EDITORIAL

La desigualdad y Trump

 

En la economía hay muchas teorías y supuestos que funcionan a la perfección en el papel, pero que vuelan por los aires o presentan consecuencias inesperadas al tratar de convertirse en realidad. Uno de estos es la curva de Laffer, que explica la relación que hay entre las tasas de impuestos y la recaudación.

Al principio, lógicamente señala que un aumento en los impuestos implica que el gobierno recauda más dinero; sin embargo, establece la existencia de un punto en el que un incremento en la tasa impositiva lleva a una reducción en los ingresos, ya que se generan incentivos negativos en la economía que pueden afectar a los mercados o, inclusive, alentar a la elusión. Esto implicaría que, bajo ciertas condiciones, una disminución de impuestos podría incentivar la economía y hasta darle mayores ingresos al gobierno.

Reagan creyó esto en la década de los ochenta e hizo una serie de cambios para reducir impuestos, en particular para las empresas, que terminarían poniendo una gran presión sobre el gobierno, ya que los ingresos se redujeron y muchos recortes tuvieron que realizarse. Como parte de esta estrategia, junto con otras políticas desregulatorias de la época, comenzó un ciclo de concentración de riqueza en las manos de los más ricos que no se ha detenido hasta la fecha.

Este fenómeno quedó retratado de cuerpo completo en la obra de Piketty, en la que muestra que después de las guerras mundiales inició un período en el que el crecimiento económico se repartió de una manera más equitativa y el 1% de los más ricos concentraba una proporción menor de los recursos, lo que redujo la desigualdad. Sin embargo, después de los ochenta esta tendencia se revirtió y los más ricos comenzaron una nueva etapa de enriquecimiento descontrolado que llevó a que en Estados Unidos la desigualdad regresara a los niveles que tenía durante la crisis económica de 1929.

La crisis de 2008 puso de manifiesto, entre muchas otras cosas, que el desastre afectó la economía en su conjunto, pero no a ellos. No sólo los principales responsables no tuvieron consecuencias significativas, sino que los más ricos siguieron capturando el crecimiento económico. El Nobel de economía Joseph Stiglitz señala que durante los años posteriores a la crisis 95% del crecimiento económico quedó en manos del 1% más rico.

Esta crisis de concentración de la riqueza construyó también una serie de tragedias para los más pobres: pérdida de empleos, pérdida de sus hogares, caída en la esperanza de vida de los más pobres, etc. En una amarga tragedia, Donald Trump llegó al poder gracias a dos corrientes contradictorias: recibiendo dinero de los súper ricos, beneficiarios de la desigualdad, y recibiendo los votos de muchos de los estadounidenses más pobres y con menor educación, las víctimas de la desigualdad. Esta semana se votará, y muy probablemente aprobará, la mayor reducción de impuestos para las empresas en la historia. Quiénes van a ganar y quiénes van a perder es claro, salvo para los electores del populismo, que tendrán que ver cómo “su candidato” lleva a Estados Unidos a la mayor crisis de desigualdad.

EDITORIAL

 

 

Autores sin lectores

 

En un ensayo publicado en el número más reciente de la Revista de la Universidad de México, Alberto Manguel sostiene que la relación entre el escritor y sus lectores es de vida o muerte. “Si el escritor es leído, vive, si no, muere”.

Manguel exagera —un poquito, concédase—, pero lo que afirma tiene un grano de verdad. Nada más triste para un autor que sus libros se queden sin leer, embodegados en algún sótano tenebroso. El escritor quiere verlos en las manos de los lectores, bajo la luz del sol. Hay pocas satisfacciones más grandes para un autor que encontrarse con un desconocido que lee uno de sus libros en un café o en un autobús.

En el mundo académico la relación entre autor y lector es paupérrima. Cada año se publican miles de artículos en revistas especializadas, pero son pocos los que son leídos por más de una docena de personas. Lo mismo sucede con los libros académicos que tienen la suerte de salir a la venta. Es inevitable preguntarse si la relación costo-beneficio de esta sobreabundancia de trabajos de investigación es correcta.

