EDITORIAL

Bolivia: división y muerte

Más de una veintena de muertos y centenares de heridos. Cuando al menos 40 por ciento de la población apoyó en los pasados comicios al expresidente Evo Morales, su salida —justificada por los fraudes electorales— no pacifica a una población dividida y en plena confrontación.

El núcleo de las protestas está en el aglomerado de los productores de coca, bastión original que elevó a Evo Morales del sindicalismo a los más altos vuelos de la política. Campesinos e indígenas se unen a sus filas, demostrando que la desigualdad sigue siendo un factor político importante en el país. Lamentablemente, el gobierno interino no ha encontrado la fórmula para pacificar al país y su discurso confrontante y la acción de la fuerza pública ha caído en la represión violenta de los manifestantes.

Los líderes que han tomado el poder de facto deben tener cuidado. Luis Fernando Camacho es llamado el “Bolsonaro boliviano”, ojalá no sea el caso y tenga la mesura de dejar de lado la violencia militarista y los discursos de odio que no hacen más que confrontar a un pueblo y ahondar las crudas heridas de la desigualdad. Por su parte, Jeanine Ánez, jefa del gobierno transitorio, tiene a su cargo convocar a elecciones, cosa que no ha hecho. Sin embargo, sí ha tenido tiempo para exonerar a las fuerzas armadas de cualquier delito cometido en el “control” de las protestas para proteger a la sociedad. Esto enciende las alarmas en varias asociaciones internacionales de derechos humanos que ya han denunciado un uso excesivo de la fuerza por parte de los militares.

La misma Bachelet ha urgido a las autoridades “a garantizar que las fuerzas de seguridad cumplan con las normas y estándares internacionales en materia de uso de la fuerza, así como a asegurar el derecho a la vida y a la integridad física de las personas que protestan”.

Por su parte, y en su defensa, las fuerzas del orden señalan que han pretendido manifestarse portando explosivos y armas. Sin embargo, la veintena de muertos y los cientos de heridos nos dan nota de que el Ejército no está mediando en la situación sino que ha tomado un bando claro.

La polarización en el país es extrema y Bolivia se precipita en una espiral de violencia que no augura nada bueno. Evo Morales tendrá que cargar con ser el personaje que provocó está situación, pero el nuevo gobierno –aliado con el Ejército- parece coquetear con la idea del poder en lugar de entender su papel como un simple mediador, pacificador y garante de una nueva elección democrática.

Sería peligroso que Bolivia entrara en una nueva fase de dictadura disfrazada de democracia. Esperemos que los poderes de facto encuentren la fórmula de la paz y logren fungir como una autoridad legítima para dar paso al nuevo gobierno democrático.