EDITORIAL

López Obrador, el inevitable

En la monotemática vida con López Obrador como centro y eje, la pausa vacacional pudiera ser ocasión de acomodarnos bajo los nuevos escenarios y de tratar de entender lo que estamos viviendo y lo que puede venir.

No es sólo el tiempo político; también es el hecho de que haya signos y señales contradictorios en el gobierno y el que estemos bajo escenarios inéditos.

A esto se suma que a menudo, el Presidente actúa como si siguiera todavía en campaña. No es casual; se la pasó un buen tiempo de su vida en campaña.

Por momentos parece que va a ofrecer discursos de un político que ha entendido que ganó las elecciones y que gobierna para todos; pero también le sale su espíritu de candidato de oposición y le aparece lo belicoso.

Es probable que a veces se dé cuenta de ello; o que a quienes escucha se lo hagan ver. El Presidente no tiene fama de estar atento a lo que se le dice; algunos que han estado cerca de él así lo refieren, pero suponemos que en algunos temas ha de entender que debe escuchar, por la trascendencia que pueden adquirir al paso del tiempo y por las consecuencias que pueden provocar.

Hace algunos días, en una de sus largas conferencias matutinas, hizo referencia, con ciertos tintes de autocrítica, a la definición que le ha dado a cierta prensa, a la que llama fifí. Dijo que ya no la iba a nombrar de esa manera y que ofrecía disculpas por ello.

Sin embargo, inmediatamente después pidió permiso para que, de vez en cuando, le dejaran seguir haciéndolo. Lo que quería era sólo atemperar los ánimos. Pareciera que su opinión acerca de cierta prensa busca una tregua o algo parecido, pero al final sigue pensando lo mismo de ella: son fifís.

Nunca ha quedado claro si estas definiciones son sinónimo de una posición de clase o si es una forma de desacreditar un periodismo que ha sido crítico hacia López Obrador, en sus tiempos de campaña y ahora como Presidente.

En esto pareciera que lo que diga el diccionario de lo que es fifí —afeminado, que tiene modales extremadamente delicados— pudiera ser de menor importancia. Lo que adquiere relevancia es la manera en que se usa la palabra y las muchas intenciones que pudieran interpretarse, que se pueden buscar al decir fifí.

El Presidente tiene que actuar como tal. En varias ocasiones lo ha venido haciendo, pero cuando le sale su espíritu de candidato termina por perder más de lo que sus furibundos seguidores le festejan. La razón está en que si bien los más de 30 millones de votos le otorgan un espacio abierto para sus proyectos, no puede dejar de atender y escuchar a quienes ven las cosas de manera diferente, que son poco menos de la mitad de la población.

Al nuevo gobierno también le está costando trabajo organizarse y acomodarse. En temas como migración se ven claros sus objetivos y, sobre todo, su solidaridad. La presentación del programa migratorio, a cargo del INM, establece objetivos de corto y largo plazos en medio de una explícita solidaridad.

Por otro lado, al gobierno se le han aparecido lo que ha llamado “errores”; en voz del Presidente, “sólo la divinidad no se equivoca”.

Sin embargo, los llamados “errores” en los casos de la reducción del presupuesto para las universidades y la Cancillería, las declaraciones respecto a igualar los salarios del sector privado con los del gobierno, el texto sobre la autonomía universitaria, que provocó reacciones justificadamente airadas en el mundo académico, generan dudas y, sobre todo, sospechas, como nos decía ayer el historiador Carlos Illades. No van a cambiar mucho las cosas en la pausa. Lo que sí puede pasar es que todos entendamos y nos vayamos acomodando poco a poco. López Obrador es, como casi en todo, figura clave.