Hay una anécdota tristísima que escuchamos hace muchos años y que quisiéramos contarles para ilustrar lo anterior.

Un estudiante estadounidense muy pobre obtuvo una beca para hacer un doctorado en la Universidad de Oxford. El muchacho se entregó en cuerpo y alma a su investigación, que versaba sobre un difícil aspecto de la teología medieval. Durante cinco años vivió en las mayores privaciones. Pasaba los días trabajando sin descanso. Luego, por la noche, se arrastraba hasta un cuartucho de alquiler que no tenía calefacción. El estudiante era muy tímido. No tenía amigos, apenas cruzaba una palabra con sus vecinos.

Su vida era miserable, pero él estaba movido por el sueño de acabar su investigación y obtener su título de doctorado en Oxford. Por fin lo logró. Como indica el reglamento, el recién graduado tenía que depositar un ejemplar de su tesis en la Biblioteca Bodleiana de la universidad. Emocionado, el muchacho pegó un billete de cien dólares —que equivalía a todos sus ahorros— en la primera página de la tesis y escribió el siguiente mensaje: “Estimado lector: eres la primera persona que consulta esta tesis que me costó cinco años de sacrificios. Recibe este regalo como una muestra de mi aprecio por tu interés en mi trabajo”.

El muchacho regresó a Estados Unidos y pasó los siguientes treinta años dando clases en pequeños colegios del Medio Oeste. Ya viejo recordó con melancolía sus años en Oxford y decidió volver como turista. Fue a la Biblioteca Bodleiana y pidió la copia de la tesis que había depositado ahí hacía tres décadas. Cuando la abrió se encontró con el billete de cien dólares que había pegado ahí. Nadie había consultado su tesis. Sin lectores, su investigación no había servido para nada.

EDITORIAL

 

 

El populismo: fase inferior del autoritarismo

 

Por estos días resurge en el debate político latinoamericano la relación entre populismo y democracia. Los partidarios de su incompatibilidad resaltan que el personalismo confrontacional y la erosión de las instituciones erosionan la democracia. Sus opositores destacan que el populismo genera la inclusión (material y simbólica) de grupos sociales marginados y redefine participativamente las fronteras de la ciudadanía.

El populismo —de derecha o de izquierda— es un pariente conflictivo que amenaza permanentemente con visitar el hogar democrático, resucitando disputas no resueltas. En positivo, puede impulsar un movimiento de masas que reclame más derechos ciudadanos, ocluidos por una república elitista. En negativo, puede desbordar la tensión misma y suprimir la democracia.

En el contexto latinoamericano, la conflictividad populista se expresa entre la tensión entre inclusión del pueblo y la exclusión de los otros (la oligarquía y el propio pueblo disidente) así como en las contradicciones entre el empoderamiento popular y el encumbramiento del caudillo. En procesos como los de Venezuela y Bolivia —y en sus émulos mexicanos— vemos un autoritarismo que invierte la ecuación fundante del pacto originario entre el líder y las masas. Con el tiempo el caudillo se va autonomizando, desconociendo las reglas e instituciones que acotan su poder. Una vez consolidado como cabeza de nueva élite —antes subversiva del status quo, ahora hegemónica— el ahora dictador pasa a desmovilizar y controlar a las bases a las que se apelaba y atendía. ¿Dónde queda, entonces, la idea democrática, cuando al demos plebeyo se le somete a un nuevo tutelaje, donde el líder —que sustituye a las élites tradicionales— perpetúa su poder en aras de la supuesta insustituibilidad de su mandato?

Frente a la visión neoliberal de la democracia —que la reduce a gestión de la cosa pública por tecnócratas “eficaces” y a la oligarquización de las instituciones representativas— el populismo concibe su poder como una suerte de Leviatán que tutela los intereses populares. Los populistas hablan de refundar participativamente la democracia, pero la confunden con concentraciones masivas de partidarios, mecanismos de aprobación y cooptación o, aún peor, persecución a sus críticos y disidentes. Por el camino, las preferencias y rasgos psicológicos del líder se encarnan, con poca mediación y transformación, en las políticas de Estado. El populismo, como fase inferior del autoritarismo, es una amenaza.

