EDITORIAL

El retroceso brasileño

Hace diez años, Brasil era el ejemplo favorito para señalar el camino hacia la salida del atraso. Después de superar casi tres décadas de dictadura, el país tenía un crecimiento económico que parecía no detenerse, la pobreza se combatía con programas sociales muy intensos y el PT, el partido de Lula da Silva, parecía una fuerza imparable.

Hoy Brasil no sólo vive una crisis económica devastadora, sino que se encuentra en una crisis política mayúscula. Después de la destitución de Dilma Rousseff en 2016 y del desastre de la presidencia de Michel Temer, el líder de todas las encuestas para las elecciones de 2018 es Jair Bolsonaro, un militar y político del cual uno puede tener una idea más o menos clara leyendo algunas de las frases que ha lanzado a lo largo de su carrera:

“El único error de la dictadura fue torturar en lugar de matar”. “Preferiría que mi hijo muriera en un accidente de auto antes que verlo saliendo con otro hombre”. “El 90% de los hijos de adoptados por homosexuales van a ser homosexuales y se van a prostituir, con seguridad”. “No te violaría porque no lo mereces, eres demasiado fea”. “Tengo cuatro hijos, pero tuve un momento de debilidad y por eso la quinta fue mujer”. “No voy a combatir ni a discriminar, pero si veo a dos hombres besándose en la calle, les voy a pegar”. “Los pobres sólo sirven para una cosa en nuestro país: para votar”. “Un policía que no mata no es un policía”. “Nunca he golpeado a mi esposa, pero muchas veces he querido dispararle”. “La basura del mundo está llegando a Brasil, como si no tuviéramos suficientes problemas por resolver”. “Con nosotros en el gobierno no habrá tal cosa como política de derechos humanos. Estos bandidos morirán porque no les daremos recursos del gobierno. En lugar de paz, estas ONG le hacen daño a nuestro país”.

Sin medias tintas, Bolsonaro es un misógino, racista, clasista, homófobo y partidario de la dictadura. Y a pesar de ello, llegó al final de la campaña electoral con un promedio de 15 puntos de ventaja en las encuestas. Su agrupación política, el Partido Social Liberal (PSL), ha dado un salto sin precedentes: en la primera elección que participaron, en 2002, ganaron un solo asiento de los 513 de la Cámara de Diputados y ningún senador. En 2015 avanzaron, pero sólo para tener 8 curules. El PSL era una fuerza testimonial en la política brasileña y, sin embargo, ayer triunfaron en la primera vuelta presidencial con casi 45% de los votos y están a dos pasos del poder.

Para ganar la presidencia, Bolsonaro aún debe superar la segunda vuelta, que se llevará a cabo el 28 de octubre y en la que se enfrentará contra Fernando Haddad, el heredero de la candidatura que Lula da Silva no pudo abanderar por estar en la cárcel. El pronóstico de este enfrentamiento es reservado y el análisis debe profundizarse más adelante, pero la simple irrupción de la “ideología” de Bolsonaro es suficiente para comenzar a dimensionar el tamaño del retroceso político en Brasil.

EDITORIAL

Dense pausa

El futuro gobierno sigue padeciendo de ansiedad. Quiere gobernar sin tener el poder formal para hacerlo. Como le decíamos hace unos días, el riesgo es el desgaste gratuito.

Está padeciendo situaciones evitables. Actúa como si la plaza fuera suya; y todavía no lo es. Una cosa es que quien la va a entregar esté vencido y otra, muy distinta, es que ya sea suya.

El ejercicio del poder ofrece ventajas, pero también expone y desgasta. El nuevo gobierno está expuesto, sin tener el poder real. Estamos, por el desarrollo de la gobernabilidad por venir, que López Obrador deje de ser el tótem supremo.

En cuanto se eche a andar el gobierno, va a perder buena parte del control. Para un país como el nuestro, tan grande y con un buen número de dependencias descentralizadas, no le va a ser posible tener el control total, ni tampoco hacer todo lo que quiera. Habrá limitaciones, muchas de las cuales ya las ha de estar viendo, y eso que todavía no está en la silla.

Las ansias se han extendido a su equipo. El lance de Conacyt, a pesar de las aclaraciones, no deja de ser otro pasaje más que el querer actuar y decidir cuando todavía faltan días para hacerlo. Se suma la importancia que tienen las formas para hacer las cosas, y con mayor razón cuando están a la espera de su turno.

