EDITORIAL

Cruces rosas, sangre, tinta y jabón

“Viejas revoltosas”, “argüenderas”, “alborotadoras”, “feminazis”, entre otros varios calificativos, es como muchos llaman a las mujeres que toman las calles para exigir un alto a la violencia de género.

Y vale la pena detenerse particularmente en el término “feminazi”, porque es curioso cómo se ha convertido en uno de los favoritos, sobre todo de aquellos que poco saben sobre el holocausto.

Dice la Real Academia Española que la voz «feminazi» (acrónimo de «feminista» + «nazi») se utiliza con intención despectiva, para señalar a una ‘feminista radicalizada’”.

Resulta curiosa la mezcla, porque por muy radicales que sean, hasta hoy no se tiene registro de que en algún movimiento feminista haya intervenido la activación de una cámara de gases para matar a un grupo de personas, o algún campo de exterminio.

El Museo del Holocausto de Washington, uno de los principales centros de documentación sobre ese tema, estima que 6 millones de judíos fueron asesinados por los nazis entre 1933 y 1945, sin considerar a los civiles soviéticos o polacos no judíos, serbios, romaníes, opositores alemanes y otros que sumarían unos 9 millones más.

¿Cuándo el feminismo ha provocado semejante número de muertes?… “No podemos comportarnos igual que un torturador, que un violador, que un asesino, nosotros, los que respetamos los derechos humanos y los que queremos que se nos respeten, tenemos que marcar esa diferencia”, fueron las palabras con las que nuevamente se estrelló esta semana la Presidenta de la Comisión Nacional de Derechos Humanos, Rosario Piedra Ibarra, al referirse a la marcha contra la violencia de género.

La titular de la CNDH, probablemente vio otra marcha, pues hasta el momento no sabemos que, además del patrimonio dañado, se haya registrado algún asesinato, tortura o abuso sexual en el recorrido.

Hay que tener más cuidado con las comparaciones, porque lo que vimos en esta movilización se llama vandalismo, una conducta totalmente reprobable y que debe ser castigada de acuerdo al artículo 397 del Código Penal Federal, así como por la Ley de Cultura Cívica de la Ciudad de México.

Desgraciadamente los destrozos y pintas le robaron el foco a expresiones y protestas que son mucho más profundas, aunque en unas horas, con agua, jabón, jergas y algunos químicos, casi todo volvió a la normalidad.

Penosamente no ocurre así con las víctimas de una agresión de género, menos con aquellas a las que les cuesta la vida y para cuyos familiares nunca nada podrá volver a la normalidad.

De enero a septiembre de este 2019, 2 mil 833 mujeres han sido asesinadas en México (SESNSP), pero sólo 726 casos son investigados como feminicidio, según el Observatorio Ciudadano Nacional del Feminicidio.

Veracruz, donde fue asesinada y abusada la pequeña Fátima de sólo 12 años, cuenta 140 casos; el Estado de México, donde fue encontrada descuartizada Izamar Méndez, cuenta con 81 casos; y Nuevo León, donde un hombre asesinó a su esposa Connie Janeth, quien ya lo había denunciado 15 veces por maltrato, cuenta con 53 casos.

Son los tres estados con más feminicidios en nuestro país. ¿Con qué podemos borrar semejantes huellas?

Según la ONU, de 2015 a 2018 los casos de violencia familiar en nuestro país se elevaron 751% y datos del INEGI señalan que la tasa de delitos sexuales fue de 2,733 por cada 100 mil ciudadanas.

Desde diciembre de 2018, 4 mil 275 menores de edad quedaron huérfanos, como víctimas indirectas de casos de violencia de género. Y de justicia mejor ni hablamos, porque la Comisión Nacional para Prevenir y Erradicar la Violencia contra las Mujeres reporta 98% de impunidad.

Sin embargo, esta semana una pequeña luz marcó la diferencia, en ese remolino que se forma cuando las mujeres levantan la voz para exigir libertad, seguridad, derechos y justicia.

Bien organizadas son capaces de lograr grandes cosas, como Olimpia Coral Melo, quien pasó de ser víctima a activista y luego de una larga cruzada junto con el Frente Nacional por la Sororidad y otras agrupaciones, lograron que la Ley Olimpia, para que la violencia digital sea reconocida y castigada como una agresión contra las mujeres, fuera aprobada por unanimidad en la Cámara de Diputados para que se aplique a nivel nacional.

Ya son 13 estados los que han aprobado el paquete de reformas y ahora toca al Senado de la República entrarle a la discusión.

Es una oportunidad de oro para que los legisladores de la cámara alta, tan desacreditada en las últimas semanas, demuestren que escuchan a la ciudadanía, a sus mujeres y ahora sí se legisle a favor de una vida libre de violencia.