EDITORIAL

 

La reforma que ya está a prueba

 

Difícilmente se van a apreciar resultados en el corto plazo en materia educativa. Lo más importante ha sido ordenar la estructura organizativa y administrativa magisterial, y diseñar planes de estudio que proponen un cambio de paradigma en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

El proceso es largo porque pasa por toda una generación, lo que permite conocer alcances y resultados. Esto significa tiempo en el cual los estudiantes van entrando en una nueva dinámica escolar. Los nuevos programas de estudio necesitan también probarse dentro del proceso educativo e irse ajustando.

Los resultados de la prueba PISA (Programa para la Evaluación Internacional de los Alumnos), deben verse como un referente y no necesariamente como una evaluación real de la educación.

Si bien nos sirve para saber más o menos cómo andan los estudiantes de primaria y secundaria, la prueba no termina por ser representativa de la educación del país. Se ha dado el caso, en que algunas escuelas ponen particular empeño en desarrollar una estrategia que permita que los estudiantes tengan las mejores calificaciones en el examen, lo que provoca resultados desiguales, producto de una atención también igual ante el examen.

Algunos méritos tuvo la “mal llamada” Reforma Educativa. No hubo manera de poder tener el justo medio, porque entre que se convirtió en un proceso con tintes persecutorios a los maestros y que durante meses se encargaron de desacreditarla, no se le encontró virtud alguna. Se acabó con ella como parte de una crítica más a los neoliberales-conservadores.

Tan tuvo sus virtudes, que en las consultas que se hicieron sobre la educación después de las elecciones del año pasado, muchos de los participantes y sus argumentos habían sido expuestos cuando se discutió la “mal llamada” en medio de la vorágine de aquello que llamaron “Pacto por México”.

Sus razones habrán tenido para partir de cero, lo cual mucho tiene que ver con una crítica, en muchas ocasiones razonable y justa, a la pasada administración. Sin embargo, algo debemos aprender de todo esto. Si la Reforma Educativa no se mantiene en tiempo y espacio, no va a haber manera alguna de conocer sus alcances y propósitos para la transformación.

Ninguna reforma es para siempre, pero sí es necesario que tenga continuidad en sus objetivos centrales. Si dentro de cinco años volvemos a empezar de cero, no va a haber manera alguna de que se logre un cambio real en el proceso de enseñanza-aprendizaje.

Para conocer los alcances de la Reforma Educativa que está próxima a aplicarse se requiere de tiempo, consistencia, continuidad y un diagnóstico sistemático sobre lo que se está instrumentando.

Uno de los elementos más importantes que se han puesto en la mesa es el respeto y apoyo a los maestros. Son el eje sobre el cual se desarrolla el proceso educativo, pero en el camino por ningún motivo se deben pasar por alto a los estudiantes y la responsabilidad que tiene el magisterio ante ellos.

En el proceso de conveniencias mutuas entre el Presidente y la CNTE, todavía hay una buena cantidad de cabos sueltos. Profesionalizar al máximo a los maestros es un deber del Estado que debe llevar a los profesores a entender y asumir sus responsabilidades ante los estudiantes.

Pensar y transformar la educación requiere de una concepción integral. La Reforma Educativa ya está empezando a tener sus pruebas de fuego.

Hay que dejar que fluya y apoyarla en sus propósitos, algunos de los cuales son de enorme importancia en la formación y vida de los estudiantes. Hay que tener paciencia para empezar a ver resultados.

EDITORIAL

 

 

El domingo del Presidente

 

El Presidente no sólo mantiene altos niveles de popularidad también mantiene intocado su músculo político. Difícilmente le va mal en la plaza pública que, sin duda, es su hábitat natural.

Seguramente el domingo había acarreados, pero esto no le quita un ápice a la fuerza y representatividad del acto en que López Obrador celebró su primer año de gobierno.

El Presidente sabe muy bien que el mejor escenario en que se puede encontrar y desarrollar es el de la plaza pública. Es lo que le gusta y domina porque está más que probada su capacidad y efectividad comunicativa. Igual puede leer un largo texto que improvisar y por lo regular le va muy bien.

Difícilmente se le interrumpe y cuando esto sucede se debe a los aplausos, las vivas o las arengas, las cuales él mismo se encarga de echar a andar.

Lo que también quedó de manifiesto el domingo es el gran fervor que le tienen sus furibundos seguidores. Todo lo que dice el Presidente es reconocido y festejado. Las pruebas de cariño y cercanía son una constante en todos los actos públicos en que participa.

