EDITORIAL

La otra Elba Esther

A veces hay que ser una especie de abogado del diablo para ver las cosas en los grises intermedios, entre los blancos y los negros, sobre todo cuando se trata de personajes controvertidos, contradictorios. Elba Esther Gordillo fue durante muchos años algo así como la villana favorita de la política nacional. Esa imagen fue creada en parte por sus errores y excesos, pero sobre todo porque tanto el lopezobradorismo, desde los años en que Andrés Manuel era presidente del PRD, así  como en el PRI, desde que Gordillo rompió con Roberto Madrazo, querían cortar, por distintas razones, su control sobre el sindicato magisterial y sobre un buen tramo de la política nacional.

Personaje poderosísimo en su momento, Gordillo siempre fue cuestionada, pero se suele olvidar que muchas de las iniciativas reformistas, en política y en otros terrenos, la tuvieron como una protagonista clave. Cuando estaba por comenzar el gobierno de Peña Nieto y pese a que en su campaña Gordillo había tenido un papel muy importante en muchos sentidos, era evidente que para la parte más mexiquense del nuevo equipo presidencial, digamos, Elba Esther era algo más que un adversario, era un enemigo, así la consideraban.

En esos meses, junto con Jorge Fernández Menéndez, hicimos un libro y un documental titulados La élite y la raza, enfocados a la situación de la educación en el país, en los que le dedicamos un capítulo al caso de Elba Esther.

Ahí decíamos que la maestra no era el escollo de una reforma educativa, que lo era y lo sigue siendo la CNTE, por una parte, y los afanes privatizadores de ciertos sectores empresariales y clericales, por la otra. En el libro La élite y la raza (Taurus, 2012), decíamos que “sin duda Elba Esther Gordillo es un personaje político controvertido que estará en el centro de distintas disputas políticas. Pero no deberíamos confundir al personaje con su estereotipo.

Gordillo, paradójicamente y, al contrario de lo que sostienen sus principales críticos, ha estado en el centro de buena parte de los principales movimientos reformistas en el país, desde el Grupo San Ángel hasta los intentos, que resultaron vanos, de sacar adelante una reforma fiscal que le costó, en su momento, la salida del PRI.

Ha impulsado una transformación institucional en su propio sindicato y logró sortear la crisis más profunda que ha tenido el mismo, la de 1989, a través de esas reformas, que establecieron el voto directo y secreto de los agremiados. Se habla de la incondicionalidad de muchos sectores del sindicato con Elba, pero se olvida que entre 1990 y 1995, el salario de los maestros creció en un 160 por ciento en términos reales. Y esa posición reformista se antepuso, con todos los condicionamientos que se quieran señalar, a la opción ultra, radical, de sus opositores de la Coordinadora. En ese sentido, ha apostado a la gobernabilidad, mientras que sus adversarios lo hicieron a la desestabilización.

Elba Esther cometió errores y excesos. No hay duda. Pero los crímenes que se le imputaron no fueron comprobados. Con su aprehensión se afectó la gobernabilidad.

Fue detenida por razones básicamente políticas y además equivocadas. Como decíamos hace seis años, no hay que confundir al personaje con su estereotipo.