EDITORIAL

Otra tarde de perros

Desde que Érick fue secuestrado, la familia LeBarón supo y entendió que sus vidas iban a cambiar, dijo hace algunos años Julián LeBarón.

Al no pagar el rescate, argumentando que sería el inicio de un chantaje interminable, sabían lo que se les venía; Érick terminó siendo liberado sin que se pagara ningún dinero.

La familia estaba clara que la decisión tendría un costo lo que la obligó a instrumentar todo tipo de estrategias de seguridad. Nunca se ha planteado enfrentar al narcotráfico o algo parecido; se enfocó en establecer un sistema de seguridad para lo cual habló con las autoridades.

Durante mucho tiempo los LeBarón recibieron todo tipo de amenazas, las cuales obligaron a que algunos integrantes de la familia vivieran materialmente escondidos.

Todo cambió de manera dramática cuando Benjamín LeBarón, representante de la familia, y su cuñado, Luis Whitman, fueron asesinados en julio de 2009. Fue la prueba de que los narcotraficantes no habían olvidado las afrentas que para ellos fue la reacción familiar ante el secuestro de Érick.

De nuevo fueron con las autoridades y les plantearon: “si no pueden protegernos, permítanos armarnos”. (Marcela Turati, Proceso).

Los LeBarón no sólo padecían a la delincuencia organizada; tuvieron que enfrentar también a los policías infiltrados. En medio de todos estos acontecimientos, la familia adquirió atención nacional, a lo que se sumaba que son una comunidad menonita en el norte del país que vive, en algún sentido, aislada y bajo sus propias reglas. Lo que es un hecho, es que a lo largo de todo este tiempo están plenamente reconocidos, ubicados y respetados en Chihuahua.

Julián LeBarón se convirtió en el representante de la familia. Hoy es un importante defensor de derechos humanos destacándose por su fuerza y convicción, lo que lo ha llevado a tener una significativa presencia nacional.

Durante algún tiempo formó parte del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, encabezado por Javier Sicilia, del cual se separó por diferencias hace poco tiempo.

En una de las conversaciones que sostuvimos con Julián LeBarón, saliendo de la anticlimática reunión de seguridad con Felipe Calderón, en el Alcázar de Chapultepec, nos decía que lo que ha vivido la familia ha sido una pesadilla y que no descartaba que en cualquier momento fueran de nuevo atacados.

Las críticas de Julián a las autoridades han venido creciendo. Ya no se trataba sólo de su familia; en su recorrido por el país fue tomando conciencia de lo que se vive no sólo en su comunidad. Una y otra vez, nos decía, que no enfrentaban al narcotráfico, lo que querían era simple y sencillamente vivir en paz.

La historia de los LeBarón no es excepcional en el país. Ellos bien pudieron migrar a EU, pero decidieron, por razones personales y comerciales, quedarse en México. No es nuevo que tengan problemas de seguridad, pero desde siempre han sido respetuosos de las leyes, entendiendo que su vida interna es distinta a buena parte de como vive la gran mayoría de las familias; “no aceptamos, ni aceptaremos, el derecho de piso”.

Lo que vivieron los LeBarón en la sierra de Chihuahua pudo haber sido una “confusión”, pero es un hecho que la familia era sistemáticamente amenazada, como en varias ocasiones nos lo dijo Julián LeBarón.

El activista narró lo que vivió: “una de mis primitas fue herida de bala, pero levemente, caminó alrededor de 14 km antes de que la encontráramos…. otros seis niños llegaron caminando al rancho; uno de ellos con una lesión en la mejilla… yo mismo vi los cuerpos”.

Fue lamentable cómo los legisladores se lanzaban culpas ayer. Es un problema integral, provocado por erráticas políticas de seguridad, en donde ya le pasan la cuenta al actual Gobierno.

EDITORIAL

Semanas difíciles

Desde el cuestionado triunfo de Felipe Calderón en 2006, la relación Gobierno y medios ha sido por lo general de confrontación.

Los grandes medios se han ido acomodando ante los nuevos escenarios políticos. Calderón tuvo a la mano tomar decisiones importantes para establecer una nueva relación, pero al final todo acabó en las complicidades de ida y vuelta.