La gente lo sigue muchas veces sin necesariamente atender a detalle sus discursos, lo que muchas personas quieren es verlo buscando acercarse a él lo más que se pueda. La gente lo ve con enorme fe, lo que a menudo tiene que ver con el contenido de sus discursos, como sucedió en varias ocasiones el domingo.

Sus referencias al siempre inquietante maniqueísmo de buenos y malos a mucha gente le termina por gustar y acomodar porque para ellos el Presidente concilia lo bueno, algo así como el deber ser, lo que deriva en que quien no está con él se convierte en muchas ocasiones en el malo o los malos.

El discurso presidencial del primer aniversario de su gobierno ofreció información, resultados y una dosis de cuentas alegres. Su alocución fue también de nuevo un ataque al pasado con pasajes profundamente religiosos.

Lo que no pudo evitar fueron de nuevo las muchas referencias a sus adversarios y a los conservadores, quizá más que no pueda no quiere ni lo hará. De alguna u otra forma su pensamiento está siendo cada vez más lineal en donde no caben los que piensan diferente de él. Su discurso en este sentido cada vez más permea, lo que inevitablemente lleva a ahondar las diferencias entre nosotros. Es un líder particularmente mediático, reconocido, muy cercano a la gente, controvertido, con un discurso que ahonda diferencias y que cada vez tiene más pasajes de religiosidad.

No pareciera que esta tendencia vaya a cambiar, a pesar de que a veces da la impresión que busca conciliar y cohesionar, pero al final le sale su espíritu de candidato y de agitador político.

La amplia cobertura que tuvo el acto del domingo confirma que más que el Presidente necesite a los medios son éstos los que necesitan a López Obrador, quien materialmente está metido hasta la médula en el imaginario colectivo.

Al Presidente le fue muy bien el domingo. No sólo por el multitudinario y ruidoso acto sino también por la cobertura que se le otorgó tanto en redes como en medios de comunicación. A esto sumemos que se encontraba ante una audiencia cautiva y entregada en medio de la fiesta en que todo se celebraba.

Pueden gustar o no estos actos, pero no hay duda que al Presidente le resultan positivos y favorables, no tendría por qué cambiar la fórmula.

Todo indica que lo que tampoco va a cambiar es el tono y contenido de sus discursos. No va a dejar de ser rijoso ni va a dejar de señalar y fustigar a sus “adversarios”, que entre 3 mil y 5 mil también salieron a la calle el domingo y a los cuales no debe menospreciar porque pian pianito se van sumando.

EDITORIAL

 

 

Honestidad, experiencia y capacidad

 

La disyuntiva entre expertos, capacidad y honestidad, no necesariamente lleva a solucionar los problemas de la gobernabilidad. Todos los Presidentes nos han asegurado que si algo va a distinguir a su Gobierno, es porque estará integrado por los más preparados y honestos.

Sin duda, la honestidad, los principios y la ética son los elementos que le dan sentido a la gobernabilidad; sin embargo, todo tiene que ver con todo y todo es mutuamente dependiente.

Lo que distingue a López Obrador, en comparación con otros mandatarios, ha sido el énfasis que ha puesto en el tema de la honestidad, por encima de la experiencia, la cual está ligada a la capacidad de las personas. Para el Presidente, el nombre del juego es la honestidad y hacer a un lado, de manera tajante y definitiva, al compadrazgo y al amiguismo.

En el fondo, este criterio no ha sido del todo cumplido. Su círculo más cercano está compuesto por personajes que fundamentalmente se han distinguido por serle leal. No se pasan por alto sus capacidades, pero bajo el estilo personal de gobernar del Presidente, pareciera que cuenta más la lealtad, que la experiencia y quizá también la capacidad.

Quienes gobiernan saben lo importante que resulta tener cerca a quienes son leales, defienden el proyecto de Gobierno y que son “su gente”, en las buenas y en las malas. Bajo este esquema, es común que la capacidad y la experiencia tiendan a ser poco valoradas.

En muy pocas ocasiones se ha presentado en el país continuidad entre un Gobierno y otro. Pocas veces repiten los secretarios de Estado, porque se interpreta que pudiera ser que, por un lado, no dejen de ser leales a quien originalmente los llamó, pero también porque, independientemente de su capacidad, se les ve como “más de lo mismo” sin siquiera evaluar sus capacidades y lo que hicieron.

Los gabinetes se forman fundamentalmente con base en la confianza, la cual en muchos casos se busca verla como un elemento de capacidad, sin que necesariamente lo sea.