La violencia del discurso populista invita a ser pesimistas en cuanto a que el respeto por el otro político llegue a consolidarse en nuestras democracias a corto o mediano plazo. El problema se agudiza si constatamos que en países neoliberalizados como México, también asoman tendencias a la invalidación de los adversarios de las élites dominantes. Por todo ello, el rescate de una visión integral —representativa, participativa, deliberativa y social— de la democracia, capaz de combinar la calidad institucional y la inclusión de nuevas identidades y demandas ciudadanas, constituye un imperativo. El bienio 2018-2020 puede ser, en Latinoamérica, el momento del resurgir democrático o la oportunidad perdida de su estancamiento o involución.

EDITORIAL

 

AMLO, el mago

 

Juarista-cristiano-socialista-guadalupano. Lo que guste u ocupe. Paladín de la transparencia, oculta cuentas sobre 800 millones de pesos del erario que Morena ha recibido desde hace dos años.

Prócer de la democracia a mano alzada en la plaza pública, se unge en solitario. Némesis de la partidocracia adopta al dictatorial PT, ente socialistoide trasnochado, resucitado por el PRI hace dos años, y al PES, asociación conservadora auspiciada por células confesionales panistas que veían en Margarita Zavala su ideal.

Andrés Manuel López Obrador, precandidato de Morena, promete cambios, pero esencialmente, dinero para casi todos. Recursos que se obtendrán sin poner impuestos, sin quitar programas sociales, sin deuda externa o interna, todo ahorrando en dos vertientes, gastar menos y mejor, y abolir la corrupción.

De ganar, AMLO hará una convocatoria a obreros, huachicoleros, estudiantes, narcos mayores y menores, amas de casa, halcones, secuestradores, profesionistas, torturadores, ricos buenos y malos, burócratas, maestros, abogados, jueces, policías y traficantes de personas; para ser honestos.

Simple y efectivo. Atacar las finanzas del crimen organizado, bases operativas, redes sociales, acciones legales a nivel local y regional, fuerza de campo, armas, eso y más, le parece inútil.

La estrategia, el cambio verdadero, radica en hacer un buen llamado, provocar la toma de conciencia masiva, unísona. Una sanación nacional. Equidad y amnistía, perdón a matarifes (olvido no) y borrón para los hambrientos de dinero público.

Al dejar atrás toda ilegalidad, el presupuesto del país se multiplicará. Si nadie roba, si los narcos trabajan, si los huachicoleros empeñan sus pericias en Pemex y no contra Pemex, si la alta burocracia cobra menos y sirve más, si jueces, magistrados y legisladores encuentran en la austeridad republicana, que el Benemérito de las Américas exaltaba, su nueva vocación, entonces habrá prosperidad espiritual y material.

AMLO necesitaría el equivalente al 90 por ciento de lo que hoy gasta la Sedesol (Liconsa, Diconsa, Estancias infantiles, Comedores, Becas, etc.) para que todos los “ninis” reciban tres mil 600 pesos cada mes e inicien un camino productivo y emprendedor.

Pensiones a adultos mayores se duplicarán, los salarios rosas de Alfredo del Mazo, en el Estado de México, palidecerán junto al reparto de dinero que AMLO, presidente, emprendería para cada género, edad y condición.

AMLO no deja que el imberbe y pálido Ricardo Anaya lo opaque con su renta universal (que hace años el PAN combatió cuando el PRD la propuso), salario por ser mexicano para que el Estado garantice que nadie, nacido en esta tierra, viva en condiciones indignas.

Haga de cuenta, Suiza, Noruega, Islandia o Dinamarca. Si ejemplos hay, lo que falta es, ya nos dicen, ganas.

Para mago, mago y medio. Meade, El Bronco y Margarita serán sus medios de alto o bajo contraste. Encuestas por doquier y cifras reales por ningún lado, la función comienza. Demagogia vs. realidad. Información contra percepción, ideas razonadas, probables o imposibles marcarán el derrotero nacional.

