EDITORIAL

El solitario de Los Pinos

Da la impresión de que el Presidente está cediendo la plaza antes de tiempo. Peña Nieto se ha ido perdiendo en el imaginario colectivo, lo cual, por un lado, le puede venir bien, pero en cuanto al ejercicio del poder, no es necesariamente bueno para quien es el mandatario del país.

De una u otra manera, López Obrador se lo ha estado agradeciendo. Cada vez que puede se lo manifiesta, lo que tiene muchas formas de verse, independientemente de que le ha quitado presión y críticas a Peña Nieto.

Pudiera ser que en la siguiente medición sobre el Presidente, sin que los números le vayan a ser favorables, se dé el caso de que esté menos castigado de lo que ha venido estando, al menos en los últimos dos años.

Al no estar ya en el centro y portarse “civilizadamente” con el candidato ganador, la visión en torno a él, de parte de la sociedad, adquiere matices. No es que se olvide lo que ha hecho y no hecho, lo que sucede es que va dejando de estar en nuestro radar. En buena medida, lo que urge es que ya llegue el que ganó y que se vaya el que está, que a fin de cuentas es quien perdió.

Los largos meses que hay que esperar para que se lleve a cabo la toma de posesión del virtual presidente electo derivan en un proceso agotador, confuso y, sobre todo, engorroso. Es en verdad mucho tiempo para el trámite, el cual, en muchos países se lleva entre una semana y un mes. En 2024, la toma de posesión será ya en octubre, se puede decir que vamos avanzando.

Independiente de este vacío, el cual está siendo muy bien aprovechado por López Obrador, la imagen del Presidente es la de un solitario en el palacio. Como pasó en buena parte de su administración, se fue quedando solo, pues su equipo en muy pocas ocasiones salió en su defensa.

Los problemas del Presidente se quedaban en su oficina; incluso los que, en sentido estricto, no eran de su competencia.

Da la impresión de que si algo quiere Peña Nieto es que su sexenio termine. Ya no tiene capacidad de maniobra, está en medio de una muy larga ceremonia del adiós y ya no gobierna, la plaza la tiene “ya saben quién”.

Lo que hace a un lado a Peña Nieto es, sin duda, el contundente resultado de la elección, pero también el balance y desenlace de su gestión. Se ha hecho a un lado con una encomiable prudencia, pero también  como un acto que tiene su dosis de sobrevivencia. Ha estado muy expuesto, como para seguir estándolo.

Quizá le viene bien, en lo personal, lo que está pasando. No hay conflicto poselectoral, la elección tiene en lo general un muy buen balance y López Obrador le ha garantizado, por decirlo de alguna manera, una suerte de tranquilidad postsexenal.

Peña Nieto le ha dado las llaves del poder en pleno julio; lo del 1 de diciembre se ve, a estas alturas, como un simple trámite. López Obrador ya tiene las llaves hasta de la cocina.

Todo esto no quita que el ocaso del sexenio vaya a ser largo y sombrío. No sólo es que Peña Nieto esté difuminado y que esté perdiendo la capacidad de ejercer el poder en casi todos los ámbitos, sino que se está quedando dramáticamente solo.

Enrique de la Madrid es de los pocos que entiende la importancia de no dejar vacía la plaza.  La defensa que hizo del nuevo aeropuerto hace algunos días se entiende, por una parte, por su solidaridad con el Presidente, y por el otro lado, por su convencimiento de que la construcción del aeropuerto debe continuar.

A Peña Nieto le quedan largos meses de espera y soledad, y un futuro que, dígase lo que se diga, tiene su dosis de incertidumbre.