Graciela Ángeles, la mezcalirella mexicana que pone el alto el nombre de las mujeres en esa industria

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Ciudad de México.- Casi como predestinación simbólica, Graciela Ángeles nació el mismo año en el que su familia, de larga tradición de productores mezcaleros, compró su primer palenque, y lo llamó la Concepción, nombre que ella también adoptaría.

“La vida siempre me aventó al mismo lugar, el del mezcal”, cuenta. Y así como parecía estar destinada a producir mezcal –“la conexión entre la tierra y lo humano”–, también estaba destinada a revolucionar.

Hija de padres progresistas quienes a pesar de un contexto que marcaba los roles y espacios que las mujeres debían ocupar, fomentaron en sus hijas el estudio y las motivaron a ser independientes y salir adelante. Nacida en el núcleo de la cuarta generación de una familia productora de mezcal, Graciela creció en Santa Catarina Minas, Ocotlán, un pequeño poblado a 40 kilómetros de la ciudad de Oaxaca de Juárez, donde no existía una carretera que permitiera el acceso a la ciudad. Su infancia en un contexto rural definió su forma de relacionarse con la naturaleza, entender sus procesos, respetarlos y querer preservarlos.

Años después esta visión se vería reflejada en su forma de liderar la empresa familiar de mezcal Real Minero, hoy considerado entre los mejores mezcales del mundo.

Un camino inverosímil como el de muchas otras mujeres que logran el éxito en una industria usualmente liderada por hombres, su historia es una de retos, errores y lecciones aprendidas. Pero sobre todo una de decisiones valientes. Determinada, ambiciosa e inteligente, la curiosidad intelectual por conocer y entender su estado y su país, “de no ir a buscar afuera sino buscar dentro, en mi territorio”, la llevó a hacer una maestría en Sociología en la Universidad Autónoma Benito Juárez de Oaxaca, donde realizó investigación sobre conflictos agrarios, así como de la participación de las mujeres en espacios políticos. Más tarde, realizaría un doctorado en la Universidad Autónoma Metropolitana en Desarrollo Rural, lo que admite le daría las herramientas para tener una comprensión amplia de su entorno regional, estatal y nacional.

El mezcal debería representar la versión más pura y noble de lo que somos los mexicanos, el que se preocupa por el vecino, el que no toca lo que no es suyo, el mexicano que no soporta las injusticias, que pelea por la libertad. Eso para mí es México.

Celosos, el campo y el mezcal siempre la reclamaron de vuelta. Y si bien uno de los grandes dilemas de su vida fue tener que elegir entre dedicarse a una vida académica y la producción de mezcal, lo que llama “su gran pasión”, la fuerza gravitacional del segundo resultó vencedora. “El contacto con la tierra, el saber lo que se siente despertar y oler el aire de la mañana, ver el cielo estrellado, el contacto con la naturaleza, fue todo eso lo que en gran medida me hizo decidir volver a mi pueblo”, cuenta. “Al final el mezcal me hace sentir viva, me mantiene inquieta, es lo que realmente me apasiona”, agrega.

Más que una mezcalirella, la formación académica de Graciela le dio un conocimiento profundo de las dinámicas comunales de organización de su estado y de lo que representa para los oaxaqueños, como ella, que se dedican al campo. Y así, producir mezcal, para ella no es solo un trabajo, sino una muestra de congruencia, alineación entre su pasión y amor por la comunidad, por la tierra, es decir por una forma de vida. “No solo es lo que extraes, sino lo que le das a la tierra”, expresa sobre su visión de crecimiento sostenido que el día de hoy caracteriza a la marca Real Minero, un mezcal premium que se exporta en Estados Unidos y varios países de Europa. Esta visión y el liderazgo de Graciela han convertido la pequeña empresa familiar en una compañía que tan solo el año pasado produjo 12 mil botellas en ocho variedades de agave.

Pero el espíritu familiar ha trascendido generaciones y hoy sigue siendo parte medular en la forma en la que Graciela junto con sus hermanos llevan Real Minero, teniendo como eje guía “la ética y la coherencia”, en medio de una industria que crece exponencialmente alrededor del mundo. “Hemos optado por mantener una trazabilidad, desde el maguey hasta la botella”, dice de la marca propiedad de la familia, que mantiene su producción in house, bajo sistemas tradicionales y no maquila para otras marcas.

No obstante, para poder aplicar su visión en un contexto donde las mujeres usualmente no ocupan posiciones de poder o liderazgo en los negocios, su estrategia para hacer su camino y ganarse el respeto tanto de sus trabajadores como de la comunidad, dice fue siempre el de la preparación y el conocimiento. “Para mí siempre ha sido la carta”, dice. “Para saber mandar hay que saber hacer, me lo decía mi papá de chiquita y hasta hoy vivo bajo ese mantra porque al final lo que está en juego son tus habilidades y destrezas, no importa tu género”. Graciela reconoce que al igual que en muchas otras industrias la disparidad de género es una lucha real que se gana con el doble de trabajo, esfuerzo e inteligencia. Ella decidió ganar la batalla por la igualdad y por el éxito, no comparándose o queriendo emular liderazgos masculinos, sino apostado por su capacidad y por su astucia.

“Es un campo minado donde no te puedes equivocar, cualquier paso en falso te vuela la cabeza”, acuña. “No puedo cargar una piña de agave de 100 kilos, pero si puedo idear como utilizar una carretilla para moverla, aunque no lo haga como un hombre”. Con el ejemplo del liderazgo de su bisabuela, Modesta Ángeles, “una mujer menudita, de 1.50 metros y voz suave”, que a principios del siglo XX impuso su liderazgo, se ganó el respeto en la familia y administraba la venta del mezcal.

A sus cuarenta años, divorciada y madre de dos hijos, Graciela confiesa hoy estar en un momento de reflexión sobre el camino recorrido y las victorias conquistadas. “Mi camino ha sido solitario”, confiesa. “He tenido que hacerme a un lado, observar y seguir, trazar mi propia línea sin esperar que hagan caso a lo que digo, pero sí de que mis acciones hablen por sí mismas y eso al final del día funcionó”.

Preocupada por el crecimiento acelerado de la industria del mezcal y el impacto en pequeñas comunidades como la suya, está convencida que es el papel de las mujeres en la industria rescatar la esencia “noble” de la bebida. “El mezcal debería representar la versión más pura y noble de lo que somos los mexicanos, el que se preocupa por el vecino, el que no toca lo que no es suyo, el mexicano que no soporta las injusticias, que pelea por la libertad”, enfatiza. “Eso para mí es México”.

En este reportaje: diseñadora en set, Noemi Bonazzi; dirección creativa, Look Studios; realización, Enrique Torres Meixueiro, coordinación, Atenea Morales; coordinador de producción, Jon Roberts/Cineburó; asistente de fotografía, Cameron Jack; asistente de diseño en set, Enrique Leyva; agradecimientos a palenque Real Minero, Hotel Azul Oaxaca y Suites de la Parra.