EDITORIAL

 

 

 

Andrés Manuel, el incongruente

 

 

El límite de lo que los partidos son capaces de hacer con tal de conseguir votos o de mantener el registro, simplemente no existe. No importa que ello implique romper con la ideología que defienden por medio de alianzas completamente antagónicas. Tal es el caso de la recién conformada entre los partidos Morena y Encuentro Social por la Presidencia de la República.

No es la primera alianza de este tipo entre partidos ideológicamente opuestos. El antecedente más conocido —y exitoso— es la del PAN y el PRD, quienes desde 2010 han establecido alianzas a nivel local, y que, por primera vez, replicarán a nivel federal para competir por la Presidencia de México el próximo año. Con todo, el antagonismo ideológico provocó desbandada de militantes, fragmentación interior y críticas entre partidarios y detractores, quienes simplemente rechazaron la justificación del proyecto planteado.

El elector común esperaría que los partidos políticos sirvan como atajos informativos, representen una ideología específica y defiendan principios determinados. Sin embargo, la coalición formalizada el miércoles pasado entre Morena y el Partido Encuentro Social (PES) —además del PT— superó cualquier límite respecto a la congruencia ideológica que en teoría representan al quedar unida electoralmente la izquierda y la extrema derecha.

Cabe recalcar que al PES lo integra una amplia base de ministros y miembros de la comunidad cristiana, por lo que defiende principios religiosos muy marcados y diversas posturas ultraconservadoras, como pronunciarse abiertamente a favor del modelo de familia tradicional y en contra de la ampliación de derechos de la diversidad sexual o de la interrupción legal del embarazo. Si bien es por demás conocido que López Obrador es muy conservador en dichos temas, la alianza establecida con Encuentro Social carece de cualquier lógica electoral.

No hay que olvidar que el PES compitió de la mano del PRI en la elección de gobernador del Estado de México de este año, en la que perdió Morena. Y peor aún, los mismos argumentos que Andrés Manuel ha utilizado para descalificar la alianza entre el PAN y el PRD, por la incompatibilidad ideológica que representan, tal parece que en su caso no sólo no aplican, sino que hasta dignifican, pues se atrevió a afirmar que esta coalición tiene un “referente moral” que permitirá el “bienestar del alma”.

Si es evidente que a la hora de establecer alianzas simplemente no hay escrúpulos, ¿no le hubiera redituado más a Morena ir en coalición con el PRD que con las rémoras del PT y PES? En fin…la jornada del 1 de julio pondrá a todos en su lugar.

EDITORIAL

 

El temblor no se ha ido

 

En Juchitán la vida no ha cambiado como quisieran sus habitantes. El temblor y su réplica, el 7 y 23 de septiembre, se siguen viendo y sintiendo en muchas viviendas y en muchos rostros.

Hay avances, pero no existe lo que decía Rolando Cordera sobre lo que debiera ser un proceso social después de una tragedia: “No sólo se trata de una reconstrucción para recuperar las formas y viviendas en las que se vivía”.

No le ha sido fácil al Gobierno federal mantener la atención en Oaxaca, Chiapas y los estados que han padecido temblores y huracanes. El gobierno se ha llenado de frentes que, si bien algunos son importantes, no lo debieran distraer de lo esencial.

A esto sumemos que se metió en el camino la selección de su candidato a la Presidencia, lo cual significa grilla, ganadores y perdedores, y que la clase política ande en otras cosas.

Las y los juchitecos andan batallando por encontrar lo suyo, quieren al menos no sentirse desprotegidos. El mercado de la ciudad, el cual se vino abajo desde el mismo 7 de septiembre, no lo han podido mover del jardín que se encuentra enfrente del Palacio de Gobierno. Al tercer día del temblor los locatarios se organizaron y se ubicaron casi enfrente de donde estaba “su” mercado.

El Palacio sigue exactamente como lo vimos hace tiempo, poco después del terremoto, y como usted lo ha visto en redes, medios y fotografías: le han hecho poco o nada.