La gestión del panista terminó sobrellevando las grandes cadenas de televisión y radio, en tanto que la prensa escrita y la inicial presencia de las redes se convirtieron en el eje de la crítica. Calderón fue señalado por muchos medios y periodistas, lo cual en función de los actuales escenarios es importante recordarlo.

Con Peña Nieto todo fue efectivamente un batidillo. La complicidad se fue diluyendo porque para los medios era casi imposible defender al Presidente, aunque no desapareciera la relación complicidad-dinero.

Es cierto que López Obrador está siendo el Presidente más observado y quizá más criticado. Son diversas las razones, destaquemos dos: por un lado, el Gobierno con todo y los trompicones en los que anda está abordando y afectando estructuras anquilosadas cargadas de intereses.

La forma bajo la cual se están haciendo las cosas es lo que se cuestiona. La fórmula de “tengo otros datos” está enfrentándose con la terca realidad, lo que está llevando a una serie de inquietudes de empresarios e inversionistas, al tiempo que la economía en algunas áreas se encuentra congelada y sin crecimiento.

Tiene razón el Presidente cuando habla de la dificultad de mover el elefante, el problema está siendo hacia dónde lo quiere mover. El verdadero reto es la economía, la cual muestra pocos signos alentadores.

Por otra parte, la relación medios-López Obrador no ha sido fácil. El Presidente ha arremetido contra los medios lo cual en muchos casos se pudo evitar. Estamos también ante otro hecho inédito, por lo general los presidentes hacían mutis o pasaban de largo a los medios bajo el lamentable “ni los veo ni los oigo”. Con López Obrador, para bien y para mal, esto no se da ni por asomo.

Si estamos ante inéditos no hay manera de que la vida política del país tenga referentes. Muchas cosas se van viendo y resolviendo sobre la marcha, a lo que se suma que algunas reacciones del Presidente son de botepronto, lo que lleva a que los escenarios se enrarezcan y que se pierda de vista qué es importante y qué asuntos pueden ser eventualmente distractores.

Hace unos días estábamos en medio del delicado y pendiente asunto de Culiacán y hoy, de la noche a la mañana, estamos hablando de golpe de Estado, de bots y de conspiraciones sin tener muy claro a qué se debe; en el mundo de las especulaciones todo cabe y muy probablemente también se apueste a ellas.

Lo que está claro es que ya nadie se queda sin responder, lo cual tiene un lado altamente positivo, pero por otro ahonda la confrontación y la incomunicación.

Una nueva variable es el hecho que los militares están mostrando una faceta diferente. Algunos de ellos no tienen empacho, con razón, de opinar.

No vemos intentona golpista detrás del discurso del general Gaytán. Su opinión adquiere particular relevancia por Culiacán, pero detrás de ello también están los muchos años de colocar a los soldados al límite, lo cual está fuera de sus funciones originales; no se puede soslayar el hartazgo militar de años.

Día con día al Presidente le van apareciendo detractores y críticos con los cuales debe saber lidiar, por más que le merezcan poco respeto. Estos días se le ha visto por primera vez impaciente y con respuestas cuestionables.

López Obrador está en medio de sus semanas más difíciles y no se está ayudando.

EDITORIAL

 

Relevo en la CNDH

 

El 3 de octubre, las Comisiones de Derechos Humanos y de Justicia del Senado publicaron la convocatoria para designar al titular de la CNDH. El 15 de ese mes emitieron un acuerdo que publicó los nombres de los aspirantes que cumplieron los requisitos. La lista de estas 57 personas muestra varios hechos interesantes. El primero es que el actual titular de la CNDH no buscó la reelección.

Es notorio que, a diferencia de procesos anteriores, ningún colaborador del ombudsperson se inscribió para sucederlo. Destaca también el número de expresidentes y presidentes de comisiones de las entidades federativas que decidieron probar su suerte pues ocho de ellos (Hidalgo, Jalisco, Oaxaca [dos], Puebla, Querétaro, Sonora y Veracruz).

Un aspecto singular es el relativo a lo que podríamos llamar “aspirantes profesionales”. Me refiero a algunos candidatos inscritos en el proceso de hace cinco años y que, lejos de desanimarse, decidieron volver a probar su suerte. Otro grupo entre estos aspirantes es el que comprende a quienes han participado en otros procesos de designación de cargos públicos. Entre ellos hay dos que en enero pasado intentaron ser nombrados titulares de la Fiscalía General de la República. Otros dos se postularon para el Comité Ciudadano del Sistema Nacional Anticorrupción y hay uno que buscó ser comisionado del Instituto de Transparencia de Jalisco. Hay inclusive una persona inscrita simultáneamente en el proceso para designar a dos integrantes del Consejo de la Judicatura Federal.

