EDITORIAL

Los mexicanos y el trabajo

Uno de los temas recurrentes de las caracterologías nacionales es el de cuál es la relación de un pueblo con el trabajo. Es así que se han construido mitos perdurables acerca de cómo algunos pueblos son más trabajadores que otros, más responsables que otros o más eficientes que otros. De acuerdo con estos clichés, los mexicanos no somos ni muy trabajadores, ni muy responsables, ni muy eficientes. Éste es un retrato que ha perjudicado nuestro prestigio. Llama la atención de que no sea únicamente un prejuicio divulgado por extranjeros, sino que los mismos mexicanos lo aceptamos e incluso lo repetimos cuando estamos fuera del país.

Esta opinión —lamentablemente tan esparcida—resulta incomprensible e indignante. Lo que vemos a nuestro alrededor es a una multitud de compatriotas que trabajan muy duro, que lo hacen de manera eficiente y con un sentido de responsabilidad admirable.

Hay estudios que muestran que los mexicanos trabajamos más horas que los ciudadanos de los países desarrollados. Sin embargo, este dato se puede interpretar de varias maneras. Una de ellas es que los niveles de eficiencia laboral son bajos. Es decir, que para que un trabajador mexicano produzca lo mismo que un trabajador de otro país, tiene que estar más horas en su puesto de trabajo. ¿Por qué sucede esto? De nuevo, hay varias explicaciones. Una de ellas es que los trabajadores mexicanos no tienen la misma capacitación que los de otros países. En consecuencia, se tardan más en hacer lo mismo, porque no saben cómo hacerlo o porque se equivocan más veces y, por ello, tienen que repetir su tarea hasta obtener el resultado deseado. Otra explicación es que los trabajadores mexicanos no se concentran, es decir, que se levantan a tomar un cafecito, que platican con sus compañeros o se ponen a navegar en Internet. Y otra explicación, más tradicional, es que a los mexicanos sencillamente les faltan ganas de trabajar y por eso lo hacen todo tan mal y tan lento.

Ninguna de estas explicaciones se puede tomar como definitiva. Por el contrario, debemos tener mucho cuidado para no repetirlas como un cliché sin un fundamento científico y moral.

En el siglo XIX, algunos viajeros extranjeros observaron que los mexicanos, en especial, los que pertenecían a los pueblos indígenas, no trabajaban con ahínco. La explicación que autores como José Vasconcelos ofrecieron de esa aparente desgana sigue siendo digna de consideración. Los indígenas trabajan lo menos posible, sólo lo indispensable, porque saben —sin haber leído a Marx— que todo el excedente de su trabajo va a acabar en los bolsillos de sus patrones. En otras palabras, los mexicanos no trabajan más porque no les guste trabajar, sino porque no les gusta ser explotados. La baja productividad es una forma de resistencia. Sin embargo, como señalaba Vasconcelos, cuando los mexicanos no tienen un patrón que los obligue a cumplir con una jornada miserable, son tan trabajadores, tan responsables y tan eficientes como cualquier persona de otra parte del mundo. Cómo se explica de otra manera, preguntaba el filósofo, que un trabajador mexicano produzca más en los Estados Unidos que en México.

En conclusión: los mexicanos no trabajan menos por una condición endémica. Si se elevara su salario, si mejoraran sus condiciones laborales, si se les tratara mejor, entonces su productividad aumentaría y no tendrían que pasar largas horas en sus puestos de trabajo esperando a que el reloj marque la hora de la salida. Mientras nada de eso suceda, los mexicanos, por una experiencia aprendida durante siglos, seguiremos rindiendo lo menos posible.

El filósofo coreano —los coreanos saben mucho de esto— Byung-Chul Han, ha escrito varios libros en donde sostiene que, en las sociedades desarrolladas del siglo XXI, los trabajadores llevan dentro de su inconsciente a un explotador capitalista. Freud ya había dicho que cargamos dentro de nuestro inconsciente a un padre, a un sacerdote y a un maestro. Lo que afirma Byung es que ahora también llevamos a un explotador que nos obliga a trabajar de más y, por lo mismo, a ser infelices.

Hay que aprender a trabajar lo suficiente. Ni más ni menos. Sospecho que los mexicanos tenemos una percepción fina de ese equilibrio. Le convendría a Byung darse una vueltita por aquí.