EDITORIAL

Comercio exterior: regreso a las bases

No fue bien recibida en ningún lugar del mundo la decisión del presidente de Estados Unidos, Donald Trump, de imponer aranceles de 25% a las importaciones de acero y el 10% sobre las compras foráneas de aluminio. México y Canadá fueron países que en un inicio y temporalmente fueron excluidos de la medida proteccionista por encontrarse en medio de las negociaciones del TLCAN.

No obstante, la medida en sí misma representa un enorme riesgo para la estabilidad y el fortalecimiento del libre comercio mundial. No se trata de una medida que afecte de manera considerable los volúmenes de comercio mundial —los bienes afectados representan sólo el 2.0% de las importaciones y el 0.2% del PIB de los Estados Unidos.

Lo importante de la medida y de toda una serie de declaraciones y acciones, es que quebrantan el actual paradigma económico mundial, basado en lo fundamental, en el libre comercio entre las naciones.  El presidente Trump se ha manifestado en contra del libre comercio desde principios de su administración, cuando decidió que los Estados Unidos no participarían en el Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP). A ello se suma la reciente renuncia de Gary Cohn, ahora exasesor económico principal del presidente Trump, y que representaba uno de los partidarios del libre comercio en la actual administración.

¿Por qué  no se exagera cuando se afirma que la actual actitud del presidente de Estados Unidos altera el orden económico mundial? Mucho se ha usado el término “Globalización” para caracterizar la actual fase del capitalismo, que principalmente hace referencia a un poderoso proceso de integración a escala global de las economías nacionales a través del comercio, la tecnología y la inversión. Mucho se avanzó en los procesos de apertura económica, donde México es un claro ejemplo de integración a este esquema globalizador al ser una de las naciones más abiertas del mundo y con una gran cantidad de tratados comerciales.

La consolidación de este proceso globalizador se ubica en la Organización Mundial de Comercio (OMC), que es el pilar fundamental sobre el cual descansan las relaciones comerciales de casi todo el orbe. La OMC garantiza el orden en materia comercial haciendo más fluido y libre el comercio entre las naciones.

Si continúa esta tendencia hacia un mayor proteccionismo impuesta por el presidente Trump, la economía global puede verse afectada en su capacidad productiva y su dinámica de crecimiento. Es un peligro real no visto en décadas. La mayor tensión en las relaciones comerciales puede llevar a la economía mundial un desenlace poco favorable. Medidas como la imposición de aranceles al acero y al aluminio podrían desencadenar una respuesta de las economías afectadas equivalente a la medida norteamericana, es decir, imponiendo aranceles que frenen la exportación de productos de Estados Unidos que sean competitivos en el mercado internacional.

Además, otro elemento que quebranta el orden económico global se refiere a las razones que da Trump para imponer los aranceles, es decir, alude a la “seguridad nacional”, hecho que de igual forma cualquier otro país podría responder alterando de nueva cuenta el acuerdo global. En consecuencia, hay muchas probabilidades de que respuestas de este tipo desencadenen una escalada proteccionista sin sentido, sometiendo a la OMC a una verdadera encrucijada.

Bajo ninguna circunstancia hoy en día el halo proteccionista puede brindar mayor crecimiento y bienestar a la economía mundial, una guerra comercial sólo limita las capacidades productivas globales. Quizá sea hora de recordar lo que aprendimos de los economistas clásicos: no necesariamente el signo positivo de la balanza comercial es la ventaja que genera el comercio exterior,  sino más bien el aprovechamiento de las ventajas que cada nación tiene, lo que expande las fronteras de producción.

EDITORIAL

Teoría y práctica del poder moral

El más claro antecedente de una “constitución moral” en la historia de América Latina es el llamado “cuarto poder” propuesto por Simón Bolívar en el Congreso de Angostura, en 1819. Bolívar compartía con otros republicanos de la primera generación hispanoamericana la idea de que nuestras naciones no estaban preparadas para la democracia, luego de tres siglos de colonialismo y esclavitud. En América Latina, según Bolívar, se requerían ejecutivos fuertes, senados hereditarios y un cuarto poder moral para regenerar la sociedad y producir en poco tiempo ciudadanías virtuosas.