Es importante destacar que cuatro de los 10 integrantes del Consejo Consultivo de la CNDH se inscribieron para convertirse en ombudsperson. El asunto perfila un posible conflicto de interés, pues su participación en el órgano constitucional les concede una ventaja de la que carecen los demás aspirantes. Aunque esto en sí es malo, las consecuencias pueden ser peores. Si la titularidad de la CNDH recae en alguien ajeno al Consejo, el próximo ombudsperson tendrá que enfrentar a los consejeros que el Senado decidió no nombrar. Será difícil distinguir en el futuro si su crítica es imparcial o si se origina en una revancha por no haber ocupado el cargo. Parece pertinente que, en las próximas designaciones, el Senado cuestione a quienes intenten ser consejeros si sólo buscan integrar el Consejo o si utilizarán la posición como peldaño para ser ombudsperson.

Otro posible conflicto de interés se observó en el proceso de formación de la terna. El 29 de octubre, la mayoría de los integrantes de la comisión senatorial determinó que estaría integrada por Arturo Peimbert, Rosario Piedra y Jesús Orozco. La senadora Micher se inconformó proponiendo una terna alternativa: aunque mantenía a Rosario Piedra, le agregaba a Ricardo Bucio y Michael Chamberlin. El defensor más vehemente de la segunda terna fue el senador Álvarez Icaza, quien ha omitido señalar su cercanía con el aspirante Bucio, de quien fuera jefe durante los ocho años que estuvo al frente de la Comisión de Derechos Humanos del Distrito Federal.

EDITORIAL

El video de la tarde de perros

Es encomiable que el Gobierno dé a conocer detalles de lo sucedido en la tarde de perros en Culiacán; sin embargo, también es importante verlo como una obligación, aunque en innumerables ocasiones no se haya visto así.

No hay muchos antecedentes porque, por lo general, se escondían las cosas sin saber qué había pasado. Veíamos a los personajes detenidos, siendo presentados en el MP; o subiéndose a un avión para ser llevados a la Ciudad de México o ser deportados a EU.

El ejercicio de transparencia del miércoles contrasta con lo que se ha presentado durante mucho tiempo. La sociedad se la ha pasado sin saber qué es realmente lo que sucedía en lances de este tipo, lo que llevaba a todo tipo de conjeturas; más si partimos de las complicidades históricas entre la delincuencia organizada y la autoridad.

También hemos pasado por momentos informativos tramposos, como sucedió en los casos de secuestros o presentación de personajes ligados al narcotráfico. Hay en estas historias entrevistas como la que le hicieron a La Barbie, que terminó por ser una fallida puesta en escena. También vimos entrevistas a personas liberadas por secuestro, que eran presentadas ante los medios como si todo fuera en vivo, siendo que los hechos se habían dado días antes.

Uno de los momentos más lamentables fue el caso Florence Cassez. Las consecuencias de la puesta en escena, de la mano de la complicidad y trampa de algunos medios, llevó a que la francesa saliera de la cárcel en medio del escándalo y por una serie de ilegalidades, las cuales llevaron a una confrontación entre los gobiernos de Francia y México.

El Gobierno está cumpliendo con su obligación. Faltan muchas cosas por ver y muchas preguntas por responder sobre la tarde de perros. La perspectiva legal de lo que pasó sigue siendo un enigma.

Ovidio Guzmán le pide a quienes forman parte de su banda delincuencial, según se aprecia en el video, que “ya le paren al desmadre, ya me entregué”. La cuestión es a quién se entregó, siendo que las autoridades aseguran que no fue “formalmente detenido”.

Todo indica que se metieron a la casa del hijo de El Chapo violando las leyes que deben defender. A Ovidio, quien estaba al menos bajo el presunto control de la autoridad, se le permitió hablar por teléfono para repartir órdenes.

Lo que vimos no es exactamente el minuto a minuto; hay muchas cosas que no conocemos. Una de ellas es saber cuáles fueron los términos para liberar al capo y qué fue lo que pasó a lo largo de la tarde de perros en que se tuvo “detenido” a Ovidio, además de conocer con quién se llevó a cabo el proceso de negociación. Suponemos que todo esto lo debe tener la autoridad visualmente registrado.

