EDITORIAL

La ambición de Margarita

No sorprendió a nadie la salida de Margarita Zavala del PAN. Su candidatura independiente a la Presidencia de la República será un espectáculo triste, como el de esos circos humildes que viajan por los pueblos más remotos. Margarita Zavala no será presidenta de México, eso lo sabemos todos y ella también lo sabe. Su salida del PAN es un desplante de orgullo e impotencia.

La nueva organización política de Margarita Zavala será la de su marido, Felipe Calderón. Margarita Zavala nunca se pudo deslindar de Felipe, nunca pudo ser ella misma. A sus espaldas, como una sombra funesta, ha estado el expresidente. En algún momento pensamos que podría desprenderse de esa maldición, pero no supo o no pudo o no quiso hacerlo. Eso la condenó definitivamente en el imaginario político.

La mayoría de los mexicanos no votó por el PAN en las elecciones de 2012 para dar el mensaje muy claro de que repudiaban el desempeño de Felipe Calderón en la presidencia. Por la misma razón, esos mismos mexicanos no votarán por Margarita Zavala en 2018, porque no quieren ver otra vez a Felipe Calderón en Los Pinos, ni siquiera como huésped. Estamos convencidos que el PAN no ganaría la próxima elección presidencial con Margarita Zavala como candidata. Su desempeño sería tan pobre, tan decepcionante, como el de Josefina Vázquez Mota en el Estado de México.

La salida de Margarita Zavala seguramente le quitará votos al PAN. Al dividirse la oposición, le dan el campo libre a los dos contendientes más fuertes para 2018: Morena, con López Obrador como candidato anunciado, y el PRI, con cualquiera que sea el candidato elegido. La salida de Margarita Zavala del PAN no ha ayudado a las causas democráticas que, supuestamente, ella defiende. Ha sido un capricho de personalismo y ambición personal —suyo y de su marido—.

Dicho lo anterior, el futuro inmediato del PAN es sombrío. Pensábamos que un nuevo PAN, limpio del calderonismo, era la única opción viable para 2018. Un nuevo PAN que retomara lo mejor de su tradición política y cívica. Sin embargo, tal parece que eso tampoco sucederá. Si en 2018 el PAN va en alianza con otros partidos con los que no comparte la misma ideología, va a ocasionar un quiebre irremediable en su identidad histórica. Quizá no sea exagerado, por lo mismo, hablar de la muerte del PAN, de ese ilustre partido fundado en 1939 por Manuel Gómez Morín y otros hombres de enorme estatura política y moral.

Sin el PAN o, por lo menos, sin el PAN tal y como lo conocimos, el sistema democrático mexicano pierde una de sus columnas más firmes. El escenario es cada vez más desolador. Nuestra democracia partidista contiene distintos membretes, distintos colores, pero, en el fondo, todas las opciones resultan equivalentes para el elector desencantado.