EDITORIAL

Juguemos a matar

Las alertas terroristas se han disparado a su máximo nivel, luego de los ataques en Nueva Zelanda y Holanda. No sólo estamos inmersos en una época de radicalismo auspiciado por controversiales líderes políticos que parecen salidos de las peores épocas de las guerras religiosas de antaño, sino que la cultura del espectáculo y la debilidad de la identidad masculina nos han colocado en un escenario de degradación moral sin precedentes.

Matar está justificado. Millones de personas viven en la neurosis de los nacionalistas, catalizadas por las recientes crisis económicas y humanitarias y por el ansia de poder de populistas que ven en la migración y la globalización los chivos expiatorios perfectos para justificar los males del mundo y aterrorizar a la población para conseguir poderes ilimitados. A diestra y siniestra, las amenazas llegan por caravanas de migrantes (ficticias y reales), ataques a la identidad de las naciones (lo que quiera decir eso en cada caso) y por complots políticos internacionales (en general, imaginarios). Somos una sociedad inmersa en el miedo al otro, cuando ni siquiera sabemos bien a bien quiénes somos nosotros mismos.

Y en este escenario, llega la cultura del juego y del espectáculo. La banalización de las acciones y la falta de empatía ante el dolor humano. La guerra es un videojuego más y nosotros estamos entrenados para matar.

El ataque en Nueva Zelanda se transmitió en vivo por redes sociales. Facebook afirma que ha bajado más de millón y medio de videos del ataque de su plataforma tratando de evitar lo inevitable: la viralización y la exacerbación del odio. El resultado será, ojalá me equivoque, una proliferación de nuevos ataques tratando de “superar el puntaje” del anterior.

Sin ningún pudor, la mayoría de los noticieros retransmitieron partes del infame video, abonando a la intención de los perpetradores: propaganda y entronarse como héroes nacionales. Y todos caímos en su juego.

El presidente Turco, Erdogan, incluso usa esas imágenes en sus mítines buscando generar una reacción en la comunidad musulmana, ofendida al ver los muertos caer dentro de una mezquita. ¿Vale la pena incitar al odio por ganar un par de votos? Parece que sí, puesto que también es la estrategia, desde otro lado del espectro político, de Trump, al justificar con estos actos que protejan los derechos a las armas de sus correligionarios. Ojalá tuviéramos más líderes como Jacinta Ardern, en Nueva Zelanda, quien ha decidido abrazar a la comunidad musulmana en su país y lanzar inmediatamente una estrategia para fortalecer el control de armas.

El terrorismo no tiene raza o religión. El terrorismo no tiene partido político. El terrorismo es una infamia que debe señalarse siempre y con decisión.