Bolívar llamaba a retomar instituciones antiguas: el Aerópago de Atenas, con sus “guardianes de las costumbres y de las leyes”, los “censores y tribunales domésticos” de Roma, y los “austeros establecimientos de Esparta”. Esos tres “manantiales” antiguos eran la fuente de una política moderna de la virtud, encarnada en el poder moral: “una cuarta potestad cuyo dominio sea la infancia y el corazón de los hombres, el espíritu público, las buenas costumbres, y la moral republicana”.

El republicanismo bolivariano tenía, como sabemos, un acento antiliberal que luego aprovechó la tradición conservadora latinoamericana del siglo XIX. Al menos en Venezuela, aquel republicanismo nutrió la ideología del “cesarismo democrático” de Laureano Vallenilla Lanz y el dictador Juan Vicente Gómez, a principios del siglo XX, y del chavismo a principios del siglo XXI. Hugo Chávez introdujo en la Constitución de 1999 un cuarto poder, el Poder Ciudadano, que es ejercido por el Consejo Moral Republicano.

En Venezuela el Consejo Moral Ciudadano está integrado por el Defensor o Defensora del Pueblo, el Fiscal o la Fiscal General de la República y el Contralor o Contralora de la República. A diferencia del cuarto poder de Bolívar, que se concebía como un organismo supervisor de la educación y la moral, el poder ciudadano chavista es, en realidad, una estructura paralela al poder judicial, subordinada al gobierno. Chávez utilizó esa estructura para instaurar el reeleccionismo por medio de mecanismos plebiscitarios.

Nicolás Maduro, en cambio, se ha servido del Consejo Moral Ciudadano para justificar la represión contra los opositores venezolanos y para imponer una Asamblea Constituyente perpetua, que no fue sometida a consulta popular como establece la propia Constitución. Supuestamente, el objetivo de aquella constituyente era reformar la Carta Magna chavista de 1999, pero al cabo de diez largos meses no hay tal reforma constitucional sino un evidente robo de funciones del poder legislativo legítimo, electo por la ciudadanía venezolana.

En teoría, la idea del cuarto poder, en la tradición republicana, suena bien, siempre y cuando se le despoje de sus elementos conservadores o autoritarios. Nadie, en América Latina, dice ya que el pueblo no está preparado para la democracia, pero sí que la democracia es tan defectuosa y corrupta que el pueblo no la merece. Se llega por esa vía al mismo autoritarismo conservador, ya que las instituciones acaban sujetas al control de un gobierno cada vez más personalizado.

No cabe dudas de que la democracia está en crisis, en América Latina y el mundo. Y la crisis proviene, en buena medida, de los presupuestos liberales clásicos en que se sustenta ese régimen político. El verdadero reto de los ciudadanos y los políticos del siglo XXI es renovar esos presupuestos, de acuerdo con el ritmo acelerado del cambio social, y no desecharlos. Desechar las premisas liberales de la democracia, por la vía comunista o populista, republicana o conservadora, es poner en riesgo la democracia misma.

EDITORIAL

El nuevo orden internacional

El sistema internacional se rige por instituciones y normas. Por ejemplo, el sistema de cortes internacionales que regulan el intercambio económico; acuerdos bilaterales y multilaterales que regulan las relaciones tanto económicas como de seguridad entre países; o documentos que establecen cómo debemos actuar en tiempos de guerra y cómo definir el estatus de refugiados.

Tan acostumbrados estamos a ese orden internacional que se construyó en la posguerra y se consolidó en la década de 1990, que nos parece como si fuera natural. Sin embargo, estas instituciones y normas dependen de un acuerdo constante entre los países para sostenerlas y respetarlas. En el momento en que actores poderosos deciden irrumpir ese orden, los documentos e instituciones de los que tan seguros estamos pierden toda validez.

