EDITORIAL

 

 

 

Bicicletas japonesas

 

 

En el comienzo de “El laberinto de la soledad”, Octavio Paz relata la utilidad del contraste al estar fuera del país. Dice: “recuerdo que cada vez que me inclinaba sobre la vida norteamericana, deseoso de encontrarle sentido, me encontraba con mi imagen interrogante. Esa imagen, destacada sobre el fondo reluciente de los Estados Unidos, fue la primera y quizá la más profunda de las respuestas que dio ese país a mis preguntas”. Cuando uno encuentra que las cosas que da por sentado como “normales” no son así en otras latitudes, inevitablemente surge la reflexión alrededor de nuestras particularidades.

Traemos esto a la mesa debido a que durante los últimos días hemos sabido de muchos que han estado viajando por Japón y la experiencia ha sido abrumadora. Por eso, les compartimos un par de experiencias sencillas, pero reveladoras. En primer lugar, sorprendió que en los espacios públicos prevalece una obligación para comportarse de tal manera que se minimicen las posibles molestias a otros. Puede verse en que no sólo está prohibido fumar en el interior de los locales y oficinas, sino que incluso está prohibido hacerlo en la calle. Si se desea fumar, hay pequeños espacios esparcidos por la ciudad, aislados, separados, en los que el humo no puede llegar a los pulmones de nadie que no lo desee. Incluso en el metro uno encuentra una convención social que impide tomar llamadas en los vagones, no puede molestarse al otro con una conversación no deseada.

En segundo lugar, no asombra el hecho de que una buena parte de los japoneses se muevan en bicicleta, sino que lo hizo el ver que todos llegaban a su lugar de destino, estacionaban su bicicleta y se marchaban tranquilamente, sin asegurarla de ninguna manera. Uno encuentra miles de bicicletas protegidas simplemente por la confianza puesta en los otros. Esta, tal vez, fue una de las escenas más reveladoras. En los números fríos, uno sospecha el abismo que nos separa: mientras que la tasa de homicidios en México sigue rompiendo récords para llegar casi a 20 por cada 100 mil habitantes, en Japón esta cifra es de 0.31. Pero ver esa diferencia de criminalidad en los hechos es pasmoso.

Las explicaciones detrás de esta realidad claramente son complejas y atribuibles a la particularidad histórica de cada país; sin embargo, hay una variable interesante que parece estar detrás de resultados como este. Si revisamos la World Value Survey y comparamos la confianza que los ciudadanos tienen con sus semejantes, encontraremos que en México sólo 12.4% de las personas creen que pueden confiar en otras personas, mientras que en Japón esta cifra llega hasta 35.9%. Esto es lo que muchos académicos denominan capital social y, en nuestro caso, esto parece ir en picada, pues 18 años atrás ese porcentaje era de 29.4%.

En una sociedad democrática, la desconfianza hacia las autoridades resulta indispensable. Siempre hay que vigilar y controlar al poder. Pero lo mismo no debería de aplicar entre los ciudadanos. Sin esta red de confianza, será muy complicado poder avanzar en temas tan sencillos, pero complejos, como confiar en dejar una bicicleta sin protección en la calle.

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El torbellino de la gasolina y la tortilla

 

México arranca 2018 —año mundialista y electoral— con turbulencia económica, tras los anuncios, casi simultáneos, tanto de la Unión Nacional de Industriales de Molinos y Tortillas (Unimtac), como de la Asociación Mexicana de Empresarios Gasolineros (Amegas), acerca del posible incremento en los precios de la tortilla y la gasolina, respectivamente, que se pronostican para este año.

Estos hechos generaron un efecto especulativo a lo largo de la semana, lo cual provocó un aumento súbito en el precio de ambos productos, sin que existiera claridad en su justificación.

Por lo que respecta a la tortilla, las razones esgrimidas se relacionan con el aumento de precios de otros insumos a lo largo del año pasado —maíz, gas LP y la propia gasolina, entre otros—, lo cual elevó el costo de producción de este producto, mismo que ahora resultaría insostenible. De mantenerse el abrupto incremento en el precio de la tortilla, representaría un duro golpe para la economía de los sectores más vulnerables de la población, pues forma parte de la alimentación básica de millones de mexicanos.