En los gobiernos de Veracruz y Morelos se presentan estas dinámicas, lo cual tiene en graves problemas a los dos estados. La lealtad y compadrazgo van por delante, haciendo a un lado la capacidad y la experiencia para gobernar.

Se ha olvidado que las decisiones de los electores se fundaron en el desazón colectivo. La decisión tuvo más que ver con quienes gobernaban que con quienes gobernarían.

Sin duda, la honestidad es un elemento central y medular en y para la gobernabilidad. Sin embargo, por más que se les reconozca como una pieza incontrovertible en sí misma, o con lo que el mandatario llama “un 90 por ciento”, no da para enfrentar los brutales y desafiantes retos de la gobernabilidad.

Tiene razón el Presidente cuando insiste en el tema de la honestidad, y más bajo los altísimos niveles de corrupción en que todavía vivimos. La corrupción corre por los gobiernos y por los funcionarios de casi todos los niveles; sin pasar por alto las responsabilidades del sector privado y de nosotros, los ciudadanos.

El problema es que al colocar a la honestidad como casi factor único para formar un Gobierno, se pierde de vista y, sobre todo, se soslaya la experiencia y particularmente la formación profesional, que permite el mejor de los diagnósticos sobre los problemas de la sociedad.

Lo que nos frena es un cambio de mentalidad. La honestidad debería ser un valor social y una forma de vida.

Mientras llegan a plenitud esos días, resulta fundamental la experiencia y la capacidad, porque además de su valor, en sí son elementos que

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Cruces rosas, sangre, tinta y jabón

“Viejas revoltosas”, “argüenderas”, “alborotadoras”, “feminazis”, entre otros varios calificativos, es como muchos llaman a las mujeres que toman las calles para exigir un alto a la violencia de género.

Y vale la pena detenerse particularmente en el término “feminazi”, porque es curioso cómo se ha convertido en uno de los favoritos, sobre todo de aquellos que poco saben sobre el holocausto.

Dice la Real Academia Española que la voz «feminazi» (acrónimo de «feminista» + «nazi») se utiliza con intención despectiva, para señalar a una ‘feminista radicalizada’”.

Resulta curiosa la mezcla, porque por muy radicales que sean, hasta hoy no se tiene registro de que en algún movimiento feminista haya intervenido la activación de una cámara de gases para matar a un grupo de personas, o algún campo de exterminio.

El Museo del Holocausto de Washington, uno de los principales centros de documentación sobre ese tema, estima que 6 millones de judíos fueron asesinados por los nazis entre 1933 y 1945, sin considerar a los civiles soviéticos o polacos no judíos, serbios, romaníes, opositores alemanes y otros que sumarían unos 9 millones más.

¿Cuándo el feminismo ha provocado semejante número de muertes?… “No podemos comportarnos igual que un torturador, que un violador, que un asesino, nosotros, los que respetamos los derechos humanos y los que queremos que se nos respeten, tenemos que marcar esa diferencia”, fueron las palabras con las que nuevamente se estrelló esta semana la Presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, Rosario Piedra Ibarra, al referirse a la marcha contra la violencia de género.

La titular de la CNDH, probablemente vio otra marcha, pues hasta el momento no sabemos que, además del patrimonio dañado, se haya registrado algún asesinato, tortura o abuso sexual en el recorrido.

Hay que tener más cuidado con las comparaciones, porque lo que vimos en esta movilización se llama vandalismo, una conducta totalmente reprobable y que debe ser castigada de acuerdo al artículo 397 del Código Penal Federal, así como por la Ley de Cultura Cívica de la Ciudad de México.

Desgraciadamente los destrozos y pintas le robaron el foco a expresiones y protestas que son mucho más profundas, aunque en unas horas, con agua, jabón, jergas y algunos químicos, casi todo volvió a la normalidad.

Penosamente no ocurre así con las víctimas de una agresión de género, menos con aquellas a las que les cuesta la vida y para cuyos familiares nunca nada podrá volver a la normalidad.

De enero a septiembre de este 2019, 2 mil 833 mujeres han sido asesinadas en México (SESNSP), pero sólo 726 casos son investigados como feminicidio, según el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio.

Veracruz, donde fue asesinada y abusada la pequeña Fátima de sólo 12 años, cuenta 140 casos; el Estado de México, donde fue encontrada descuartizada Izamar Méndez, cuenta con 81 casos; y Nuevo León, donde un hombre asesinó a su esposa Connie Janeth, quien ya lo había denunciado 15 veces por maltrato, cuenta con 53 casos.

Son los tres estados con más feminicidios en nuestro país. ¿Con qué podemos borrar semejantes huellas?

