EDITORIAL

 

 

Nicaragua lucha por su futuro

 

 

Nicaragua es una de esas naciones latinoamericanas que han sufrido desde su fundación múltiples golpes de Estado o revoluciones en su búsqueda por la paz y la democracia. Lamentablemente, esta meta no se ha alcanzado por la aparición de caudillos dictatoriales que llegan al poder y transforman las instituciones en una pantomima abominable; Daniel Ortega es uno de ellos.

La actual crisis, desatada el pasado abril, ha dejado más de 300 muertos y la violencia sigue en aumento. El ejército de Ortega se ha abalanzado contra los contingentes de jóvenes desarmados que le exigen su salida. A diferencia de otros conflictos históricos en el país, ahora vemos a la sociedad civil, armada únicamente con pancartas, tratando de recuperar el rumbo de una nación que ha sufrido por décadas de luchas caudillistas que la han llevado a tumbos de un dictador a otro.

La democracia es algo difícil de construir. Idealmente, necesita de la participación de todos los sectores de una población en una discusión pública en la que los poderes estén equilibrados. Ortega no es adepto a este tipo de proceso. Para muestra, tenemos los actuales ataques en contra de los obispos, quienes han fungido como mediadores clave entre la Alianza Cívica – convocada por la Iglesia en mayo, compuesta por estudiantes, empresarios, sindicados, grupos feministas y representantes de la academia – y el gobierno. Cuando las discusiones en las mesas de negociación no salieron como Ortega quería, arremetió contra los mediadores para tratar de minar la presencia de civiles y aumentar el número de partidarios a su régimen.

¿Qué le molestó tanto a Ortega de la gestión de la Iglesia y de la Alianza Cívica? Que lograron la atención de organizaciones internacionales de derechos humanos, denunciando la violencia desatada y clamando por adelantar las elecciones en Nicaragua para el mes de marzo.

Mientras tanto, la violencia no para y los desplazados se agolpan en la frontera buscando asilo. Tras 20 años en el poder, Daniel Ortega es el reducto autoritario de la figura del caudillo latinoamericano. Representa ese amo incuestionable que define a capricho el destino de lo que considera suyo. Anulando la idea de separación de poderes, pisoteando las ideas y las personas disidentes, un personaje sin límites que utiliza la retórica y la necesidad para perpetuarse en su delirio de poder.

La sangre corre y la indignación crece. Nicaragua, como gran parte de Centroamérica, ansía conocer una verdadera democracia que los lleve a alcanzar la paz. Ya es hora de cortar esta seguidilla de caudillos impuestos al golpe de las armas. La Alianza Cívica debe prevalecer para lograr una verdadera revolución; una sin armas y sin caudillos.