EDITORIAL

 

El indulto de Fujimori

 

Alberto Fujimori fue un político emblemático de los 90 latinoamericanos. Pocos presidentes de la región combinaron tan perfectamente populismo y neoliberalismo y acapararon el poder en aquellos años. Privatizó la economía y, a la vez, aumentó el gasto público, combatió a las guerrillas y dio un golpe parlamentario, reprimió a la oposición y recompuso el sistema político. El efecto divisorio que su figura sigue ejerciendo en la política peruana, dos décadas después, es evidente.

En 2009, siendo presidente Alan García, Fujimori fue procesado y hallado culpable por las masacres de Barrios Altos y La Cantuta en 1991 y 1992, que organizó su Jefe de Inteligencia Vladimiro Montesinos. A esa sentencia se agregaron otras por corrupción y malversación de fondos, que decidieron su prolongada reclusión. Un fenómeno distintivo de la política peruana en el siglo XXI ha sido que, mientras Fujimori permanecía preso, sus hijos Keiko y Kenji adaptaban las banderas del fujimorismo al siglo XXI y se convertían en la principal fuerza política del país.

Keiko perdió las elecciones de 2016, frente a Pedro Pablo Kuczynski, por poco más de veinte puntos porcentuales. Su partido Fuerza Popular es la organización más poderosa del sistema político peruano. Su hermano Kenji encabeza la bancada parlamentaria en el Congreso, pero en diversos temas ha tomado posiciones distintas a las de la líder de Fuerza Popular. El diferendo más evidente ha sido en torno a la destitución política de Pedro Pablo Kuczynski. Mientras Keiko favoreció la vacancia presidencial, su hermano se opuso a cambio del indulto de su padre.

De manera que Kuczynski ha indultado a Fujimori para que una franja del fujimorismo lo mantenga en la presidencia. Las implicaciones de ese canje son múltiples, pero la más importante es que la débil gestión del actual mandatario peruano dependerá, de aquí en adelante, de la propia oposición fujimorista. Kuczynski podría convertirse en un presidente rehén de la oposición legislativa, incapaz de generar consensos o de producir las políticas públicas que requiere el país.

Desde un punto de vista regional, el indulto es otra evidencia de la fragilidad de las instituciones del poder judicial y de la incapacidad de los gobiernos latinoamericanos para enfrentar los retos de la justicia y la verdad, por crímenes del pasado. Se trata de un déficit heredado desde el periodo de las transiciones que, ante el incremento de la violencia y la inseguridad en el siglo XXI, se reproduce a niveles peligrosos para la gobernabilidad.

Tanto Keiko como Kenji Fujimori han sido implicados en la misma trama Odebrecht que se le imputa a Kuczynski. El indulto a Fujimori parecería una decisión de gobierno que coloca a los principales políticos del país en la misma zona de impunidad. Si todos son culpables, no hay inocentes en la política peruana y, lo que es más grave, no hay forma de aplicar la justicia a quienes hayan cumplido funciones de gobierno.

EDITORIAL

 

 

Jerusalén: el drama continúa

 

 

Como era de esperarse, la determinación de Trump de mover la embajada estadounidense a Jerusalén, decisión que tomara sin consultar y a pesar de la oposición de sus aliados, ha suscitado una revuelta diplomática internacional. Arabia Saudita manifestó de inmediato su desacuerdo; la decisión de Trump amenaza con destruir así el enorme trabajo que sus asesores, incluido su yerno, hicieron para construir una buena relación con el reino frente a Irán.

La Unión Europea, liderada ahora no por Merkel, que se encuentra ocupada en asuntos internos, sino por Macron, que se perfila como el nuevo líder de Europa, manifestó explícitamente su desacuerdo; de la misma manera lo hicieron China y la Gran Bretaña, el aliado natural de Estados Unidos. Ante la imposibilidad de superar el veto estadounidense en el consejo de seguridad, Turquía y Yemen han convocado a un voto en la asamblea general de Naciones Unidas para oponerse a la decisión. El voto, que subraya la importancia de la creación de dos Estados y de la negociación del estatus de Jerusalén entre las dos partes, pasará fácilmente. Al final el acto simbólico de Trump, que algunos vieron como una victoria, terminará en una humillación diplomática.

