plan de AMLO es la colaboración adecuada con Centroamérica.

EDITORIAL

Tiempos de prudencia y firmeza

Se podrá negociar con el equipo del presidente Trump y llegar a acuerdos, los cuales difícilmente serán a nuestro favor, pero las amenazas y los desplantes del empresario-mandatario no van a parar.

Más bien, todo indica que se van a intensificar. Trump quiere reelegirse y sabe que tiene que hablar y actuar bajo el tono que quieren sus votantes. Está empezando a echar a andar su maquinaria ideológica, la misma que le funcionó hace algunos años cuando se postuló a la presidencia de EU; la gran diferencia es que hoy si algo conoce es el camino, en fondo y forma.

Trump tiene muy bien identificados a sus votantes y que pasa por el imaginario colectivo de la gran mayoría de los estadounidenses. Sabe bien que existe un amplio sector en su país que no sólo no lo quiere, sino que también lo desprecia y que se va a jugar su resto en contra de él, particularmente los demócratas, quienes no olvidan la llamada “trama rusa”.

Una encuesta reciente en EU, sobre lo que se consideran los principales problemas en el país, le confirma a Trump que va por el rumbo correcto para reelegirse.

Según el trabajo de Harvard Caps Harris Poll (Tomado de Mauricio Meschoulam), para los estadounidenses el problema en este momento para el país no es ni el terrorismo ni la inseguridad, es la  migración, el 37%. El cuidado médico está en 36% y el terrorismo y la inseguridad tienen 25%; abajito con 23% está la economía y los empleos.

Dato a atender: los tres personajes “favoritos” en la política son  Barack Obama, Joe Biden y Bernie Sanders. Trump está en cuarto lugar a tres puntos de Sanders, su gran inconveniente está en que la  opinión desfavorable hacia el mandatario alcanza un 52%. Recordemos que hace tres años andaba por las mismas, pero ya sabemos lo que terminó pasando.

Queda claro que Trump ha estado creando entre los estadounidenses la idea de que México es el eje del principal problema que perciben. Trump ha venido enfilando sus baterías contra nuestro país para buscar de nuevo uno de sus ejes, que en las pasadas elecciones le ayudó a ganar la presidencia.

La llamada “América profunda” fue la que le dio la victoria, fueron los delegados no el total de votos, los cuales fueron mayoritariamente para Hillary Clinton.

Nuestro país está en medio de este complejo proceso. Nuestra capacidad de maniobra es limitada, el cuidadoso uso del lenguaje que ha venido usando el Presidente es prueba de ello.

Algunos elementos de la relación con Trump, que no con todo EU, están materialmente detenidos con alfileres. López Obrador debe intuir y medir lo que puede pasar ante cualquier imprudencia, como lo dijo el lunes.

Sin embargo, hay cosas que el Gobierno ha dejado de hacer o de plano no les han dado la debida importancia. No necesariamente la mejor política exterior es la mejor política interior, esto quiere decir que por más que este axioma tenga sentido, México como parte del concierto mundial y diplomático, con un pasado altamente reconocido, no puede ni debe aislarse, como bien nos decía el embajador emérito Sergio González Gálvez hace unos días.

Tener un contacto sistemático con el mundo es al mismo tiempo sumar y construir alianzas productivas. Ante Trump los aliados son fundamentales, pero para tenerlos hay que trabajarlos y procurarlos, lo que incluye reuniones como la del G20.

No van a cambiar mucho las cosas. Trump hoy puede lanzar un tuit diciendo una cosa y en media hora lanzar otro para decir lo contrario.

El acuerdo de hoy puede ser el desacuerdo de mañana. Trump se quiere reelegir y se va a llevar al que tenga enfrente, empezando por nosotros. Prudencia y firmeza en eso debemos andar.

EDITORIAL

Sobre el domingo electoral

No hubo carro completo, pero Morena ya tiene dos gubernaturas más. Esta tendencia no se ve que vaya a cambiar, pero hay detalles derivados de la elección del domingo que pueden ser el inicio de nuevos escenarios políticos.

Durango, Aguascalientes y Tamaulipas no son territorio moreno. Particularmente en el primero Morena no pudo ni asomar la cabeza. Sin embargo, es un hecho que en lo general las elecciones del domingo arrojan un balance favorable para el partido del Presidente.