Es decir, que el orden internacional está estrechamente vinculado al equilibrio de poder.

Desde la llegada de Trump a la presidencia, este orden peligra más que nunca antes. Por un lado, Estados Unidos se ha replegado paulatinamente, dejando espacios para otras potencias; por el otro, las alianzas más cruciales, que mantenían este orden internacional —por ejemplo la alianza entre Europa y Washington— se resquebrajan.

No es coincidencia que, desde la llegada de Trump, los líderes autoritarios de los países más poderosos se han sentido con la libertad de aumentar el control de sus países y expandir su poder en el ámbito internacional. La semana pasada, Xi Jinping, el presidente chino, modificó las reglas que lo limitaban a dos periodos de cinco años para poder reelegirse indefinidamente; lo mismo ha sucedido con Putin en Rusia y con Erdogan en Turquía.

Aunque estos procesos son internos, no cabe duda que estos actores se sienten empoderados por el debilitamiento de Estados Unidos y la Unión Europea y por el aumento de la derecha extrema en Europa. Por años, muchos desearon que Estados Unidos se debilitara, pensando que esto resultaría en un orden internacional más justo; sin embargo, el resultado parece ser casi el opuesto. Aunque es verdad que EU ha violado históricamente muchos de los acuerdos e instituciones del orden internacional, paralelamente Washington ha cuidado, por interés propio, la estabilidad de estas reglas.

A Putin, Xi y a Erdogan les interesa poco sostener este orden; al contrario, se benefician de la inestabilidad. A diferencia de lo que sucede con el presidente estadounidense, que tiene que lidiar con la presión interna de un sistema de contrapesos, estos líderes tienen mucha más libertad de conducirse en el mundo, a su parecer, sin temor a que esto afecte su supervivencia.

Por unos meses parecía que Macron y Merkel tomarían el vacío que dejó Estados Unidos. No obstante, Merkel, líder de un sistema democrático, ha salido enormemente debilitada del proceso de elección interna. Quedan muchas dudas sobre el nuevo reacomodo del poder. Sin embargo, mientras el mundo occidental lucha contra el nacionalismo y la xenofobia de la derecha extrema, las potencias autoritarias se apresuran a construir un nuevo sistema que les beneficie; y es así como varias de las normas que dimos por sentadas amenazan con desaparecer.

EDITORIAL

Fantasmas rusos y venezolanos

Esta semana circuló en las redes un documento de las juventudes bolivarianas de Venezuela, divulgado por el expresidente de Colombia, Andrés Pastrana, en la que se dice que “el año 2018 es un año de batallas electorales, por lo cual el canciller camarada Jorge Arreaza ordena crear cuentas con perfiles independientes para darle apoyo a las campañas en redes sociales de nuestros aliados políticos en el continente”.

Se citan a continuación las cuentas de Twitter que deben ser apoyadas en lo sucesivo: la de Gustavo Petro, en Colombia; la de Fernando Lugo, en Paraguay; y la de Andrés Manuel López Obrador, en México.

“La juventud —concluye la circular interna de las juventudes bolivarianas— tiene la responsabilidad de promover los ideales de Chávez en los países hermanos para elegir un destino mejor para los pueblos de nuestro continente”. El texto lo firma Freddy Gutiérrez, presidente de la comisión de agitación, comunicación y propaganda del partido Socialista Unificado de Venezuela (PSUV).

En Colombia, que tiene elecciones presidenciales el 20 de julio próximo, son conscientes de la intervención venezolana no sólo en los comicios, sino en muchos otros ámbitos. La paz con el ELN no se puede acordar, por ejemplo, porque Venezuela le permite tener a ese grupo armado, involucrado también con el narcotráfico, una amplia retaguardia para operar en Colombia, tras la frontera común de ambos países.

Yo no digo que exista una suerte de complot entre López Obrador y el gobierno venezolano, pero la simpatía mutua es indudable.