Ante esta posibilidad, Trump decidió hacer lo que generalmente hace con sus rivales políticos: tratar de amenazarlos. El día de ayer Trump amagó con cortar la ayuda humanitaria y militar a aquellos países que voten por la resolución: “esas naciones reciben millones de dólares de nuestra parte y luego votan contra nosotros. Estamos observando esos votos. Déjenlos votar en contra de nosotros. Nos vamos a ahorrar mucho. No nos importa”.

Las declaraciones de Trump muestran su completa ignorancia de cómo funciona el sistema político internacional y el sistema de alianzas. La ayuda militar de Estados Unidos es una de las herramientas más importantes de la diplomacia estadounidense. Egipto, por ejemplo, es el segundo receptor de ayuda estadounidense en el mundo. ¿Estaría Estados Unidos dispuesto a perder esta importante alianza a cambio de una victoria simbólica?

Parece improbable que Trump cumpla sus amenazas, pues eso significaría debilitar enormemente a su país en la arena internacional. Sin embargo, esto es precisamente lo que ha hecho desde el inicio de su presidencia. La decisión de cambiar la embajada ha enemistado a Trump con sus aliados tradicionales en Europa y dificultado la ya de por sí complicada relación con los países árabes, en una coyuntura donde la cooperación es clave para enfrentar el ascenso de Irán. En su intento de poner a “América primero” Trump ha aislado cada vez más a su país. Mientras, las otras potencias, que ansían tomar el papel de Estados Unidos como el nuevo árbitro internacional, se regocijan en silencio.

EDITORIAL

La decadencia del imperio

El 2017 es ya historia. Este año ha cristalizado el ascenso al poder de uno de los personajes más controvertidos de los últimos tiempo: el presidente estadounidense Donald Trump.

Muchos han señalado que, desde hace años, EU muestra síntomas de decadencia. La llegada de Trump es la coronación de esta crisis moral, política y social que sufre la potencia mundial.

La decadencia moral se refleja en varios frentes. La arrogancia antidiplomática del gobierno de Trump en el ámbito internacional, por ejemplo, nos deja ver que la búsqueda del diálogo y la paz, la defensa de los derechos humanos y tantas banderas que antes se ondeaban en las embajadas estadounidenses, ahora dejan su lugar al chantaje y la agresión. Decisiones precipitadas y unilaterales, como reconocer a Jerusalén como capital de Israel, o abandonar la lucha contra el cambio climático, son muestra del desatino y la falta de prudencia de un gobierno que amenaza a los que no apoyen sus caprichos.

La decadencia política se muestra tanto al exterior como al interior de sus fronteras. EU ya no es una voz respetada y confiable en el exterior; rompe tratados, amenaza a aliados, provoca a los enemigos. Al interior, el desorden que recorre los pasillos de la Casa Blanca se refleja en los apoyos dispares de los principales exponentes de su propio partido y en la abierta animadversión de independientes y demócratas. El 2018 es año electoral y la aparente paz que ha tenido Trump podría acabarse con un resultado adverso que lo obligue a negociar; algo que no gusta hacer. Es muy probable que acabemos con un cierre del gobierno y serias discusiones en temas de sanidad e inmigración.

La decadencia social se muestra en la profunda división y descontento que hay al interior de EU. En un mismo país tenemos actitudes diametralmente opuestas y que no están dispuestas a dialogar para buscar, si bien no una reconciliación, al menos una forma de convivencia. La administración Trump ha venido a agitar el avispero. Como muestra está el tema de la ciencia. Siendo el país con mayor producción científica del mundo, Estados Unidos ahora censura el lenguaje científico al ordenarle al Centro para el Control de Enfermedades eliminar de todas sus propuestas de financiación palabras y frases como “derechos”, “vulnerable” o “basado en hechos científicos”. Sí, el país de la ciencia y la tecnología no cree en los hechos; el líder del país que se apuntaló como la primera potencia mundial gracias al avance científico-tecnológico es el presidente de la posverdad. Ni la fe ha quedado intacta. EU se caracteriza por sus poblaciones profundamente religiosas; pero ahora la fe es ideología política que desafía a los hechos y a la realidad misma.

