EDITORIAL

Redadas, aquí y allá

Si algo nos debe quedar claro es que Donald Trump no va a cambiar un ápice su mirada sobre los migrantes. Es una constante que ahora en la presidencia se la ha pasado señalando y castigando.

Este fin de semana está tratando con redadas de expulsar de su país a un buen número de migrantes, a quienes en la mayoría de los casos los ve como delincuentes.

Estamos en medio de un escenario de enorme complejidad y con mínima capacidad de maniobra. El Gobierno mexicano ha tratado a como dé lugar de llevar la fiesta en paz y en ello, en muchos casos ha cedido de más.

Sin embargo, las presiones han definido, quizá obligadamente, a tomar algunas decisiones al Gobierno mexicano. Son intentos de entenderse con un presidente al que se le aplica aquello de que “como digo una cosa, digo otra”.

Los acuerdos a los que ambas administraciones han llegado son tomados muy en serio en nuestro país, en tanto que Trump los ve de otra manera, aunque se la pase escribiendo tuits en los que dice que “estamos haciendo un tremendo trabajo”.

Las redadas son un enorme problema que inevitablemente nos va a obligar a cambiar algunas estrategias. Dice Trump que lo que busca es ir tras aquellos que han entrado ilegalmente a su país o que son perseguidos por la justicia.

Va a ser muy difícil distinguir entre unos y otros porque para Trump los migrantes sin papeles son, antes que nada, personas que han violado la ley y deben ser expulsadas.

No está claro qué puede acabar de pasar; ayer hubo muchos amagos y mucho miedo. Estamos ante una especie de cacería de brujas.

Muchos migrantes, particularmente quienes se la han pasado toda su vida en EU, están bajo una crisis y una profunda preocupación. Algunos de ellos tienen negocios avalados por la propia administración de los condados en los que se localizan.

Repitámoslo: los migrantes han sido y son una pieza fundamental en el desarrollo de EU. Se la han pasado a lo largo de muchos años siendo invisibles, pero hoy, en medio de una política racista y discriminatoria, van tras ellos.

Los migrantes son el centro de un brutal drama. Por un lado están siendo inevitablemente parte de una campaña electoral, y por el otro, están bajo una condición en la que tienen una mínima capacidad de maniobra y no se ve hasta dónde puede llegar la mano del Gobierno mexicano en su ayuda.

Los cincuenta consulados son el centro para acogerlos y, sobre todo, asesorarlos. El gran dilema que se le viene a López Obrador es si puede continuar con una estrategia como la que ha seguido hasta ahora con Trump. Quizá estemos ante el preámbulo que lo obligue a cambiar aspectos de la relación bilateral.

Lo que ha pasado desde el pasado fin de semana puede ser el inicio del fin de una singular luna de miel.

El “no se enganchen”, al que se refirió el Presidente hace unos días, esperamos que no sea sinónimo de no darle la debida importancia a un problema que va a afectar a miles de familias. Por más que haya acuerdos sobre migración y que nos anden tomando el tiempo para cumplirlos, está claro que poco o nada le puede acabar por importar a Trump si lo alejan de su intento de reelegirse.

La psicosis que hay en muchas ciudades de Estados Unidos no nos puede pasar por alto. Ante las redadas y las inminentes expulsiones, se tiene que instrumentar un programa en que les demos cabida en su propio país.

Pero sobre todo, debemos estar claros en que no basta con que sólo veamos por los nuestros, estamos obligados a revisar lo que se está haciendo en el país porque aquí y allá, si alguien está siendo seriamente perjudicado y perseguido, son los migrantes.