En el caso de la gasolina, debemos hacernos a la idea de la nueva forma en que se establecen los precios de este hidrocarburo, tras la Reforma Energética de 2013. Luego de que el año pasado se eliminara el subsidio del que era objeto, entraran nuevas empresas al mercado y comenzara la liberalización de precios —con lo cual se eliminaron topes máximos controlados por el gobierno—, el precio de los combustibles quedó en función de la oferta y la demanda, lo que depende de la libre competencia entre empresas, los precios internacionales de hidrocarburos y los costos de transportación, entre otros factores. Si bien, teóricamente, este esquema podría traer beneficios al consumidor, la realidad es que difícilmente los precios se ajustarán a la baja, pues durante años vivimos bajo un modelo en el que el precio de la gasolina era fijado de forma artificial y con condiciones en el mercado petrolero completamente distintas.

Llama la atención que tanto la Secretaría de Economía —en el caso de la tortilla—, como la Comisión Reguladora de Energía —en el caso de la gasolina—, hicieron pronunciamientos en el sentido de que los aumentos anunciados por ambas asociaciones gremiales resultan injustificados, pues los precios de insumos de los que depende la producción y venta de ambos productos, no han variado. Incluso, dieron pie a la intervención de la Profeco y la Cofece para prevenir abusos en contra de los consumidores y evitar prácticas monopólicas, respectivamente.

Sin embargo, el hecho es que estamos inmersos en un torbellino inflacionario en el que éstos y otros aumentos se están dando de manera sostenida, perceptibles de forma instantánea e inequívoca en el bolsillo de los ciudadanos de a pie, que conforman la amplia mayoría de este país. La realidad para millones de mexicanos es muy diferente y resultan innecesarios complejos razonamientos que justifiquen por qué sí o por qué no deben incrementarse los precios.

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Corea del Norte y la izquierda latinoamericana

 

 

Corea del Norte y su estrategia de defensa nuclear es tema que divide de manera soterrada a la izquierda latinoamericana. La posición que se asuma frente a la carrera armamentista de Pyongyang define, en buena medida, el lugar de cada gobierno frente a los esquemas de la Guerra Fría y el viejo comunismo de raíz estalinista. Quienes justifican el programa nuclear de Kim Jong-un y sus constantes pruebas, violatorias de la soberanía de Japón, Corea del Sur y Guam, son, por lo general, contrarios a las nuevas formas democráticas de la izquierda hemisférica, predominantes en las tres últimas décadas.

Un artículo de mayo del año pasado, del sociólogo argentino Atilio Borón, en Página 12, resume esa posición. El autor reproduce las tesis del analista Mike Whitney en Counterpunch y concluye que “el problema es Washington, no Corea del Norte” y que si un país “necesita armas nucleares es ese”. Todo lo que hace Pyongyang contra la seguridad de sus vecinos en el Pacífico y contra sus propios ciudadanos, está justificado por la hostilidad de Estados Unidos. El trasfondo de la tesis es contrafactual: el programa nuclear de Corea del Norte la salvó de una invasión de Estados Unidos.

A falta de posicionamientos claros, el único gobierno de la región que comparte esa postura es el cubano. Es sabido que Venezuela tiene colaboración militar con Corea del Norte, pero Caracas evita declaraciones públicas a favor de Kim Jong-un. Otros gobiernos de la Alianza Bolivariana, como el boliviano, han llamado expresamente al diálogo entre Estados Unidos y Corea del Norte en foros internacionales, como Naciones Unidas y la Corte Penal de La Haya. La posición del gobierno boliviano, a diferencia de la del cubano, es favorable al desarme nuclear en la península coreana.

En varios editoriales recientes del periódico La Jornada se reitera el mismo enfoque: el doble rasero de Estados Unidos y las amenazas de Donald Trump deben ser rechazados por la comunidad internacional, pero la agresividad de Kim Jong-un tampoco está justificada. “El desarme de Pyongyang es un imperativo ético, además de la única perspectiva aceptable en términos de la seguridad internacional”, decía el editorial del 11 de diciembre. En esencia, la histórica posición de México en el Tratado de Proscripción de Armas Nucleares de Tlatelolco de 1967.