EDITORIAL

 

 

 

El 2017, entre la miopía y el éxito

 

 

Es muy simple. Si no aceptan, que el agua que riega la milpa está cayendo, pues seguro no les importará que la cosecha se eche a perder. Si no entienden que el turismo es mucho más que hacer maletas, y tomar cocteles, pues dejémosles que no lo entiendan,

Pero como decía aquel: si no ayude, por favor no estorbe.

Cierra el 2017 y, como en los últimos tres años, el sector turismo registra un desempeño sobresaliente. El mejor de los años que podría incluso dejar como uno de sus resultados, el que México incluso avance una posición en el ranking mundial de visitantes internacionales que elabora la Organización Mundial de Turismo y se llegue al séptimo lugar. Un año estupendo para la industria; a pesar de una clase política miope. No ahora, lo ha sido por largos años. En términos generales, les ha importado poco, o casi nada, la actividad económica, que más ha despuntado en la última década para el país. No han pasado de los discursos y no se han sentado a diseñar e implementar políticas públicas, que cuiden el desempeño de este motor de la economía, que aporta ya casi el 9 por ciento del Producto Interno Bruto, sin contar con lo que genera en cadenas de valor en otras industrias, como la de construcción, alimentaria, por mencionar dos y emplea al mayor número de personas, en el país.

México, en el 2017, escaló al octavo lugar en el ranking citado. Esto, después de contabilizarse el arribo de 35 millones de turistas internacionales al país en el 2016. Es el segundo país que más turistas recibió en el continente americano, sólo detrás de Estados Unidos. La OMT anunció también, que México avanzó en el ranking, por concepto de ingreso de divisas del turismo internacional, obteniendo un monto de 19 mil 600 millones de dólares, colocándose en el lugar 14 a nivel mundial.

El asunto es que este crecimiento, no puede decirse que es el resultado de una buena gobernanza para el sector, ni por políticas públicas, que lo hayan potenciado. Sólo algunas acciones de gobierno, pueden considerarse como parte de los factores que influyen en este boom. La fuerte inversión en el producto turístico, es uno de ellos; la mejora de la economía estadounidense, otra fundamental. Es cierto que de parte del gobierno federal, hay que reconocérsele un muy buen trabajo de promoción, por parte del Consejo de Promoción Turística de México y una decisiva decisión, al abrir el cielo mexicano y modificar la política de aviación comercial, lo que ha significado una mejora en la conectividad aérea, que ha sido determinante. Pero ni se le han otorgado al gabinete turístico, mayores presupuestos, trabajan con migajas, y sí por el contrario, se le ha reducido. El presupuesto que se le asignó para el 2018 al Ramo 21, que engloba a las dependencias dedicadas a este sector, retrocedió una década. No hay, pues, una política pública que fomente a esta industria, pese a lo que significa, y al potencial que tiene y muestra.

Contrario a lo que pudiese pensarse, en esta era Trump, el turismo en el mundo no ha decaído. Ni los atentados terroristas en ciudades europeas, ni las políticas migratorias del presidente estadounidense, han inhibido el crecimiento de viajeros en el mundo. Las perspectivas turísticas de la OMT siguen siendo las más optimistas de la última década. Y México, pese a las alertas de viaje o el clima de inseguridad, está en el mejor de los momentos. Así cierra el 2017: con una industria boyante empujada por la iniciativa privada, y un desdén de la clase política que no alcanza a reconocer el potencial de este sector.

EDITORIAL

 

Chile: la política contra la aritmética

 

 

En contra de pronósticos, perfectamente justificados por la aritmética, Sebastián Piñera ganó por un margen de casi diez puntos porcentuales a Alejandro Guillier en las pasadas elecciones presidenciales en Chile. Si a los votos de Guillier, en la primera vuelta, se hubiesen sumado todos los que ganó el Frente Amplio de Beatriz Sánchez, la izquierda habría ganado en el balotaje. No fue así y es también muy probable, como se ha reiterado en estos días, que una parte de la población chilena concediera su voto a Piñera para impedir que el radicalismo llegara a La Moneda, de la mano de un gobierno de coalición entre socialdemócratas y comunistas.