Entendemos que hay muchas preguntas que requieren de tiempo para ser respondidas. Sin embargo, lo que sigue estando a la vista son las inconsistencias informativas, que en algunos casos tienen que ver con el papel que jugó el Presidente; seguimos en la duda si sabía o no del operativo.

Cuesta trabajo suponer que no pudiera estar al tanto, él mismo ha insistido en que el Ejecutivo está informado de todo.

No somos de la idea de que los medios hayan “enseñado el cobre”. Mucho de lo informado esa tarde se debió a la falta de reportes oficiales que pudieran permitir a los medios informar cabalmente.

Al final, buena parte de lo que se registró se debió a lo que transitaba por las redes y a lo que se dijo en la confusa conferencia de prensa de la noche, encabezada por el titular de Seguridad.

Lo del miércoles fue un genuino ejercicio de transparencia y también una obligación, aunque en el pasado no se haya hecho o se haya evadido.

Falta conocer la segunda parte de la tarde de perros y qué piensan en la Sedena del discurso del general Galván.

Las coberturas

 

El muy lamentable accidente que sufrió un grupo de periodistas que cubría las actividades del Presidente, pone en la mesa la imperiosa seguridad sobre la cual deben moverse, y también la relevancia que tiene su trabajo, el cual no debe soslayarse como se ha querido insinuar.

Lo primero es particularmente relevante porque un incidente puede ser de fatales consecuencias. Desde hace tiempo los periodistas cubren las giras presidenciales con el dinero de los medios de comunicación donde trabajan, y en algunos casos el que sale de sus bolsillos.

La Presidencia dejó de pagar las coberturas de los periodistas desde principios de los 90, tanto en viajes como alojamiento. El cambio fue sano, en muchas ocasiones las coberturas casi eran dictadas desde las oficinas de gobierno dándose una complicidad profundamente insana.

Las cosas han ido cambiando a pesar de la histórica relación entre dueños de medios y el poder político. A menudo se decidían los procesos informativos a través de llamadas entre estas instancias para que al final todo se consumara en la redacción.

Lo que es un hecho es que la decisión fue positiva porque en muchos casos se tomó distancia por parte de los periodistas, lo que permitió procesos informativos libres e independientes. La situación obligó a los medios a desarrollar nuevas estrategias para difundir noticias precisas y atractivas de lo que los periodistas iban viendo y cachando.

Muchos medios entraron en problemas económicos. La decisión era estratégica y de convicciones: se hacía un esfuerzo económico para mandar a periodistas a las giras o se reportaban éstas a través de los boletines, que por lo general se desarrollan bajo una suerte de todo es reír y cantar.

Muchos reporteros buscaron con su trabajo profesional hacer a un lado los históricos y perversos compromisos entre medios y el poder político. Con todo, muchas informaciones seguían pasando por los boletines de la Presidencia o de las dependencias oficiales.

Para los periodistas estos escenarios les permitieron depender de los medios para los que trabajaban más que para el Gobierno que les pagaba el viaje con todo incluido. Como fuere se empezaron a crear escenarios determinados por el buen o por el desigual trabajo periodístico.

Los periodistas se vieron obligados a pasar sanamente a la ofensiva para dar batallas informativas, las cuales se trasladaron a las redacciones de los medios para los que laboraban.

Las coberturas sobre las actividades del Presidente son fundamentales. Hay que defenderlas porque un trabajo de esta naturaleza no empieza y termina en función de lo que dicen los boletines oficiales.

Pasa por el tamiz del periodista que debe buscar más allá de un acto político o un mitin. Los periodistas van a ver, a conversar y a desmenuzar el entorno para informar y así contar historias.

A menudo la mejor información para los lectores, televidentes, radioescuchas y lo que vemos en las redes tiene que ver con lo que el periodista ve. Es lo que le da sentido a la profesión porque se buscan todos los ángulos de lo que sucede, al fin y al cabo esto es lo que le da sentido al ejercicio periodístico.

Las coberturas ofrecen, además, una necesaria pluralidad para la sociedad. Los boletines ayudan, pero en el fondo terminan por mostrar una mirada unilateral de las actividades del Gobierno.