Con la construcción del aeropuerto puede empezar a suceder algo parecido. La reunión que tuvieron el miércoles algunos integrantes del futuro gobierno con habitantes de la zona de Texcoco evidenció que están en contra de este proyecto. No se sabe si su posición se debió a que querían quedar bien con las comunidades en la reunión, la cual más bien parecía un mitin.

Cabe también que, efectivamente, estén en contra de Texcoco, ante lo cual están en su legítimo derecho. Sin embargo, bajo la posición que guardan como parte del futuro gobierno, el cual propaga que se debe analizar objetivamente toda la información que le permita al “pueblo” tomar la mejor decisión, flaco favor le andan haciendo a la consulta o encuesta.

Como le decíamos, las versiones sobre lo que ha venido pasando en las conversaciones y presuntos acuerdos entre el Grupo Aeroportuario y los habitantes de las comunidades de la zona donde se está construyendo el aeropuerto, no pueden ser más contradictorias y diferentes.

Se van a tener que hacer muchas cosas antes del 28 de octubre, día de la consulta, para que tenga legitimidad. No se sabe ni qué se va preguntar, a casi 15 días de ella. No vaya a pasar lo que el todopoderoso Alfonso Romo dice en voz baja: no creo que la gente vaya a salir a votar.

Tienen que, por lo pronto, bajarle a sus ansias e impulsos. El caso de Margo Glantz en el FCE, junto con la propuesta de López Obrador a Paco Ignacio Taibo, para que fuera el director del Fondo, aparentemente en lugar de Margo, hace público lo privado.

No parece ser lo mejor proponerle a alguien, se trate de quien se trae, ser director de una instancia de peso e historia cultural y social como el FCE, casi que en plena calle.

Es  muy probable que el nuevo gobierno se esté dando cuenta del tamaño del problema que tiene enfrente. Va la obviedad: no es lo mismo verlo de fuera, que desde adentro; y eso que seguramente no ha visto ni la mitad de lo que les espera.

Entender que no se puede hacer todo en seis años y que todo lo que se ha hecho no necesariamente está mal, es un buen principio. Hay que empezar a seleccionar batallas. En las campañas se promete una y otra vez, se juega con ello y se apela a la esperanza.

Gobernar es otra cosa: es la terca realidad. Todos sabemos que no van a poder hacer todo lo que genuinamente quieren. Va a ser difícil que en el corto y mediano plazos no entren en un proceso de desgaste y reclamos.

No se adelanten. Lo que viene seguramente los va a abrumar, se andan viendo improvisados; dejen que llegue ese momento.

EDITORIAL

Revolución cultural a la mexicana

Mucho se ha dicho del movimiento del 68 en México. Pero el 68 mexicano no fue ajeno a un movimiento global que tuvo repercusiones en todo Occidente, desde París a Praga, desde la Universidad de Stanford hasta la convención demócrata de Chicago, con el telón de fondo de la guerra de Vietnam y los asesinatos de Martin Luther King y Robert Kennedy. Fue un gran movimiento de las juventudes, que había despertado desde principios de los años 60 y que cambió, literalmente, todo.

El Movimiento Estudiantil de 1968 no fue un hecho que naciera de la casualidad; fue una consecuencia de un movimiento global.

En aquella época, varios sectores del gobierno de Gustavo Díaz Ordaz aseguraban que el movimiento fue fomentado, sostenido y armado por agentes comunistas de la Unión Soviética y de Cuba.

Eran tiempos de la Guerra Fría, de la confrontación ideológica entre socialismo y capitalismo, en donde las potencias Estados Unidos y Unión Soviética se disputaban la hegemonía del mundo.

En ese contexto, y alentado por las revoluciones en China, Vietnam y Cuba, se desarrollaron varios movimientos populares en todo el mundo.

Fue el tiempo en el que Estados Unidos promovió nuevos métodos y “medidas políticas” para desactivar la insurgencia, ya que consideraban al “tercer mundo” terreno fértil para el desarrollo de levantamientos y otros conflictos.

Pero también fue la época de los grandes debates teóricos y de las definiciones políticas en el campo socialista, entre trotskistas, marxistas, leninistas, maoístas… los cuales giraban en torno a las vías para la construcción del socialismo y de las críticas al mismo.

Fue también un periodo en el que algunos pensadores recuperaron el estudio psicoanalítico de Freud para construir una explicación distinta a la estructuración de la sociedad. Los estudios de teoría social que realizaba esta escuela eran también conocidos como “teoría crítica”.