La confirmación de que Morena es la fuerza más importante e influyente del país, le debería llevar a verse al interior y actuar y entender que es un partido político. Morena está a prueba a toda hora porque muchos de sus candidatos han ganado elecciones y ya están ejerciendo el poder, con todo lo que esto implica.

La semana pasada dábamos cuenta de cómo se han agudizado los problemas en dos estados en los que de origen ya cargaban un sinfín de adversidades. Morelos es gobernado por un exfutbolista que surgió de una alianza de Morena, y en Veracruz quien gobierna es producto directo del partido.

El ejercicio del poder ha llevado a los gobernantes a enfrentar sus incapacidades. El desgaste está saliendo muy caro y no se ve cómo se pueda revertir.

Si bien la popularidad del Presidente ayuda, no necesariamente ofrece resultados y beneficios para los habitantes de estos dos estados, quienes si algo ven hoy en su cotidianeidad es más caos del que padecían. Morena no está apareciendo en estos estados como el partido en el poder que es, no se ve la necesaria crítica a lo que pasa y tampoco el apoyo.

Un triunfo electoral no se convierte en automático en gobernabilidad. Se requiere trabajar y entender que se gobierna para todos y ya se tiene que ir dejando la idea de que todo es culpa del pasado; se les está acabando el tiempo de gracia.

Morena debe revisar la experiencia que ya tiene en el ejercicio del poder. El balance es desigual. Los casos de la Ciudad de México y la Presidencia van por otros rumbos. Hay críticas y complejidades, pero en general la gobernabilidad es clara y funciona.

Lo que está pasando en Veracruz y Morelos es parte del balance que se tiene que hacer. Partir de estas experiencias debe mostrar caminos para el cuidado y atención que se deberá tener en los estados en que Morena se llevó las gubernaturas el domingo, Baja California y Puebla.

Uno de los elementos importantes de la elección fue el altísimo abstencionismo. La participación en Puebla apenas alcanzó el 33%, lo que convierte a Miguel Barbosa en gobernador con sólo el 15% del total del padrón electoral.

El triunfo del morenista se fincó en el voto de las zonas rurales, en las  casillas urbanas Enrique Cárdenas superó a Barbosa por cerca de 20 mil votos. El total de votos de la elección fue de 1,527,055. (Información de Rogelio Gómez Hermosillo).

Dos partidos quedaron virtualmente desaparecidos, PRI y PRD. El tricolor se mantiene con cierto vuelo derivado de sus triunfos en pasadas elecciones. Hoy no se ve cómo pueda conservar varias de las gubernaturas que tiene, la tendencia a nivel nacional sin duda ya le es definitivamente adversa; los votantes le enviaron al PRI pruebas de ello el domingo.

El PAN es el partido que hoy aparece como la oposición más fuerte y cohesionada. Quizá se deba a que muchos ciudadanos ven a este partido como una oposición real, y no como una extensión de Morena, como algunos se refieren y ven al PRI y al PRD.

El Presidente, sin estar en las boletas, terminó de nuevo ganando. López Obrador ayuda y mucho, pero los que ganaron deben saber que la responsabilidad de gobernar es de ellos y no de ya saben quién.

EDITORIAL

Sin filias y fobias

A la relación que tiene nuestro país con el gobierno de Trump se le puede aplicar aquello de que cuando las cosas están mal, pueden estar todavía peor.

El presidente de EU no ha bajado la guardia; ni la va a bajar. A su declaración de imponer 5% a todos los productos mexicanos que ingresen a EU en caso de que no se resuelva de fondo el tema migrante, se le ha sumado también el caso de los narcotraficantes, con un “vamos a ver quién gobierna México”.

Sobre advertencia no hay engaño. El jueves pasado dijo que iba a hacer una gran propuesta para resolver el problema de la frontera; la llamó de “grandes ligas”. Ese mismo día señaló de qué se trataba: de la imposición de un impuesto acumulativo hasta que no resolviéramos el tema migrante y el del narcotráfico, como si todo esto fueran problemas de nuestra estricta y única responsabilidad.