Justificar la escalada nuclear de Corea del Norte, como legítima defensa frente a la hostilidad de Estados Unidos, conduce a otro doble rasero, tan peligroso como el que se le cuestiona a Washington. Se trata del doble rasero que, por intereses geopolíticos, respalda las amenazas a la paz y la seguridad internacional y la violación sistemática de derechos humanos que ejercen potencias rivales de Estados Unidos como Rusia, China o Corea del Norte. En resumidas cuentas, la misma filosofía antidemocrática y belicista de la Guerra Fría, que evidenció sus terribles costos y peligros hasta la caída del Muro de Berlín.

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Cuando atacan a periodistas

 

Jesús Blancornelas, director de la revista Zeta, tenía en la piel las huellas del periodista de raza. Lo habían intentado matar por órdenes de los hermanos Arellano Félix, entonces jefes de uno de los grupos criminales más poderosos. Blancornelas, quien vivió custodiado por elementos del Ejército Mexicano hasta su muerte, se había ocupado de la irrupción, en los bajos fondos, de los narcojuniors, jóvenes con dinero e influencia que se sentían (y de algún modo eran) impunes.

Tiempos duros los que se vivían en Baja California, al grado de que la vida y muerte estaban en manos de personajes caprichosos y sanguinarios.

José Luis Santiago Vasconcelos, desde que era titular de la Unidad Especializada en Combate al Crimen Organizado, contaba una anécdota:

Unos amigos toman cerveza en un bar cercano a Rosarito. Una jovencita pelea con su novio y decide bailar con uno de ellos. Se divierten un rato.

Nada especial, o eso parece. Afuera del local, el joven bailarín recibe un balazo en la cabeza. El verdugo es uno de los sicarios del cártel de Tijuana.

“Bailó con quien no debía”. Así eran las reglas, atroces, que habían impuesto los narcotraficantes.

En esas coordenadas hacía su trabajo Blancornelas, advirtiendo, dando cuenta de lo que estaba ocurriendo.

Cuando presentaron, con Jorge Carpizo Asesinato de un cardenal, el director de Zeta participó con un video. No pudo viajar a la Ciudad de México por cuestiones de seguridad.

El libro se ocupa, entre otras cosas, del papel del cártel de Tijuana en la muerte del cardenal Juan Jesús Posadas Ocampo y Blancornelas era uno de los periodistas que más sabía del tema.

A Guillermo Cano, director de El Espectador, lo mandó matar Pablo Escobar Gaviria. El diario se había convertido, por su información y reportajes, en un dolor de cabeza para el cártel de Medellín, en Colombia.

Dos sicarios que viajaban en motocicleta alcanzaron el auto del periodista y ahí atentaron contra su vida en las vísperas de las navidades de 1986.

Miroslava Breach dio cuenta de la complicidad del poder y el narcotráfico, sobre todo en la sierra de Chihuahua, y por eso la mataron.

Sabía de los riesgos, pero era más fuerte su indignación por lo que estaba ocurriendo, que su propia seguridad. Una historia dura, como pocas, y más aún porque autoridades municipales estuvieron en posibilidad de alertar, de impedir el crimen.

Se requiere del periodismo para que las cosas no sean peores de lo que son y por eso importan, y mucho, quienes tienen las agallas de contarnos historias que están más cerca de lo que quisiéramos admitir.

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Los héroes del 2017

 

 

El último editorial está dedicado a las mujeres y a los hombres cuyas acciones políticas contribuyeron en la construcción de los ideales de la convivencia democrática conforme a los derechos humanos.

En 2017 los principios de igualdad, libertad y legalidad que inspiran y dan cuerpo al lenguaje de los derechos fueron vapuleados, ignorados y ofendidos. Estos 365 días han sido un periodo de resistencia, de valor y de lucha constante. Nuestro silencio no será cómplice de las tropelías de las palabras de la discriminación y la violencia que inundaron los titulares y las legislaciones globales.

