EDITORIAL

La democracia en duda

El último informe de Latinobarómetro confirma la tendencia creciente en la región a desconfiar de la democracia. Ese sistema político es el más extendido en América Latina y el Caribe y no parece que las pocas alternativas autoritarias que existen, Cuba, Venezuela o Nicaragua, vayan a ganar más adeptos en los próximos años. Sin embargo, el predominio del sistema se enfrenta a una crisis de credibilidad como nunca antes en su historia reciente.

Hace una década, en medio del ascenso de la izquierda, el porcentaje de latinoamericanos que consideraba a la democracia la mejor forma de gobierno rondaba un 35%. Hoy, cuando la mayoría de los gobiernos  gira a la derecha, la creencia en el orden democrático ha descendido a un 22%. A la hora de desagregar esos totales por países se observan datos muy reveladores, que hacen menos decisiva la orientación ideológica de cada gobierno para explicar la tendencia.

Argentina, Uruguay y Costa Rica, gobernados por derechas o izquierdas, son los países que poseen mayor cantidad de ciudadanos convencidos de la superioridad de la democracia. En los dos primeros, por encima del 60%, mientras que Brasil y México, los dos países más poblados, por debajo del 35%. De acuerdo con el informe de Latinobarómetro, México, Perú y Paraguay son los países de la región con menos personas convencidas de que la democracia es el mejor sistema político.

El ejercicio confirma también que la democracia es más valorada por ciudadanos mayores de 55 años, que vivieron de jóvenes los últimos años de la Guerra Fría y las transiciones democráticas de los 80. El mayor despego a ese régimen político se encuentra entre los 18 y los 24 años, donde sólo un 35%  podría estar identificado fuertemente con la democracia. Aunque hay un sector de bajos ingresos que muestra poca adhesión, el desinterés por la democracia crece entre los más jóvenes, pero también entre los más ricos de cada país.

El informe de Latinobarómetro se vuelve más transparente cuando se interna en las razones de la desconfianza. La mayoría de los desconfiados rechaza la democracia porque la cree incapaz de abatir la corrupción y la inseguridad, la pobreza y la desigualdad, y porque la identifican estrictamente con partidos políticos o poderes legislativos distantes del ciudadano. El rechazo a la democracia no es, por tanto, ideológico sino instrumental: no es que el sistema no sea bueno en sí, sino que no es funcional para satisfacer necesidades básicas.

Jorge Galindo comenta en El País que ese desencanto con la democracia podría explicar los triunfos de López Obrador en México y Bolsonaro en Brasil. Pero también podría argumentarse que el alto número de venezolanos (45.80%) “muy de acuerdo” con que “la democracia es mejor que cualquier otro sistema de gobierno” es reflejo directo de la percepción de Nicolás Maduro como líder autoritario. De manera que la democracia decae por sí misma y no por la atracción del autoritarismo.