El comercio se va recuperando, más el de las tiendas que el de los mercados. Uno de los grandes problemas del inicio fue que, ante la gran ayuda que llegó de muchas partes, la gente no salía a comprar ni comida ni ropa, las tiendas estaban desoladas.

No es que haya cambiado el estado de las cosas, se está lejos de ello. Lo que sucede es que la economía se activa y hay más movimiento, a lo que se suma que estamos en fiestas de fin de año, en las que por lo general se mueve la economía.

Lo que no deja de ser lacerante y una constante, con temblores o sin ellos, es el problema social. La pobreza se apareció de manera todavía más evidente.

En Oaxaca existe una reacción y movilización social sistemáticas. Se conjuntan las inconformidades y las genuinas protestas con la manipulación, presión y coerción en la que basan su existencia muchos grupos políticos y sociales, sobre todo los maestros.

El miércoles, varios accesos a Juchitán, Ixtepec e Ixtaltepec fueron tomados por maestros, en una nueva protesta contra la Reforma Educativa. Los habitantes paliaron como pudieron el problema, han sabido convivir con ello y, como se sabe, hay quienes los apoyan y hay quienes mejor no se oponen por los riesgos que genera.

La pregunta para gobiernos y sociedad civil, lo que incluye la Sección 22, es realmente qué se quiere hacer en las comunidades después de la tragedia.

Los problemas no cesan al interior del propio Juchitán. Han empezado a presentarse disputas políticas que han alcanzado a la presidenta municipal. En diversos actos ha sido abucheada y no la han dejado hablar. Originalmente era del PRD, se pasó a Morena, pero el municipio sigue siendo mayoritariamente perredista.

Este hecho ha configurado nuevos escenarios para la reconstrucción y los damnificados. Es ruido, son peleas estériles por el poder y son también viejas rencillas que encuentran espacios en donde si alguien pierde es el ciudadano.

Seguiremos contándole cómo se ven las cosas. Hay avances, pero no son sustanciales. Viviendas derrumbadas, terrenos baldíos, albergues, todo con su dosis de ánimos encendidos.

EDITORIAL

2018, ¿y después qué?

 

Se podría entender que la elección del año que entra es para algunos sectores, no necesariamente para todo el país, una obsesión, viene bien pensar e imaginar el día siguiente. Gane quien gane todos vamos a estar incluidos, lo que va a incluir a quienes no les interesa la política y hasta a los que la desprecian por razones explicables.

Se perfila un proceso complejo y competido con posibilidades reales de que termine en conflicto poselectoral. De no ser que uno de los candidatos se lleve el triunfo por un margen considerable va a ser difícil evitar los tribunales. Da la impresión de que todos lo vemos venir y hasta cierto punto nos estamos preparando para ello, vamos rumbo al lío.

No es casual que se hayan creado tribunales que se dediquen a la solución de problemas poselectorales, los escenarios previsibles y las experiencias de otras muchas elecciones son su razón de ser. Se reconoce que los procesos pueden pasar por irregularidades, abusos y corrupción. Las elecciones se han distinguido por la desconfianza colectiva que provocan, nadie confía en nadie.

El día después tiene que ver con el cómo nos vamos a arreglar con el nuevo gobierno, sea cual fuere. El país no está para las impertinencias, para las venganzas o para el volver a empezar.

Al estar en juego 3 mil 400 cargos nadie va a ganar todo y tampoco nadie va a perder todo. Si bien la presidencia es la joya de la corona hoy se encuentra cada vez más acotada. Sin duda se tiene el poder, pero no se puede ejercer indiscriminadamente, se ejerce a través del equilibrio con los otros poderes. Vicente Fox alertó de ello en 2000: “el Ejecutivo propone y el Congreso dispone”.

Pensar el día después es pensar en la gobernabilidad y en los acuerdos y también es, en algún sentido, visualizar la reconciliación después de la intensa batalla electoral. Llegar vacíos y sin entendimientos puede ser de consecuencias impredecibles y graves por definición. Se puede alargar riesgosamente la batalla electoral a la gobernabilidad de quien haya ganado la elección.