He de reconocer la valentía y la honestidad del fiscal especial para la interferencia rusa, Robert Mueller, cuyo trabajo es la vía que abriría el proceso de destitución de Trump. Mueller es un sabueso que ha obtenido evidencia de los círculos más cercanos al presidente; con ello no busca demostrar la intervención rusa en sí, sino el delito de obstrucción a la justicia. Se trata del mismo modelo judicial —inculpar al sospechoso por un delito menor— que puso tras las rejas a Al Capone. El patriotismo y la integridad de Mueller han mostrado ser inquebrantables pues sus simpatías políticas no se inclinan por el partido demócrata, sino por los republicanos. A pesar de ello, su lealtad está con América, no con el presidente.

Angela Merkel, la premier alemana, dio duras batallas durante este año; enfrentó el despotismo de Trump y de Putin. La garante del pacifismo comunitario no ha conseguido hacer gobierno y esto la ha debilitado en Bruselas. Todo indica que el carisma del presidente francés, Emmanuel Macron, habrá de tomar el liderazgo de la Unión. Esperemos los cálidos días de una primavera en Berlín pero que anuncian que será la última.

Michelle Bachelet, la todavía presidenta de Chile, dio una lección de educación y democracia al llamar telefónicamente —en televisión nacional— al presidente electo, Sebastián Piñeira. En ambos privó el amor por su país sobre sus intereses partidistas o su proyecto de Estado. Y eso es algo que desde México se extraña mucho.

Al preguntar a personas canadienses su opinión sobre el primer ministro Trudeau, respondieron: “un liberal más”. Ojalá tuviéramos muchos así en México. Trudeau representa, en efecto, la apuesta de gobierno liberal: incluyente, multicultural, tolerante. Y eso, hoy, se necesita tanto como en 1939, al inicio de la Segunda Guerra Mundial.

Lo que más podemos celebrar de estos cuatro héroes es que actúan por principios; que no tienen el mal gusto de venderse al capricho de los intereses del poder. Y, sin duda, de vez en cuando tomaron alguna decisión equivocada pues sólo son héroes: ni santones ni mesías salvadores.

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El indulto de Fujimori

 

Alberto Fujimori fue un político emblemático de los 90 latinoamericanos. Pocos presidentes de la región combinaron tan perfectamente populismo y neoliberalismo y acapararon el poder en aquellos años. Privatizó la economía y, a la vez, aumentó el gasto público, combatió a las guerrillas y dio un golpe parlamentario, reprimió a la oposición y recompuso el sistema político. El efecto divisorio que su figura sigue ejerciendo en la política peruana, dos décadas después, es evidente.

En 2009, siendo presidente Alan García, Fujimori fue procesado y hallado culpable por las masacres de Barrios Altos y La Cantuta en 1991 y 1992, que organizó su Jefe de Inteligencia Vladimiro Montesinos. A esa sentencia se agregaron otras por corrupción y malversación de fondos, que decidieron su prolongada reclusión. Un fenómeno distintivo de la política peruana en el siglo XXI ha sido que, mientras Fujimori permanecía preso, sus hijos Keiko y Kenji adaptaban las banderas del fujimorismo al siglo XXI y se convertían en la principal fuerza política del país.

Keiko perdió las elecciones de 2016, frente a Pedro Pablo Kuczynski, por poco más de veinte puntos porcentuales. Su partido Fuerza Popular es la organización más poderosa del sistema político peruano. Su hermano Kenji encabeza la bancada parlamentaria en el Congreso, pero en diversos temas ha tomado posiciones distintas a las de la líder de Fuerza Popular. El diferendo más evidente ha sido en torno a la destitución política de Pedro Pablo Kuczynski. Mientras Keiko favoreció la vacancia presidencial, su hermano se opuso a cambio del indulto de su padre.

De manera que Kuczynski ha indultado a Fujimori para que una franja del fujimorismo lo mantenga en la presidencia. Las implicaciones de ese canje son múltiples, pero la más importante es que la débil gestión del actual mandatario peruano dependerá, de aquí en adelante, de la propia oposición fujimorista. Kuczynski podría convertirse en un presidente rehén de la oposición legislativa, incapaz de generar consensos o de producir las políticas públicas que requiere el país.

