EDITORIAL

 

La epidemia de homicidios

 

El número de homicidios en el país se ha intensificado de manera dramática; Ernesto López Portillo lo llama “epidemia”. Pareciera que el sentido de la vida adquiere nuevas formas de verse y asumirse. Se van acabando los temores ante un asalto para dar paso a la indignación y a reacciones, que llevan en muchos casos a dolorosas tragedias.

Es el hartazgo y el tratar de poner personalmente un hasta aquí. Es la manifestación de la indignación y la búsqueda de la defensa de uno mismo y la de los nuestros. Conocemos los riesgos de lo que puede pasar, pero a pesar ello existe una abierta molestia contra la impunidad.

Los diagnósticos sobre lo que está pasando son en lo general precisos. Muchos investigadores han hecho un gran trabajo y han alertado e informado sobre lo que se vive, el entorno y cuál está siendo el papel de la autoridad. Es evidente que no hay mejor diagnóstico y testimonio que el que ofrecen los afectados. Ellos y ellas viven pesadillas que no terminan con el asalto mismo, o con el eventual homicidio de una persona cercana.

Las secuelas tienden a ser brutales, se pierde el equilibrio personal y llegan a durar más tiempo que el que uno quisiera, aparecen por nuestra cabeza una y otra vez.

Lo importante de los estudios de los investigadores y estudiosos de estos temas es que su trabajo permite tener claridad, con base en su visión general e integral en los ámbitos sociales, económicos y políticos. Llevan a menudo el remedio y el trapito a sabiendas que todo será al mediano y largo plazos.

Las autoridades saben también lo que pasa. Por más que muchos ciudadanos opten por no denunciar los delitos que les cometen, suponemos que tienen claro lo que se vive y padece, es además su primer deber.

Saben de la impunidad, de cómo los Ministerios Públicos dan largas y a menudo confunden y se confunden, y también tienen el pulso de la red de corrupción. Tienen los instrumentos para hacerlo, más allá de lo que registran cotidianamente en los ministerios públicos.

Los diagnósticos muestran las razones de la descomposición, dónde se presenta el mayor número de delitos, cuáles son las causas y las zonas sensibles del delito, pero al final las evidencias muestran poco o nulo avance en la lucha contra la delincuencia.

El problema está en el modelo en su conjunto. No se trata de sólo de ir tras los delincuentes detenerlos y meterlos a la cárcel. Quienes ingresan a los penales salen, en la mayoría de los casos, corregidos y aumentados.

La mirada de esta epidemia debe ser integral. Son muchos los componentes del problema. Es un todo que requiere de una cirugía mayúscula. No estamos haciendo lo que se debe, se sigue con la idea de que metiendo a los delincuentes a la cárcel se va resolviendo el problema y no es así.

Las historias diarias están matando la esperanza, el equilibrio personal y la confianza.