Es en este marco en el que detona el Movimiento Estudiantil de 1968, en un mundo polarizado por el socialismo o capitalismo; con objetivos similares a la lucha de estudiantes en otros países contra el autoritarismo, la represión, la persecución y encarcelamiento de luchadores sociales, y a favor de la democracia real y la justicia social.

El movimiento estudiantil tuvo antecedentes de movilizaciones y protestas en varios países.

En Estados Unidos las protestas contra la Guerra de Vietnam eran cada vez mayores; el movimiento por los derechos civiles tomó fuerza tras el asesinato de dos líderes significativos: Martin Luther King y Robert Kennedy.

Mientras tanto, en Checoslovaquia se llevaba a cabo la llamada Primavera de Praga, un periodo de liberalización política que pretendía darle “una cara humana al socialismo” y que, se dice, fue el desencadenante del movimiento parisino.

Hoy, muchos quieren comparar lo que fue aquel movimiento del 68.  Los jóvenes de hace 50 años tenían ideales, buscaban democracia,  tenían pensamientos muy elaborados. Fue la época del rock y de grandes movimientos culturales. Los chavos mexicanos formaban parte de movimientos en muchas partes del mundo, en búsqueda de libertades y de ser escuchados.

No nos engañemos; lo que tenemos hoy, con algunos de los movimientos que se han dado, entre ellos la desaparición de los jóvenes de Ayotzinapa, poco tienen que ver con esos ideales, con esa cultura.

Hoy lo que tenemos son miles de personas víctimas de la delincuencia organizada. Narcotraficantes que han acabado con la vida de muchísimas personas, que han dejado a México —sobre todo en ciertas zonas del país, como Veracruz— en un auténtico  cementerio; con fosas comunes en donde incluso se han encontrado restos de bebés.

No confundamos el movimiento del 68 con la violencia cotidiana que vivimos hoy.

EDITORIAL

La matanza del 2 de octubre fue planeada

La matanza del 2 de octubre fue cuidadosamente planeada por el entonces titular de Gobernación, Luis Echeverría; por el regente de la ciudad de México, Alfonso Corona del Rosal; por el jefe del Estado Mayor presidencial, el general Luis Gutiérrez Oropeza. Todo estaba preparado para que el famoso “Batallón Olimpia” detuviera a todo el Consejo Nacional de Huelga.

Pensaban que deteniendo a los 240 jóvenes podrían resolver el problema y llevar a cabo las Olimpiadas, como sucedió una semana después. Para reprimir, los funcionarios le vendieron la idea al entonces presidente Gustavo Díaz Ordaz, que era un movimiento para implantar el comunismo. Ante ello, la forma más fácil fue reprimir brutalmente a los estudiantes.

Aquella tarde, una vez que el helicóptero que sobrevolaba la Plaza de las Tres Cultura, soltó sus bengalas, mientras los integrantes del Batallón Olimpia, que tenían rodeado el edificio Chihuahua en donde nos encontrábamos dirigentes estudiantiles, periodistas y gente que ahí vivía, nos insultaban, nos amedrentaban. Pero se oyeron en las escaleras los primeros tiros y fue el inicio para que se iniciara el zafarrancho.

Fueron muchas horas de angustia, de sentir como el tableteo de armas poderosas barrían todo el tercer piso y ahí fueron heridos dos periodistas, la italiana Oriana Fallachi y Rodolfo Rojas Zea. Los del grupo paramilitar compuesto por militares, marinos, agentes de la Policía Judicial y sobre todo de la temible Dirección Federal de Seguridad, desde ahí no respondieron los ataques que venían desde la Plaza.

Dos años después, ese grupo de la Federal de Seguridad se convertiría en la escolta presidencial de Luis Echeverría Álvarez, a quien se le acusa de haber sido el principal orquestador de esa matanza de estudiantes.

Pero las autoridades nunca dieron una explicación de ese atentado, todo lo reducían a señalar que estaban salvando a la patria del comunismo.

Pero las balas salían de todas partes, de los edificios que están al frente del Chihuahua, del edificio de la secretaría de Relaciones Exteriores, en donde se veía mucha actividad, de donde filmaban para entregar la película de Díaz Ordaz, seguramente para presumir a sus amigos “salvé a la patria”.

Sin lugar a duda, fue el ataque más sanguinario en contra de un grupo de estudiantes, indefensos todos ellos. Inclusive, la bala que recibió el comandante el general José Hernández Toledo salió de la pistola de un agente judicial.