Dirigentes de Morena lo expresan públicamente y el gobierno de Nicolás Maduro, también. López Obrador lo niega y dice que jamás conoció a Chávez o, ahora, a Maduro; y probablemente es cierto, pero desde las elecciones de 2006, cuando incluso una de las hijas de Chávez viajó a México con un pasaporte con otro nombre (fue retenida por Migración en el aeropuerto hasta que el gobierno venezolano aceptó que tras una falsa identidad se escondía la hija de Chávez), hasta la visita esta misma semana de Gerardo Fernández Noroña al aniversario de la muerte del exmandatario venezolano, la relación ha sido constante.

Tampoco prestamos demasiada atención a la intervención rusa en las elecciones y López Obrador bromea con la espera del submarino ruso con el oro de Moscú, o con Andrés Manuelovich; pero lo cierto es que esa intervención existe, ya está detectada y se ha dado no sólo en Estados Unidos y en Gran Bretaña, con el Brexit: se ha dado en todos y cada uno de los procesos electorales de los últimos años, desde Holanda hasta Cataluña, pasando por Francia y ahora, en Italia.

¿Por qué podrían tener interés en nosotros? Porque no terminamos de asumir que somos una pieza central del engranaje globalizador, porque somos el principal socio comercial de Estados Unidos, porque tenemos acuerdos comerciales con todas las prin

EDITORIAL

Tiempo de fantasmas

La intercampaña presidencial devino en reyerta entre fantasmas. José Antonio Meade sentencia que mientras uno de sus adversarios lava dinero a través de empresas fantasma, el otro es un idem fiscal, que no existe en el ecosistema fiscal y bancario nacional.

Ricardo Anaya pasó de la risa loca al mensaje adusto, amenazante, ofrece comisión de la verdad, lupa futura sobre los presentes del poder, de Enrique Peña para abajo, y quiere en ello próceres extranjeros imaginando lo ocurrido en Guatemala con su expresidente (Otto Molina) tras las rejas. Anaya y porristas espantan con el petate del muerto.

El panista enfrenta, es esa su vocación y promoción. Ha enfrentado, presume, a Estados Unidos en inglés, of course, a Canadá en francés, aunque no sabemos bien por qué, y al PRI con su endémica corrupción, sólo de un tiempo para acá. Sí, porque su cruzada tiene raíces tiernas.

Enfrentar es lo suyo (otros dicen que traicionar); sin embargo, respecto a las inconsistencias más visibles entre su ritmo de vida, familiar y profesional, Anaya ha optado por la omisión como estrategia. Exige que el Ministerio Público federal una de dos, o actúe en su contra o lo exima, y hace bien; pero de cara a los votantes, Anaya se limita a la oratoria victimista, y de cuentas claras, nada. Se escabulle entre declaraciones patrimoniales mochas.

Andrés Manuel López Obrador está curado de espantos. Lo que hoy le ocupa es un blindaje antifraude de convocatoria global vía la senadora expanista Gabriela Cuevas, para que ojos extranjeros observen y juzguen nuestra elección.

Navaja de doble filo, ya que si AMLO logra semejante arbitraje moral y, contra todo pronóstico, pierde, entonces enfrentará a su peor fantasma, su talante antidemocrático que lo incapacita para reconocer una sola derrota. Sólo cuando ganó en la Ciudad de México no pataleó, pero en Tabasco y dos presidenciales acusó fraude, complot, mafia. Eso sí lo espanta, paraliza y activa en modo eterno campeón sin corona.

José Antonio Meade no exorciza a los prehistóricos fantasmas tricolores o a los del clan Toluca-Atlacomulco. En el 89 aniversario del PRI y en festejo para él solo, los espectros de poderosos militantes que lo acompañarán en sufrida campaña, con escaños y curules garantizados que no arriesgan, como él su futuro, evoca tiempos de Colosio, Labastida y Madrazo, fantasmas que aterran al capaz y eficiente funcionario en un mundo de vivos y vivales.

