EDITORIAL

Bolivia

Quizá Evo Morales confió demasiado en el apoyo popular y en sus propias fuerzas. De alguna forma su gobierno había sido cuestionado, y a pesar de su victoria en las urnas, bajo un proceso electoral cuestionado, el presidente boliviano empezó a perder el control ante viejos y nuevos escenarios.

Morales pasó por alto una consulta a la que convocó el 21 de febrero de 2016. Fue un referendo para que los ciudadanos decidieran si en las próximas elecciones, las cuales se celebraron el 20 de octubre, se presentaba de nuevo. El resultado le fue adverso, la mayoría de los bolivianos votó porque en el 2019 terminara su mandato.

En 2017 el resultado fue apelado por la presidencia, lo que permitió a Evo participar en las elecciones. El Tribunal Supremo Electoral decidió que procedía la petición en medio de protestas que consideraban que se había actuado con discrecionalidad.

La fuerza de Evo Morales es indudable. Ha sido un presidente que le ha cambiado para bien la cara a su país. Su defensa y vocación indígena permitió un reacomodo social, a lo que se suma que en su gestión las condiciones económicas de Bolivia adquirieron otra dimensión.

El reconocimiento a Evo Morales tiene que ver con su ejercicio generoso del poder basado en un gran apoyo hacia los pueblos originarios, a los cuales colocó en el centro de la gobernabilidad.

Sin embargo, la elección planteó una nueva dinámica que terminó por convertirse en un elemento adverso, a pesar del reconocimiento que ha tenido todos estos años como presidente.

Los cuestionamientos sobre el proceso electoral se fundan en que el TSE detuvo abruptamente el conteo rápido, cuando ya tenía 84% del escrutinio, el cual le daba clara ventaja a Morales.

Todo indica que el candidato opositor, Carlos Mesa, no podía alcanzar a Evo Morales, es más, se veía también complicado que en el eventual caso de una segunda vuelta pudiera ganar Mesa.

¿Cuál fue la razón por la cual el tribunal complicó una elección que en apariencia no le estaba siendo adversa a Evo Morales? Hasta ahora no hay respuestas que expliquen el porqué de la decisión, sobre todo porque el proceso se veía definido.

Lo que ha pasado a partir de las elecciones ha estado enmarcado por la protesta y las presiones militares, lo cual ya provocó consecuencias creando una situación de excepción. En medio del caos, la presidenta del TSE fue detenida el domingo en la noche como parte de un intento por controlar la institución, para organizar nuevas elecciones a modo de lo que quieren la oposición y los militares, quienes están jugando un descarado activismo.

Entendiendo las particularidades de la situación interna boliviana no se puede separar de lo que viene pasando en América Latina. Evo Morales, sin dejar de reconocer sus grandes méritos, estaba ya en camino de eternizarse en el poder.

En Sudamérica está tomando forma el hartazgo ciudadano. En Chile los problemas no se han resuelto ni se ve por dónde puede haber salidas en el corto y mediano plazo. Argentina va a entrar a una nueva dinámica de riesgo porque tarde que temprano al nuevo gobierno lo va a alcanzar la terca realidad económica y social. Brasil es un enigma, la esperada liberación de Lula le puede abrir al país una nueva perspectiva política. Finalmente, Perú trae muy cerca el hartazgo y Uruguay en pocos días celebrará una inquietante segunda vuelta electoral.

La oposición y los militares bolivianos por fin encontraron cómo atacar a Evo Morales, quien debió hacer una pausa que le permitiera entender los escenarios. A Bolivia le urge el Estado de derecho porque la forzada salida del presidente no resuelve nada. Lo que viene es delicado y por ningún motivo hay que perder de vista dos elementos: la base social de Evo ni a Trump que ya está al acecho.