Sin embargo, es necesario reconocer que, desde el tercer piso del edificio, vimos cómo oficiales de Ejército facilitaban a muchos estudiantes la salida para evitar caer asesinados. Les marcaban el camino, los corredores por donde podían escapar.

Los edificios fueron tomados, los iban cateando en la búsqueda de dirigentes del Consejo Nacional de Huelga, la violencia seguía en forma intensa. Había sangre en todos lados, en escaleras, en los pasillos, en paredes, la gente que habitaba los departamentos quedó atrapada.

En la explanada habría unas cinco mil personas de acuerdo con datos oficiales. Los grupos de para militares fueron los más sangrientos. El fuego más granado lo hacen desde los edificios del ISSSTE, del de Relaciones Exteriores, Molino del Rey, de ahí dispararon en contra de los jóvenes.

Al final fueron 40 o 45 estudiantes que cayeron brutalmente asesinados y 20 o 25 desaparecidos y varios miles de estudiantes que fueron detenidos, en el Campo Militar número uno, otros en la Tercera Delegación de Policía, algunos más en hospitales, para curar las heridas de las balas o de las bayonetas.

El gobierno pudo realizar las olimpiadas, los jóvenes unos en la cárcel, otros huyendo, los que tenían algún familiar con recursos salieron hacia el extranjero para evitar la persecución y los salvajes interrogatorios.

A partir de ese momento, se inició un cambio social, una década después fue enterrado el Partido Comunista Mexicano, cambiaron leyes electorales y se inició un proceso democrático.

EDITORIAL

Somos el 68

Sin importar las diferencias o coincidencias sobre el origen y rumbo del movimiento estudiantil de 1968, lo mejor estos días ha sido la toma de conciencia, tanto por su importancia en la historia moderna del país como por la reacción social que ha provocado.

Todos identificamos al movimiento como un parteaguas político y social. Vemos en el 68 la construcción de nuestra democracia, con todas las limitaciones y defectos que pueda tener. Fue un año en que el mundo se sacudió, lo que pasaba en un país alcanzaba a otro, sin importar si existía entre ellos alguna cercanía o identidad.

Fue una reacción histórica ante lo que millones de jóvenes vivían en el mundo. Fue el tiempo de la búsqueda del cambio. Las formas de socialización dejaron de tener vigencia y espacios, se requería de una transformación y de cambios en todos los ámbitos. Todo era susceptible de ser cuestionado y discutido.

La brutal violencia del gobierno, en particular el 2 de octubre, coloca en segundo plano la riqueza y fuerza del movimiento estudiantil. Para muchos jóvenes sus vidas, a partir de ese año, tuvieron un antes y un después. Les dejó una marca imborrable, la cual los llena de tristeza y rabia, pero también de un profundo orgullo.

El saberse parte central de un pasaje fundamental en la historia moderna de México los coloca como partícipes y constructores, directos o indirectos, del presente. Por mínima que haya sido su presencia en las calles y en los mítines, lo cierto es que fueron parte de una reacción juvenil en contra del autoritarismo y en favor de la transparencia, el diálogo, las libertades y el cambio democrático.

“El 2 de octubre no se olvida” es una consigna integral. Si bien la represión terminó por ser el fin del movimiento, es también una forma de recordar y no olvidar lo vivido por una generación a lo largo de meses.

A la distancia se confirma que la reacción del gobierno ante el movimiento estudiantil fue absurda, irreflexiva, insensible y cargada de una violencia que debió ser evitada. Lo que agravó aún más las cosas, fue que el 68 creó a lo largo de varios años una imagen adversa de las fuerzas armadas, siendo que actuaron, según todos los informes y testimonios, acatando órdenes del poder político.

Las secuelas se siguen viviendo. El papel del Ejército en escenarios políticos ha pasado por complejos momentos, muchas de las veces derivado de las secuelas que dejó el 2 de octubre. Hoy, las Fuerzas Armadas han sido llevadas a la lucha contra la delincuencia organizada, lo que las ha expuesto aún más.

Gustavo Díaz Ordaz planteó un violento y brutal ataque como “la solución”, la cual al final lo marcó de forma definitiva con quienes serían el futuro del país, los jóvenes.