La política venció a la aritmética y la izquierda, como tantas veces en el pasado, no supo unirse. Por eso resulta tan desagradable que, dentro de los análisis de la propia izquierda chilena y latinoamericana, predomine un enfoque justificativo cuando no prejuiciado y distorsionante del triunfo de Piñera. Unos responsabilizan a Guillier y a la presidenta Michelle Bachelet por un exceso de moderación, que habría operado en su contra. Otros regresan al viejo trauma del golpismo, como si Piñera fuera un nuevo Pinochet que, con apoyo del imperialismo, vuelve a frustrar el proyecto del socialismo chileno.

Lo cierto es que, desde el arribo de la democracia en 1990, en Chile la derecha y la izquierda se han repartido parejamente el gobierno. Patricio Aylwin, Eduardo Frei y Sebastián Piñera gobernaron tres periodos cada uno. El de Ricardo Lagos, que fue de seis años, más los dos de Bachelet, suman también catorce años. Ahora, con la reelección de Piñera se rompe otra vez el equilibrio, favoreciendo una alternancia de la izquierda dentro de cuatro años. La solidez de la democracia en Chile tiene que ver con la alternancia pero también con los controles de la reelección consecutiva que ejerce el sistema político.

El trauma del golpe de 1973 en Chile ha producido, dentro de la izquierda todavía formateada por el comunismo de la Guerra Fría, una visión maniquea según la cual el país suramericano se mueve siempre entre dos opciones: socialismo o fascismo, Allende o Pinochet. Si Lagos, Bachelet y Guillier no pudieron ser Allendes, sus rivales en la derecha, especialmente Piñera, son nuevos Pinochets. Más grave aún: al no ser plenamente Allendes, Lagos, Bachelet y Guillier no habrían hecho más que facilitar el regreso de la derecha fascista a La Moneda.

Por disparatado que resulte, ese relato mueve amplias bases sociales de la izquierda “bolivariana” en América Latina y Chile. Su funcionalidad es evidente: permite ocultar la responsabilidad de la propia izquierda en sus derrotas electorales y, a la vez, caricaturizar a la derecha como una fuerza reaccionaria y exógena. Entre las causas del triunfo de Piñera habría que incluir el desgaste de un discurso confrontacional, que manipula el trauma del golpe pinochetista y escamotea la identidad ideológica de la derecha democrática.

EDITORIAL

La desigualdad y Trump

 

En la economía hay muchas teorías y supuestos que funcionan a la perfección en el papel, pero que vuelan por los aires o presentan consecuencias inesperadas al tratar de convertirse en realidad. Uno de estos es la curva de Laffer, que explica la relación que hay entre las tasas de impuestos y la recaudación.

Al principio, lógicamente señala que un aumento en los impuestos implica que el gobierno recauda más dinero; sin embargo, establece la existencia de un punto en el que un incremento en la tasa impositiva lleva a una reducción en los ingresos, ya que se generan incentivos negativos en la economía que pueden afectar a los mercados o, inclusive, alentar a la elusión. Esto implicaría que, bajo ciertas condiciones, una disminución de impuestos podría incentivar la economía y hasta darle mayores ingresos al gobierno.

Reagan creyó esto en la década de los ochenta e hizo una serie de cambios para reducir impuestos, en particular para las empresas, que terminarían poniendo una gran presión sobre el gobierno, ya que los ingresos se redujeron y muchos recortes tuvieron que realizarse. Como parte de esta estrategia, junto con otras políticas desregulatorias de la época, comenzó un ciclo de concentración de riqueza en las manos de los más ricos que no se ha detenido hasta la fecha.

Este fenómeno quedó retratado de cuerpo completo en la obra de Piketty, en la que muestra que después de las guerras mundiales inició un período en el que el crecimiento económico se repartió de una manera más equitativa y el 1% de los más ricos concentraba una proporción menor de los recursos, lo que redujo la desigualdad. Sin embargo, después de los ochenta esta tendencia se revirtió y los más ricos comenzaron una nueva etapa de enriquecimiento descontrolado que llevó a que en Estados Unidos la desigualdad regresara a los niveles que tenía durante la crisis económica de 1929.

La crisis de 2008 puso de manifiesto, entre muchas otras cosas, que el desastre afectó la economía en su conjunto, pero no a ellos. No sólo los principales responsables no tuvieron consecuencias significativas, sino que los más ricos siguieron capturando el crecimiento económico. El Nobel de economía Joseph Stiglitz señala que durante los años posteriores a la crisis 95% del crecimiento económico quedó en manos del 1% más rico.

