EDITORIAL

 

 

Cambio electoral en Inglaterra

 

Una derrota como la que sufrió el Partido Laborista inglés en las últimas elecciones no había sido vista en más de 80 años, cuando en 1931 se quedaron sólo con 52 de los 615 asientos del Parlamento, después de que en la elección previa tenían 287 asientos.

Hoy, la pérdida no es tan grande, pero es igual de significativa. De los 262 asientos que habían obtenido en 2017, los laboristas perdieron 60 lugares, para quedarse en 202 (31 por ciento del Parlamento). En contraste, los conservadores pasaron de 317 a 365 asientos, por lo que ahora tienen 56 por ciento, es decir, una incuestionable mayoría que no requiere de alianzas ni tiene posibilidades de ser derrotada. En las próximas discusiones sobre el Brexit, los laboristas han quedado borrados del mapa.

Más allá de los números, esta elección británica resulta sumamente interesante porque la nueva mayoría de los conservadores se dio a costa de un grupo de distritos al interior del norte inglés, que comúnmente eran denominados como la “muralla roja”. Estas zonas, de un corte menos urbano, habían sido ganadas y mantenidas por los laboristas desde hace varias décadas, llegando incluso al siglo, debido a que la política identitaria allí se anclaba en una alianza entre los trabajadores de industrias muy demandantes, como la minera, con un partido de izquierda que coincidía con las luchas sindicales de mejoras laborales y por la prestación de servicios públicos eficientes. En estas zonas votar por los conservadores y sus políticas históricas de recortes presupuestales y achicamiento del Estado hubiera sido impensable hace algunos años.

Sin embargo, estas zonas rurales fueron las primeras en las que comenzó a crecer el descontento ante desafíos como el avance del multiculturalismo y la llegada de migrantes, así como el avance de una economía globalizada en la que los trabajos menos especializados se vuelven más rentables en países con menores ingresos, por lo que los empleos “de cuello azul” tienden a disminuir. El partido laborista, un poco como los demócratas en Estados Unidos, no supo construir un discurso que pudiera empatar estas preocupaciones con su agenda progresista, más exitosa en entornos urbanos.

En el referéndum de 2016 para decidir sobre el Brexit, estas zonas rurales fueron clave para inclinar la balanza hacia la salida de la Unión Europea, pero aún sostuvieron su apoyo hacia los laboristas en 2017. Pero después de tres años de desgastantes debates ininterrumpidos sobre un Brexit que no logra materializarse y ante un Partido Laborista que no fue capaz de construir una narrativa clara de si lo rechazaba totalmente (dándole la espalda a sus votantes rurales) o si apostaba por él bajo un tipo de acuerdo específico (dándole la espalda a sus votantes urbanos), los electores optaron por cambiar sus orientaciones históricas y apostar por el otrora enemigo que, a pesar de todo, les ofreció una respuesta contundente: saldremos de la Unión Europea, sin más contratiempos. Boris Johnson, con un tremendo olfato político, leyó y aprovechó estas divisiones e incongruencias entre los laboristas para hacerse con el triunfo y echar a andar, por fin, el Brexit. Lo que tendremos que seguir es si este cambio será permanente o si los laboristas podrán reinventarse.