No queda claro con base en qué elementos tomó Díaz Ordaz sus decisiones. Los servicios de inteligencia eran inoperantes, y más bien fue con base en sus temores, a lo que la prensa en lo general informaba, sin olvidar que era dirigida por el mismo gobierno, y además utilizaba también los desiguales reportes de Gobernación, dependencia encabezada por un personaje que quería ser presidente.

Se creyeron la absurda invención de que lo que se quería era implantar un régimen comunista o socialista.

Díaz Ordaz se fue perdiendo entre sus equivocados diagnósticos y sus discursos. Pasó de ofrecer la “mano tendida” al feroz discurso de su informe de gobierno ante un Congreso entregado y cómplice que todo le festejaba.

La historia de alguna u otra forma está escrita. Fue un momento glorioso, con un desenlace que no debe ser olvidado. Hay algo claro en lo más profundo del imaginario colectivo nacional, todos sabemos que somos el 68.

EDITORIAL

El tráiler itinerante, reflejo de lo que no hemos resuelto

 

Tanto consternación, indignación y protestas causó la noticia del contenedor refrigerado que deambuló en Jalisco con 273 cuerpos, que por unos días olvidamos que, si bien es grave que suceda, lo es más la trepidante violencia mortal que se impone todos los días, hasta destruir el asombro para instalarse con categoría de normal.

La muerte va de prisa y cada vez parece encontrarnos más pasmados, en una especie de adormecimiento como protección frente a lo que no alcanzamos a comprender y, menos, evitar.

En 2015, la tasa de homicidios fue de 12 por cada 100 mil habitantes; misma que se duplicó en cuatro años.

El Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP) informó que tenía registrados 29 mil 146 homicidios en 2017; el INEGI, por su parte, colocó la cifra en 31 mil 174, lo que equivale a una tasa de 25 por cada 100 mil habitantes.

Ningún sistema de atención forense puede estar preparado para este crecimiento.

De enero a junio de este año, de acuerdo con el SESNSP, la cifra es de 15 mil 973; es decir, 87 cada día. ¿Hay otro país en el mundo que cuente casi un centenar de homicidios cada 24 horas?

Como para decir Basta. Como para sacudirnos esta resignación, esta indiferencia, este miedo silencioso que compartimos.

Ni las 200 criptas que se construyeron en Tonalá, Jalisco, en 2016; ni las 10 cámaras frigoríficas que se compraron en Guerrero para almacenar hasta 900 cuerpos; ni el tráiler que compró el gobierno de Veracruz con contenedor frigorífico para 300 espacios, para duplicar la capacidad; ni el nuevo refrigerador de Tijuana para 50 cuerpos; ni los que se hayan adquirido en otras ciudades y estados bastarán, si no detenemos el avance de la muerte.

La imagen del contenedor ambulante de Jalisco sobrecogió por su itinerante extravío, su carga mortal y anónima; el trato de material de desecho que se le da a la dignidad humana.

Pero, sobre todo, porque detrás de la imagen hay dolor. El dolor de las víctimas, privadas de la vida en quién sabe qué circunstancias; el dolor de las familias que no saben dónde están aquellos de sus miembros que un mal día desaparecieron.

Más aún, nos sobrecoge porque nos recuerda, de una forma descarnada, que todos los días perdemos vidas sin que hayamos encontrado la manera de detener la tragedia. Y porque, además, nos recuerda que no sólo no hemos frenado al crimen. Tampoco hemos sabido reencontrar a los deudos con sus muertos, ni contener la entrada de armas al país, ni castigar a los homicidas, ni darles repuesta a quienes buscan a sus desaparecidos, ni erradicar la colusión de autoridades. Ni honrar con hechos a los muchos hombres y mujeres de bien que han ofrendado su vida en esta lucha, desde las Fuerzas Armadas y las corporaciones policiales. Y mucho menos, encontrar una rendija de luz en el oscuro y largo túnel de la violencia más absurda que haya conocido este país.

Hace tiempo que debió haber llegado el momento de poner el alto a esta sangría. En todo caso, si no fue antes, que sea ahora.

Necesitamos encontrar nuevos caminos, porque lo que ha dejado de hacerse es omisión culpable y lo que se ha hecho ha sido infructuoso. Empecemos por unirnos en la causa.

EDITORIAL

Morena-PES, empiezan los líos

A Morena le van a cobrar varias facturas por sus singulares alianzas. En diputados le pasó cerca la bala. Rectificaron a tiempo y lograron cambiar la asignación de dos comisiones que insospechadamente le habían otorgado al PES.

