EDITORIAL

Efectos del sismo

Pasó ya la etapa crítica del sismo del 19 de septiembre pasado, en donde cada hora que transcurría era crucial para poder rescatar con vida a quienes permanecían bajo los escombros. Fue en esos breves instantes cuando pudo verse lo mejor de la sociedad como no sucedía desde hace mucho tiempo, cuando la gente se volcó a las calles por igual a brindar ayuda en todas las formas posibles a todo aquél que lo necesitaba, sin distingos de ningún tipo.

Sin embargo, a poco más de tres semanas de aquel sismo, los ánimos entre los habitantes de las zonas afectadas comienzan a enfriarse. En el caso de la Ciudad de México, poco a poco regresa su dinámica de vida normal, las escuelas y centros de trabajo retoman sus actividades y buena parte de la gente vuelve a sus labores cotidianas.

Es ahora cuando viene la parte más difícil, la etapa de hacer frente a los daños –pérdidas humanas, materiales, psicológicos–, tratar de asimilarlos y –lo que resulta aún más complejo–, irlos incorporando a la dinámica de vida cotidiana, en la que rápidamente se diluye esa intensidad y ese sentimiento único de solidaridad, que nos hizo ver y relacionarnos con nuestro entorno de una forma completamente distinta.

Es en este contexto, en donde las cosas banales de la vida retoman su papel preponderante, en donde la ayuda desinteresada se convierte en ventanas de oportunidad para algún abusivo, los donativos se convierten en dádivas políticas y los recursos económicos en votos potenciales. Pero de nosotros depende que el pasar cotidiano de la vida no nos absorba nuevamente y que no volvamos a nuestro núcleo de egoísmo y autosuficiencia en el que sólo velamos por nosotros mismos.

Este es el momento en que sabremos si a pesar de lo sucedido, lo cotidiano puede más en nosotros y volveremos a ser espectadores pasivos de lo que pasa a nuestro alrededor, o si lo sucedido fue un detonante suficiente que nos permita tomar el control de nuestro entorno y modificarlo un poco más a nuestro favor. Aunque sea por un instante, pero que ese instante marque la diferencia –como lo hizo por algunos días durante los momentos de emergencia y crisis– y que nos sirva al menos para el futuro no tan inmediato.

Es mucho más difícil hacerlo que expresarlo, pero hace tres semanas, al menos por unos días, pudimos ver lo que somos capaces de hacer como sociedad y como país, cuando la amplia mayoría está en sintonía y en busca de un beneficio común. Que no se nos olvide.