EDITORIAL

 

 

El legado filosófico de Miguel León-Portilla

 

Este año se han celebrado varios homenajes a Miguel León-Portilla, el más grande de nuestros humanistas contemporáneos. Sus contribuciones al conocimiento de los pueblos indígenas son invaluables. No pretendo hacer aquí un apretado resumen de ellas. El propósito de esta nota es resaltar —volver a hacerlo— la importancia de la obra de Miguel León-Portilla en la historia de la filosofía universal.

Hace unos días, alguien decía que era una lástima que ya no hubiera filósofos en El Colegio Nacional. Esa apreciación es falsa. En El Colegio Nacional está uno de los más grandes filósofos de nuestros tiempos: Miguel León-Portilla. El que sea un célebre historiador, antropólogo y lingüista no debe hacernos olvidar que también es un filósofo destacadísimo.

Miguel León-Portilla cambió la concepción de la filosofía imperante en Occidente. De acuerdo con una concepción de la filosofía desarrollada a lo largo de varios siglos, la filosofía es una disciplina que nace en Grecia, se expande por el Mediterráneo y, a partir de la llamada Edad Media, se concentra en Europa: en Francia, Alemania e Inglaterra. La diferencia entre la civilización occidental y las del resto del mundo, según esta manera de entender la historia, consiste en que los occidentales hacen filosofía, mientras que los demás: orientales, africanos, americanos originarios, no la hacen. Estos pueblos, se dice, tienen sus propias culturas, religiones, manifestaciones artísticas, pero no tienen filosofía. Ésa es una de las razones por las cuales, se añade, la civilización occidental es superior a las demás. Si hay filosofía en el Continente Americano es porque la trajeron los europeos. Antes de ellos, los seres humanos que vivían en estas tierras no habían alcanzado el nivel cultural requerido para pensar de manera filosófica.

En su Historia de la filosofía en México de 1943, Samuel Ramos dedicó el primer capítulo a la pregunta de si hubo filosofía entre los antiguos mexicanos. La respuesta de Ramos coincide con la posición eurocéntrica que expusimos en el párrafo anterior. Ramos sostiene que si bien podemos encontrar una cosmología sofisticada, un pensamiento religioso muy complejo y una suma de expresiones artísticas admirables, no podemos encontrar filosofía en sentido estricto, es decir en el sentido en el que lo encontramos entre los antiguos griegos. La filosofía en México, concluye Ramos, comenzó a practicarse hasta el siglo XVI.

La publicación en 1956 de La filosofía náhuatl estudiada en sus fuentes significó una revolución que cambió la manera de entender la historia de la humanidad en México y, por añadidura, la historia de la humanidad en América y, ¿por qué no decirlo?, la historia de la humanidad entera.

Lo que sostuvo León-Portilla fue que los antiguos mexicanos sí hicieron filosofía. Entre los mexicanos hubo algunos sabios, los tlamatimine, que se preguntaron de manera autónoma y racional las mismas interrogantes que fundaron la tradición filosófica occidental: ¿qué es el hombre?, ¿cuáles son las fuerzas básicas del cosmos?, ¿cuál es el sentido de la vida? Nezahualcóyotl no es menos filósofo que Heráclito o Demócrito o Pitágoras.

La respuesta no se hizo esperar. ¿Cómo se atrevía León-Portilla a comparar a los nahuas, sanguinarios y primitivos, con los griegos, virtuosos y elevados? Para la traducción al inglés de su La filosofía náhuatl, los editores insistieron en que la palabra “filosofía” quedara fuera del título y lo renombraron Aztec Thought and Cultura. A Study of the Ancient Nahua Mind. Todavía el día de hoy, hay filósofos profesionales, dentro y fuera de México, que siguen insistiendo en que llamar filosofía a la cosmología o la poesía de los pueblos de Mesoamérica es equivocado.

Sin embargo, lo que nos mostró de manera contundente León-Portilla es que no sólo es correcto llamar “filosofía” al pensamiento de los antiguos mexicanos, sino que además de correcto es justo.

La filosofía no es propiedad de nadie. Insistir en que la filosofía es europea, que siempre lo ha sido y que siempre lo seguirá siendo, es un dogma despreciable que ha servido para legitimar la pretensión de los europeos de dominar el mundo. Mientras sigamos preservando esos prejuicios eurocéntricos, tan acendrados en nuestra psicología colectiva, seguiremos viviendo en el error o, mejor dicho, bajo el influjo de una mentira que se nos ha repetido una y otra vez.