EDITORIAL

Tiempo

Obviamente no cambiaron mucho las cosas de un año al otro. Lo que permite ver los grandes cambios es el paso de una generación a otra, o hechos de enorme trascendencia que cambian el estado de las cosas casi de la noche a la mañana, son circunstancias que caen en el terreno de lo excepcional.

Muchos de los cambios lo que necesitan es tiempo por más que en su momento ponderemos su valor. Sólo el tiempo nos dará la justa dimensión de su trascendencia.

Lo que sucedió en 1968 en México es ejemplo de ello. En su momento llegó a ser confuso con muchos intereses entrelazados con un gobierno que no entendió y que reprimió como una falsa salida para pretender terminar con un movimiento genuino.

Hoy al paso del tiempo nos damos cuenta que el 68 es un parte aguas de la historia del país. El tiempo nos ha ayudado a entenderlo y colocarlo como parte integral de nuestras vidas.

De un día a otro no suelen pasar muchas cosas, de un fin de año al primer día del siguiente lo que terminamos por ver y vivir es la pretextosa y jugosa celebración.

Si alguien quiso imaginar que López Obrador, y nosotros mismos de paso, íbamos a ser diferentes de un día a otro era obvio que ni las doce uvas ni los abrazos lo iban a provocar, más allá de las buenas intenciones propias de la temporada.

Año Nuevo es la fiesta del que se va y del que llega en nuestro muy singular y festivo calendario, en el fondo es la manifestación de que el tiempo pasa y nos lleva con él.

No cambiamos necesariamente con el paso del tiempo. En muchos casos más bien endurecemos y fortalecemos nuestras posiciones, conductas, actitudes y en otros casos también nuestras formas de vida.

Quien mejor entiende el tiempo es quien tiene la capacidad de ver la vida como solución, cambio y en algún sentido también avance y hasta aceptar la posibilidad, a veces difícil de asumir, de reinventarse.

Quien quiera ver que del año pasado a lo poco que llevamos de éste se van a presentar cambios fundamentales, sólo por ser el año nuevo, se va llevar de nuevo un chasco.

Por más prisa que tenga el gobierno las posibilidades de cambio requieren de paciencia, tiempo, madurez, sensibilidad y, sobre todo, de escuchar, respetar y estar con el otro.

El Presidente no va a poder hacer todo lo que pretende si no cumple premisas de este tipo. No posee la verdad absoluta, concepto al cual hace referencia a menudo con sus constantes citas religiosas.

Aquello de que si cumplimos con nuestras labores cotidianas podríamos asistir a los templos con tranquilidad es un exceso, más viniendo de un presidente de un Estado laico y que además se asume como juarista.

La gran cuestión es qué tanto los 30 millones de votos, y los altos niveles que sigue conservando López Obrador le otorgan a él y a Morena la posibilidad de hacer casi lo que quieran. Qué tanto el Presidente está entendiendo el sentido del tiempo para conseguir los objetivos que se ha planteado, muchos de ellos compartibles.

Colocar a su gobierno como el eje de lo que llama la Cuarta Transformación sólo tendrá en el tiempo su definición. Si alguien hace referencia a la historia de México es el propio Presidente, por lo que debe saber que las tres transformaciones previas adquirieron su valor y definición para la historia del país y el imaginario colectivo con el paso del tiempo, no en su presente.

Todos identificamos que este nuevo año va a ser difícil para todos, empezando con el gobierno, el cual va a tener que explicar que no todo lo que se propone se va a poder cumplir de la noche a la mañana.

Requiere de tiempo, ese que no se mide un día a otro, ese que hay que saber leer, entender, explicar y valorar.