Esta crisis de concentración de la riqueza construyó también una serie de tragedias para los más pobres: pérdida de empleos, pérdida de sus hogares, caída en la esperanza de vida de los más pobres, etc. En una amarga tragedia, Donald Trump llegó al poder gracias a dos corrientes contradictorias: recibiendo dinero de los súper ricos, beneficiarios de la desigualdad, y recibiendo los votos de muchos de los estadounidenses más pobres y con menor educación, las víctimas de la desigualdad. Esta semana se votará, y muy probablemente aprobará, la mayor reducción de impuestos para las empresas en la historia. Quiénes van a ganar y quiénes van a perder es claro, salvo para los electores del populismo, que tendrán que ver cómo “su candidato” lleva a Estados Unidos a la mayor crisis de desigualdad.

EDITORIAL

 

 

Autores sin lectores

 

En un ensayo publicado en el número más reciente de la Revista de la Universidad de México, Alberto Manguel sostiene que la relación entre el escritor y sus lectores es de vida o muerte. “Si el escritor es leído, vive, si no, muere”.

Manguel exagera —un poquito, concédase—, pero lo que afirma tiene un grano de verdad. Nada más triste para un autor que sus libros se queden sin leer, embodegados en algún sótano tenebroso. El escritor quiere verlos en las manos de los lectores, bajo la luz del sol. Hay pocas satisfacciones más grandes para un autor que encontrarse con un desconocido que lee uno de sus libros en un café o en un autobús.

En el mundo académico la relación entre autor y lector es paupérrima. Cada año se publican miles de artículos en revistas especializadas, pero son pocos los que son leídos por más de una docena de personas. Lo mismo sucede con los libros académicos que tienen la suerte de salir a la venta. Es inevitable preguntarse si la relación costo-beneficio de esta sobreabundancia de trabajos de investigación es correcta.

Hay una anécdota tristísima que escuchamos hace muchos años y que quisiéramos contarles para ilustrar lo anterior.

Un estudiante estadounidense muy pobre obtuvo una beca para hacer un doctorado en la Universidad de Oxford. El muchacho se entregó en cuerpo y alma a su investigación, que versaba sobre un difícil aspecto de la teología medieval. Durante cinco años vivió en las mayores privaciones. Pasaba los días trabajando sin descanso. Luego, por la noche, se arrastraba hasta un cuartucho de alquiler que no tenía calefacción. El estudiante era muy tímido. No tenía amigos, apenas cruzaba una palabra con sus vecinos.

Su vida era miserable, pero él estaba movido por el sueño de acabar su investigación y obtener su título de doctorado en Oxford. Por fin lo logró. Como indica el reglamento, el recién graduado tenía que depositar un ejemplar de su tesis en la Biblioteca Bodleiana de la universidad. Emocionado, el muchacho pegó un billete de cien dólares —que equivalía a todos sus ahorros— en la primera página de la tesis y escribió el siguiente mensaje: “Estimado lector: eres la primera persona que consulta esta tesis que me costó cinco años de sacrificios. Recibe este regalo como una muestra de mi aprecio por tu interés en mi trabajo”.

El muchacho regresó a Estados Unidos y pasó los siguientes treinta años dando clases en pequeños colegios del Medio Oeste. Ya viejo recordó con melancolía sus años en Oxford y decidió volver como turista. Fue a la Biblioteca Bodleiana y pidió la copia de la tesis que había depositado ahí hacía tres décadas. Cuando la abrió se encontró con el billete de cien dólares que había pegado ahí. Nadie había consultado su tesis. Sin lectores, su investigación no había servido para nada.

EDITORIAL

 

 

El populismo: fase inferior del autoritarismo

 

Por estos días resurge en el debate político latinoamericano la relación entre populismo y democracia. Los partidarios de su incompatibilidad resaltan que el personalismo confrontacional y la erosión de las instituciones erosionan la democracia. Sus opositores destacan que el populismo genera la inclusión (material y simbólica) de grupos sociales marginados y redefine participativamente las fronteras de la ciudadanía.