Según la ONU, de 2015 a 2018 los casos de violencia familiar en nuestro país se elevaron 751% y datos del INEGI señalan que la tasa de delitos sexuales fue de 2,733 por cada 100 mil ciudadanas.

Desde diciembre de 2018, 4 mil 275 menores de edad quedaron huérfanos, como víctimas indirectas de casos de violencia de género. Y de justicia mejor ni hablamos, porque la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres reporta 98% de impunidad.

Sin embargo, esta semana una pequeña luz marcó la diferencia, en ese remolino que se forma cuando las mujeres levantan la voz para exigir libertad, seguridad, derechos y justicia.

Bien organizadas son capaces de lograr grandes cosas, como Olimpia Coral Melo, quien pasó de ser víctima a activista y luego de una larga cruzada junto con el Frente Nacional por la Sororidad y otras agrupaciones, lograron que la Ley Olimpia, para que la violencia digital sea reconocida y castigada como una agresión contra las mujeres, fuera aprobada por unanimidad en la Cámara de Diputados para que se aplique a nivel nacional.

Ya son 13 estados los que han aprobado el paquete de reformas y ahora toca al Senado de la República entrarle a la discusión.

Es una oportunidad de oro para que los legisladores de la cámara alta, tan desacreditada en las últimas semanas, demuestren que escuchan a la ciudadanía, a sus mujeres y ahora sí se legisle a favor de una vida libre de violencia.

EDITORIAL

 

 

¿Cómo no estar enojadas?

 

Mujeres asesinadas por hombres. El motivo de su asesinato no fue un asalto, no fue un accidente: las mataron por ser mujeres. En sus cuerpos se ven las huellas del odio, cuerpos violados, mutilados los genitales, desfigurados o golpeados con saña y casi siempre por su pareja afectiva, familiar o algún conocido. Así es el feminicidio.

Las madres de esas mujeres son ahora su voz para pedir justicia y terminar con la impunidad. Recorren Ministerios Públicos y juzgados buscando el acceso a la justicia para sus hijas, para ellas, para sus familias que han sido tocadas por la violencia.

Los gobiernos poco han hecho y han equivocado sus acciones y políticas públicas. Cada año los datos son más alarmantes: entre nueve y 10 mujeres son asesinadas cada día en México, según información brindada por la ONU;  a nivel nacional, de 2015 a la fecha, suman tres mil 578 feminicidios y sólo de enero a octubre de este año se registraron 833 casos, según informa el Secretariado Ejecutivo del Sistema Nacional de Seguridad Pública (SESNSP), donde Veracruz se coloca como el estado más peligroso, con 153 casos, seguido por el Estado de México, con 95, y en esta lista, la Ciudad de México acumula 50 feminicidios cometidos en los primeros nueve meses de 2019.

En la marcha se presentaron hechos de pintas a patrimonio histórico y durante ese día y el siguiente, en las redes sociales encontramos mensajes que juzgaban la conducta y otros que felicitaban la pronta limpia de los monumentos de la Ciudad de México. ¿Cómo no estar enojadas si las prioridades están colocadas en lo material más que en las vidas? Y si los monumentos reflejan la historia de nuestro país, pues bien, esos monumentos, ahora con sus pintas, reflejan también la historia violenta que viven las mujeres en este país.

Durante la marcha del 25 de noviembre, una de las imágenes que engloban esta falta de sensibilidad y de actuar del Gobierno fue la fotografía de un monumento histórico protegido por una malla de plástico para evitar que fuera pintado, en el cual se observaba un cartel con una leyenda que decía: “Quién fuera estatua para que así el Edo. Te proteja #9 muertxa al día” (sic).

Pero, ¿cómo no estar enojadas si en México “no pasa nada” ante el feminicidio, las violaciones, el acoso sexual y la violenta situación que se vive por ser mujer, niña, adolescente y joven? Los crímenes aumentan y la impunidad es la aliada de los feminicidios.

La sociedad en su conjunto también es responsable por el establecimiento de roles de género, estereotipos y prejuicios que giran sobre el deber de ser mujer y que nos ponen en situación de vulnerabilidad. Lo que nos toca es deconstruir conductas machistas y misóginas, aceptar que es una realidad y brindar una educación incluyente y de trato igualitario, en la que podamos acceder, con la misma posibilidad, al control y beneficio de bienes, servicios y toma de decisiones en todos los ámbitos de la vida. Porque mientras este cambio no se dé, ¿cómo no estar enojadas?

EDITORIAL

 

La marcha del lunes

 

A pesar de que queda claro el objetivo de la marcha del lunes, no hay manera ni tiene sentido pasar por alto los hechos vandálicos.

