EDITORIAL

 

 

El INE, la simulación y la desconfianza

 

Uno de los riesgos de hacer preguntas es que a veces se obtienen respuestas. Es lo que está ocurriendo con las resoluciones del INE sobre lo que se puede y lo que no se puede hacer durante el limbo de las intercampañas.

Los partidos quería precisiones sobre los encuentros en programas televisivos y de radio, y ya las tienen: están prohibidos si se trata de debates o confrontación de ideas.

Es absurdo, pero proviene de una lógica que se fue alimentando con la desconfianza. Como todo es sospechoso, hay que regularlo, aunque esos corchetes terminen por debilitar una de las premisas más importantes de la democracia: la discusión pública.

Seguimos atados, de algún modo, al fantasma de 2006, al que se le achacan leyendas sobre inequidad y trampas en la elección. La narrativa permeó en propios y extraños.

Por eso se tuvo que establecer un nuevo modelo de comunicación. El propósito era evitar que el dinero invertido en los medios influyera en el resultado; aunque en aquella contienda ganó el que menos recursos utilizó y quedó en tercero el que pautó con mayor empeño. Pero a partir de los pleitos y ajustes de cuentas posteriores a aquel proceso electoral, ningún partido puede comprar espacios para trasmisión de propaganda en medios electrónicos y los tiempos oficiales son administrados por el INE.

Se logró un esquema bastante aburrido, en el que los políticos se dan el lujo de enviar verdaderos bodrios a las estaciones de radio y a las televisoras, mal hechos, y que no le interesan a nadie.

Creen que no cuestan, pero en realidad significan millones y millones de pesos y una presión inaudita para los concesionarios, que tienen que pautarlos por ley.

No se trata, por supuesto, de volver a las épocas del dispendio que, por lo demás, también era pagado con dinero público, pero sí de avanzar a esquemas que permitan una verdadera confrontación y, sobre todo, que los ciudadanos tengamos más elementos para definir el voto.

Lo que sí ya es increíble, es cancelar, durante las semanas previas al arranque de las campañas, la oportunidad de observar y escuchar programas de análisis en los que participen quienes aspiran a gobernarnos.

Dicen en el INE que habrá debates en los tiempos previstos, pero los que organizan no suelen ser armados para que exista una verdadera discusión, que es la esencia de ese tiempo de encuentros.

En el fondo, esto favorece a quienes van arriba en las encuestas o son más conocidos. No moverle es la mejor forma de no cometer errores y de que las intenciones de voto no varíen.

Por ejemplo, para los candidatos independientes está cuesta arriba, ya que tendrán muy poco espacio para la difusión de spots; y habría sido interesante verlos frente a los otros contendientes.

Estamos pagando por persistir en la simulación. Ante la ausencia de proyectos, lo último que necesitamos es el silencio o la ambigüedad.