En 2006 estuvimos cerca de un gran conflicto poselectoral. La toma de Reforma, Juárez y el Zócalo pusieron no sólo en vilo a la capital, sino a todo el país. El problema se resolvió después de un largo y complejo juicio, el cual no dejó satisfecho al PRD y a su candidato con sobrada razón. Sin embargo, se debe ponderar que se acató la decisión de la autoridad.

El pensar en lo que puede pasar el día después debe llevar a los candidatos a ponerse de acuerdo. Queda muy claro lo que está en juego, pero también es evidente que el país se pone en alto riesgo ante la eventual falta de acuerdos de quienes pretenden gobernarlo.

Es evidente que se trata de ganar, pero no es sólo eso, hay que pensar en cómo conciliar y cohesionar, y esto con el país que somos no está nada fácil.

EDITORIAL

 

2018, también juegan el Verde y el PT

 

Dentro del enigma que vivimos, no necesariamente negativo, por las elecciones del año que viene, quizá se ha perdido de vista el papel de los partidos satélite, chiquipartidos o bisagra, según quiera definirlos.

Estos partidos viven entre la conveniencia de sobrevivir gracias a los partidos llamados grandes y bajo ideologías que no necesariamente tienen una representación significativa. Les cuesta mucho trabajo sobrevivir por ellos mismos.

Independientemente de ello, no puede soslayarse que bajo el sistema de partidos y bajo la democracia pretendida, todas las voces deben ser escuchadas y si en el marco legal consiguen su registro, la ley termina por estar de su lado.

Puede resultar inocua su existencia, ser una franquicia familiar o negocio ideológico, tipo PVEM o PT, pero lo cierto es que el diseño del sistema de  partidos está hecho para que todas las corrientes estén representadas y más si consiguen su registro, nos guste o no, nos caigan bien o mal; es principio de nuestra democracia.

El PVEM tiende a tener votaciones interesantes; llegó a tener más de 10%. Se decía que Manuel Camacho Solís fue un animador en la creación de este partido. Parecía tener lógica en el ámbito mundial la fundación del partido. Se hablaba de la defensa del medio ambiente; fue y es un tema del mundo. Los verdes hasta estuvieron de moda entre muchos jóvenes.

Se asegura que Camacho fue al Verde lo que Raúl Salinas al PT. Fueron partidos imaginados, diseñados y creados desde los ámbitos de gobierno, no casualmente cerca de la administración de Carlos Salinas de Gortari.

La paradoja reciente del PT es que el PRI le ayudó a no perder su registro y logró con ello mantenerlo en el presupuesto, a lo que se suma otra paradoja para lo hecho por el PRI: que hoy esté de la mano de López Obrador. Con los líos que trae el PT en el manejo de sus finanzas parece que ya se les aplica el síndrome del teflón.

El PVEM es, de estos dos partidos, el más consolidado. Ha recibido buena ayuda, a lo que se suma que algunos priistas juegan al Verde en el Congreso sin dejar de ser priistas.

El triunfo del PVEM en las elecciones para la gubernatura en Chiapas en 2012 tuvo sus razones. El PRI difícilmente ganaba con un candidato propio, aunque los verdes, si a alguien se parecen, es al PRI. Estaba también sobre la mesa la negociación de la elección presidencial; a Peña Nieto le venía de maravillas entre el 5 y 7% del PVEM. Finalmente quedó, y queda claro que es un juego de conveniencias mutuas, como en otro tiempo hicieron lo mismo con la candidatura de Vicente Fox, cuando era panista.

Es un hecho que tanto el PT como el PVEM van a jugar su papel. El PT tiene su tablita de salvación con Morena; en tanto que el PVEM le quiere vender caros sus votos al PRI.

Los escenarios son previsibles. Se van a arreglar las claves para saber el cómo.

EDITORIAL

 

 

Llegó el tercer pasajero

 

Con el Frente terminó pasando lo que se intuía. La candidatura a la presidencia desde el principio se sabía que sería para el PAN y la de la Ciudad de México para el PRD, el resto se regirá bajo el signo de “según el sapo es la pedrada”.