El accidente debiera ser visto para evitar futuros accidentes. El tema no es para plantearse si debe haber coberturas o no, hay que detenerse y replantearse la seguridad, tema que se mueve bajo responsabilidades compartidas.

Si algo nos fortalece informativamente son las muchas maneras que hay para ver y leer lo que pasa.

EDITORIAL

Latinoamérica se levanta

En los últimos meses hemos sido testigos de levantamientos populares en distintos países de nuestro continente. Sin importar el signo político, estamos presenciando manifestaciones cada vez más importantes que han, en algunos casos, terminado en una lamentable represión violenta.

¿Qué está pasando en nuestra región? Mientras los países que celebran elecciones entran en procesos de transición de derecha a izquierda y viceversa, los otrora ejemplos de estabilidad y crecimiento se hunden bajo el clamor popular. Chile, sin ir más lejos, ya cuenta con una veintena de muertos durante las marchas que llevaron a las calles este fin de semana a más de un millón de personas en una ciudad, Santiago, que apenas cuenta con 7 millones de habitantes. Viejos, jóvenes, ricos, pobres, de izquierdas, de derechas, de una religión o de otra, con ideología o sin ella… todos protestaron en Chile.

La ola más o menos generalizada de gobiernos de derecha que tuvo la región en la última década prometió llevar el crecimiento económico a sus países. Aprovechando la crisis mundial en la que Latinoamérica quedó bastante bien parada y en crecimiento, la idea era generar excelentes números macroeconómicos que le dieran la vuelta a una región atenazada por la pobreza y el rezago. Macri, en Argentina, por ejemplo, llegó al poder rodeado de esa aura de empresario exitoso, preparado para administrar el buen momento regional. La realidad fue otra y ahora Argentina se hunde económicamente y regresa al peronismo.

El crecimiento llegó, la pobreza se redujo efectivamente en algunos países como Brasil y Chile. Pero no pudimos dejar atrás los fantasmas latinoamericanos que tanto daño nos han hecho. Brasil se llenó de sospechas y de corrupción, una nueva ola de políticos tomó el poder imitando la mano dura y el divisionismo de las etapas más ásperas de las dictaduras latinoamericanas. Por su parte, Chile creció y creció, pero jamás logró abatir la desigualdad social. Mientras la gente salía de la pobreza, la clase dominante se elevaba más y más en su riqueza y poder. Al final, la mitad de la sociedad chilena no goza de la bonanza y vive en gran vulnerabilidad.

En última instancia, lo que le pasa a Latinoamérica es lo de siempre. Tenemos gobiernos que no representan a su pueblo; que se alejan de él y que sólo responden a intereses particulares. Desigualdad, corrupción y falta de representatividad. Sin embargo, los pueblos latinoamericanos han crecido y ahora exigen y se movilizan más. Piden que la democracia sea real y no se limite a una cierta alternancia entre grupos de poder. El modelo partidista latinoamericano está en decadencia y la gente no dejará las calles hasta ser escuchada o acallada.

EDITORIAL Las narcoseries

El debate acerca de la producción de las narcoseries es interminable. Va de la mano de la larga discusión en torno al efecto e influencia de los medios de comunicación, a lo que debemos sumar las redes entre las audiencias.

Se han hecho muchos estudios e investigaciones en todo el mundo, que han llegado en lo general a conclusiones comunes; entre lo que destaca el hecho de que no se puede colocar únicamente a los medios en el centro, porque interviene un conjunto de variables que acaban por sumar un todo, que es lo que ayuda en las explicaciones e interpretaciones.

Por los medios pasa una mirada relativa a la sociedad, a través del poder político y económico que lo detenta. Es una expresión de cómo se ve la vida, en su concepción más amplia, por parte de un poder fáctico. En la medida en que estas expresiones tienen realmente que ver con la sociedad, es que los medios tienen que ver con las audiencias.

Se presume que en el amplio abanico bajo el que se mueven los medios transita el entretenimiento, la información, la reflexión y todo un conjunto de variables que conforman la vida de las personas.

Los medios son un negocio, a pesar en que cada vez les esté siendo más difícil mantenerlo; particularmente aquellos que no han transitado a los nuevos tiempos, tanto políticos como tecnológicos, y los que se han quedado rezagados y en verdaderos aprietos; algo de esto le ha pasado a las dos televisoras más presentes en el país.

