Toledo y la entrevista que nunca fue

Vicente GUTIÉRREZ / El Economista

Ciudad de México.-Hace 13 años perseguí por Oaxaca a Francisco Toledo y no pude entrevistarlo. Estaba en la ciudad por primera vez. Montblanc presentó un apoyo al arte joven y tenía como padrino al artista oaxaqueño y la oportunidad para charlar con él era inmejorable, pero…

Justo ese año explotaron los conflictos en Oaxaca con la Asamblea Popular de los Pueblos de Oaxaca que tomaron el centro de la ciudad, las calles estaban bloqueadas y ya se daban enfrentamientos en la periferia, no eran buenos tiempos.

Apareció Toledo en la ceremonia, siempre con sus huaraches, su camisa blanca y su cabello alborotado; recibió un cheque gigante, le tomaron infinidad de fotos; curiosamente la marca sólo había invitado a revistas y suplementos de sociales y pocos de cultura. El artista salió muy rápido del lugar, se veía incómodo.

Ahí empezó la cacería por entrevistar a Francisco Toledo. Junto con Hugo Salazar (fotoperiodista de El Economista), recorrimos el Andador Turístico Macedonio Alcalá en su búsqueda, lo vimos caminar a paso apresurado con una libreta en sus manos, no se detuvo, fuimos a su casa, nunca salió hasta que en el Instituto de Artes Gráficas de Oaxaca (IAGO) lo encontramos.

Cerveza en mano y su mirada siempre al cielo. Se dejó tomar fotos, pero fueron breves, bromeó con los fotógrafos y, según recuerdo, le arranqué algunas palabras monosílabas antes de que escapara y desapareciera en la noche oaxaqueña, le decían el Brujo.

Armé un perfil para El Economista, me contaron muchas historias alrededor de Toledo, el día que se opuso al McDonald’s en el centro, el día que se peleó con Hacienda y les mando “cuadros de mierda”; una vez no lo dejaron entrar en París a una exposición por su aspecto, o cuando Toledo le regaló un dibujo a unos niños para que lo vendieran y tuvieran dinero para comer; todos en Oaxaca tienen una historia alrededor de Toledo.

Después, conocí al empresario Guillermo Quijas, quien apenas comenzaba su aventura con la editorial Almadía e impulsaba la Feria del Libro de Oaxaca, y me contó algunas cosas de Toledo.

También, su madre, Claudina López, dueña de la Galería Quetzalli, que vende las obras de Toledo en Oaxaca, todas eran fantásticas: Toledo era un cabrón de buen corazón.

Regresé todos los años a Oaxaca gracias a Quijas y su equipo. Siempre me topaba con Toledo; en las calles, en la feria del libro, en un evento o en el IAGO, pero nunca más intenté entrevistarlo, me pareció injusto hacerlo. Preferí admirar su obra, sus papalotes, conocer sus historias con oaxaqueños en el museo del mezcal o en las tlayudas; preferí quedarme con el mito y las mil y una historias que se contaban alrededor del Brujo oaxaqueño.

Ahora que Toledo murió, apareció en Oaxaca un grafiti en la pared con la cara de Francisco Toledo estilo punk de pelos parados y la frase: “Dios nunca muere” y, creo que es verdad, Toledo, el zapoteco, el de Juchitán (a donde nunca regresó) seguirá vivo, corriendo con un papalote en el aire o con su libreta bajo el brazo. Adiós, Brujo, adiós, Toledo.

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