El país vive en medio de una sistemática violencia contra las mujeres, que se ha convertido en una forma de vida. Se intenta avanzar, pero en verdad todo va muy lentamente. Por más que se hayan creado instituciones en defensa de las mujeres, que se hayan cambiado las leyes para evitar las agresiones, estamos muy lejos de que las cosas den un giro y que en la práctica se materialicen nuevas condiciones de vida.

La marcha es el cúmulo de todo ello, lo que incluye también los hechos violentos que provocaron una inevitable atención en la cobertura sobre ella.

Sin tener respuestas claras sobre los motivos de quienes apelaron de nuevo al vandalismo, es inevitable preguntarse por “la mano que mece la cuna”, dicho de otra manera, tratar de encontrar indicios de quién puede estar detrás de las violentas acciones que cada vez se ven más orquestadas, organizadas y provocadoras.

La coordinación que se vio el lunes llamó la atención, sabían muy bien cuándo atacar y cuándo replegarse, al tiempo que tienen claro que hagan lo que hagan no serán ni agredidas, ni encaradas, ni detenidas.

Lo que pasó el lunes conlleva un gran riesgo a futuro. Todo indica que toda marcha de esta índole podría pasar por situaciones similares. Los grupos violentos han encontrado en estas manifestaciones el espacio idóneo para expresarse, agredir y hacerse ver.

Las transmisiones en medios y redes se concentraron en buena medida en la violencia, más que en las consignas de las entre 3 mil y 5 mil mujeres que marcharon.

Quedó claro que por más que pongan vallas en monumentos históricos, comercios y en general en la calle, no hay manera de frenar a los grupos que se han distinguido por su vandalismo.

La cuestión a futuro es si estas acciones en algún momento serán frenadas por la autoridad bajo la aplicación del Estado de derecho. Todo indica que por lo menos en la CDMX no va a pasar. Las autoridades no se quieren meter en ningún problema que tenga que ver con detenciones o con frenar este tipo de expresiones. Lo que van a seguir haciendo es tratar de que la ciudad rápidamente pueda recuperar su rostro y que se vea limpia de las acciones vandálicas y los grafitis, como de manera tan efectiva se apreció ayer y que fue tan cacareada por el canciller Ebrard.

Lo que ya parece un hecho es que quienes marchen por las calles de la capital van a enfrentar la posibilidad de que sean infiltrados, con las consecuencias que estamos viendo.

Es comprensible el cuidado y prudencia que las autoridades tienen en este tema; sin embargo, los peligrosos riesgos pueden llevar a consecuencias mayores, porque no se puede perder de vista que en las marchas se conjunta la protesta, la rabia, la desesperanza, los infiltrados y la provocación.

Dentro de lo que se vio, lo más importante y que merece la mayor de las atenciones es el sentido de la marcha y las sistemáticas demandas por frenar la violencia contra las mujeres. De eso se trataba la marcha del lunes, de nuevo se buscaba evidenciar cómo son tratadas las mujeres quienes desde posiciones de poder o desde el anonimato se han lanzado a protestar y hacer conciencia, marcadas por la rabia e impotencia bajo el “ni una menos”.

Los retos son mayúsculos. Quizá generacionalmente no podamos ver cambios como se quisiera, pero sí se alcanza a apreciar una toma de conciencia que va ganando espacio y que está permitiendo que más mujeres se unan a esta lucha colectiva.

Otro reto a enfrentar somos los hombres. Tenemos que reeducarnos y entender que los tiempos son otros y ya corren contra nosotros. Ahora sí que “los de adelante corren mucho y los otros se quedarán”.

EDITORIAL

 

 

Una investigación y un debate necesarios

 

 

Todo lo que se diga sobre la desaparición de los normalistas en Iguala provoca todo tipo de reacciones. No hay nada que pase de largo, nos la hemos pasado en medio de una sobredimensión que tiene que ver con la afectación que ha producido en la sociedad mexicana la “noche más triste”.

El rompimiento interno que provocó ha llevado a los límites, tanto por la confusa estrategia de las autoridades para investigar la desaparición de los estudiantes, así como por las interpretaciones del todo, en medio de confrontaciones y afirmaciones que, en muchos casos han terminado por ser ligeras y menores.

Si todo lo que se dice sobre el tema tiene estas características y desata controversias, interpretaciones y confrontaciones; imaginémonos lo que puede suceder cuando quien habla del tema es el Presidente.