Las narcoseries tienen que ver con todo esto. Se producen porque se han convertido en un buen negocio y porque al público le llaman poderosamente la atención. El “éxito” también radica en que expresan un fenómeno que está íntimamente ligado a la sociedad mexicana.

Se terminan viendo porque tiene que ver con nosotros. Hay series muy buenas y muy malas; son las audiencias las que terminan por definir lo que gusta y lo que no gusta.

Hace unos días decía el actor y director José María Yazpik —está por estrenarse su película Polvo—, que no tiene sentido el debate acerca de si hacer o no este tipo de series, porque reflejan una parte de nuestra realidad.

Las narcoseries son una manifestación de una realidad lacerante, la cual está cargada de mitos, leyendas urbanas, muerte, impunidad, armas, drogas, jóvenes, sicarios, corrupción, hambre, dolor, mujeres, hombres y el poder, en más de un sentido.

Estos componentes rodean la vida del país. Hablar de ellos es hablar de nosotros, de nuestra lastimosa realidad y de lo que durante muchos años nos ha acompañado. No hay manera de no hablar del narcotráfico y todas sus expresiones, entre ellas la música y la cultura narca, que, inevitablemente, se han hecho populares.

Los medios de comunicación se han dado cuenta de la mina que hay detrás de estas series. Es cuestión de ver la cartelera de Netflix para percatarse de la gran producción, particularmente colombianas, a las cuales, por cierto, nuestro país les pisa ya los talones.

Un componente más es el de la libertad, tanto de quienes las producen como de quienes las ven. Después de ver un gran número de series, no somos de la idea de que se exprese una apología de los personajes que viven en y para el narcotráfico. Sin duda hay pasajes que pueden enaltecer la vida de algunos narcos, pero en general, se establece lo efímero como forma de vida, a la vez que hay que distinguir los terrenos de la realidad y la ficción, bajo los cuales se mueven para crear las historias.

Al final, la realidad nos avasalla y nos pasa por encima. Es cuestión de ver lo que pasó en Culiacán para entender por qué escritores, cineastas y actores hacen las narcoseries.

Como dicen en la UAM-X, “la realidad está a la vuelta de la esquina”.

EDITORIAL

Morena y el pastor

El Presidente lleva un buen rato pintando su raya con Morena. Parece que los únicos que no han entendido el mensaje son los propios integrantes del partido y, sobre todo, los suspirantes y sus escuderos.

Morena está en medio de un gran lío porque la lucha por la presidencia del partido lo está llevando a una división interna, la cual de alguna u otra manera se había  pronosticado.

No se ve cómo puedan llegar a acuerdos y más con la distancia que ha marcado el Presidente, la cual tiene muchas lecturas algunas de las cuales bien podrían pasar por un presunto desinterés.

Una hipótesis nada desdeñable es que el mandatario haya construido un partido a su imagen y semejanza con el único objetivo de alcanzar la Presidencia. Si así fuera la mirada e importancia que el Presidente le concede a Morena podría tener una especie de caducidad; sirvió para un objetivo concreto y le da vuelta a la página.

Todo indica que por más que algunos lo añoren y quieran metido en el proceso al gran elector éste no va a aparecer. El asunto va a quedar entre los morenistas lo que coloca a la organización en medio de una tesitura de grave riesgo porque siendo un partido en construcción, al no haber una voz que coordine y ordene el caos, y viendo que no hay cómo se puedan poner de acuerdo, todo queda expuesto en medio de esa evidente división.

Es para preguntarse cuáles pueden ser los motivos del Presidente para tomar distancia. Una de las fórmulas para que su proyecto sea transexenal va de la mano de que el partido pueda dar continuidad a los cimientos que hoy está construyendo.

El futuro del proyecto de López Obrador depende de lo que haga hoy y de la referida continuidad. Por más que hoy tenga altos índices de popularidad esto no significa que en automático su proyecto tenga asegurado el futuro.

Vendrán otros que no son como él a lo que se debe obviamente considerar que en cinco años muchas cosas pueden pasar en el país, como el eventual triunfo de la oposición en medio del cada vez más consolidado régimen democrático.

