EDITORIAL

Tres falacias y dos verdades sobre la Guardia Nacional

Falso que, bajo el lema “abrazos, no balazos”, AMLO haya enarbolado consistentemente en campaña la marginación del Ejército de las tareas de seguridad. En marzo de 2018 expresó en Milenio TV que los 260 mil soldados mexicanos no deben recibir un salario sólo por si acaso hay una guerra con algún país, sino capacitarse y contribuir a la seguridad.

Falso que necesariamente aumente la violencia por la participación del Ejército en tareas de seguridad pública. Como ha recordado Viridiana Ríos, de 2011 a 2014 hubo una reducción de la misma por el uso de los militares para derrotar a Los Zetas. En otro ejemplo, los gobiernos de Lula y Dilma, junto con el alcalde de Río de Janeiro, usaron al ejército brasileño para quitar territorios al narco. Luego los entregaban a policías de proximidad. Redujeron así homicidios en 80%.

Falso que los soldados no logren transformarse en policías por estar entrenados para matar. Las Fuerzas Armadas también se encargan tradicionalmente del Plan DN-III3-E, que supone rescatar a niños, mujeres y ancianos durante catástrofes naturales. Actividad muy diferente a la de la guerra.

Es cierto, sin embargo, que hay un gran incentivo para que los soldados no detengan, sino usen la fuerza letal. La tropa, con pocos estudios, teme tener que comparecer ante un juez y formular verbalmente las ideas que permitan fincar responsabilidades a los detenidos. Frecuentemente prefieren matar. El miedo a los laberintos de la justicia civil es tanto, o más grande, que el temor a los enfrentamientos armados con la delincuencia.

También es cierto, me dicen fuentes con enorme experiencia en el terreno, que de hecho los soldados mexicanos no acatan órdenes de mandos civiles. Se resisten a coordinarse con policías y procuradurías. A diferencia de otros países, el titular de Defensa, en México, siempre es un militar. El consuelo es que, en esos otros países, también era así en el pasado y un buen día la situación cambió. En 1947 se legisló en Estados Unidos para obligar a que sólo civiles pudiesen ser secretarios de Defensa. Costa Rica consiguió “policiarizar” a su Ejército (para emplear el barbarismo).

En resumen, hay dos grandes verdades enfrentadas: no podemos mandar a jugar ajedrez a los cuarteles a cientos de miles de soldados, mientras el país es asolado por gavillas de maleantes. Tampoco podemos cerrar los ojos al riesgo que implica darle aún más poder al Ejército. Por lo tanto, la Guardia Nacional debe buscar la transformación de miles de militares y marinos en policías. Ojalá que se equivoquen quienes creen que el habitus letal de los actuales soldados es irreformable. Pero, incluso si fuese cierto, los nuevos jóvenes reclutados en la Guardia Nacional no tienen por qué heredar ese habitus, sino una formación policiaca de calidad.

Terminemos la guerra idiota de acusaciones retóricas: “no te importan las masacres porque apoyas la Guardia Nacional”; “a ti no te importan, pues la rechazas”.