En tanto, la sala regional del TEPJF revocó el convenio de candidatura común entre PRI, Verde y Nueva Alianza por considerar desproporcionada la relación entre candidaturas y porcentaje de votos para cada partido, que es de 30 por ciento. Los magistrados les dan cinco días a los partidos para reunirse, negociar y establecer parámetros equitativos. El PRI mexiquense minimiza a quienes hicieron posible su triunfo en las pasadas elecciones.

EDITORIAL

Vargas Llosa: de héroe a villano

En 1990, a AMLO se le pusieron coloradas las manos aplaudiendo a Vargas Llosa, porque dijo que México era una dictadura perfecta. Fue dos años después de que Manuel Bartlett (aseguraba) le había robado la elección a Cuauhtémoc Cárdenas.

Pero AMLO se molestó porque Vargas Llosa dijo que un triunfo suyo en las próximas elecciones haría a México “retroceder a una democracia populista y demagógica” y a “las recetas fracasadas, como en el caso de Venezuela”.

En lugar de aprovechar la oportunidad para ponerse en órbita mundial debatiendo con uno de los principales ideólogos liberales del planeta (“no me voy a enganchar”), AMLO recurrió a su especialidad: la frase fofa. “Vargas Llosa es buen escritor, pero mal político”.

Lo dijo porque el Nobel de Literatura perdió unas elecciones presidenciales en Perú: en 1995 contra Alberto Fujimori. Una respuesta desatinada, porque entonces AMLO es peor político que Vargas Llosa, pues él ha perdido dos elecciones presidenciales: 2006 y 2012.

Pero es más relevante la declaración de Vargas Llosa en Madrid, porque demuestra su congruencia como observador de la realidad política mexicana: el viejo PRI al que criticó en 1990 es el PRI que está hoy con AMLO.

Nada más veamos el caso del propio Bartlett: hoy es el prohombre de AMLO en el Senado de la República, pero durante la “dictadura perfecta” era el secretario de Gobernación del PRI a quien la izquierda cardenista (AMLO dentro de ella) acusó de robarle las elecciones de 1988.

Pero qué fue lo que dijo Vargas Llosa aquel 1 de septiembre de 1990:

“La dictadura perfecta no es el comunismo. No es la URSS. No es Fidel Castro. La dictadura perfecta es México. Es la dictadura camuflada. Tiene las características de la dictadura: la permanencia, no de un hombre, pero sí de un partido. Y de un partido que es inamovible”.

Una década después, el PAN llegó al poder con Vicente Fox, en lo que se consideró la muerte del ancien régime y el inicio de una democracia que no hace más que fortalecerse cada día, con elecciones libres e instituciones fuertes.

En cambio, el ancien régime permanece con AMLO, como con su actual “coordinador de gabinete”, Alfonso Romo, de quien el mismo AMLO dijo antes que se benefició del Fobaproa de Zedillo, considerado por AMLO “el fraude más grande de la historia después de la Conquista”.

Y es su cercano Porfirio Muñoz Ledo, dirigente del PRI en 1968, cuando aprobó el informe del presidente Díaz Ordaz sobre la matanza de Tlatelolco, y presidente del partido en el gobierno de Luis Echeverría, de quien el propio AMLO fue funcionario.

Por eso AMLO representa el regreso a viejas recetas.

Como advierte Vargas Llosa.

EDITORIAL

El estilo de Nueva York y el expresidente Correa

En su artículo, “La izquierda latinoamericana: ¿atacada por la derecha y sus propios errores?” (14/2/2018), en la página Confirmado, y reproducido en Cubadebate, diario electrónico del Partido Comunista de Cuba, el expresidente Rafael Correa hace un razonamiento curioso. Dice que las políticas económicas y sociales de los gobiernos izquierdistas, en la primera década del siglo XXI, contribuyeron a la emergencia de una clase media que ahora se muestra inconforme.

El argumento recuerda la vieja sociología marxista-leninista de la “pequeña burguesía”, caracterizada en los anales moscovitas como una clase especialmente egoísta y ambiciosa, ambivalente y traidora. Dice Correa que las “demandas” de esa “nueva clase media no son solamente diferentes, sino antagónicas a las de los pobres, y sucumben más fácilmente a los cantos de sirena de la derecha y su prensa, que les ofrece para todos un estilo de vida a lo New York”.