Desde un punto de vista regional, el indulto es otra evidencia de la fragilidad de las instituciones del poder judicial y de la incapacidad de los gobiernos latinoamericanos para enfrentar los retos de la justicia y la verdad, por crímenes del pasado. Se trata de un déficit heredado desde el periodo de las transiciones que, ante el incremento de la violencia y la inseguridad en el siglo XXI, se reproduce a niveles peligrosos para la gobernabilidad.

Tanto Keiko como Kenji Fujimori han sido implicados en la misma trama Odebrecht que se le imputa a Kuczynski. El indulto a Fujimori parecería una decisión de gobierno que coloca a los principales políticos del país en la misma zona de impunidad. Si todos son culpables, no hay inocentes en la política peruana y, lo que es más grave, no hay forma de aplicar la justicia a quienes hayan cumplido funciones de gobierno.

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Jerusalén: el drama continúa

 

 

Como era de esperarse, la determinación de Trump de mover la embajada estadounidense a Jerusalén, decisión que tomara sin consultar y a pesar de la oposición de sus aliados, ha suscitado una revuelta diplomática internacional. Arabia Saudita manifestó de inmediato su desacuerdo; la decisión de Trump amenaza con destruir así el enorme trabajo que sus asesores, incluido su yerno, hicieron para construir una buena relación con el reino frente a Irán.

La Unión Europea, liderada ahora no por Merkel, que se encuentra ocupada en asuntos internos, sino por Macron, que se perfila como el nuevo líder de Europa, manifestó explícitamente su desacuerdo; de la misma manera lo hicieron China y la Gran Bretaña, el aliado natural de Estados Unidos. Ante la imposibilidad de superar el veto estadounidense en el consejo de seguridad, Turquía y Yemen han convocado a un voto en la asamblea general de Naciones Unidas para oponerse a la decisión. El voto, que subraya la importancia de la creación de dos Estados y de la negociación del estatus de Jerusalén entre las dos partes, pasará fácilmente. Al final el acto simbólico de Trump, que algunos vieron como una victoria, terminará en una humillación diplomática.

Ante esta posibilidad, Trump decidió hacer lo que generalmente hace con sus rivales políticos: tratar de amenazarlos. El día de ayer Trump amagó con cortar la ayuda humanitaria y militar a aquellos países que voten por la resolución: “esas naciones reciben millones de dólares de nuestra parte y luego votan contra nosotros. Estamos observando esos votos. Déjenlos votar en contra de nosotros. Nos vamos a ahorrar mucho. No nos importa”.

Las declaraciones de Trump muestran su completa ignorancia de cómo funciona el sistema político internacional y el sistema de alianzas. La ayuda militar de Estados Unidos es una de las herramientas más importantes de la diplomacia estadounidense. Egipto, por ejemplo, es el segundo receptor de ayuda estadounidense en el mundo. ¿Estaría Estados Unidos dispuesto a perder esta importante alianza a cambio de una victoria simbólica?

Parece improbable que Trump cumpla sus amenazas, pues eso significaría debilitar enormemente a su país en la arena internacional. Sin embargo, esto es precisamente lo que ha hecho desde el inicio de su presidencia. La decisión de cambiar la embajada ha enemistado a Trump con sus aliados tradicionales en Europa y dificultado la ya de por sí complicada relación con los países árabes, en una coyuntura donde la cooperación es clave para enfrentar el ascenso de Irán. En su intento de poner a “América primero” Trump ha aislado cada vez más a su país. Mientras, las otras potencias, que ansían tomar el papel de Estados Unidos como el nuevo árbitro internacional, se regocijan en silencio.

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La decadencia del imperio

El 2017 es ya historia. Este año ha cristalizado el ascenso al poder de uno de los personajes más controvertidos de los últimos tiempo: el presidente estadounidense Donald Trump.

Muchos han señalado que, desde hace años, EU muestra síntomas de decadencia. La llegada de Trump es la coronación de esta crisis moral, política y social que sufre la potencia mundial.

La decadencia moral se refleja en varios frentes. La arrogancia antidiplomática del gobierno de Trump en el ámbito internacional, por ejemplo, nos deja ver que la búsqueda del diálogo y la paz, la defensa de los derechos humanos y tantas banderas que antes se ondeaban en las embajadas estadounidenses, ahora dejan su lugar al chantaje y la agresión. Decisiones precipitadas y unilaterales, como reconocer a Jerusalén como capital de Israel, o abandonar la lucha contra el cambio climático, son muestra del desatino y la falta de prudencia de un gobierno que amenaza a los que no apoyen sus caprichos.

