EDITORIAL

Vive la France

Francia ganó el Mundial de futbol. Convertirse en el campeón del mundo requiere de una buena dosis de fortuna, pero también de trabajo y un esfuerzo continuo y sistemático para crear un equipo poderoso. La victoria de Francia no es ninguna casualidad.

La primera intuición de la mayoría de quienes seguimos los partidos de la selección francesa fue que el éxito se debió a la gran aportación de jugadores de ascendencia africana: 14 de los 23 seleccionados tienen su origen en Angola, Argelia, Camerún, Guinea, Marruecos y Malí. Sin embargo, quien crea que provenir de alguno de estos países es garantía de una calidad futbolística como la que nos regaló el joven Mbappé, está en un gran error.

Una pista de esto se encuentra en que este Mundial no sólo vio jugar a 23 futbolistas franceses, sino que otros 35 jugadores de Francia, participaron en otras selecciones nacionales. Esto es posible porque la FIFA permite que un jugador que tenga una conexión con otro país, ya sea a través de la nacionalidad de sus padres o sus abuelos, pueda jugar, si lo desea, para la selección de dicha nación.

Que más de 50 futbolistas de este Mundial en Rusia provinieran de Francia no es ninguna casualidad. La clave de esta anomalía en la producción de futbolistas de talla internacional se encuentra en que Francia, siguiendo su tradición de utilizar al Estado como una herramienta que acompaña e implementa muchas de las acciones nacionales en términos políticos, económicos y sociales, lleva años trabajando para lograr estos resultados.

Después de la segunda Guerra Mundial, la economía francesa estaba devastada y, entre las muchas consecuencias, su futbol sufría una gran falta de talentos. De hecho, de los cuatro Mundiales entre Chile 1962 y Alemania 1974, Francia no logró calificar a dos. Igualmente, en ese mismo periodo no logró llegar a tres Eurocopas.

El Estado intervino y en 1972 creó el Institut National du Football, un esfuerzo nacional para buscar y entrenar a jóvenes talentos, sin importar su origen y sólo considerando sus habilidades. El centro nacional de esta institución se encuentra a las afueras de París, en las instalaciones conocidas como Clairefontaine, y ahí se formaron generaciones de jóvenes que pudieron desatar todo su potencial futbolístico sin restricciones.

Los resultados se vieron en la siguiente generación, cuando Francia ganó el Mundial de 1998, con una selección que comenzaba a mostrar la diversidad racial, producto de la migración desde varias de las antiguas colonias francesas. Muchos de los jugadores que lucieron en esta Copa Mundial, y que ganaron, fueron identificados y entrenados en este sistema, por lo que hoy no sólo Francia produce a sus propios jugadores en casa, sino que crea futbolistas que regresan a sus orígenes para jugar con otras playeras. Pero la producción de jóvenes habilidosos y talentosos no se deriva principalmente del origen étnico de las personas, sino de la creación de instituciones capaces de dar oportunidades a cualquiera, sin importar de dónde provinieran. Vive la France.