Espejo de Barro, exposición de Adán Paredes en el San Pablo

El Maestro ceramista Adán Paredes celebra 35 años de trayectoria artística en el Centro Cultural San Pablo con la exposición “Espejo de Barro, reflejos de tiempo”.

A lo largo de los años, el Centro Cultural San Pablo ha tenido la oportunidad de colaborar con Paredes siendo sede de algunas de sus exposiciones, por lo que el maestro ceramista ha encontrado afinidad con este espacio en el que celebra 35 años de trayectoria artística, trabajando en conjunto con el equipo del Centro Cultural San Pablo para crear una exhibición única.

El recorrido tiene como principal objetivo mostrar las diferentes etapas artísticas del escultor mediante la reinterpretación de uno de los inmuebles más icónicos de Oaxaca. Para la realización del proyecto en el que también colabora la Galería Nuun Espacio de Arte, Adán Paredes ha tomado como inspiración la arquitectura del ex convento de San Pablo, así como los vestigios de culturas prehispánicas que han sido encontrados dentro del mismo terreno. Así, teniendo como marco los diversos escenarios del Centro Cultural San Pablo, la exhibición muestra magistrales piezas de barro y cerámica realizadas por el artista, en sinergia con artefactos de las culturas prehispánicas, mismos que actualmente se encuentran en resguardo de la Biblioteca de Investigación Juan de Córdova.

La exposición se encontrará abierta al público a partir de mañana 20 de julio y hasta mitades de octubre en un horario de 10:00 a 20:00 horas de lunes a sábado y de 10:00 a 18:00 horas. Entrada libre.

Espejo de Barro, reflejos de tiempo de Javier Ballina Viramontes

Sordos tañidos quiebran el largo silencio, estremecen el tiempo en espirales líquidas cuando racimos de tierra desgranan la vida y caen los días, uno a uno, como peces muertos sin apremio por perderse en el fondo del olvido o la ilusión del recuerdo. Memoria de dolor sedimentario, estratos de sueños con disfraz de realidad y máscaras sonrientes, deseos de magma, estatuas de miedo calcáreo empenachadas con plumas de vanidad, fuego roto, eras que se enfrían por desengaños glaciares para conformar un espejo de barro.

Un diluvio de sombras rapta las viejas formas que habitan el espejo, siega la imagen del sol que humea entre estertores rojizos, sofocados por la turba. Tras las ascuas de larga noche, el fuego nuevo brilla en los ojos de un hombre, y el destello lo enfrenta al espejo que le devuelve su nombre de tierra transformado en “nada”, vértigo del vacío a su imagen y semejanza, caída libre donde gira sobre malacates descomunales y aprende que, al hilar fino, la reflexión de la luz conduce a la luz de la reflexión.

Arañas tatuadas de augurios tuercen el cuerpo del pasado en ejes transversales, e hilos brillantes se replican y tejen el espacio; canon de voces infinitas que el hombre entona a dúo con su propia imagen, vaivén de líneas que se entrecruzan en un laberinto donde ambos intérpretes se pierden, hasta el punto de ignorar quién lanzó la primera mirada. Deja la jornada un campo arado entre pasado y presente, textil materno que fertiliza un mediopunto de arcilla, promesa sincrética de aquel que se enfrenta a sí mismo en el espejo.

Preñados por la mano del hombre, úteros de tierra viva emergen a la superficie, flotan a la deriva y dan a luz reflejos arqueológicos, mensajeros de diosas caídas, buscadores de las tres piedras y el hogar que rediman a fuego lento a las deidades olvidadas. Navega el viajero de tierra espejo adentro, rumbo a oquedades ignotas donde arrecifes salvajes custodian un estrecho paso, colmillos numinosos cual Simplégadas1 que se aprestan a devorarlo.

El mismo oleaje bravío que bautizó los escollos con hostiles zozobras, es la herramienta que emplea el viajero para domarlos. Talla las agudas cúspides con flagelos de mar, moldea la adversidad hasta conseguir un lomo vertebrado para cabalgar, cetáceo de aristas suaves y gentiles que encausa las aguas hacia espacios abiertos y luminosos. Ahí, cinco personajes austeros y eternos esperan al hombre de tierra. Dos de ellos se adelantan y él los reconoce como sus antepasados. Sin palabras lo invitan a fundirse con las otras figuras de barro, para completar así su imagen rota.

Retorna el hombre de tierra ataviado de memoria, camina sin prisa hacia el umbral del espejo, y tras de sí brilla una estela de creación trazada con reflejos de tiempo.