EDITORIAL

 

 

Las precampañas e intercampañas

 

Con el primer minuto del lunes 12 de febrero, dio inicio el periodo de las llamadas “intercampañas”.

Para la gran mayoría de la gente que no está muy familiarizada con la materia electoral, no hay ninguna distinción y siente que ha estado sometida a un bombardeo inclemente de spots de campaña desde hace meses.

Pero, legalmente, el periodo que arrancó este lunes y que concluirá el 29 de marzo separa a las “precampañas” (que iniciaron el 14 de diciembre y concluyeron apenas el domingo pasado) de —ahora sí— propiamente las campañas federales, las cuales darán inicio, en el caso de la presidencial, el 30 de marzo y concluirán tres días antes de la jornada electoral del 1 de julio de 2018 (otro breve periodo de “silencio”, conocido como “veda electoral”).

Simulación de la “spotiza” fraccionada. Antes de que se contemplaran en la ley las “precampañas”, el argumento era la iniquidad en la contienda y que las campañas eran demasiado largas. Con las sucesivas reformas, la solución que los partidos políticos y los legisladores han definido, hasta llegar al esquema actual, es claramente insatisfactoria. Puntualmente, en el proceso electoral en curso, como lo sabemos todos, ninguno de los nueve partidos políticos nacionales realizó ningún tipo de elección primaria al conformar tres coaliciones que postulan a respectivos candidatos “de unidad”. A pesar de ello, el periodo de “precampaña” fue utilizado para que todo aquél que sintonizara radio y viera televisión estuviera expuesto a un aluvión de spots, dizque “dirigidos exclusivamente” a militantes, simpatizantes, delegados, concejales o cualquier figura equivalente encargada de ratificar a los precandidatos, quienes no competían realmente contra nadie, y como si la mayoría de la población —ajena a esos colectivos a los que se dirigían “exclusivamente”— pudiéramos ignorar esa propaganda, tan obviamente destinada a posicionar a los futuros candidatos. Propaganda de la que, además, muy poco (prácticamente nada) es rescatable en términos de contenidos. Así transcurrieron dos meses. Quien defienda este modelo dirá que “mala tarde” que para estas elecciones no se presentaran contiendas internas, que en el pasado sí se dieron, como en el caso del PAN, hace seis y 12 años.

Intercampaña. Aquí la simulación es todavía peor. Se supone que viene un periodo de “enfriamiento y reflexión”, antes de que “estallen” las campañas, durante el cual los partidos sólo pueden difundir mensajes “genéricos”, con “contenido institucional”, sin, de ninguna manera, llamar al voto ni promocionar candidaturas, ya que eso constituiría “actos anticipados de campaña”, lo que —dependiendo de la gravedad de la falta— pudiera ser sancionado hasta con la negativa del registro de la candidatura. Pero ello contrasta con la libertad que tienen los medios de comunicación de hacer cobertura informática de actividades y eventos privados de los precandidatos (quienes ciertamente tienen prohibido apelar al voto), amparados por la libertad de expresión y el derecho a la información. Una amplia zona de grises que se presta a decisiones discrecionales. Y todo por tener un modelo de comunicación sumamente abigarrado y restrictivo, que sin duda será necesario simplificar, en caso de una eventual (en nuestro país, altamente predecible) reforma electoral en el próximo sexenio.