Desde ese día, la belicosidad de Trump no ha bajado, más bien se ha intensificado. Su tuit de ayer pinta lo que en verdad piensa de la propuesta del Gobierno mexicano. Lanzó un tuit en el que ratifica su insolencia, en el que, de manera implícita hace ver, una vez más, que para él los problemas no son de EU, ni por asomo: “México está enviando una gran delegación para hablar sobre la frontera. El problema es que han estado “hablando” durante 25 años. Queremos acción, no conversación”.

Es claro que estamos ante un problema de consecuencias graves y trascendentes. Si bien Trump es impredecible, tiene una lógica de pensamiento y acción. No es sólo cuestión de ver cómo ha impuesto las formas en la relación con nuestro país; es cosa de ver el desarrollo de su gobierno con Europa, China y Corea del Norte, por mencionar las que han sido más tormentosas e imprudentes.

Lo que parece que no le quedó claro al Gobierno mexicano es que no podía, ni debía, confiar en Trump; y queda la impresión de que, a pesar de los muchos evidentes indicadores, lo hizo. López Obrador ha enviado mensajes, los cuales no han tenido acuse de recibo alguno, buscando atemperar el tenso clima que se ha creado entre los dos gobiernos, lo cual nos está llevando a una crisis histórica con tintes inéditos.

Para Trump la política laxa con la que en un principio el gobierno de López Obrador afrontó el tema migratorio es lo que está provocando la actual crisis, independientemente de que las políticas sean ahora distintas y más severas, en cuanto al ingreso de migrantes.

La voluntad y convicción del Gobierno mexicano es que los migrantes sean respetados en todos los renglones, empezando por sus derechos humanos. Lo que si pasó en un primer momento, es que el Gobierno abrió la puerta como parte de sus convicciones y voluntades, lo que provocó, a querer o no, un flujo inesperado de migrantes, lo que afectó a EU y no olvidemos que también a nosotros, de muchas maneras.

Se ha interpretado que lo que hace Trump tiene que ver con sus intenciones de reelegirse y también como un elemento distractor ante la crisis rusa, de la cual nomás no sale y que lo tiene en medio del riesgo.

Es probable que así pueda ser, pero en el camino, sus ocurrencias, o como se le quieran llamar, nos están colocando ante una eventual crisis económica y no perdamos de vista que puede ser también social.

No es momento para escatimar al Gobierno de López Obrador. Es una coyuntura que nos obliga a estar juntos, sin filias y fobias.

Lo que no debe dejar de estar presente son la crítica y las propuestas, las cuales el tabasqueño debe escuchar, quien en este proceso no debe, no puede, ni se vale, irse por la libre; nos necesita a todos.

EDITORIAL

Lozoya, se empieza a abrir la puerta

Con el triunfo contundente y legítimo que obtuvo López Obrador, no se ve cómo haya podido ser condicionado por Peña Nieto. El tamaño de la victoria le dio una capacidad de maniobra única, lo que lo libera de cualquier tipo de pactos o acuerdos.

La idea de un presunto pacto con la pasada administración cae más en las interpretaciones políticas que en los terrenos de la realidad. No encontramos razones para que el Presidente no aborde judicialmente temas del pasado.

No vemos a un político de la personalidad y perfil de López Obrador en un lance de esta naturaleza. Después de pasar tantos años denunciando la corrupción y al “neoliberalismo”, en particular el de Peña Nieto, no tendría sentido que se guarde investigaciones o denuncias con base en presuntos acuerdos.

Sería un hecho contradictorio en un Presidente que se ha distinguido por enfrentar los problemas de manera directa y sin concesiones; no hay razón para que se contenga.

Todo esto viene a cuento por las órdenes de aprehensión en contra de Emilio Lozoya y de Alonso Ancira. Pudiera haber efectivamente un uso político en función del momento por el cual está atravesando el gobierno, se le están juntando muchos escenarios al mismo tiempo.

Muchos de esos escenarios que tiene enfrente no puede menospreciarlos bajo el supuesto de que son herencia del pasado. A estas alturas, mucho de lo que estamos viviendo, que, por cierto, no es poco, tiene que ver con el nuevo gobierno al cual se le está acabando, como hemos insistido, el utilizar al pasado como eje de todos nuestros males.

Sin embargo, sigue teniendo el control de las cosas, por lo menos por ahora, y podría ser también que las especulaciones deban ser atemperadas porque quizá todo sean, menos dramáticas de lo que se quiere interpretar o se desea interpretar. Al gobierno le va a llegar el futuro, los ciudadanos ya están ansiosos y exigentes de su llegada, ahí veremos.