Es fácil imaginar la recepción favorable del artículo de Correa en los círculos oficiales cubanos, enfrascados en los últimos años en una cruzada contra los sectores económicos emergentes de la isla. Cada vez con mayor desinhibición, el gobierno cubano expone públicamente su interés en que en Cuba no crezca una clase media autónoma, que eventualmente constituya la base social de nuevos actores políticos.

No se trata, como sabemos, de un rechazo a toda la clase media, ya que buena parte del sector oficial —dirigentes, funcionarios, burócratas, empresarios, artistas, intelectuales, ideólogos…— posee un nivel de vida superior al de la mayoría del país. La “pequeña burguesía” que no se desea en Cuba es la que puede impulsar la autonomización de la sociedad civil y apostarle a la democratización de un sistema político que, en buena medida, depende de la precariedad de la vida cotidiana.

Algo que llama la atención del argumento de Correa, y que ilustra, una vez más, el desencuentro entre las izquierdas de Estados Unidos y América Latina, es el uso de Nueva York como símbolo del capitalismo y la derecha. En Estados Unidos, sin embargo, Nueva York funciona como emblema del liberalismo y de la resistencia al conservadurismo del Midwest. Una exposición reciente en la New York Public Library, titulada “You say you want a Revolution”, describe la ciudad como cuna de socialistas y comunistas, anarquistas y trotskistas, del Renacimiento de Harlem y de la rebelión sexual y feminista de los 60.

En esa “prensa” que aborrece Rafael Correa, Bill di Blasio es un “new yorker” más representativo que Donald Trump. En el último año, la alcaldía de Nueva York ha funcionado como una pequeña némesis de la Casa Blanca en temas tan diversos como el racismo, la migración, la salud, la educación, los derechos sexuales y el control de armas. Tal vez a Correa, como a Nicolás Maduro, le cueste asimilar que un periódico como el New York Times, la principal plataforma del antitrumpismo, hable de su “legado autoritario”.

EDITORIAL

¿La tiraría al basurero?

La Reforma Educativa tarde que temprano será uno de los grandes centros de discusión en las campañas presidenciales. Hasta ahora sólo han sido esbozadas algunas ideas de los suspirantes que no se pueden tomar en serio.

Quien más se ha referido a ella ha sido el candidato de Morena, dice que es la “mal llamada Reforma Educativa”. Se entiende que en tiempos de esa extraña figura electoral denominada precampaña, lo que se haya dicho podría haber tenido que ver con el intento de acercarse al magisterio disidente en medio de la vendimia del voto, más que con propuestas de fondo.

Lo único que se ha escuchado hasta ahora ha sido el no como definición sobre la reforma, pero no ha habido nada que tenga que ver con alternativas al proyecto que ya se ha empezado a instrumentar. Es de imaginar que en las campañas habrá algo más que el muy socorrido no.

La reforma, con todas las limitaciones y críticas que puede merecer, es el proyecto educativo más importante y significativo del país en décadas, y no puede ser desechada por un puñado de votos.

Las alianzas que ha venido construyendo López Obrador en el área educativa le pueden traer consecuencias graves. Suponemos que debe saber que no sólo se trata de ganar votos a través de esas singulares uniones, se trata de la educación del país.

Para discutir y analizar no tiene sentido ir de la mano con exlíderes y familiares, ellos han sido parte del gran problema de la educación en México. Es muy probable que ella y ellos estén pensando más que en la educación en una venganza política.

Han olvidado lo que hicieron a lo largo de años y cómo fue que vivieron bajo privilegios y complicidades con gobiernos del PRI y del PAN. Lo que no olvidan por ningún motivo fue lo que les hicieron, que fue lo mismo que hicieron hace muchos años con Carlos Jonguitud.

López Obrador lo sabe muy bien. Conoce como pocos las entrañas del sistema y sus formas. Lo sabe porque ese mismo sistema lo trató de aniquilar sin concesión alguna y también porque se vio beneficiado por él en sus tiempos de juventud priista.