Morena está donde está por el Presidente. Es su mayor activo, pero esto no significa que tenga el partido garantizado ni los triunfos ni su sobrevivencia. Andan esperando “línea”, pero resulta que el gran elector no solamente toma distancia sino que también manda mensajes lapidarios al partido y a sus evidentes broncas internas.

Lo que va quedando claro es que el proceso de elección interna de Morena se está moviendo entre la confusión y el desaseo, los propios morenistas lo saben. Si el mensaje de López Obrador es inequívoco más vale que vaya buscando cómo entenderse porque el Presidente ya dijo que no se va a meter y, como le decíamos hace algunos días, “ahí se ven”.

El liderazgo del Presidente está profundamente personalizado. Las encuestas muestran la alta popularidad del Presidente, aunque algunas de sus políticas no resulten del todo satisfactorias o precisas para quienes lo apoyan.

Lo que va quedando claro es que una cosa es la imagen presidencial, la cual se mantiene fuerte y consolidada, y otra cosa es lo que los ciudadanos piensan sobre las decisiones que se han tomado, de su equipo, e incluso del partido al que pertenece, con todo y que hoy públicamente lo desdeñe.

Todo indica que el futuro de Morena no va a pasar por Palacio Nacional en un hecho que tiene tintes de inédito. Quizá lo que quiera decir el Presidente respecto a que se terminaron los tiempos del “partido único” tenga que ver con que éste no se maneja desde la Presidencia.

Si todos estos indicadores son ciertos Morena simple y sencillamente se quedó sin su pastor, y por lo que se está viendo no tienen la más pálida idea de cómo y qué hacer sin él.

EDITORIAL

El avispero

En Colombia se la han pasado debatiendo cuál debiera ser la mejor estrategia para enfrentar al narcotráfico. Una variante importante, en relación a México, es el nexo entre narco y guerrilla.

Desde donde se vea, ha quedado claro que si bien algunos capos de la droga juegan un papel trascendente, acabar con ellos sería algo así como entrar en los terrenos de “el rey ha muerto, viva el rey”, como se ha visto en infinidad de ocasiones.

La industria de la droga es importante y estratégica, pero por más influyente y poderoso que sea un capo, tarde que temprano será sustituido. La complejidad del escenario colombiano imposibilitó, y todavía imposibilita, la acción de los cuerpos de seguridad y particularmente de la justicia.

La persecución en contra de Pablo Escobar tenía que ver con un firme intento por frenar a uno de los cárteles más poderosos de las drogas, pero también estaba de por medio una dolorosa afrenta que tenían el Estado y la sociedad colombiana con el llamado “patrón”.

Se sabía que su detención o muerte se convertiría en un indicador en la gobernabilidad y quizá también el fin de una oprobiosa época, pero también estaba claro que detrás de Escobar vendría alguien a sustituirlo.

El general Oscar Naranjo, exvicepresidente de Colombia y factor clave en el fin de Pablo, nos decía en una aleccionadora conversación que la clave para enfrentar al narcotráfico requería de objetivos precisos: pensar sólo en detener a los capos, nos decía, es perder de vista a los ciudadanos, incluso en aquellos que eventualmente estén metidos en el negocio… lo que no debe pasar es que no haya coordinación, porque de inmediato aparece el factor sorpresa y ante ello los costos son muy altos.

Colombia y México viven realidades paralelas con variantes. En los dos países hay claridad de que para atemperar al menos la fuerza y peso del narcotráfico se requiere de atacar sus orígenes, las condiciones de país y seguir la ruta al dinero. Detener a un capo no deja de ser una apetitosa información para los medios y las redes, pero al final es claro que es entrar en los terrenos del “quítate tú para ponerme yo”.

Tiene razón López Obrador cuando habla de no agitar el avispero. Lo que plantea es que a pesar de la relevancia que adquiere detener a los capos, al final pudiera ser menos importante de lo que parece, en función de la seguridad, la descomposición social y el tráfico de drogas.

El proceso de reacomodo resulta particularmente complejo porque se da en medio de cruentas luchas intestinas. La pelea por la plaza llega a alcanzar a la seguridad de los propios ciudadanos, quienes ven afectada de manera severa su cotidianeidad, la cual de suyo ya lo está.

Esto no significa que no se deban atacar las altas estructuras de las organizaciones, pero lo que está probado es que mientras no se tengan estrategias integrales el futuro será igual que el presente, pero corregido y aumentado.

