EDITORIAL

Otra tarde de perros

Desde que Érick fue secuestrado, la familia LeBarón supo y entendió que sus vidas iban a cambiar, dijo hace algunos años Julián LeBarón.

Al no pagar el rescate, argumentando que sería el inicio de un chantaje interminable, sabían lo que se les venía; Érick terminó siendo liberado sin que se pagara ningún dinero.

La familia estaba clara que la decisión tendría un costo lo que la obligó a instrumentar todo tipo de estrategias de seguridad. Nunca se ha planteado enfrentar al narcotráfico o algo parecido; se enfocó en establecer un sistema de seguridad para lo cual habló con las autoridades.

Durante mucho tiempo los LeBarón recibieron todo tipo de amenazas, las cuales obligaron a que algunos integrantes de la familia vivieran materialmente escondidos.

Todo cambió de manera dramática cuando Benjamín LeBarón, representante de la familia, y su cuñado, Luis Whitman, fueron asesinados en julio de 2009. Fue la prueba de que los narcotraficantes no habían olvidado las afrentas que para ellos fue la reacción familiar ante el secuestro de Érick.

De nuevo fueron con las autoridades y les plantearon: “si no pueden protegernos, permítanos armarnos”. (Marcela Turati, Proceso).

Los LeBarón no sólo padecían a la delincuencia organizada; tuvieron que enfrentar también a los policías infiltrados. En medio de todos estos acontecimientos, la familia adquirió atención nacional, a lo que se sumaba que son una comunidad menonita en el norte del país que vive, en algún sentido, aislada y bajo sus propias reglas. Lo que es un hecho, es que a lo largo de todo este tiempo están plenamente reconocidos, ubicados y respetados en Chihuahua.

Julián LeBarón se convirtió en el representante de la familia. Hoy es un importante defensor de derechos humanos destacándose por su fuerza y convicción, lo que lo ha llevado a tener una significativa presencia nacional.

Durante algún tiempo formó parte del Movimiento por la Paz con Justicia y Dignidad, encabezado por Javier Sicilia, del cual se separó por diferencias hace poco tiempo.

En una de las conversaciones que sostuvimos con Julián LeBarón, saliendo de la anticlimática reunión de seguridad con Felipe Calderón, en el Alcázar de Chapultepec, nos decía que lo que ha vivido la familia ha sido una pesadilla y que no descartaba que en cualquier momento fueran de nuevo atacados.

Las críticas de Julián a las autoridades han venido creciendo. Ya no se trataba sólo de su familia; en su recorrido por el país fue tomando conciencia de lo que se vive no sólo en su comunidad. Una y otra vez, nos decía, que no enfrentaban al narcotráfico, lo que querían era simple y sencillamente vivir en paz.

La historia de los LeBarón no es excepcional en el país. Ellos bien pudieron migrar a EU, pero decidieron, por razones personales y comerciales, quedarse en México. No es nuevo que tengan problemas de seguridad, pero desde siempre han sido respetuosos de las leyes, entendiendo que su vida interna es distinta a buena parte de como vive la gran mayoría de las familias; “no aceptamos, ni aceptaremos, el derecho de piso”.

Lo que vivieron los LeBarón en la sierra de Chihuahua pudo haber sido una “confusión”, pero es un hecho que la familia era sistemáticamente amenazada, como en varias ocasiones nos lo dijo Julián LeBarón.

El activista narró lo que vivió: “una de mis primitas fue herida de bala, pero levemente, caminó alrededor de 14 km antes de que la encontráramos…. otros seis niños llegaron caminando al rancho; uno de ellos con una lesión en la mejilla… yo mismo vi los cuerpos”.

Fue lamentable cómo los legisladores se lanzaban culpas ayer. Es un problema integral, provocado por erráticas políticas de seguridad, en donde ya le pasan la cuenta al actual Gobierno.