El candidato de Morena requiere de otro tipo de aliados para muchos temas, empezando por el educativo. La prensa estadounidense, suponemos, le habrá hecho pensar en sus alianzas, en particular sobre uno de sus muy cercanos. De nuevo se hicieron públicos los muy conocidos devaneos de Alfonso Romo.

En materia educativa sus aliados deben ser el INEE y la gran cantidad de investigadores y especialistas que hay en el tema, a lo que se deben sumar padres de familia, maestros y estudiantes.

Es lo que se hizo originalmente en la creación de la reforma. Se puede estar a favor o en contra de ella, pero el método de consulta debe ser similar. Partir de cero o negar la reforma por principio, tratando de sumar maestros disidentes, insistimos, es un error.

¿Va a ser la exlideresa del SNTE su apoyo para construir una nueva Reforma Educativa? Si es así, de antemano podemos adelantar que no hay futuro.

La reforma tiene muchas virtudes, y también es cierto que hay que trabajarla en diversas áreas. La clave es con quién hacer alianzas para ello.

Hay que acercarse también a ONG, a las que nadie está atendiendo. A ellas se les deben buena parte de los cambios en el país.

¿Con quién va a aliarse López Obrador para abordar la Reforma Educativa, en caso de que gane?

¿Realmente cree que no sirve de nada?

EDITORIAL

Empoderar a las mujeres

Vivimos tiempos difíciles, pero estimulantes. Si bien ésta es una época de grandes oportunidades, la humanidad en su conjunto enfrenta también grandes amenazas que el cambio climático no hace más que empeorar. La pérdida de vidas humanas y de recursos por los desastres climáticos es simplemente inaceptable y el costo económico de la inacción es demasiado alto.

En estos momentos, el sistema multilateral está a prueba. Los gobiernos nacionales, por sí mismos, no pueden garantizar la prosperidad de los pueblos sin que haya una transformación económica y social profunda. Esa transformación debe hacerse con la participación de todos y todas. La igualdad de género y el empoderamiento de las mujeres y las niñas son factores clave en este proceso. Hay que empoderarlas para la acción climática, no sólo porque es justo, sino también inteligente. Sencillamente, más de 50% de la población no puede ser excluida de las políticas de desarrollo.

Aunque generalmente se reconoce que hacen falta más mujeres en puestos de decisión en materia de cambio climático y sustentabilidad, persisten obstáculos en todos los sectores para su total inclusión, debido a distintos motivos: barreras culturales, estructurales e institucionales que hay que eliminar.

La iniciativa de C40 Mujeres por el Clima celebra, en unos días, una importante reunión en la Ciudad de México para fomentar el diálogo entre las líderes de hoy y las que lo serán mañana. Tengo el honor de formar parte de dicha iniciativa como mentora internacional, apoyando a mujeres jóvenes que luchan contra el cambio climático desde sus comunidades. Para mí es sumamente importante hacer todo lo que esté en mis manos para promover la perspectiva de género y el empoderamiento de las mujeres en cualquier debate y actividad relacionados con el cambio climático. Por tal motivo, seguiré promoviendo nuevos espacios que den voz a las mujeres.

La iniciativa Momentum for Change-Impulso para el Cambio de la secretaría de ONU Cambio Climático también da visibilidad a proyectos en los que las mujeres demuestran su liderazgo en distintas partes del mundo para frenar el cambio climático o paliar sus efectos, aportando un gran beneficio a sus comunidades. Son ejemplos de que las mujeres están ganando terreno, tanto en las zonas rurales como en las grandes ciudades. Pero estos avances no son suficientes.

Debemos hoy escuchar todas las voces, sobre todo aquellas que históricamente han estado poco representadas. Las mujeres deben participar plenamente en la toma de decisiones para impulsar el desarrollo, transformar la economía y actuar en favor del clima. Al aprovechar juntos las oportunidades que nos ofrecen el Acuerdo de París y los Objetivos de Desarrollo Sostenible lograremos la igualdad de género y construiremos una sociedad más segura y próspera. Las mujeres podemos, y debemos, desempeñar un papel central en la titánica tarea de salvar al planeta.