Esto quiere decir que según la fuerza de cada partido en los estados se tomará la decisión de elegir quien es el o la candidata a cada uno de los más de 3,400 cargos que están en juego.

Por lo pronto todo se ve resuelto, pero no está muy claro cuáles vayan a ser los criterios a seguir y las consecuencias que se presentarán al interior de los partidos. Quienes encabezan el Frente se pueden dar hoy por satisfechos pero nadie les garantiza el mañana.

Hay una pregunta que igual se plantea para uno y otro lado, sobre todo para PAN y PRD, Movimiento Ciudadano, cuenta pero está lejos de la fuerza y peso de PAN y PRD, en este orden. Lo que parece que tiene asegurado el MC es la candidatura al gobierno de Jalisco. El presidente municipal de Guadalajara, Enrique Alfaro, casi la tiene en la mano.

Van las preguntas: ¿Estaría dispuesto el panismo histórico y conservador a votar por Alejandra Barrales como Jefa de Gobierno de la CDMX? ¿Estaría el perredismo histórico y duro de acuerdo en votar por Ricardo Anaya como candidato a la Presidencia?

Si bien es todavía largo el camino, no da la impresión de que vayan a ser convencidos muchos militantes, de los dos partidos, sobre las bondades del Frente. Es un enigma que lleva a revisar a dónde y a quién dirigirán su voto. Se especula en exceso, pero por más que se lancen hipótesis por doquier hoy no queda claro lo que pueda pasar.

No hay manera de saberlo, la decisión se va a ir construyendo en el desarrollo de las campañas y, en una de ésas, el mismo día de la votación, como suele ocurrir.

El sábado Miguel Ángel Mancera tomó distancia. Dos importantes integrantes de su gabinete, Ahued y Chertorivski, dejaron sus cargos para poder participar en la elección interna del PRD, convenida con el Frente,  para designar candidato a gobernar la ciudad.

Esta decisión de seguro pasó por Miguel Ángel Mancera, quien le habría dado el visto bueno. El Jefe de Gobierno también logró colocar en la presidencia del PRD a otro de los muy suyos, Manuel Granados. Haya sido una negociación para que no se fuera del todo del Frente o se haya buscado retenerlo, para evitar el rompimiento, digamos que esto todavía no acaba, Mancera se quedó con posibilidad real de maniobra; veremos qué hace con ella.

En el PAN las cosas no están tampoco nada fáciles. Hay heridos en la batalla. Ricardo Anaya, por más que tenga el control del partido, tiene enfrente una oposición interna de peso, fuerza e influencia, que no se va dejar, no sólo se va a dedicar a vociferar.

A Anaya le han dado con todo y como sea ha logrado, hasta ahora, capotear el temporal. La bronca que ha mantenido, por varios meses, con un diario nacional, el cual lo trae en la mira, evidentemente no ha terminado.

El Frente decidió. Es una fórmula política inédita en el país. No queda claro su futuro porque no ha podido desligarse de la idea de ser una organización que se ve más como proyecto electoral; es el hay que ganar a López Obrador y Meade a como dé lugar.

El Frente ha dado sin duda un gran paso. Ha logrado superar las crisis en que se ha metido y ha logrado salir de las críticas de quienes lo ven analíticamente y de quienes lo quieren denostar.

Las alianzas hasta ahora no han dado resultados en lo general. A Yunes, por ejemplo, lo respaldaron PAN y PRD para echar al impresentable Javier Duarte y al PRI; hoy, en menos de un año y medio, tiene al estado en vilo.

López Obrador y Meade ya tienen al tercer pasajero que será un enigma.

EDITORIAL

 

Adolfo Salazar y su Habana negra

 

El profesor de la Universidad de Alcalá de Henares, Jesús Cañete Ochoa, ha compilado recientemente los artículos que el musicólogo español Adolfo Salazar, exiliado en la Ciudad de México en los años 30 y fallecido en esta capital, en 1958, escribió sobre la música cubana. Salazar viajó por primera vez a La Habana en 1930, cuando coincidió con su amigo, el poeta Federico García Lorca, quien le sirvió de cicerone en aquella ciudad del Caribe andaluz.