El populismo —de derecha o de izquierda— es un pariente conflictivo que amenaza permanentemente con visitar el hogar democrático, resucitando disputas no resueltas. En positivo, puede impulsar un movimiento de masas que reclame más derechos ciudadanos, ocluidos por una república elitista. En negativo, puede desbordar la tensión misma y suprimir la democracia.

En el contexto latinoamericano, la conflictividad populista se expresa entre la tensión entre inclusión del pueblo y la exclusión de los otros (la oligarquía y el propio pueblo disidente) así como en las contradicciones entre el empoderamiento popular y el encumbramiento del caudillo. En procesos como los de Venezuela y Bolivia —y en sus émulos mexicanos— vemos un autoritarismo que invierte la ecuación fundante del pacto originario entre el líder y las masas. Con el tiempo el caudillo se va autonomizando, desconociendo las reglas e instituciones que acotan su poder. Una vez consolidado como cabeza de nueva élite —antes subversiva del status quo, ahora hegemónica— el ahora dictador pasa a desmovilizar y controlar a las bases a las que se apelaba y atendía. ¿Dónde queda, entonces, la idea democrática, cuando al demos plebeyo se le somete a un nuevo tutelaje, donde el líder —que sustituye a las élites tradicionales— perpetúa su poder en aras de la supuesta insustituibilidad de su mandato?

Frente a la visión neoliberal de la democracia —que la reduce a gestión de la cosa pública por tecnócratas “eficaces” y a la oligarquización de las instituciones representativas— el populismo concibe su poder como una suerte de Leviatán que tutela los intereses populares. Los populistas hablan de refundar participativamente la democracia, pero la confunden con concentraciones masivas de partidarios, mecanismos de aprobación y cooptación o, aún peor, persecución a sus críticos y disidentes. Por el camino, las preferencias y rasgos psicológicos del líder se encarnan, con poca mediación y transformación, en las políticas de Estado. El populismo, como fase inferior del autoritarismo, es una amenaza.

La violencia del discurso populista invita a ser pesimistas en cuanto a que el respeto por el otro político llegue a consolidarse en nuestras democracias a corto o mediano plazo. El problema se agudiza si constatamos que en países neoliberalizados como México, también asoman tendencias a la invalidación de los adversarios de las élites dominantes. Por todo ello, el rescate de una visión integral —representativa, participativa, deliberativa y social— de la democracia, capaz de combinar la calidad institucional y la inclusión de nuevas identidades y demandas ciudadanas, constituye un imperativo. El bienio 2018-2020 puede ser, en Latinoamérica, el momento del resurgir democrático o la oportunidad perdida de su estancamiento o involución.

EDITORIAL

 

AMLO, el mago

 

Juarista-cristiano-socialista-guadalupano. Lo que guste u ocupe. Paladín de la transparencia, oculta cuentas sobre 800 millones de pesos del erario que Morena ha recibido desde hace dos años.

Prócer de la democracia a mano alzada en la plaza pública, se unge en solitario. Némesis de la partidocracia adopta al dictatorial PT, ente socialistoide trasnochado, resucitado por el PRI hace dos años, y al PES, asociación conservadora auspiciada por células confesionales panistas que veían en Margarita Zavala su ideal.

Andrés Manuel López Obrador, precandidato de Morena, promete cambios, pero esencialmente, dinero para casi todos. Recursos que se obtendrán sin poner impuestos, sin quitar programas sociales, sin deuda externa o interna, todo ahorrando en dos vertientes, gastar menos y mejor, y abolir la corrupción.

De ganar, AMLO hará una convocatoria a obreros, huachicoleros, estudiantes, narcos mayores y menores, amas de casa, halcones, secuestradores, profesionistas, torturadores, ricos buenos y malos, burócratas, maestros, abogados, jueces, policías y traficantes de personas; para ser honestos.

Simple y efectivo. Atacar las finanzas del crimen organizado, bases operativas, redes sociales, acciones legales a nivel local y regional, fuerza de campo, armas, eso y más, le parece inútil.

La estrategia, el cambio verdadero, radica en hacer un buen llamado, provocar la toma de conciencia masiva, unísona. Una sanación nacional. Equidad y amnistía, perdón a matarifes (olvido no) y borrón para los hambrientos de dinero público.