Es el costo de establecer acuerdos con una organización con la cual, se supone, no tienen nada qué ver. Hay que pagar, conceder y aceptar por esto; ellos fueron quienes lo decidieron; es su responsabilidad.

Lo que llama la atención, es que al interior de la bancada de Morena nadie haya reparado en los efectos que tendría concederle las Comisiones de Salud y Cultura a un partido como el PES.

Las protestas no sólo vinieron de grupos ajenos a Morena; también procedieron del propio partido. El #nonosfallesmorena se convirtió en lo que se llama trending topic, por razones evidentes.

Entregar las Comisiones de Cultura y Salud a un partido que concibe estos ámbitos de manera diametralmente opuesta, por lo menos en el papel, para Morena era un sinsentido. Sólo vieron lo que estaba pasando cuando se dejaron venir las protestas; lo delicado es que no se habían dado cuenta de lo que estaban haciendo.

En los afanes de cumplir compromisos, entregan comisiones como si fueran panes. Rectificaron y esto es, sin duda, de gran importancia; sin embargo, la cuestión es que han dejado un antecedente en la mesa.

Cuántas veces más Morena se verá obligada a ceder por acuerdos con un partido con el que no tienen nada qué ver. Antes de que se diera la alianza, las expresiones desde Morena hacia el PES eran contundentes, críticas y distantes.

Recordemos la sorpresa que causó en muchos militantes y simpatizantes del partido, la decisión e imposición de López Obrador, de aliarse con Encuentro Social. Nadie se atrevió a cuestionarlo, a pesar de que muchos no estaban de acuerdo; quienes lo hicieron, fue en voz baja.

En esta ocasión la libraron y en el balance no les fue tan mal. Sin embargo, lo que pasó es el primer capítulo de varios que van a tener que enfrentar, y ante los cuales debe tener la máxima atención; además de considerar en qué áreas no deben ceder, para que no les pase lo de esta semana. Las protestas y manifestaciones les llegaron a la Cámara de Diputados y se multiplicaron donde particularmente les duele: en las redes.

En Morelos, Morena vivió hace unas semanas otro lío con su singular aliado. Da la impresión que desde las alturas atemperaron los ánimos, lo que tranquilizó, por el momento, a la y el involucrado. No vemos que la presidenta de Morena vaya a bajar el nivel de crítica hacia un personaje con quien establecieron una singular alianza; por cierto, evitable.

Como era de suponerse, el gobernador electo de Morelos ha empezado a correr por la libre. Cuauhtémoc Blanco parte de que si a alguien se la debe es a los votantes; los partidos fueron el medio para conseguir la gubernatura. Es la misma dinámica que llevó a cabo como presidente municipal de Cuernavaca, al final no le hacía caso ni a su propio partido.

Esta historia no ha terminado. No va a pasar mucho tiempo para que Yeidckol Polevnsky y el Cuau suelten de nuevo las manos. La primera se volverá a quejar, subiendo su tono de voz; en tanto que el próximo gobernador dirá que los acuerdos los hizo con López Obrador.

El problema es de origen y quizá, de nuevo, muchos en Morena se atrevan a volverse a preguntar si valía la pena la alianza. El pragmatismo en el que andan tiene un límite.

EDITORIAL

Trump y la otra cara de la globalización

Donald Trump habló el pasado martes en la Asamblea General de la ONU sobre la postura que él considera que Estados Unidos debe tener frente al mundo: “No seremos rehenes de viejos dogmas, ideologías desacreditadas y ‘llamados expertos’”; “Creemos que el comercio debe ser justo y recíproco. A Estados Unidos no le seguirán sacando ventaja”.

“América es gobernado por americanos. Rechazamos la ideología del globalismo y nos adherimos a la doctrina del patriotismo”. Las frases vagas del Presidente —el comercio es recíproco por definición— cobran relevancia porque representan la manera de pensar de un sector amplio de la sociedad estadounidense: los votantes de Trump.

Una de las mejores formas de entender al electorado de Trump es verlo como un movimiento de rechazo a las consecuencias de la globalización (no a la globalización en sí misma, es importante aclararlo). Ese rechazo tiene una razón de ser. El desarrollo tecnológico y la globalización han traído enormes beneficios al mundo, pero también han sido un reto doloroso para segmentos amplios de la población estadounidense (y occidental, en general): empleos perdidos porque empresas que llevaban décadas instaladas en una ciudad migran a países en los que sus operaciones serán más baratas; productores agrícolas que deben competir contra multinacionales que tienen mejores tecnologías y contra otros productores de países en los que la mano de obra es mucho más barata; y mano de obra cualificada que debe competir con el avance tecnológico y con migrantes.