EDITORIAL

 

 

Después de las elecciones

 

Todo proceso electoral conlleva riesgos. El riesgo es intrínseco a la elección y no es necesariamente algo negativo, es parte del proceso mismo porque a los ciudadanos sólo les queda claro cómo se va a gobernar cuando se empieza a gobernar.

Una cosa es la infinidad de promesas de campaña y otra muy distinta es estar sentado en la silla. No se sabe qué podrá pasar. Lo que ayuda es que existen instrumentos que limitan que al llegar al poder se violenten las reglas y se acabe en algo que podríamos llamar “enloquecimiento” por el poder.

El valor de la democracia no sólo está en las elecciones, sino que también está en la vigilancia que la sociedad debe hacer del ejercicio del poder. Éste es uno de los grandes valores de la democracia que colocan a los ciudadanos en los terrenos de los derechos y obligaciones y a los gobernantes en la rendición de cuentas y la transparencia.

Se debe atender el diseño de una fórmula que coloque al Ejecutivo y al Legislativo cara a cara, no puede seguir siendo una relación a control remoto. Los legisladores han hecho de las cámaras una especie de muro para evitar que los presidentes asistan a ellas y, de manera paralela, ni Fox ni Calderón ni Peña Nieto hicieron algo por cambiar las cosas.

Es probable que los resultados de las elecciones no sólo coloquen a la oposición en Los Pinos, sino que también pudieran provocar un cambio dramático al interior de los partidos, empezando por el PRI, sin hacer a un lado al PAN y al PRD, hay crisis que no se borrarán con la posibilidad de buenos resultados.

El PRI tuvo que recurrir a un candidato externo, tanto a la Presidencia como a la CDMX. El tricolor está tratando de dejar de ser lo que es para ver si así puede ganar, siendo lo que es no gana. PAN y PRD optaron por aliarse porque saben que por separado no les da para algo grande.

Morena no tiene por lo pronto graves problemas. Da la impresión de que nadie se atreve a ser crítico ni a decir algo que pudiera ir en contra de López Obrador, quien ha hecho el partido a su imagen y semejanza. Habrá que estar atentos cuando al interior del partido aparezcan inevitables procesos de rebelión o de crítica, elementos propios de la actividad política y de la vida de los partidos.

Es un enigma el por qué no ha aparecido un solo militante o simpatizante de Morena que cuestione, o al menos se pregunte, por qué Cuauhtémoc Blanco es su candidato a la gubernatura de Morelos. De nuevo una singular encuesta definió una candidatura.

Sean unos u otros es un hecho que la crisis de los partidos será un tema central después de las elecciones, a lo que se deberá sumar la gobernabilidad. Difícilmente alguien va a ganar la elección de manera holgada, lo que obliga a tomar en cuenta a sus opositores si quiere consensos y gobernabilidad, y sobre todo si quiere evitar los tentadores extremos.

Serán tareas qué atender en cuanto pase la tormenta electoral, sin pasar por alto que lo mejor que podrían hacer los partidos es verse a sí mismos. Si a estas alturas no se han dado cuenta de que son parte del problema, además de carecer de autocrítica, terminan siendo irresponsables.

 

Muchas cosas hay que pensar y hacer para cuando lleguen los días posteriores a las elecciones. Los partidos en algunos casos se tendrán que reinventar porque no pueden seguir como están, ya no son operativos.

Hay que atacar el problema del dinero. La cantidad que se mueve hacia los partidos, todos, incluyendo los que se quejan como forma de vida, es, para decir lo menos, grosera.

Finalmente se debe revisar el proceso que hemos vivido estos días, el cual ha resultado un fiasco, en medio de abrumadores spots y dinero y más dinero; las precampañas son campañas y los precandidatos son candidatos.

1 30 31 32 33 34 43