Algo pasó en Culiacán que escapó a todos, incluyendo al propio Presidente. Seguimos bajo muchos pendientes porque no se alcanza todavía a conocer una versión oficial de lo sucedido. Estamos entre opiniones, versiones, filtraciones, pero al final si algo queda en el imaginario colectivo, más allá de que la popularidad del Presidente se mantenga, es el hecho de que las cosas se hicieron mal y se terminó haciendo lo que López Obrador precisamente no quiere, o sea le pegaron en serio al avispero y todo indica que no sirvió de nada.

Queda claro que el narcotráfico es un problema multilateral, pero lo de Culiacán es un asunto estrictamente de nosotros. Es una ruda lección, pero también un aprendizaje y paradójicamente una oportunidad.

EDITORIAL

Morena y el pastor

El Presidente lleva un buen rato pintando su raya con Morena. Parece que los únicos que no han entendido el mensaje son los propios integrantes del partido y, sobre todo, los suspirantes y sus escuderos.

Morena está en medio de un gran lío porque la lucha por la presidencia del partido lo está llevando a una división interna, la cual de alguna u otra manera se había pronosticado.

No se ve cómo puedan llegar a acuerdos y más con la distancia que ha marcado el Presidente, la cual tiene muchas lecturas algunas de las cuales bien podrían pasar por un presunto desinterés.

Una hipótesis nada desdeñable es que el mandatario haya construido un partido a su imagen y semejanza con el único objetivo de alcanzar la Presidencia. Si así fuera la mirada e importancia que el Presidente le concede a Morena podría tener una especie de caducidad; sirvió para un objetivo concreto y le da vuelta a la página.

Todo indica que por más que algunos lo añoren y quieran metido en el proceso al gran elector éste no va a aparecer. El asunto va a quedar entre los morenistas lo que coloca a la organización en medio de una tesitura de grave riesgo porque siendo un partido en construcción, al no haber una voz que coordine y ordene el caos, y viendo que no hay cómo se puedan poner de acuerdo, todo queda expuesto en medio de esa evidente división.

Es para preguntarse cuáles pueden ser los motivos del Presidente para tomar distancia. Una de las fórmulas para que su proyecto sea transexenal va de la mano de que el partido pueda dar continuidad a los cimientos que hoy está construyendo.

El futuro del proyecto de López Obrador depende de lo que haga hoy y de la referida continuidad. Por más que hoy tenga altos índices de popularidad esto no significa que en automático su proyecto tenga asegurado el futuro.

Vendrán otros que no son como él a lo que se debe obviamente considerar que en cinco años muchas cosas pueden pasar en el país, como el eventual triunfo de la oposición en medio del cada vez más consolidado régimen democrático.

Morena está donde está por el Presidente. Es su mayor activo, pero esto no significa que tenga el partido garantizado ni los triunfos ni su sobrevivencia. Andan esperando “línea”, pero resulta que el gran elector no solamente toma distancia sino que también manda mensajes lapidarios al partido y a sus evidentes broncas internas.

Lo que va quedando claro es que el proceso de elección interna de Morena se está moviendo entre la confusión y el desaseo, los propios morenistas lo saben. Si el mensaje de López Obrador es inequívoco más vale que vaya buscando cómo entenderse porque el Presidente ya dijo que no se va a meter y, como le decíamos hace algunos días, “ahí se ven”.

El liderazgo del Presidente está profundamente personalizado. Las encuestas muestran la alta popularidad del Presidente, aunque algunas de sus políticas no resulten del todo satisfactorias o precisas para quienes lo apoyan.

Lo que va quedando claro es que una cosa es la imagen presidencial, la cual se mantiene fuerte y consolidada, y otra cosa es lo que los ciudadanos piensan sobre las decisiones que se han tomado, de su equipo, e incluso del partido al que pertenece, con todo y que hoy públicamente lo desdeñe.

Todo indica que el futuro de Morena no va a pasar por Palacio Nacional en un hecho que tiene tintes de inédito. Quizá lo que quiera decir el Presidente respecto a que se terminaron los tiempos del “partido único” tenga que ver con que éste no se maneja desde la Presidencia.

Si todos estos indicadores son ciertos Morena simple y sencillamente se quedó sin su pastor, y por lo que se está viendo no tienen la más pálida idea de cómo y qué hacer sin él.

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