Esto sucedió el pasado fin de semana en Guerrero. En una alocución que lleva a demasiadas interpretaciones, López Obrador dijo algo que se consideró como sinónimo de que la desaparición de los normalistas no fue un crimen de Estado.

Lo dicho por el Presidente adquiere particular dimensión porque gente cercana a él y muchos de sus simpatizantes parten de que la desaparición de los estudiantes fue un crimen de Estado.

Algunos han tratado de desacreditar a los furibundos seguidores de López Obrador poniéndolos presumiblemente en evidencia debido a sus innumerables afirmaciones sobre que Iguala fue un crimen de Estado, en tanto que los otros están en un terreno que bien podríamos definir como una versión de “lo que el Presidente quiso decir”.

Lo que pasó refleja, como se ha dicho en muchas ocasiones, las cadenas de corrupción, impunidad, complicidad e incapacidad que rodea a los cuerpos de seguridad y a algunas autoridades.

Quizá más que una acción concertada estamos ante una actuación que puede llevar, con coordinación o sin ella, al crimen de Estado.

Lo que sí está claro es que todo forma parte de una reacción de cómo actúa la autoridad la cual obedece a mandos corruptos, a policías impreparados y ligados a la delincuencia como forma de vida, y sobre todo a la abrumadora presencia del narcotráfico y los enfrentamientos entre bandas.

A esto se suma que la investigación sobre el caso estuvo desde el inicio cargada de pocas luces y muchas sombras. Una constante de los gobiernos, reconociendo que este caso tiene una alta dosis de excepcionalidad, es poner particular énfasis en hacer de un conflicto algo profundamente confuso.

¿Fue toda la fuerza del Estado la que se coordinó para secuestrar a los normalistas? El problema aparece más que como un conjunto de acciones coordinadas  como una forma regular de actuar por parte de gobiernos municipales en ciudades dominadas por el narcotráfico, a lo que se suma la participación directa o indirecta de otras instituciones del Estado.

No se puede pasar por alto en todo lo que ha sucedido, la dinámica interna de la normal Isidro Burgos, la cual ha sido usada e infiltrada por la delincuencia, con todas las consecuencias que tiene.

El discurso del Presidente se puede ver cómo él se ve a sí mismo, una especie de gran tótem quien define todo tipo de acciones. Sin embargo, el debate si bien pasa por si a futuro se podrían evitar situaciones como ésta, lo relevante estará en saber si hubo o no un crimen de Estado; Alejandro Encinas trató de zanjar la discusión ayer, asegurando que sí lo fue.

El debate es importante porque estamos hablando de la delimitación de responsabilidades, las cuales podrían alcanzar a muy altos mandos del gobierno, pero dentro de todo, lo más importante sigue siendo conocer el destino de los 43 normalistas.

EDITORIAL

 

 

El INE y la lana

 

Si bien hay pasajes en la historia del INE que merecen la crítica, también es cierto que gracias al instituto, hoy el país tiene procesos electorales que, por encima de todo, dan certidumbre y en la mayor parte de los casos, confianza.

El INE de hoy no es el que puso en duda los procesos electorales de 1988 y 2006; para hablar de los más controvertidos de las últimas décadas. En el 88, todo se desarrolló acorde a lo que determinó el Gobierno. Fueron vergonzosas las sesiones del Colegio Electoral, en las cuales los medios de comunicación no atinaban a qué debían informar.

Se la pasaron entre lo que estaba pasando y la “línea” que les tiraban desde el Gobierno, la cual asumieron gustosamente.

Las transmisiones mostraban la confusión que existía, al tiempo que se buscaba a toda costa acreditar y justificar el triunfo de Salinas de Gortari. Si algo se hizo fue convertir un conflicto real en una confusión, para esconder muchas de las tropelías que se estaban haciendo.

El Colegio Electoral funcionaba como un apéndice de la Segob; lo que son las cosas: muchos de quienes estaban metidos en lo que pasaba, hoy son parte de la 4T.

En 2006, el entonces IFE fue rebasado por la dinámica de los partidos políticos, que buscaron imponer el triunfo de Calderón. De nuevo, “los acuerdos” y las complicidades de algunos partidos fueron elementos para decretar el dudoso triunfo.

¿Hasta qué punto hay responsabilidades directas del INE en el resultado de las elecciones? Cada vez es más claro el rol del instituto: organiza las elecciones desarrollando un proceso cada vez más acabado que va recuperando algo fundamental y que ha sido el máximo dolor de cabeza electoral: la incertidumbre y desconfianza en las elecciones.

