EDITORIAL

Amor, odio, indiferencia

Resulta interesantísimo y estimulante encontrar nuevas explicaciones a viejos problemas de la vida emocional, presentes en la vida de cualquier persona. La ansiedad, por ejemplo, se describe como un estado de desasosiego, como anticipación obsesiva de escenarios de catástrofe o como emoción contagiosa; pero poco se entiende como una debilidad del yo para enfrentar la vida, consecuencia de una construcción inacabada de confianza básica en el amor humano, que nos dieron o debieron darnos desde que llegamos al mundo. El ansioso puede huir de la vida como defensa frente al rechazo, el abandono o la sensación de desprecio, de ser inapropiado o no querible. Tiene miedo constantemente porque se siente incapaz de enfrentar la vida. Como si no hubiera recibido las herramientas elementales para ser plenamente humano.

A la ansiedad se suman el amor, el odio y la indiferencia, produciendo una mezcla compleja de sentimientos en nuestras relaciones; mediante una proyección del mundo interno, ser emocionalmente inaccesibles nos hace sentir que los otros también lo son; estar presentes con el cuerpo pero ausentes con la mente es una forma de evitar el riego, porque ser testigo externo, aburrido, desinteresado, garantiza invulnerabilidad (y soledad mortal).  Renunciar al mundo real y a sus objetos buenos reales, por estar invadido de objetos malos en la mente, obliga a algunos a matar la posibilidad de nuevas relaciones buenas, anticipando que serán malas y frustrantes. Ser un robot, socialmente correcto, impecable, educado, pero que no siente nada por nadie. Porque pensar en amar es peligroso si en el pasado hubo amores no correspondidos de los padres o de otros primeros amores. El amor frustrado no sólo es rechazo o humillación. Puede serlo con mucho más intensidad una presencia inaccesible. Duele más una madre presente pero inalcanzable afectivamente que un padre que se largó.

Los amores no correspondidos generan un sentimiento de odio y después de depresión, porque buscamos personas para existir, porque no hay yo sin tú. Lo triste de esta realidad del mundo interno es que el yo se ha fusionado con los objetos malos. Los que fueron buenos, viven en nuestra memoria, consciente o inconscientemente. Los objetos malos son los que persiguen, castigan, inhiben el desarrollo, estorban para sentirse auténticamente bien. Son objetos malos los que niegan el amor, desaparecen, nos abandonan, mueren prematuramente. También un padre o una madre impaciente, punitivo, presente, pero ausente, desapegado, distante, indiferente.

El amor también se vuelve hambre voraz después del rechazo. Sólo es posible odiar a una persona de la que quisimos o quisiéramos amor. Lo opuesto al amor no es el odio, sino la indiferencia, que es la ausencia de interés y sentimientos. Algunos demandarían tanto de los otros, que prefieren no pedirle nada a nadie. Otros no pueden evitar mostrar su posesividad hambrienta y suelen producir lástima, sadismo o huida.

Las necesidades, miedos, frustraciones, resentimientos y ansiedades en la búsqueda inevitable de objetos buenos es la materia de la enfermedad emocional. Todos nos alejamos y nos acercamos, y lo haremos de modo menos defensivo si nos atrevemos a mirar y a digerir nuestros objetos malos, para poder establecer relaciones menos contaminadas del pasado, actuales, vivas, llenas de posibilidades.