EDITORIAL

 

 

No es sólo Canadá y EU: es también Centroamérica

 

En estos días hemos visto ya perfilada lo que será la política exterior que instrumentará Andrés Manuel López Obrador. Difícilmente pasará de la primera quincena de agosto cuando le entreguen su constancia como Presidente electo. Va a ser un momento que le va a permitir mayor capacidad de maniobra; aunque queda muy claro que con constancia o sin ella, ya la tiene.

Hasta ahora, todo se ha concentrado en la relación con Estados Unidos y Canadá. Como era de esperarse, el encuentro con la muy sensible canciller canadiense resultó más favorable del que tuvo con la tumultuosa delegación de EU. Marcelo Ebrard, próximo canciller, ha asegurado que hay una abierta disposición del nuevo gobierno para establecer lazos muy distintos de los que hoy tenemos con Centroamérica.

La migración es un asunto multifactorial. Los gobiernos centroamericanos han hecho muy poco por inhibir la salida de los jóvenes de sus países. En otro tiempo, la constante era la búsqueda de mejores condiciones económicas; hoy las cosas son distintas. Muchos jóvenes salen de sus países materialmente huyendo de la violencia. Otros son forzados a pertenecer a bandas delincuenciales; a tal grado, que son sus propios padres quienes crean condiciones para que dejen sus hogares. Es un tema dramático que da la impresión que, por parte de México, el gobierno de Estados Unidos y los gobiernos centroamericanos, particularmente Guatemala, Honduras y El Salvador, no han querido entender.

La migración, de ser un asunto estrictamente económico, buscando mejores condiciones de vida, se convirtió, en un buen número de casos, en acto de sobrevivencia.

El gobierno mexicano se ha dedicado en los últimos años a hacer una especie de trabajo sucio, cerrando la frontera sur; por eso Barack Obama lo llenó de elogios y, por eso, también a Trump hay una parte que le simpatiza de Peña Nieto, por lo que ha hecho su gobierno. México tiene que cambiar su política en materia de migración; tenemos que entender el fenómeno hoy como un tema multifactorial y como un asunto central en la agenda con EU.

Marcelo Ebrard tiene un reto mayúsculo. Debe hilar una política muy fina y entender que si se trata de instrumentar una política migratoria nueva, moderna y solidaria, va a ser muy difícil que no haya una confrontación directa con el gobierno de EU. Estos días, el futuro gobierno se debió dar cuenta de lo que puede venir. Con Canadá queda muy claro que tenemos un objetivo común, llamado TLC; ni a ellos ni a nosotros nos convienen tratados bilaterales, la ministra de ese país le vino a decir eso a López Obrador. Lo que está claro es que EU piensa en definitiva en este tema de otra manera: presiona, ataca y luego se pone a negociar. Seguimos siendo de la idea de que por más que se envíen cartas de siete cuartillas al presidente Trump, las cosas, en esencia, difícilmente van a cambiar.

La futura política exterior debe considerar los nuevos ordenamientos mundiales. México puede controlar, en lo general, su migración; por ello tiene razón López Obrador: hay que crear condiciones económicas distintas al interior del país; pero en lo que eso llega, la migración seguirá siendo un fenómeno latente, sin pasar por alto que el tema migratorio muchas veces no tiene que ver necesariamente con condiciones económicas o de sobrevivencia; forma parte de la condición humana.

El futuro gobierno ya se dio un entre inicial con EU y Canadá. Lo que viene es un gran reto: entendernos e instrumentar políticas comunes con Centroamérica, sin que en ello medien políticas severas y discriminatorias en nuestra frontera sur.