El INE es dirigido por un conjunto de funcionarios, pero es regido por los partidos políticos. Hay que considerar el hecho de que al INE se le haya reducido su presupuesto, pero no se haya tocado la partida de los partidos.

Si bien hay muchas cosas que arreglar en el INE, no perdamos de vista que el instituto está hecho a imagen y semejanza de lo que quieren y determinan los partidos. Nuestra democracia es muy cara por la sencilla razón de que nos la hemos pasado desconfiando unos de otros.

Después de cada proceso electoral se han creado nuevos controles que permiten generar y desarrollar la credibilidad ciudadana; y ello ha significado dinero.

En la historia del INE se han presentado momentos que, sin duda, lo cuestionan. Fue motivo de largo debate la construcción de su edificio y la propuesta de otro inmueble que no fructificó. Sin quitarle responsabilidades, reiteramos que su vida y construcción va de la mano de los partidos políticos.

La distancia que sistemáticamente le ha tomado López Obrador al INE tiene motivos, en función de que se ha visto afectado por las decisiones que ha tomado. Sin embargo, visualizar al instituto como si actuara solo, sin la intervención de los partidos políticos, es perder de vista su origen.

El INE fue la institución que avaló el inobjetable triunfo de López Obrador. Lorenzo Córdova informó del triunfo del tabasqueño con base en los reportes del INE, sin consultar con ningún elemento externo. Más allá del contundente triunfo del hoy Presidente, es importante resaltar el desarrollo del proceso, su organización, la participación ciudadana —tanto en las urnas como en la instrumentación del mismo—, sin importar quién haya sido el ganador.

No tiene sentido tratar de debilitar y menospreciar a quien organiza las elecciones. Es probable que el propio Gobierno se haga el harakiri con una decisión de esta naturaleza, porque aseguran que no llegaron a eternizarse en el poder, porque son demócratas, y para serlo hay que hacer elecciones.

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Sicilia, Solalinde y el pasado

Todo parece que vamos a seguir por los rumbos de tener al pasado como referencia sexenal. Por más promesas que se hagan de ya no hablar de ello se la pasan bajo lo mismo entre que les sirve para la rentabilidad política, al tiempo que se explican y nos recuerdan el batidillo que les y nos dejaron.

Lo que es un hecho es que no hay día en que desde la movidísima e implacable Unidad de Inteligencia Financiera, UIF, se señale a algún exfuncionario involucrado en irregularidades. Lo que fue el equipo de Peña Nieto tiene una infinidad de motivos para estar inquieto, preocupado y en una de ésas intuir que existen enormes posibilidades de que los metan en la cárcel.

Las razones igual pasan por sus tropelías, que porque la sociedad mexicana lleva un rato queriendo ver sangre y, por cierto, por innumerables motivos, no la de cualquiera.

Una forma de cerrar, en algún sentido, ese pasado pareciera que tendría al expresidente bailarín en la mira. Por más que pudiera darse el caso de que Peña Nieto no estuviera al tanto de muchas decisiones y tropelías no hay manera de que esté exento de ellas debido a la responsabilidad que tenía, y en función del cargo que de manera tan desaseada, para decir lo menos, ostentó; en una de ésas, también le pueden cobrar cuentas del batidillo que dejó en el Edomex.

A futuro deberemos buscar los motivos por los cuales la sociedad mexicana se decantó por un personaje que creció, nació y desapareció gracias a la televisión mexicana, en particular al Canal de las Estrellas.

En el Gobierno deben saber e intuir que la cuerda que les ofrece el abrumador pasado tarde que temprano se les va a acabar. El propio Presidente ha referido e identificado que el tiempo que corre ya es del Gobierno y que en algún sentido va en su contra.

La Presidencia está obligada a dar un paso adelante en una estrategia que durante un buen tiempo le dio resultado. El Presidente no está ajeno de avatares y debe saberlo, alguien se lo debe decir, debe construir proceso de cohesión y unidad de carácter nacional.

El ir y venir de sus discursos igual da para verlo como un hombre conciliador y como un rijoso de callejón. No se trata de que quede bien con todos, no hay manera ni tiene sentido, pero lo que está a su alcance es la búsqueda de una cohesión que en cualquier momento bajo las condiciones que vive el país puede necesitar.

Más allá del desencuentro entre el padre Alejandro Solalinde y Javier Sicilia, que incluye colateralmente a López Obrador, lo expresado por el sacerdote tiene que ver con este panorama y merece atención.

