EDITORIAL

No hay quien la libre

La inseguridad es desde hace tiempo el elemento que provoca la mayor de las incertidumbres. Se ha enquistado de tal manera que no nos ha quedado de otra que convivir con ella terminando por verla como condición en nuestras vidas.

Una encuesta sobre seguridad de hace 10 años reportaba que cerca del 85% de los capitalinos había sido afectado por la delincuencia, si no eran ellos eran sus familiares o cercanos. Esta cifra de seguro se ha incrementado, hoy más que nunca hemos cambiado nuestras rutinas con tal de evitar un asalto, en el mejor de los casos.

Las redes están llenas de testimonios de este tipo. No hay día en que no se de cuenta de un robo de celular, de una bolsa o de una cartera, para hablar de los delitos cotidianos. Nos la pasamos bajo un cerca-lejos de que algo nos pase si no es que ya nos ha pasado; está perdida la confianza.

Las nuevas generaciones han crecido bajo el temor de la inseguridad, un poco por lo que han vivido y otro tanto por lo que les cuentan. La incertidumbre se ha vuelto parte de nuestras vidas y bajo este nuevo aprendizaje de cómo vivir en nuestro entorno, hemos optado por cambiar de manera tajante nuestros hábitos, muchos de los cuales añoramos más que con nostalgia, como prácticas saludables de vida y convivencia.

Estos nuevos escenarios forman parte de la conciencia y el imaginario colectivo; nadie se sorprende por la inseguridad que prevalece y por la incapacidad de la autoridad para enfrentarla.

Lo que está provocando que las cosas estén siendo más graves es que la inseguridad se ha agudizado a la par que la impotencia.

Sin dejar de reconocer que estamos ante un problema integral resulta alarmante la incapacidad de la autoridad para frenar la ola de asaltos, sin importar, en el caso de la Ciudad de México, dónde se viva.

Todo nos va llevando a terrenos cada vez más delicados y riesgosos en que los ciudadanos han decidido en más de un caso pasar a la ofensiva entre la rabia y la impotencia. Se están enfrentando a los delincuentes en una especie de cara a cara porque hoy muchos se han armado en el mercado negro; estamos en medio de un círculo perverso.

Otros ciudadanos han optado por asumir con resignación ser asaltados junto con las respectivas pérdidas materiales. Sabemos que cualquier intento por evitarlo puede costarnos la vida, y también sabemos que ir al MP puede resultar pérdida de tiempo con soluciones infructuosas. No hay mucho que hacer porque las estructuras están carcomidas y las opciones son muy pocas.

Desde hace varios días en las redes se dio a conocer un video en que un asaltante sin reparo alguno le pide a los ciudadanos que se “dejen asaltar” y que “no anden jugando con nosotros tratando de vernos la cara dándonos teléfonos celulares que no sirven”.

El susodicho pide comprensión porque “no tenemos seguro social ni prestaciones” y “sólo vivimos de nuestra actividad, es lo único que tenemos”. Todo esto raya entre el cinismo y la terca realidad. Se diga lo que se diga el personaje coloca su “actividad” como parte de lo que sucede en la sociedad, lo cual no es ni excepcional ni nuevo.

El deterioro de las cosas es palpable. Los ciudadanos vivimos cuidándonos las espaldas. Sin embargo, da la impresión de que en el gobierno de la capital se vive una realidad distinta.

La inseguridad, reiteramos, es un problema integral que tiene que ver con aspectos sociales, económicos y políticos. En la delimitación de responsabilidades los ciudadanos hemos hecho mucho cuidándonos; ponemos hasta rejas en nuestras viviendas, en tanto que las autoridades, éstas y las anteriores, siguen quedando a deber en medio del riesgo y el drama cotidiano colectivo.