Al dejar atrás toda ilegalidad, el presupuesto del país se multiplicará. Si nadie roba, si los narcos trabajan, si los huachicoleros empeñan sus pericias en Pemex y no contra Pemex, si la alta burocracia cobra menos y sirve más, si jueces, magistrados y legisladores encuentran en la austeridad republicana, que el Benemérito de las Américas exaltaba, su nueva vocación, entonces habrá prosperidad espiritual y material.

AMLO necesitaría el equivalente al 90 por ciento de lo que hoy gasta la Sedesol (Liconsa, Diconsa, Estancias infantiles, Comedores, Becas, etc.) para que todos los “ninis” reciban tres mil 600 pesos cada mes e inicien un camino productivo y emprendedor.

Pensiones a adultos mayores se duplicarán, los salarios rosas de Alfredo del Mazo, en el Estado de México, palidecerán junto al reparto de dinero que AMLO, presidente, emprendería para cada género, edad y condición.

AMLO no deja que el imberbe y pálido Ricardo Anaya lo opaque con su renta universal (que hace años el PAN combatió cuando el PRD la propuso), salario por ser mexicano para que el Estado garantice que nadie, nacido en esta tierra, viva en condiciones indignas.

Haga de cuenta, Suiza, Noruega, Islandia o Dinamarca. Si ejemplos hay, lo que falta es, ya nos dicen, ganas.

Para mago, mago y medio. Meade, El Bronco y Margarita serán sus medios de alto o bajo contraste. Encuestas por doquier y cifras reales por ningún lado, la función comienza. Demagogia vs. realidad. Información contra percepción, ideas razonadas, probables o imposibles marcarán el derrotero nacional.

EDITORIAL

 

 

 

Andrés Manuel, el incongruente

 

 

El límite de lo que los partidos son capaces de hacer con tal de conseguir votos o de mantener el registro, simplemente no existe. No importa que ello implique romper con la ideología que defienden por medio de alianzas completamente antagónicas. Tal es el caso de la recién conformada entre los partidos Morena y Encuentro Social por la Presidencia de la República.

No es la primera alianza de este tipo entre partidos ideológicamente opuestos. El antecedente más conocido —y exitoso— es la del PAN y el PRD, quienes desde 2010 han establecido alianzas a nivel local, y que, por primera vez, replicarán a nivel federal para competir por la Presidencia de México el próximo año. Con todo, el antagonismo ideológico provocó desbandada de militantes, fragmentación interior y críticas entre partidarios y detractores, quienes simplemente rechazaron la justificación del proyecto planteado.

El elector común esperaría que los partidos políticos sirvan como atajos informativos, representen una ideología específica y defiendan principios determinados. Sin embargo, la coalición formalizada el miércoles pasado entre Morena y el Partido Encuentro Social (PES) —además del PT— superó cualquier límite respecto a la congruencia ideológica que en teoría representan al quedar unida electoralmente la izquierda y la extrema derecha.

Cabe recalcar que al PES lo integra una amplia base de ministros y miembros de la comunidad cristiana, por lo que defiende principios religiosos muy marcados y diversas posturas ultraconservadoras, como pronunciarse abiertamente a favor del modelo de familia tradicional y en contra de la ampliación de derechos de la diversidad sexual o de la interrupción legal del embarazo. Si bien es por demás conocido que López Obrador es muy conservador en dichos temas, la alianza establecida con Encuentro Social carece de cualquier lógica electoral.

No hay que olvidar que el PES compitió de la mano del PRI en la elección de gobernador del Estado de México de este año, en la que perdió Morena. Y peor aún, los mismos argumentos que Andrés Manuel ha utilizado para descalificar la alianza entre el PAN y el PRD, por la incompatibilidad ideológica que representan, tal parece que en su caso no sólo no aplican, sino que hasta dignifican, pues se atrevió a afirmar que esta coalición tiene un “referente moral” que permitirá el “bienestar del alma”.

Si es evidente que a la hora de establecer alianzas simplemente no hay escrúpulos, ¿no le hubiera redituado más a Morena ir en coalición con el PRD que con las rémoras del PT y PES? En fin…la jornada del 1 de julio pondrá a todos en su lugar.

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