Pudiera ser que más que atender o esperar los tiempos políticos, la FGR haya encontrado en el caso Lozoya por fin cómo abordarlo. Es un asunto  que seguramente debe llevar a Odebrecht y a una serie de investigaciones sobre lo que se hizo en el pasado sexenio. El “batidillo” al que frecuentemente hace referencia el Presidente suponemos tiene nombre y apellido.

La infinidad de piezas sueltas que dejó el gobierno de Peña Nieto obligan al actual gobierno a actuar. No tiene ni la obligación ni la necesidad de acudir a lo que se conoció como el “quinazo”, como lo hizo Carlos Salinas de Gortari en 1989, como forma de legitimarse y fortalecerse después de las cuestionadas elecciones de 1988.

López Obrador tiene la legitimidad y la autoridad para hacerlo, al tiempo que es un acto de coherencia a la que tanto apela. Más que pensar en un acto con tintes políticos o para tranquilizar a la tribuna, se trata de que le dé sentido al ejercicio del poder el cual se ganó a pulso.

El reto ya es mayúsculo. La cuestión no está sólo en si hay voluntad o no, está en si tienen todos los elementos para hacer lo que ya están haciendo, y tener mucho cuidado en que no se vaya a acabar en medio de chascos, los cuales serán riesgosos y desgastantes.

Hace unos días conversamos con el titular de la Unidad de Inteligencia Financiera de la SHCP, Santiago Nieto, a quien le preguntamos si todos los caminos llevan a Odebrecht, contundentemente nos dijo que sí.

A la pregunta de si se vienen también investigaciones derivadas de ello sobre procesos electorales, nos lanzó otro tajante sí. El gobierno abrió la puerta. Ahora habrá que ver qué hay detrás de ella, más vale que todo esté amarrado.

EDITORIAL

Estado de derecho y crecimiento

Citamos del Informe Trimestral Enero – Marzo 2019 del Banco de México: “Las perspectivas de crecimiento de la economía mexicana para 2019 se revisan de una expansión esperada de entre 1.1 y 2.1% en el Informe anterior a una de entre 0.8 y 1.8%”, es decir, pasa de una perspectiva puntual de 1.6 por ciento a otra de 1.3, una reducción equivalente al 18.8 por ciento.

Para evitar que el crecimiento resulte menor, y conseguir que sea mayor, en opinión de las autoridades monetarias, “es prioritario robustecer el estado de derecho, de modo que, además de combatir la inseguridad, la corrupción y la impunidad, las autoridades competentes garanticen la certeza jurídica, el cumplimiento del marco legal y el respeto a la propiedad privada”.

Definimos al Estado de Derecho como el gobierno de las leyes justas, siendo tales las que reconocen plenamente, definen puntualmente y garantizan jurídicamente los derechos de las personas, que en el caso de los agentes económicos son el derecho a la libertad individual para, por un lado, producir, ofrecer y vender y, por el otro, demandar, comprar y consumir, y el derecho a la propiedad privada sobre los medios de producción necesarios para poder producir, ofrecer y vender, y sobre los ingresos indispensables para poder demandar, comprar y consumir.

Además de las leyes justas, el Estado de Derecho necesita de autoridades honestas y eficaces, capaces de hacer valer dichas leyes o, lo que es lo mimo, capaces de garantizar los derechos de los ciudadanos. Leyes justas y autoridades honestas y eficaces. Esa es la esencia del Estado de Derecho.

Una muestra de que en México el Estado de Derecho es Estado de chueco la tuvimos hace unos días cuando un grupo de habitantes de La Huacana, Michoacán, desarmó y retuvo a un grupo de soldados, exigiendo la devolución de unas armas de alto calibre que les habían sido incautadas. ¡El pueblo desarmando al ejército! ¡El pueblo extorsionando al gobierno! Y, ¡para colmo de males!, el gobierno cediendo a la extorsión. ¿Puede haber algo más preocupante? Sí, la reacción de AMLO.

