EDITORIAL

Fin de esta historia

Más allá de lo que rodeó a lo que se ha llamado, con evidentes fines mediáticos, “el juicio del siglo”, es claro que en EU terminaron por hacer lo que éramos incapaces de llevar a cabo.

Independientemente de todos los cargos que existían en EU contra Joaquín Guzmán Loera,  El Chapo, imaginemos, más bajo un proceso de autocrítica que de morbo, lo que hubiera sido en nuestro país un juicio contra el afamado capo. La instrumentación de la justicia hubiera terminado por ser, sin exagerar, de altísimo riesgo para la seguridad nacional.

El Chapo será recordado como el narcotraficante que le pasó por encima al Estado mexicano. Se fugó en dos ocasiones poniendo en evidencia todos los esquemas de seguridad de dos cárceles mexicanas de alta seguridad.

No había manera de juzgarlo en México ni de tenerlo en una cárcel, en cualquier momento se podía aplicar aquello de “si ya saben cómo soy, para qué me traen” Su fama fue tal que hasta en EU estaban en vilo por lo que pudiera hacer el capo.

Joaquín Guzmán es uno de los productos más acabados del narcotráfico en el mundo, y es también la cara más lamentable de los altos niveles de corrupción en el país. No se le puede ver si no se analiza y revisa el papel que las autoridades mexicanas jugaron de manera cómplice a lo largo de todo este tiempo.

Durante el largo proceso en que dominó y controló el mercado del narcotráfico, Joaquín Guzmán tuvo la complicidad de las autoridades mexicanas, sin importar su signo político. Nunca se atacaron de manera puntual y comprometida las estructuras del capo.

Aquello de que hay que seguir la ruta del dinero no formó parte de estrategias que pudiera cerrarle los caminos, a quien penosamente llegó a salir en la revista Forbes como uno de los más ricos del mundo.

No pareciera que hayamos aprendido de esta dolorosa página de ilegalidad, violencia, tráfico de drogas y muerte. No se ve ni por asomo que las autoridades mexicanas hayan aprendido de un pasaje que muestra de manera patética las innumerables debilidades de la gobernabilidad y la inseguridad; el reto ya es para el nuevo gobierno.

Hay otra parte de la historia que tiene que ver con nosotros mismos. Se veía a El Chapo bajo una dualidad, al mismo tiempo era identificado como un delincuente, pero también se apareció una suerte de singular héroe. El encuentro que tuvo con dos artistas acabó por darle una imagen a Guzmán Loera que, dígase lo que se diga, surgió como un suculento producto de hechura hollywoodense, es sólo cuestión de tiempo.

La herencia del capo también permea ya entre muchos jóvenes. Bajo las condiciones en que un buen número de ellos vive y  ve una figura como la de El Chapo todo puede resultar riesgoso.

De ser un hombre que violaba de manera flagrante y abusiva la ley, se convirtió, para más de alguno, en el personaje audaz que retaba al Gobierno haciendo un túnel de 1.5 kilómetros para fugarse desde una cárcel de alta seguridad. El Chapo carcomió a una parte de la sociedad mexicana y le construyó al país la más oprobiosa de las famas.

La cadena perpetua hace justicia en EU, pero por más que los jueces y fiscales enfaticen que también se le hace justicia a México es evidente que no.

Estamos ante el fin de esta historia y sabemos que, al fin de un capo, vendrá otro. Sabemos también que en EU les da por la moralina en el tema de las drogas, nosotros aparecemos como culpables de todo.

Tiene un tinte trágico este fin. Hicieron la tarea por nosotros, nos quedamos con los muertos, con la corrupción, no se hizo justicia en el país, y todo indica que además nos quedamos sin un quinto de la fortuna del capo, quien será recordado como parte de un momento del país que le permitió ser quien era.