“Máquinas de Henequén. Colección de Guillermo y Mari Olguín” en CaSa

La exposición que se inauguró a finales de julio titulada Máquinas de Henequén. Colección de Guillermo y Mari Olguín en el Chalet del Centro de las Artes de San Agustín (CaSa) puede ser admirada y así conocer las piezas que presumiblemente pertenecen a la época de la fiebre del henequén.

En el texto de sala Santiago Olguín Mitchell y Daniela Limón Velázquez asumen que se trata de moldes para crear piezas de hierro fundido que componían la maquinaria del proceso industrializado de la fibra de este agave, tan valioso que marcó una época socioeconómica en el mundo del siglo XIX a mediados del siglo XX.

“Las piezas provienen de alguna de las tantas haciendas henequeneras, pues en su máximo esplendor se estima que en todo el territorio de la península yucateca habría unas mil 700 haciendas”, se detalla en el texto.

En el texto explica que existen plantas mágicas en México, “sorprendentes, llenas de propiedades y nobles con la vida cotidiana. El henequén es una planta olvidada en los rincones de la historia de nuestra tierra”.

“Procedente de la península de Yucatán, su utilización se remonta a los mayas quienes descubrieron su asombrosa resistencia, desfibraban la penca para obtener hilos que transformaban en elementos de la vida diaria: calzado, mecates, tapetes, vestidos, morrales, hamacas, sacos, cuerdas y amarres de animales entre otros; además su uso notable de planta como barda para delimitar territorios”.

Se menciona que durante la colonia se instalaron en la región grandes haciendas azucareras, algodoneras y maizero-ganaderas; mientras que la producción del sosquil seguía siendo maya y local.

Olguín Mitchell y Limón Velázquez comentan que a la fibra obtenida del henequén, se le denomina sosquil palabra maya compuesta por dos raíces Sos: fibra y Ki: henequén o agave.

“No fue hasta el siglo XIX que la industria henequenera gozó de un auge monumental, pues resultó el sosquil ser una fibra sumamente resistente a la sal y a las temperaturas cambiantes y más flexible que el cáñamo, cualidades que captaron la atención de la industria mundial. Esto desencadenó la creación de maquinaria manual para agilizar la producción ante la creciente demanda”, se lee en el texto.

Olguín Mitchell y Limón Velázquez comentan que como resultado del ingenio, “extranjeros y mexicanos desarrollan en pleno auge la maquinaria henequenera: raspadoras, desfibradoras, cepilladoras, engavilladoras y calderas, ya que la energía utilizada para mover estas máquinas era proveniente del vapor”.