EDITORIAL

 

Lo trágico y el miedo a la muerte

 

El trabajo de un terapeuta debería servir para que los pacientes aprovechen mejor el presente. Es una idea poderosa y un motor clínico extraordinario, aunque todos los días los terapeutas se enfrentan consigo mismos y con los otros y se ven repitiendo viejos patrones heredados y aprendidos, como en una tragedia griega en la que no hay salida alguna porque la maldición transgeneracional debe cumplirse.

Jesús Silva-Herzog escribió Contra la tersura, un ensayo sobre el intento de rehuir al dolor y al lamento, a la experiencia de lo trágico. Cita a Simon Critchley, filósofo inglés que entiende lo trágico como “la conspiración en la que activamente nos coludimos para obrar nuestra propia ruina”, porque la tragedia exige algo de complicidad con los fantasmas que habitan el inconsciente.

Nos gusta pensarnos libres de elegir nuestro destino cuando en realidad somos “juguetes, tuercas, trapos”. Aceptarnos miserables, llenos de contradicciones, viviendo entre ilusiones rotas y quizá por encima de todo, mortales, nos llena de angustia y ganas de escapar del dolor de nuestra extinción y de los que amamos.

El miedo a la muerte, con su perspectiva absurda de dolor y sufrimiento, amarga la existencia de tanto en tanto. Critchley afirma que frente a la mortalidad “o nos lanzamos a los placeres del olvido, de la intoxicación, de la acumulación de dinero y posesiones o creemos en formas mágicas de la salvación y en las promesas de inmortalidad de las religiones”.

Es el miedo lo que nos esclaviza: “Quien ha aprendido a morir ha desaprendido a ser un esclavo”, sentenció Montaigne. Habría que preguntarse qué actitudes, emociones e ideas tenemos ante nuestra finitud. Cierta tranquilidad y calma ante la muerte es el objetivo último para muchos filósofos. Paradójicamente, aceptar y vivir con conciencia de mortalidad, hace que la felicidad sea posible.

Critchley describe en su libro la muerte de 190 filósofos: Heráclito se ahogó en excremento de vaca, Diógenes murió conteniendo la respiración, Guillermo de Ockham falleció por la peste negra, Tomás Moro decapitado, Descartes de neumonía, Montesquieu en los brazos de su amante, Rousseau de una hemorragia cerebral, Roland Barthes atropellado, Deleuze defenestrado, loco de dolor por enfisema, Derrida de cáncer de páncreas, a la misma edad a la que había fallecido su padre y de la misma enfermedad.

Critchley sugiere eliminar el ansia de inmortalidad y agrega que lo realmente duro es encontrar cura para la muerte más difícil de soportar: la de la gente que queremos: “Sus muertes son las que nos matan, las que deshacen el traje de nuestro yo, las que deshacen el sentido que le hemos dado a la vida” y se pregunta qué tipo de alegría o tranquilidad es posible después de esta tragedia.

Aceptar la mortalidad es aceptar las propias limitaciones. Aceptar que la muerte es el límite de la vida, que somos criaturas no autónomas, influidas y acotadas por la naturaleza y la cultura puede ser la máxima lección de humildad.