La solución no es rechazar la globalización, pues está propiciando una asignación más eficiente de los recursos a nivel mundial, y eso implica múltiples beneficios económicos. Pero tampoco se puede ignorar el malestar de algunos sectores. En 2013, los economistas Christoph Lakner y Branko Milanovic encontraron que, de 1988 a 2008, el ingreso de la clase media de los países en vías de desarrollo creció hasta en 80 por ciento y el ingreso del 1 por ciento más rico del mundo creció hasta en 60 por ciento, pero el ingreso de la clase media de los países desarrollados prácticamente no creció.

Buena parte del discurso de Trump ha estado dirigido a ese sector de la población estadounidense que no se siente beneficiado por la globalización. En 2016, el politólogo Lawrence Evans explicaba al candidato Trump como una lotería política en la que estarían dispuestos a apostar quienes percibían que el futuro de Estados Unidos –y el suyo, por consiguiente– no parecía prometedor.

Mientras la élite liberal mundial exalta las virtudes de la globalización e ignora sus efectos no deseados, surgen nuevas figuras que dan voz a los inconformes con el nuevo paradigma mundial. El problema es que estas voces se hacen acompañar de xenofobia, intolerancia y aislacionismo. En la globalización también caben los que hasta ahora no han entrado, es urgente abrirles un espacio.

EDITORIAL

Un muy buen saque

Una de las razones por las cuales los padres de los 43 estudiantes desaparecidos en Iguala ven con esperanza al futuro gobierno tiene que ver con la forma en que están siendo tratados.

Quieren ser visualizados y vistos de manera distinta de cómo lo ha hecho el actual gobierno. Lo que quieren, entre otras cosas, parece simple y resulta, paradójicamente, de gran profundidad. Cercanía, que los escuchen y que haya sensibilidad de quienes gobiernan, más que anden echando a andar sus maquinarias que no necesariamente ofrecen resultados.

Veremos en los próximos meses si esta empatía inicial se mantiene y fortalece. Cuando el nuevo gobierno esté en funciones podrá poner en marcha lo que está proponiendo y prometiendo, y ahí tendremos ya una idea de hasta dónde se puede llegar. Lo que se reconoce y se ve, es que la reunión y la actitud parece genuina y con ánimos de querer resolver el caso.

Un elemento relevante de ayer fue el hecho de que López Obrador se haya sentado con los padres de familia y los haya escuchado. Fue importante también que haya estado con ellos en la conferencia de prensa; resultó, sin duda, una decisión acertada y solidaria.

Nos la hemos pasado en conferencias de prensa paralelas después de reuniones similares. Por un lado, el gobierno da su versión y, por otra parte, los padres de familia presentan la suya. En un buen número de casos, las perspectivas han sido diametralmente distintas, lo que incluía percepciones diferentes sobre el clima y ambiente en que se habrían desarrollado los encuentros.

La reunión de ayer le otorga una nueva dimensión al caso, entre otras razones por el hecho de haberse encontrado y también por la forma en que se desarrollaron las pláticas.

El gobierno de Peña Nieto acabó por rehuirle a los padres de familia, por las razones que se quiera. No quería que lo increparan, que le preguntaran y le exigieran.

No había manera, quizá como imaginaba o deseaba el actual gobierno, que las reuniones se fueran de largo; o que no pasara nada. Desde el gobierno no se leyó bien el entorno y lo que estaba pasando. Se enconchó y se enquistó con su versión, la cual fue cuestionada una y otra vez, a veces con bases y argumentos válidos;  otras con la militancia y el antigobiernismo por delante.

En lugar de abrirse y discutir con base en sus argumentos, el gobierno no se salió de su “verdad histórica”, la cual le ha costado muy cara. Por más que tenga un valor real y deba ser considerada la investigación oficial, el gobierno no entendió que estaba obligado no sólo a informar a los padres de familia, sino también a estar con ellos. La distancia se fue ensanchando y la comunicación se diluyó, hasta perderse.

En medio de todo lo que han vivido los padres de familia, es evidente que el encuentro de ayer haya resultado esperanzador. López Obrador se dedicó a escuchar y estar; algo que el gobierno de Peña Nieto intentó en un primer momento, pero presionado como estaba, no había de otra, olvidó o quizá evadió.