Citamos: “La actitud de los soldados fue responsable, digna y valiente (…) Van a mantener una actitud prudente porque están conscientes de que se tienen que respetar los derechos humanos y que a nadie se le puede privar de la vida. Esto no les resta autoridad. Por el contrario, les da más”.

Afirmar que deben respetarse los derechos humanos, en abstracto, es correcto. No hacer valer la autoridad, en concreto, con el pretexto de respetarlos, es una grave equivocación, propia del Estado de chueco, que todos padecemos.

¿Qué efecto puede tener en el crecimiento de la economía, que depende de las decisiones de los empresarios para invertir, acontecimientos como los aquí comentados, propios del Estado de chueco?

EDITORIAL

Lozoya, se empieza a abrir la puerta

Con el triunfo contundente y legítimo que obtuvo López Obrador, no se ve cómo haya podido ser condicionado por Peña Nieto. El tamaño de la victoria le dio una capacidad de maniobra única, lo que lo libera de cualquier tipo de pactos o acuerdos.

La idea de un presunto pacto con la pasada administración cae más en las interpretaciones políticas que en los terrenos de la realidad. No encontramos razones para que el Presidente no aborde judicialmente temas del pasado.

No vemos a un político de la personalidad y perfil de López Obrador en un lance de esta naturaleza. Después de pasar tantos años denunciando la corrupción y al “neoliberalismo”, en particular el de Peña Nieto, no tendría sentido que se guarde investigaciones o denuncias con base en presuntos acuerdos.

Sería un hecho contradictorio en un Presidente que se ha distinguido por enfrentar los problemas de manera directa y sin concesiones; no hay razón para que se contenga.

Todo esto viene a cuento por las órdenes de aprehensión en contra de Emilio Lozoya y de Alonso Ancira. Pudiera haber efectivamente un uso político en función del momento por el cual está atravesando el gobierno, se le están juntando muchos escenarios al mismo tiempo.

Muchos de esos escenarios que tiene enfrente no puede menospreciarlos bajo el supuesto de que son herencia del pasado. A estas alturas, mucho de lo que estamos viviendo, que, por cierto, no es poco, tiene que ver con el nuevo gobierno al cual se le está acabando, como hemos insistido, el utilizar al pasado como eje de todos nuestros males.

Sin embargo, sigue teniendo el control de las cosas, por lo menos por ahora, y podría ser también que las especulaciones deban ser atemperadas porque quizá todo sean, menos dramáticas de lo que se quiere interpretar o se desea interpretar. Al gobierno le va a llegar el futuro, los ciudadanos ya están ansiosos y exigentes de su llegada, ahí veremos.

Pudiera ser que más que atender o esperar los tiempos políticos, la FGR haya encontrado en el caso Lozoya por fin cómo abordarlo. Es un asunto  que seguramente debe llevar a Odebrecht y a una serie de investigaciones sobre lo que se hizo en el pasado sexenio. El “batidillo” al que frecuentemente hace referencia el Presidente suponemos tiene nombre y apellido.

La infinidad de piezas sueltas que dejó el gobierno de Peña Nieto obligan al actual gobierno a actuar. No tiene ni la obligación ni la necesidad de acudir a lo que se conoció como el “quinazo”, como lo hizo Carlos Salinas de Gortari en 1989, como forma de legitimarse y fortalecerse después de las cuestionadas elecciones de 1988.

López Obrador tiene la legitimidad y la autoridad para hacerlo, al tiempo que es un acto de coherencia a la que tanto apela. Más que pensar en un acto con tintes políticos o para tranquilizar a la tribuna, se trata de que le dé sentido al ejercicio del poder el cual se ganó a pulso.

El reto ya es mayúsculo. La cuestión no está sólo en si hay voluntad o no, está en si tienen todos los elementos para hacer lo que ya están haciendo, y tener mucho cuidado en que no se vaya a acabar en medio de chascos, los cuales serán riesgosos y desgastantes.

Hace unos días conversamos con el titular de la Unidad de Inteligencia Financiera de la SHCP, Santiago Nieto, a quien le preguntamos si todos los caminos llevan a Odebrecht, contundentemente nos dijo que sí.

A la pregunta de si se vienen también investigaciones derivadas de ello sobre procesos electorales, nos lanzó otro tajante sí. El gobierno abrió la puerta. Ahora habrá que ver qué hay detrás de ella, más vale que todo esté amarrado.

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