Dice el prelado que es tiempo de unidad y apoyo a López Obrador, refiriéndose de nuevo al lastre del pasado. La referencia parte de un diagnóstico de Solalinde respecto a lo que está viendo y los retos que se enfrentan para el cambio. Independientemente del lance con Sicilia, el prelado pareciera que vislumbra la enorme dificultad que tiene López Obrador en su genuino proyecto de transformación.

Lo que Solalinde le está diciendo a Sicilia es que, más allá de las diferencias, las cosas tienen un nivel de complejidad que puede rebasar a todos. Lo que Alejandro no debe dejar pasar es que todo esto también tiene que ver con la tendencia presidencial a aislarse, lo que puede llevar a que su gabinete no tenga la más remota idea de lo que pasa y que ello termine por distanciarse de grupos y personas que no por pensar diferente de él están en contra de él.

Al Presidente le están llegando los tiempos de las decisiones mayores. Aquellas que requieren tener a buena parte de la sociedad como cómplice y no como el adversario.

EDITORIAL

El faro y las turbulencias

Pocas instituciones miden tan claramente la temperatura al país como la UNAM. A la universidad se le admira, respeta, quiere; se le reconoce como un orgullo de la sociedad, pero también se le persigue, agrede y usa.

Todo lo que pasa en su interior tiene repercusiones, nada pasa por alto. Quienes intentan alterarla saben de la importancia que tiene y lo que puede repercutir el hecho de atacarla o alterarla.

La comunidad universitaria es consciente de la trascendencia que tiene su institución. Un ataque, como el que se perpetró hace unos días a la Rectoría y a la librería Henrique González Casanova, a nadie le pasa por alto.

Queda claro que, independientemente de la atendible manifestación de un grupo de estudiantes, los llamados “anarcos” encontraron en la marcha, la posibilidad de alterar los ánimos de la universidad, aprovechando, además, nada es casual, que ayer Enrique Graue fue reelecto por la Junta de Gobierno como rector.

Los “anarcos” se aprovecharon de la marcha como lo han venido haciendo, ante la pasividad de las autoridades; se infiltran, violentan, agreden, atemorizan y vandalizan. Se han ido aprendiendo el guion y el camino porque hasta ahora se saben o se sienten intocables.

No se trata de que este grupo sea atacado sin ton ni son, como si eso resolviera el problema, de lo que sí se trata es de aplicar el Estado de derecho. Llevamos mucho tiempo teniendo demasiado cuidado y extrema prudencia en aplicar la fuerza del Estado. Los “anarcos” se han dado cuenta de que, hagan lo que hagan, no pasa mucho y si los detienen, a los 10 minutos los liberan, porque no “vaya a ser que terminen como presos políticos”.

Como institución autónoma y de libertades, quienes hemos pasado por la UNAM sabemos que vive a menudo expuesta. La comunidad universitaria es pujante, sensible y consciente de ello. Hay cosas que se presentan en la UNAM que no gustan, pero se entiende que es una institución plural, en donde caben todo tipo de corrientes de opinión.

Debido a esta efervescencia e intensidad histórica, es claro que cualquier cosa que pase en la universidad puede ser detonante de un problema mayor que, incluso puede alcanzar al país, nada de lo que le pase y viva debe soslayarse, porque es como una gran caja de resonancia.

La terna para elegir rector de la UNAM fue, por muchos motivos, atractiva. Cada uno de los candidatos representa diferentes dinámicas y pensamientos universitarios. Da la impresión de que Pedro Salazar y Angélica Cuéllar, tarde que temprano, podrían ser rectores de la universidad.

El reto para el doctor Graue está en consolidar lo que se ha hecho en los últimos años, pero también en modernizar en todos los sentidos a la UNAM. Ser rector es un trabajo profundamente complejo por la infinidad de escenarios que cotidianamente se enfrentan.

Ejemplo de ello es el hecho de que Filosofía y Letras esté en paro, con un auditorio tomado desde hace muchos años y que Ciencias Políticas esté en rumbo de lo mismo.

Al mismo tiempo, el rector va a tener que enfrentar una cierta distancia que el actual Gobierno ha tomado con las universidades, hasta ahora, la UNAM y el IPN han librado las luchas callejeras por mejores presupuestos, pero es evidente que ante la austeridad como forma de vida en que andamos, y si en el Gobierno no entienden el valor de las universidades en la vida del país, hay indicios de ello, tarde que temprano no quedará de otra que librar luchas callejeras.

En función de los tiempos en que estamos, la permanencia del doctor Graue le va a permitir a la universidad cerrar un buen ciclo.

En medio de tanta intensidad política, la UNAM sin dejar de estar expuesta y vivir situaciones límite, sigue siendo el centro de debate y un faro para la sociedad.

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