EDITORIAL

 

Bolivia: golpe democrático

 

Cada día, con mayor insistencia se escucha, se lee y se dice que la democracia como idea y como sistema de gobierno está en crisis. No hay mal que dure mil años, ni cuerpo que lo resista: si la democracia está en problemas, más pronto que tarde nos enteraremos del desenlace. Pero lo que se observa es que más allá de que la democracia —entendiéndola como el mejor mecanismo de resolución de conflictos en paz que conocemos— esté en crisis, los conflictos han resistido a cuantos personajes políticos han sido electos para resolverlos.

El golpe de 2019 es el número 191 desde la Independencia de Bolivia, en 1825. De 1964 a 1982, el país osciló entre regímenes militares e interinatos. De 1982 a 2006, la democracia boliviana sobrevivió milagrosamente a crisis económicas, hiperinflación, privatizaciones, reducciones en servicios sociales y educación, huelgas generales y amenazas de guerra civil.

La llegada al poder de Evo, en 2006, significó el final de un siglo XX sangriento y un justo descanso a la violencia política que vivió el país, perpetuada en una nueva Constitución que fundó la Bolivia plurinacional por su primer presidente indígena. Ésa es su importancia y su mística. Su gestión redituó en la reducción de la pobreza y de la desigualdad, pero aumentó la deuda pública y disminuyó las reservas internacionales de manera significativa. Cierto; Bolivia es menos pobre, pero sigue siéndolo, no hubo transformación económica.

En cambio hubo un retorno autocrático. El 26 de febrero de 2016, Evo convocó a un referéndum para consultar su continuidad cuatro años más, lo perdió y aun así participó e intervino fraudulentamente en las elecciones de 2019. Hoy la opinión se divide entre si fue o no un golpe de Estado. Mi opinión es que fue un golpe de Estado democrático cívico-militar, en el que la sociedad civil opuesta a la permanencia de Evo, apoyada por las Fuerzas Armadas, solicitó de manera directa al mandatario abandonar su puesto, dadas sus pretensiones de extender su gobierno vulnerando el juego democrático previamente establecido.

¿Es una crisis de la democracia? No: los mecanismos institucionales llevaron a la vicepresidenta del Senado a la presidencia interina de Bolivia y prometió convocar a elecciones en enero de 2020, lo que mantendría vigente el juego democrático. Con seguridad es una crisis política: ni Evo, ni sus antecesores, ni los Congresos, ni las Cortes han generado igualdad socioeconómica; ni han detenido la injusticia, ni limitado la violencia arbitraria.

De las primeras acciones televisadas y difundidas por el nuevo orden se muestran las Biblias bajo el brazo y la quema de whipalas como derrocamiento de los antiguos símbolos. Las desigualdades políticas se perpetúan y sus manifestaciones nos son desagradables para muchos. La democracia boliviana superó, por ahora, la embestida política del socialismo bolivariano; observemos su resistencia a la nueva ola de derecha radical que se avecina.