Los retos que vienen son innumerables, pero se han empezado a dar buenos primeros pasos. A este saque, que bien podríamos definir como de esperanza y reconciliación con el Estado, deberán venir los hechos y las respuestas.

López Obrador se va a enfrentar muy pronto con la terca realidad. El caso está muy imbricado, cargado de diversas versiones que confunden, y a estas alturas, de intereses. Es una tarea complicada, pero fundamental para los padres de familia y para el país mismo.

Se dio un paso significativo y en el camino sería sensato no pasar por alto lo que se ha hecho.

Lo que es definitivo es que ayer llegó un viento de confianza y comunicación; y que se vieron a los ojos.

EDITORIAL

Un 26 de septiembre

Llevamos 4 años llenos de dudas y sobre todo de indignación. La desaparición de 43 estudiantes de la Normal Isidro Burgos de Ayotzinapa, en Iguala, es una dolorosa asignatura pendiente para el país.

El proceso de investigación del caso ha estado cargado de luces y sombras. El gobierno se fue enredando desde el primer momento. Lo que de  suyo era un brutal caso, el cual se pudo resolver con cierta rapidez, se les fue yendo de las manos. En los primeros días tenían casi el total de los elementos a su alcance.

La desaparición de los estudiantes fue pasando a los terrenos en que todo se ponía en entredicho, a pesar de que diferentes elementos de la investigación oficial merecen ser considerados. No fue casual, el gobierno en muchas ocasiones provocó dudas por sus acciones las cuales por más que se esmeraran en explicar o justificar ya no tenían efecto alguno.

Cuando al final de la larga conferencia de prensa que ofreció el entonces procurador Jesús Murillo, expresó que después de todo lo que había mostrado y todas las preguntas que le habían hecho llevaba a lo que llamó “verdad histórica”, de alguna manera sentenció el caso.

Esto se interpretó como que todo estaba concluido. Pudo significar que los estudiantes habían sido llevados en camionetas a Cocula en donde fueron quemados y arrojados en bolsas al río. Nadie reparó en el sentido que tiene “verdad histórica”. Fue una especie de fin de la investigación, junto con el muy desafortunado “ya me cansé” del procurador, aunque efectivamente hubiera estado cansado.

A partir de esa conferencia todo se enrareció. Por una parte el gobierno fue torpe y poco sensible, lo que incluye al Presidente, y por otro lado empezaron a crecer los intereses externos.

Desde fuera muchos se sumaron a una causa que fueron construyendo. Penosamente algunos se han dedicado a lucrar con una tragedia que ha enlutado  y marcado al país.

Es probable que buena parte de la investigación del gobierno pueda estar en línea con lo que pasó. Sin embargo, el gobierno no entró en terrenos que debió abordar y que han sido, entre otros, asuntos muy sensibles para los padres de los estudiantes.

Entre otras cosas, hay preguntas referentes a lo que eventualmente hizo o no el Ejército; lo que sabía o dejó pasar quien entonces era el gobernador de Guerrero Ángel Aguirre; la gran cantidad de personas detenidas sin sentencias, muchas de ellas ahora denuncian haber sido torturadas para declarar; la muy controvertida e incómoda explicación del tiempo que puede llevar un cadáver quedar en cenizas.

Hay muchas preguntas que por más que intenten responder ya no hay manera de creerles. Se ha creado una versión  que ya no hay forma de cambiar. El gobierno es visto como responsable y en el camino por delante está colocado el Presidente, quien terminó siendo visto como nunca quiso que se le recordara.

También hay preguntas incómodas. Algunas de ellas tienen que ver con la propia normal y sobre el director de la escuela el cual no fue llamado a declarar y sobre el papel que jugaban en la normal quienes llevaron a los estudiantes a la novatada.

El cambio de gobierno debiera ser la posibilidad de recuperar la oportunidad perdida, no va a ser nada fácil porque los escenarios han sido trastocados y hay muchos enfrentamientos.

Es el momento de hacer una revisión de lo que se ha hecho, insistimos, hay muchos elementos en la muy fustigada investigación oficial para ser considerados, se trata de hacer justicia no de inventarla.

El gobierno actual ya se llevó en su negro historial la desaparición de los normalistas, ya está en la narrativa colectiva.

Todo indica que se lo que ha dado a conocer se acerca a lo que pasó. Fue no sólo lamentable, a todos nos ha dejado una huella que no se va a borrar, conozcamos a detalle lo que pasó o no.

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