La decadencia política se muestra tanto al exterior como al interior de sus fronteras. EU ya no es una voz respetada y confiable en el exterior; rompe tratados, amenaza a aliados, provoca a los enemigos. Al interior, el desorden que recorre los pasillos de la Casa Blanca se refleja en los apoyos dispares de los principales exponentes de su propio partido y en la abierta animadversión de independientes y demócratas. El 2018 es año electoral y la aparente paz que ha tenido Trump podría acabarse con un resultado adverso que lo obligue a negociar; algo que no gusta hacer. Es muy probable que acabemos con un cierre del gobierno y serias discusiones en temas de sanidad e inmigración.

La decadencia social se muestra en la profunda división y descontento que hay al interior de EU. En un mismo país tenemos actitudes diametralmente opuestas y que no están dispuestas a dialogar para buscar, si bien no una reconciliación, al menos una forma de convivencia. La administración Trump ha venido a agitar el avispero. Como muestra está el tema de la ciencia. Siendo el país con mayor producción científica del mundo, Estados Unidos ahora censura el lenguaje científico al ordenarle al Centro para el Control de Enfermedades eliminar de todas sus propuestas de financiación palabras y frases como “derechos”, “vulnerable” o “basado en hechos científicos”. Sí, el país de la ciencia y la tecnología no cree en los hechos; el líder del país que se apuntaló como la primera potencia mundial gracias al avance científico-tecnológico es el presidente de la posverdad. Ni la fe ha quedado intacta. EU se caracteriza por sus poblaciones profundamente religiosas; pero ahora la fe es ideología política que desafía a los hechos y a la realidad misma.

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El 2017, entre la miopía y el éxito

 

 

Es muy simple. Si no aceptan, que el agua que riega la milpa está cayendo, pues seguro no les importará que la cosecha se eche a perder. Si no entienden que el turismo es mucho más que hacer maletas, y tomar cocteles, pues dejémosles que no lo entiendan,

Pero como decía aquel: si no ayude, por favor no estorbe.

Cierra el 2017 y, como en los últimos tres años, el sector turismo registra un desempeño sobresaliente. El mejor de los años que podría incluso dejar como uno de sus resultados, el que México incluso avance una posición en el ranking mundial de visitantes internacionales que elabora la Organización Mundial de Turismo y se llegue al séptimo lugar. Un año estupendo para la industria; a pesar de una clase política miope. No ahora, lo ha sido por largos años. En términos generales, les ha importado poco, o casi nada, la actividad económica, que más ha despuntado en la última década para el país. No han pasado de los discursos y no se han sentado a diseñar e implementar políticas públicas, que cuiden el desempeño de este motor de la economía, que aporta ya casi el 9 por ciento del Producto Interno Bruto, sin contar con lo que genera en cadenas de valor en otras industrias, como la de construcción, alimentaria, por mencionar dos y emplea al mayor número de personas, en el país.

México, en el 2017, escaló al octavo lugar en el ranking citado. Esto, después de contabilizarse el arribo de 35 millones de turistas internacionales al país en el 2016. Es el segundo país que más turistas recibió en el continente americano, sólo detrás de Estados Unidos. La OMT anunció también, que México avanzó en el ranking, por concepto de ingreso de divisas del turismo internacional, obteniendo un monto de 19 mil 600 millones de dólares, colocándose en el lugar 14 a nivel mundial.