La música negra cubana, a su juicio, era la desembocadura de tres afluentes: África, España y Estados Unidos. Sus manifestaciones eran tan diversas como sus propios elementos formativos. Había música negra en los plantes rumberos de los solares, en las danzas para piano de Lecuona o en las composiciones sinfónicas de Roldán y Caturla

Lorca llevaba dos meses en La Habana, cuando llegó Salazar en mayo de 1930, invitado por la Institución Hispano Cubana de Cultura, presidida entonces por el antropólogo Fernando Ortiz. Entre Ortiz, su discípula Lydia Cabrera y Lorca debieron haber tendido todas las alfombras por las que Salazar paseó su refinado sentido del ritmo y la armonía. A través de ellos conoció a los grandes músicos cubanos (Pedro Sanjuán, Amadeo Roldán, Alejandro García Caturla, Ernesto Lecuona, Gonzalo Roig, Rodrigo Prats…), pero también a sus mejores críticos, como el joven Alejo Carpentier.

Salazar regresó a Madrid, Lorca fue asesinado en Granada y, pocos años después, luego del levantamiento franquista contra la República Española, el musicólogo regresó de vuelta a la isla, camino a su exilio mexicano. Ya para entonces había escrito la serie de crónicas deslumbrantes sobre La Habana y su música negra, para El Sol de Madrid, y su importante opúsculo sobre García Caturla, que aprovechará Carpentier en su gran ensayo La música en Cuba, editado por el Fondo de Cultura Económica en 1946.

Las crónicas habaneras de Salazar para El Sol recuerdan lo mejor del género en Cuba y España, lo mejor de Casal y Baroja, de Ortega y Mañach. Empieza a narrar su contacto con la ciudad desde el camarote del barco, por cuya claraboya “entra una luz suave y un frescor que no era ya de mar, sino un frescor vegetal, amanecer de tierra”. Cuando Salazar se asoma a cubierta ve la “línea soberbia del Malecón, vanguardia en la perspectiva de la gran ciudad que es La Habana”.

El musicólogo, que tiene apenas 40 años, advierte el dolor de los españoles mayores que lo acompañan, que conocieron aquel puerto cuando, tres décadas atrás, formaba parte de su imperio. Comprende ese dolor, pero simpatiza más con la nueva generación cubana, orgullosa de su independencia y genuinamente interesada en todo lo que llega de la península. Entre la “técnica superior del anglosajón y la técnica a ras de suelo, tan ultrademocrática del pueblo cubano”, Salazar cree percibir un espíritu intermedio, que es el hispánico.

La música negra cubana, a su juicio, era la desembocadura de tres afluentes: África, España y Estados Unidos. Sus manifestaciones eran tan diversas como sus propios elementos formativos. Había música negra en los plantes rumberos de los solares, en las danzas para piano de Lecuona o en las composiciones sinfónicas de Roldán y Caturla. Aún así, en sus artículos en revistas habaneras como Musicalia y Pro-Arte Musical, de los años 30, Salazar privilegiaba la música culta, como esfera donde se decidía la vitalidad de aquel “trueque sonoro”.

El musicólogo, que tiene apenas 40 años, advierte el dolor de los españoles mayores que lo acompañan, que conocieron aquel puerto cuando, tres décadas atrás, formaba parte de su imperio. Comprende ese dolor, pero simpatiza más con la nueva generación cubana, orgullosa de su independencia y genuinamente interesada en todo lo que llega de la península

Para fines de la década, cuando mueren, demasiado jóvenes, Roldán y Caturla, y Sanjuán se traslada a Estados Unidos, Salazar advierte un “callejón sin salida” en la música negra de concierto en La Habana. Aquel diagnóstico, que intentaron resistir algunos críticos, fue suscrito por Carpentier en La música en Cuba, cuando hacía este apunte, válido también para la literatura: “el nacionalismo nunca ha sido una solución definitiva. La producción musical culta de un país no puede desarrollarse, exclusivamente, en función del folklore”.

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