EDITORIAL

La nueva derecha brasileña

Desde su toma de posesión el nuevo presidente de Brasil, Jair Bolsonaro, envía un mensaje perturbador al mundo. El dispositivo de seguridad desplegado en Brasilia ha recordado el tiempo de la dictadura militar de derecha en los años 60 y 70. Un régimen autoritario que duró más en esa gran nación que en otros de sus vecinos suramericanos, como Argentina y Uruguay, y por el que Bolsonaro siente una admiración confesa.

En el nuevo gabinete brasileño habrá siete militares: el Vicepresidente Hamilton Mourao, que como su superior no oculta la nostalgia por la dictadura, además del Ministro de Defensa Fernando Azevedo, el de Gobierno Carlos Alberto Dos Santos, el de Minas Bento Costa Lima, el de Seguridad Augusto Heleno, el de Infraestructura Tarciso Gomes y el Contralor General Wagner Rosario.

La apuesta por la militarización del gobierno y la sociedad brasileña se justifica como respuesta a la corrupción generalizada de las administraciones anteriores, pero también como antídoto contra una “crisis moral”, que el nuevo mandatario asocia a la ampliación de derechos civiles, el multiculturalismo y la globalización. La admiración de este político por la dictadura anticomunista de la Guerra Fría es genuina: piensa sinceramente que aquel régimen contuvo la liberalidad de las costumbres.

El apoyo de las iglesias evangélicas a Bolsonaro sintoniza con ese discurso neoconservador. El nuevo cristianismo protestante se opone con tenacidad al matrimonio igualitario, las comunidades LGTBI, la igualdad racial, la despenalización de las drogas y el ambientalismo, que crecieron durante los gobiernos de Lula da Silva y Dilma Rousseff. Todo ese repertorio de nuevos derechos es visto por el conservadurismo brasileño como responsable de una “pérdida de valores” que es preciso combatir.

La violencia, la inseguridad y el narcotráfico, según Bolsonaro, están relacionadas con la relajación de las costumbres. A su juicio, es indispensable reconstituir una mayoría moral cristiana en el país para contener la decadencia que propicia la globalización. La historiadora y antropóloga Lilian Schwarcz ha llamado la atención sobre el racismo implícito en ese conservadurismo cultural.

Bolsonaro y quienes lo apoyan piensan que los negros y los indígenas son inferiores porque profesan un cristianismo falso. La inferioridad racial, según ellos, se refleja en una falta de rectitud moral, que debe ser restablecida en la sociedad. Para eso se requiere orden y un ejército y una policía eficaces en el combate a la delincuencia.

La herencia que reclama Bolsonaro no sólo es la de la dictadura militar anticomunista que depuso a Joao Goulart en 1964, sino la del conservadurismo católico y positivista del siglo XIX, que mantuvo un sistema esclavista hasta 1888. Con Bolsonaro regresa a América Latina una derecha que creíamos definitivamente derrotada y que amenaza la democracia por una ruta antiliberal, tan temible como la de la izquierda autoritaria.