El asunto es que este crecimiento, no puede decirse que es el resultado de una buena gobernanza para el sector, ni por políticas públicas, que lo hayan potenciado. Sólo algunas acciones de gobierno, pueden considerarse como parte de los factores que influyen en este boom. La fuerte inversión en el producto turístico, es uno de ellos; la mejora de la economía estadounidense, otra fundamental. Es cierto que de parte del gobierno federal, hay que reconocérsele un muy buen trabajo de promoción, por parte del Consejo de Promoción Turística de México y una decisiva decisión, al abrir el cielo mexicano y modificar la política de aviación comercial, lo que ha significado una mejora en la conectividad aérea, que ha sido determinante. Pero ni se le han otorgado al gabinete turístico, mayores presupuestos, trabajan con migajas, y sí por el contrario, se le ha reducido. El presupuesto que se le asignó para el 2018 al Ramo 21, que engloba a las dependencias dedicadas a este sector, retrocedió una década. No hay, pues, una política pública que fomente a esta industria, pese a lo que significa, y al potencial que tiene y muestra.

Contrario a lo que pudiese pensarse, en esta era Trump, el turismo en el mundo no ha decaído. Ni los atentados terroristas en ciudades europeas, ni las políticas migratorias del presidente estadounidense, han inhibido el crecimiento de viajeros en el mundo. Las perspectivas turísticas de la OMT siguen siendo las más optimistas de la última década. Y México, pese a las alertas de viaje o el clima de inseguridad, está en el mejor de los momentos. Así cierra el 2017: con una industria boyante empujada por la iniciativa privada, y un desdén de la clase política que no alcanza a reconocer el potencial de este sector.

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Chile: la política contra la aritmética

 

 

En contra de pronósticos, perfectamente justificados por la aritmética, Sebastián Piñera ganó por un margen de casi diez puntos porcentuales a Alejandro Guillier en las pasadas elecciones presidenciales en Chile. Si a los votos de Guillier, en la primera vuelta, se hubiesen sumado todos los que ganó el Frente Amplio de Beatriz Sánchez, la izquierda habría ganado en el balotaje. No fue así y es también muy probable, como se ha reiterado en estos días, que una parte de la población chilena concediera su voto a Piñera para impedir que el radicalismo llegara a La Moneda, de la mano de un gobierno de coalición entre socialdemócratas y comunistas.

La política venció a la aritmética y la izquierda, como tantas veces en el pasado, no supo unirse. Por eso resulta tan desagradable que, dentro de los análisis de la propia izquierda chilena y latinoamericana, predomine un enfoque justificativo cuando no prejuiciado y distorsionante del triunfo de Piñera. Unos responsabilizan a Guillier y a la presidenta Michelle Bachelet por un exceso de moderación, que habría operado en su contra. Otros regresan al viejo trauma del golpismo, como si Piñera fuera un nuevo Pinochet que, con apoyo del imperialismo, vuelve a frustrar el proyecto del socialismo chileno.

Lo cierto es que, desde el arribo de la democracia en 1990, en Chile la derecha y la izquierda se han repartido parejamente el gobierno. Patricio Aylwin, Eduardo Frei y Sebastián Piñera gobernaron tres periodos cada uno. El de Ricardo Lagos, que fue de seis años, más los dos de Bachelet, suman también catorce años. Ahora, con la reelección de Piñera se rompe otra vez el equilibrio, favoreciendo una alternancia de la izquierda dentro de cuatro años. La solidez de la democracia en Chile tiene que ver con la alternancia pero también con los controles de la reelección consecutiva que ejerce el sistema político.

El trauma del golpe de 1973 en Chile ha producido, dentro de la izquierda todavía formateada por el comunismo de la Guerra Fría, una visión maniquea según la cual el país suramericano se mueve siempre entre dos opciones: socialismo o fascismo, Allende o Pinochet. Si Lagos, Bachelet y Guillier no pudieron ser Allendes, sus rivales en la derecha, especialmente Piñera, son nuevos Pinochets. Más grave aún: al no ser plenamente Allendes, Lagos, Bachelet y Guillier no habrían hecho más que facilitar el regreso de la derecha fascista a La Moneda.

Por disparatado que resulte, ese relato mueve amplias bases sociales de la izquierda “bolivariana” en América Latina y Chile. Su funcionalidad es evidente: permite ocultar la responsabilidad de la propia izquierda en sus derrotas electorales y, a la vez, caricaturizar a la derecha como una fuerza reaccionaria y exógena. Entre las causas del triunfo de Piñera habría que incluir el desgaste de un discurso confrontacional, que manipula el trauma del golpe pinochetista y escamotea la identidad ideológica de la derecha democrática.

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