Casa de la Cultura de Juchitán que fundó Toledo no supera el trauma del sismo

El Economista

Juchitán fue el primer municipio donde ganó un candidato de izquierda en México. Detrás de esas ideas de renovación y por ejercer la democracia estaba el pintor Francisco Toledo, que después de vivir en Europa, Estados Unidos y la Ciudad de México, regresó a su natal Juchitán, donde formó parte de la Coalición Obrera Campesina Estudiantil del Istmo (COCEI).

Originario de la tierra istmeña, Toledo es reconocido como uno de los impulsores de los espacios culturales más importantes del sur de México.

En 1972 se fundó la Casa de la Cultura Lidxi Guendabiaani de Juchitán (casa de la cultura, en zapoteco), gracias al interés de un grupo de juchitecos, encabezados por el propio Francisco Toledo.

“Toledo fue un hombre inteligente y visionario y lo que hizo fue gestionar el patrimonio del pueblo fundando esa casa de cultura, formó un patronato y así avanzó este espacio”, recordó Yolanda López, amiga de la infancia del pintor que falleció el jueves a los 79 años de edad y quien durante 33 años fue coordinadora de la Casa de la Cultura Lidxi Guendabiaani.

En este lugar, amén de los servicios que presta a la sociedad como los espacios de exposiciones y la sala de arqueología, se formó un centro de reuniones y de preparación de más escritores e intelectuales, pero también de nuevas generaciones de niños juchitecos.

El patrimonio arqueológico del recinto se formó con las piezas arqueológicas que tenían los amigos de Toledo en sus casas, y las donaron a la Casa de Cultura, así al paso del tiempo la gente que iba encontrando cosas en sus casas las fue donando y se fue construyendo un acervo arqueológico, para actualmente atesorar más de 700 piezas que están bajo el resguardo del INAH.

Sin embargo, con el sismo del 7 de septiembre de 2017, este espacio en la calle de Belisario Domínguez, en el Centro de Juchitán, resultó seriamente dañado y su reconstrucción presenta poco avance.

“El Centro Cultural está muy dañado, es una casa que sufrió daños muy severos en su estructura, y a dos años de distancia no le han dado ningún mantenimiento, y no sabemos cuáles son los resultados que han arrojado los estudios de suelo de la casa”, comentó Yolanda López para El Economista, en espera de que este centro pueda ser recuperado y restablecido.

“Es el único bastión de cultura que tenemos (en el istmo), estamos desprotegidos y es un retroceso cultural ver a la casa en esa situación, es grave”, lamenta.

“Min Puli” y Monsiváis

Yolanda López recuerda como “Min Puli”, como llamaban al pintor Toledo en su juventud -” Min por su nombre Benjamín, y Puli, por el nombre de Apolinar de su papá”, sostiene Yolanda López- se trajo un día a Carlos Monsiváis y a varios artistas e intelectuales, e impulsó un movimiento cultural en Juchitán, del que esta casa de la cultura es resultante.

Pero Francisco Toledo no sólo fundó este recinto de la cultura para ayudar al pueblo en el que nació, también a través de Ediciones Toledo hizo un trabajo muy importante en el fortalecimiento de la lengua zapoteca al publicar a escritores juchitecos e istmeños como Francisco (Pancho) Nacar, Macario Matus, Victor de la Cruz y Andrés Henestrosa, sostiene.

Yolanda López, quien conoció a Toledo desde la infancia, y fue su amiga, comparte sus memorias con El Economista: “Francisco creció en Juchitán y en Minatitlán, donde también tenía familia. Tenía una tía que se llamaba Guadalupe y cuando llegaba a Juchitán se hospedaba ahí, también esa fue la casa en donde empezaba a hacer sus bocetos como pintor, en la calle Hidalgo de la zona centro de Juchitán”.

“Luego de que su popularidad en el pueblo fue difícil de controlar y por los ánimos políticos, Francisco Toledo tuvo que salir huyendo del pueblo que lo vio nacer”, dice Yolanda.

De cómo llegó ella a hacerse cargo de la casa de la cultura, recuerda: “En una casión fueron a un mitin, él y otros de sus compañeros, y le tendieron una trampa, los priistas lo querían matar”, desde entonces, Toledo se exilió de Juchitán dejando la Casa de la Cultura al resguardo de Yolanda, quien ahora, a la muerte del pintor y gestor cultural oaxaqueño, pide que no dejen morir el legado que Toledo dejó en su natal Juchitán.

De Juanga a Toledo

Hace tres años, el Palacio de Bellas Artes abrió sus puertas para realizar un gran homenaje a Juan Gabriel y lo despidieron miles de personas, hubo de todo, lágrimas, mariachis, fotografías gigantes y la noticia le dio la vuelta al mundo.

Este fin de semana, las cosas fueron distintas en la despedida del pintor Francisco Toledo, fue un adiós discreto e improvisado por las autoridades.

Lo llamaron “una ofrenda al artista Francisco Toledo en el Palacio de Bellas Artes”.

No fue nada espectacular. Al centro, una pequeña foto de Toledo que fue cambiada varias veces hasta llegar a una más decente; se le rodeó de obras como: “Francisco Toledo Peces y tortugas”, “La función del mago (lagarto), animal fantástico” o “Laberinto para llegar a Lachixopa” que fueron sacadas del Museo de Arte Moderno y de la Estampa como muestra de su fantástico trabajo.

“Nos agarraron las prisas”, dice un empleado mientras coloca también papalotes en el centro que tiene como alfombra flores y elotes. La gente avanza, algunos no saben de qué se trata y otros son sorprendidos por las cámaras de televisión.

Por la alfombra roja pasan turistas y algunos seguidores que se toman una selfie, ven las obras y finalmente firman en un libro para dejar un pensamiento mientras la música continúa despidiendo a Toledo.

Francisco Toledo odiaba los homenajes y las despedidas, por eso, como zapoteco, decidió morir en Oaxaca, en su tierra acompañado de sus murciélagos, insectos, iguanas, sapos y monos. (Con información de Vicente Gutiérrez)